Niño perdido en sus sueños, evoca realidades que existen sólo en él. Los demás sólo contemplan su cuerpo, rígido por la acción interna. Nadie intuye que en su mundo fluye una aventura insuperable. ¿Por qué limitarse a la realidad, cuando es tan discreta? Cuando no nos permite volar, acertar siempre, saber lo que ocurrirá después. Los sueños sí.
Por eso las madalenas se paran a contemplar sus juguetes, sin apenas tocarlos. Son sus ojos los que proyectan, como cinexines, la luz de la imaginación, pero hacia dentro. Si sabes mirar bien, verás que esos ojos absorben luz, para que la aventura interna sea clara, nítida.
Hemos nacido dados la vuelta, volcados hacia dentro. Nuestro mundo se genera internamente, a partir de los zapatos de otros. Sus vidas se recrean en nuestra mente y de nada sirve ya que la realidad sea distinta. Para nosotros, ha nacido un nuevo ser que lo suplanta, sólo en nuestro mundo, que por miedo la gente rechaza.
Y en la inmensidad sin fronteras de mi imaginación has aparecido de pronto, madalena que daba por imposible.
Ahora sé que todo lo otro ha valido la pena, todo lo que ya pasó, porque me ha permitido llegar a ti siendo quien soy. Porque me has esperado intacto, con la mirada volcada hacia dentro, para verme por dentro. Fuera quedan las cosas grises; dentro, comienza a brillar el sol con fuerza.
Aquí mi historia. 50 m3 a mi alrededor. A cada estímulo que sobrepasa la barrera de mi memoria de pez.
22 dic 2006
8 nov 2006
El señor González
Hace una semana me apunté a un curso de habilidades personales de comunicación. Pensé que se trataría de un seminario donde me enseñarían a escribir mails, tratar a los clientes sin escupirles a la cara y ser capaz de pedir las cosas a los demás en la oficina sin meterles el dedo en el ojo.
Pero no: el curso me ha enseñado a identificar lo que soy, porqué hago lo que hago y cómo me ven los demás. Casi nada. Y todo en el plazo de una semana y por el módico precio de cero euros.
La tutora, Amparo, nos invitó a interpretar un "role play", que no es otra cosa que un teatrito donde imitas una situación real en la que has salido mal parado. La idea es identificar el problema que ha generado esa situación y narrar lo que llaman un "Depa" (descripción de la situación, expresión de sentimientos, petición de cambio y agradecimiento) a quien sea que te toque las narices en ese momento.
Pues bien, en el "role play" me tocó ser a mí la mala. Y ¿sabes qué? me salió de miedo. Hasta el punto de que se asustaron de verdad. ¿Qué hace la dulce nenita convertida en el señor González, un ejecutivo agresivo que echa la culpa de sus errores a un subordinado delante del cliente sin el menor pudor? Pues como lo lees: ni me tembló el pulso. Con la vena hinchada y los ojos inyectados en sangre, dejé a mi supuesto subordinado hundido en la más miserable de las miserias humanas. Me convertí en un bloque de hielo, una déspota, una impermeable e inasequible bruja nacida para los negocios. Y aunque luego me sentí despreciable, en el momento la situación de poder me embaucó por completo. Como cuando entras en una tienda sabiendo que te puedes comprar lo que quieras por caro que sea (vas con tu señor padre, que paga porque es tu cumpleaños).
Así que he descubierto dos cosas:
1. Llevo años acumulando un enfado interno infinito, bestial, asilvestrado, que ha ido creciendo a costa de no saber decir "no".
2. Cuando desprecio a otra persona hago daño a un igual, lo que significa, en realidad, falta de respeto por uno mismo. Así que a partir de ahora, echaré horas en el gimnasio (es genial para el desahogo emocional) y empezaré a quererme lo suficiente como para pensar que mis derechos son iguales a los de los demás, es decir, importantes pero sin avasallar ni consentir vasallajes.
Gracias, Amparo. Has llegado justo a tiempo, como las hadas de los cuentos.
Pero no: el curso me ha enseñado a identificar lo que soy, porqué hago lo que hago y cómo me ven los demás. Casi nada. Y todo en el plazo de una semana y por el módico precio de cero euros.
La tutora, Amparo, nos invitó a interpretar un "role play", que no es otra cosa que un teatrito donde imitas una situación real en la que has salido mal parado. La idea es identificar el problema que ha generado esa situación y narrar lo que llaman un "Depa" (descripción de la situación, expresión de sentimientos, petición de cambio y agradecimiento) a quien sea que te toque las narices en ese momento.
Pues bien, en el "role play" me tocó ser a mí la mala. Y ¿sabes qué? me salió de miedo. Hasta el punto de que se asustaron de verdad. ¿Qué hace la dulce nenita convertida en el señor González, un ejecutivo agresivo que echa la culpa de sus errores a un subordinado delante del cliente sin el menor pudor? Pues como lo lees: ni me tembló el pulso. Con la vena hinchada y los ojos inyectados en sangre, dejé a mi supuesto subordinado hundido en la más miserable de las miserias humanas. Me convertí en un bloque de hielo, una déspota, una impermeable e inasequible bruja nacida para los negocios. Y aunque luego me sentí despreciable, en el momento la situación de poder me embaucó por completo. Como cuando entras en una tienda sabiendo que te puedes comprar lo que quieras por caro que sea (vas con tu señor padre, que paga porque es tu cumpleaños).
Así que he descubierto dos cosas:
1. Llevo años acumulando un enfado interno infinito, bestial, asilvestrado, que ha ido creciendo a costa de no saber decir "no".
2. Cuando desprecio a otra persona hago daño a un igual, lo que significa, en realidad, falta de respeto por uno mismo. Así que a partir de ahora, echaré horas en el gimnasio (es genial para el desahogo emocional) y empezaré a quererme lo suficiente como para pensar que mis derechos son iguales a los de los demás, es decir, importantes pero sin avasallar ni consentir vasallajes.
Gracias, Amparo. Has llegado justo a tiempo, como las hadas de los cuentos.
10 oct 2006
La flor sin careta
Érase que se dió una vez una flor en un cactus. Era pequeña y rosa, asustada entre las espinas, oculta entre las voluptuosidades verdes del tallo. Creció con la certeza de que el ser tan diferente de las espinas la hacía vulnerable, y alcanzó un pacto con ellas: A cambio de su protección, la flor les daría sombra con sus bellos pétalos.
El acuerdo, como cabía esperar, beneficiaba de manera descarada a la flor, pero como era tan diminuta los pinchos sintieron lástima. Pobre flor de cactus.
Ella pensaba, sin embargo, que había logrado engañarles con sus argucias. Les mostró su sombra alargada y suave al atardecer, y les pidió que imaginasen cómo serían sus pétalos, capaces de tapar el sol con tanta holgura.
Durante aquel tiempo, la flor vivió a salvo de enemigos externos. Pero su pobre conciencia no podía descansar, ya que cada tarde, al caer el sol, ella volvía a interpretar su papel, a crear aquella sombra que no era ella y que en absoluto le correspondía. Las espinas del cactus sospechaban, pero ella, para no perder su aprecio, siguió con la función.
Finalizó el verano. El frío y el viento hicieron que todo temblara, incluida la pobre flor. Y ni los pinchos fueron capaces de socorrerla frente al viento. Así que poco a poco, fue perdiendo los pétalos con los que había logrado exhibirse ante sus amigos, de aquella forma poco elegante.
Ya entrado el otoño, un buen día se despejó el cielo y en el atardecer se descubrió el sol. De pronto, iluminó de lleno a la pobre flor, desnuda en sus pistilos. Las espinas, defraudadas, miraron con asombro la farsa, que ya intuían, pero que en realidad no esperaban. Ante sus ojos, sólo veían una sombra diminuta, escuálida, desprovista de aquellos hermosos pétalos aparentemente grandiosos.
La flor lloró su engaño durante largos meses, quedando sola todo el invierno. Ninguna espina quería saber nada de la flor de cactus, temblorosa en su orgullo herido.
Me gustaría saber cómo termina esta historia. Si hay espina espinosa capaz de perdonar tamaña farsa; si la flor debió conformarse con sus verdades, a pesar de no deslumbrar a nadie desde un principio.
Cuando termine el invierno, lo sabré.
Ahora sólo tengo la certeza de que las espinas, definitivamente, no son nada tontas.
El acuerdo, como cabía esperar, beneficiaba de manera descarada a la flor, pero como era tan diminuta los pinchos sintieron lástima. Pobre flor de cactus.
Ella pensaba, sin embargo, que había logrado engañarles con sus argucias. Les mostró su sombra alargada y suave al atardecer, y les pidió que imaginasen cómo serían sus pétalos, capaces de tapar el sol con tanta holgura.
Durante aquel tiempo, la flor vivió a salvo de enemigos externos. Pero su pobre conciencia no podía descansar, ya que cada tarde, al caer el sol, ella volvía a interpretar su papel, a crear aquella sombra que no era ella y que en absoluto le correspondía. Las espinas del cactus sospechaban, pero ella, para no perder su aprecio, siguió con la función.
Finalizó el verano. El frío y el viento hicieron que todo temblara, incluida la pobre flor. Y ni los pinchos fueron capaces de socorrerla frente al viento. Así que poco a poco, fue perdiendo los pétalos con los que había logrado exhibirse ante sus amigos, de aquella forma poco elegante.
Ya entrado el otoño, un buen día se despejó el cielo y en el atardecer se descubrió el sol. De pronto, iluminó de lleno a la pobre flor, desnuda en sus pistilos. Las espinas, defraudadas, miraron con asombro la farsa, que ya intuían, pero que en realidad no esperaban. Ante sus ojos, sólo veían una sombra diminuta, escuálida, desprovista de aquellos hermosos pétalos aparentemente grandiosos.
La flor lloró su engaño durante largos meses, quedando sola todo el invierno. Ninguna espina quería saber nada de la flor de cactus, temblorosa en su orgullo herido.
Me gustaría saber cómo termina esta historia. Si hay espina espinosa capaz de perdonar tamaña farsa; si la flor debió conformarse con sus verdades, a pesar de no deslumbrar a nadie desde un principio.
Cuando termine el invierno, lo sabré.
Ahora sólo tengo la certeza de que las espinas, definitivamente, no son nada tontas.
3 oct 2006
Las artes del gran embaucador
Solícito corre ante el temor a la pérdida. Si parece que el fin se acerca, la ternura vuelve.
El riesgo sufrido por la víctima es sublime para la dominación, cuando las riendas están en sus manos. ¿Cómo lo consigue? Antes debe hacer creer a quien tira del carro que es un asno, y su mayor suerte es tener un carro del que andar tirando.
No importan las cualidades, sino el sentimiento de culpa, empleado con habilidad para generar la sensación de que se ha nacido sin derechos y hay que ganárselos a golpe de calcetín.
Si no te sometes, no hay premio. Sin premio, no hay regalos ni privilegios, sólo castigo.
Pero el asno se cansó. Las riendas no andan sueltas... simplemente se rompieron para siempre jamás.
Y el asno ha descubierto que puede pastar libre donde quiera, sin esperar el pienso rancio que antes tanto agradecía.
Ahora decide si quiere ir a derecha o a izquierda y cuándo ir. Y con quién. Y de qué hablar mientras tanto. Y qué opinar. Y dónde detenerse. Y para qué. Y si quiere o no contárselo a alguien sin sufrir interrogatorios, ni reprimendas, ni exigencias, ni culpa.
Puta culpa.
Mis derechos, mis beldades y virtudes no están en manos de otros que los suministran, en raciones, según sea mi adecuación a sus deseos. Eso terminó.
Adiós, celosías.
El riesgo sufrido por la víctima es sublime para la dominación, cuando las riendas están en sus manos. ¿Cómo lo consigue? Antes debe hacer creer a quien tira del carro que es un asno, y su mayor suerte es tener un carro del que andar tirando.
No importan las cualidades, sino el sentimiento de culpa, empleado con habilidad para generar la sensación de que se ha nacido sin derechos y hay que ganárselos a golpe de calcetín.
Si no te sometes, no hay premio. Sin premio, no hay regalos ni privilegios, sólo castigo.
Pero el asno se cansó. Las riendas no andan sueltas... simplemente se rompieron para siempre jamás.
Y el asno ha descubierto que puede pastar libre donde quiera, sin esperar el pienso rancio que antes tanto agradecía.
Ahora decide si quiere ir a derecha o a izquierda y cuándo ir. Y con quién. Y de qué hablar mientras tanto. Y qué opinar. Y dónde detenerse. Y para qué. Y si quiere o no contárselo a alguien sin sufrir interrogatorios, ni reprimendas, ni exigencias, ni culpa.
Puta culpa.
Mis derechos, mis beldades y virtudes no están en manos de otros que los suministran, en raciones, según sea mi adecuación a sus deseos. Eso terminó.
Adiós, celosías.
10 jul 2006
Alma en tres colores
He conocido a un hada. No vuela. No es maga. No predice el futuro. No tiene alas azules, ni deja una estela dorada bajo la luna lunera.
¿Para qué sirve un hada, si no sabe hacer nada de todo eso?
Porque piensa, y me hace pensar.
Porque siente, y me hace sentir.
Porque sueña, y sus sueños son a tres colores:
Blanco, porque sabe empatizar.
Azul, porque llega siempre un paso más allá, como el cielo.
Rojo, porque sus pestañas sangran, hacia dentro.
Gala, mi hada bandera.
¿Para qué sirve un hada, si no sabe hacer nada de todo eso?
Porque piensa, y me hace pensar.
Porque siente, y me hace sentir.
Porque sueña, y sus sueños son a tres colores:
Blanco, porque sabe empatizar.
Azul, porque llega siempre un paso más allá, como el cielo.
Rojo, porque sus pestañas sangran, hacia dentro.
Gala, mi hada bandera.
15 jun 2006
Trocitos de vosotros
Colecciono trozos. Son fracciones de segundo de personas. Las guardo en la memoria para recuperarlas cuando no estoy. Cuando pierdo. Cuando ya no más.
Entonces, os recopilo, despacio: Busco las manos de Carlos Orden, jugando con cualquier cosa mientras habla por teléfono; el pelo de Tania, que me saluda por las mañanas cuando ella, sin saberlo, camina delante de mí al bajar del tren; La espalda de Fathi, capaz de albergar un aeropuerto; la risa de César, que se estrena cada vez como si jamás hubiese estado de buen humor; el color de los ojos de Analía, transparentes como canicas de cristal; los collares de Pilar, con cuentas tan gordas como cerezas, que le hacen parecer la niña árbol; la forma en la que Úrsula se desliza por el pasillo, como los gatos; el humor de Miguel Ángel, que me recuerda de golpe que sigo aquí; la mirada de Paloma, niña traviesa en busca de cómplices para su última trastada; las manos de Pablo, cuando me acaricia la nuca con el pulgar; los abrazos regulables de Juanjo, que me aprieta hasta estrangular.
Por vosotros estoy.
Entonces, os recopilo, despacio: Busco las manos de Carlos Orden, jugando con cualquier cosa mientras habla por teléfono; el pelo de Tania, que me saluda por las mañanas cuando ella, sin saberlo, camina delante de mí al bajar del tren; La espalda de Fathi, capaz de albergar un aeropuerto; la risa de César, que se estrena cada vez como si jamás hubiese estado de buen humor; el color de los ojos de Analía, transparentes como canicas de cristal; los collares de Pilar, con cuentas tan gordas como cerezas, que le hacen parecer la niña árbol; la forma en la que Úrsula se desliza por el pasillo, como los gatos; el humor de Miguel Ángel, que me recuerda de golpe que sigo aquí; la mirada de Paloma, niña traviesa en busca de cómplices para su última trastada; las manos de Pablo, cuando me acaricia la nuca con el pulgar; los abrazos regulables de Juanjo, que me aprieta hasta estrangular.
Por vosotros estoy.
1 jun 2006
La despedida de Yolanda
Esta mañana casi no pude estudiar. Le daba vueltas al hecho de enfrentarme a no ir a despedir a Yolanda. La echaron de la empresa. Esta noche los compañeros irán con ella a tomar unas copas, para llorar juntos. Despotricar juntos.
Yo iré a casa, a estudiar la teoría y experimientación de la atención y la percepción.
Me siento culpable porque no siento. Carezco de eso que llaman compañerismo.
En la empresa, al menos. Los demás son vías humanas de facilitación de tareas. Algunas más llevaderas que otras, pero vías, al fin y al cabo.
¿Es inhumano no sentir? Tener el corazón tan seco que sólo la ficción te conmueve. Creer que la vida ya no podrá nunca sorprenderte con un sentimiento por estrenar.
Comprendo el respeto, el cuidado, la importancia de la sonrisa sincera. Pero ignoro para qué puede alguien necesitarme, si no es por un motivo meramente funcional.
Sentirme parte de la vida de otro, como la rueda de un mecanismo equilibrado e invisible. Saber que perteneces, que no te echarán, que no te querrás marchar, que todo encaja, que nadie te vendrá con preguntas indiscretas, que nadie exigirá que demuestres tu derecho a estar ahí. Simplemente se acepta, perteneces porque estás. No hay necesidad de otra cosa.
Dejar de sentir que al nacer usurpé el espacio de alguien que lo hubiera hecho mejor que yo.
Yo iré a casa, a estudiar la teoría y experimientación de la atención y la percepción.
Me siento culpable porque no siento. Carezco de eso que llaman compañerismo.
En la empresa, al menos. Los demás son vías humanas de facilitación de tareas. Algunas más llevaderas que otras, pero vías, al fin y al cabo.
¿Es inhumano no sentir? Tener el corazón tan seco que sólo la ficción te conmueve. Creer que la vida ya no podrá nunca sorprenderte con un sentimiento por estrenar.
Comprendo el respeto, el cuidado, la importancia de la sonrisa sincera. Pero ignoro para qué puede alguien necesitarme, si no es por un motivo meramente funcional.
Sentirme parte de la vida de otro, como la rueda de un mecanismo equilibrado e invisible. Saber que perteneces, que no te echarán, que no te querrás marchar, que todo encaja, que nadie te vendrá con preguntas indiscretas, que nadie exigirá que demuestres tu derecho a estar ahí. Simplemente se acepta, perteneces porque estás. No hay necesidad de otra cosa.
Dejar de sentir que al nacer usurpé el espacio de alguien que lo hubiera hecho mejor que yo.
31 may 2006
La intervención del cepillo dental
Pocas personas se cepillan los dientes después de comer. Antes, nadie, que yo sepa (sólo tengo noticia de las extrañas costumbres higiénicas de Santiago Segura, quien se lava las manos antes de miccionar porque su polla es sagrada y se merece todo tipo de medidas preventivas, no vaya a cogernos una infección).
Pero los dientes, ¿son sagrados?
He conocido a un hombre que los lleva de porcelana. Sonríe orgulloso, tienen que haberle costado caros (son carillas hasta el incisivo, tres pares de piezas creadas a mano según una moldura personalizada que sabe a menta).
Pero eso es una cuestión estética. ¿Y la higiene? Se come fuera de casa, de cualquier manera, tragando el humo de personas extrañas, fiándonos de que el camarero no escupió en nuestro plato porque le caímos mal al pedirle el menú del día.
Luego los dientes se quedan con todo eso en sus rincones. Ser pulga y explorar el interior de una boca recién comida. Hebras de filete como montañas, semillas de sésamo en la raíz de los dientes, ocultas entre la encía. Toda una selva de restos a punto para la putrefacción.
Ser cepillo dental. Traumático. Íntimo, como las putas. Te compran para silenciar sus malos hábitos. Si hablases, confesarías a qué saben algunas bocas, y en ocasiones es mejor no saberlo.
Una vez Sonia I se arrodilló delante de su jefe, en su despacho. Les descubrió Manuel, que entró despreocupado, y ella con la boca abierta, con relleno fálico.
Qué diría ese día su cepillo de dientes. A quién. Pobre. Sudor, semen, restos de piel añeja (de más de 60 años). Todo enredado en las cerdas del cepillo. ¿Se llamarán así por eso? No, que me contó mi madre que es porque antiguamente se hacían los cepillos con los pelos de los cerdos.
Definitivamente, pido no.
Pero los dientes, ¿son sagrados?
He conocido a un hombre que los lleva de porcelana. Sonríe orgulloso, tienen que haberle costado caros (son carillas hasta el incisivo, tres pares de piezas creadas a mano según una moldura personalizada que sabe a menta).
Pero eso es una cuestión estética. ¿Y la higiene? Se come fuera de casa, de cualquier manera, tragando el humo de personas extrañas, fiándonos de que el camarero no escupió en nuestro plato porque le caímos mal al pedirle el menú del día.
Luego los dientes se quedan con todo eso en sus rincones. Ser pulga y explorar el interior de una boca recién comida. Hebras de filete como montañas, semillas de sésamo en la raíz de los dientes, ocultas entre la encía. Toda una selva de restos a punto para la putrefacción.
Ser cepillo dental. Traumático. Íntimo, como las putas. Te compran para silenciar sus malos hábitos. Si hablases, confesarías a qué saben algunas bocas, y en ocasiones es mejor no saberlo.
Una vez Sonia I se arrodilló delante de su jefe, en su despacho. Les descubrió Manuel, que entró despreocupado, y ella con la boca abierta, con relleno fálico.
Qué diría ese día su cepillo de dientes. A quién. Pobre. Sudor, semen, restos de piel añeja (de más de 60 años). Todo enredado en las cerdas del cepillo. ¿Se llamarán así por eso? No, que me contó mi madre que es porque antiguamente se hacían los cepillos con los pelos de los cerdos.
Definitivamente, pido no.
29 may 2006
El secreto de la medusa
Estoy leyendo a Freud. Pobre victoriano inhibido.
La mujer vista como un ente frágil, idealizado, a la que el hombre impone su brutalidad sexual. Complejo de culpa. Se desea a quien no se puede amar, se ama a quien no se puede desear.
Las putas pierden el derecho a ser amadas por su propia sexualidad. Las esposas pierden el derecho a su sexualidad para ser amadas.
Aún pasa.
Hombres convencidos del papel ornamental de la mujer. Seres angelicales, inocentes, dulces, acogedores, hermosos en su ingenuidad.
Deben gustarnos las caricias en la barbilla con el dorso de la mano, los besos en los ojos, los secretos, dulces, al oído, los abrazos protectores, de los que hacen pensar que no volverá a pasarnos nada malo nunca jamás. Que se duerman en nuestro regazo mientras nos oyen respirar. Despacio.
Además, está lo otro, lo que ellos no imaginan.
Pensar en un hombre desnudo, imaginar su cara mientras tiene un orgasmo, preguntarnos con qué mano se masturba, si aguantará hasta que nosotras o se hará inservible, entre sudores, al primer movimiento. Si escuchar su aliento mientras le montamos nos excitará aún más.
Cuando le sonreímos, dulces: En eso pensamos.
La mujer vista como un ente frágil, idealizado, a la que el hombre impone su brutalidad sexual. Complejo de culpa. Se desea a quien no se puede amar, se ama a quien no se puede desear.
Las putas pierden el derecho a ser amadas por su propia sexualidad. Las esposas pierden el derecho a su sexualidad para ser amadas.
Aún pasa.
Hombres convencidos del papel ornamental de la mujer. Seres angelicales, inocentes, dulces, acogedores, hermosos en su ingenuidad.
Deben gustarnos las caricias en la barbilla con el dorso de la mano, los besos en los ojos, los secretos, dulces, al oído, los abrazos protectores, de los que hacen pensar que no volverá a pasarnos nada malo nunca jamás. Que se duerman en nuestro regazo mientras nos oyen respirar. Despacio.
Además, está lo otro, lo que ellos no imaginan.
Pensar en un hombre desnudo, imaginar su cara mientras tiene un orgasmo, preguntarnos con qué mano se masturba, si aguantará hasta que nosotras o se hará inservible, entre sudores, al primer movimiento. Si escuchar su aliento mientras le montamos nos excitará aún más.
Cuando le sonreímos, dulces: En eso pensamos.
24 may 2006
Con la soga al cuello
Conozco a un ser sin capacidad de escucha. Oye, pero no intuye que en ello va el alma de las personas. O le da igual. Prefiero pensar que no intuye.
Impermeable, impone.
Ajeno a la realidad inminente, pretende, con sus palabras, crear un muro invisible de protección.
Se cree inmune a lo inevitable, porque lo mira desde arriba y piensa: "No, a mí no me llega".
¿Y los demás? Eso no entra en su muro, eso no es su problema.
¿Quién le enseñó a no escuchar?
¿Cómo puede vivir, sentirse vivo, aislado del resto del mundo?
¿Alcanza acaso a imaginar el sentimiento de otro? ¿Se puede vivir sin esto? Sin imaginar, ni de lejos, lo que otro piensa, siente o necesita. Lejos de todo lo que no sea el gran Yo que lo inunda todo.
Tamaña estupidez nunca fue conocida. Ignorancia de la propia carencia, base del alma paupérrima.
Impermeable, impone.
Ajeno a la realidad inminente, pretende, con sus palabras, crear un muro invisible de protección.
Se cree inmune a lo inevitable, porque lo mira desde arriba y piensa: "No, a mí no me llega".
¿Y los demás? Eso no entra en su muro, eso no es su problema.
¿Quién le enseñó a no escuchar?
¿Cómo puede vivir, sentirse vivo, aislado del resto del mundo?
¿Alcanza acaso a imaginar el sentimiento de otro? ¿Se puede vivir sin esto? Sin imaginar, ni de lejos, lo que otro piensa, siente o necesita. Lejos de todo lo que no sea el gran Yo que lo inunda todo.
Tamaña estupidez nunca fue conocida. Ignorancia de la propia carencia, base del alma paupérrima.
23 may 2006
Endiablada
Niña de palabras tristes. Pocas.
Ojos llenos de peros.
Risa que brota ante el daño ajeno.
Llanto ante la carencia.
Consecuencia de la abulia.
Sinsentido de la orientación.
Sentimiento de culpa.
Lenta en la planificación organizada.
Vida con preensayos.
Niños que la asustan.
Mariale.
Ojos llenos de peros.
Risa que brota ante el daño ajeno.
Llanto ante la carencia.
Consecuencia de la abulia.
Sinsentido de la orientación.
Sentimiento de culpa.
Lenta en la planificación organizada.
Vida con preensayos.
Niños que la asustan.
Mariale.
22 may 2006
Sabor a testigo
Ocultarme, fingir que no me ven hasta hacerles creer que no sé que estoy ahí. Se acostumbran, se relajan y comienzan a hablar. Desprenden sus ideas, sus costumbres, sus risas comprometedoras, comprometidas. La inconsciencia del testigo presente, pero inactivo, el testigo-mueble.
Un amigo que observa, reservado, tímido, desde la esquina, lo que hacen los demás. Le observas a él y aparta la mirada, fingiendo que piensa en algo ajeno a la conversación, en su propio universo.
Te acostumbras a su presencia. Apenas molesta.
Ya no bajas la voz cuando entra o sale de la habitación, porque al fin y al cabo su propio aislamiento le separa de tus palabras.
Pero está ahí, espía mudo de tu mundo. Conoce tus miradas, tus medias sonrisas, el tono de voz de cada uno de tus estados de ánimo, sabría explicarte por qué hoy te levantaste de mal humor. Sabe lo que no debe decir y si lo hace, guárdate de sus intenciones, porque te ha estudiado, al milímetro, para jugar contigo.
Un amigo que observa, reservado, tímido, desde la esquina, lo que hacen los demás. Le observas a él y aparta la mirada, fingiendo que piensa en algo ajeno a la conversación, en su propio universo.
Te acostumbras a su presencia. Apenas molesta.
Ya no bajas la voz cuando entra o sale de la habitación, porque al fin y al cabo su propio aislamiento le separa de tus palabras.
Pero está ahí, espía mudo de tu mundo. Conoce tus miradas, tus medias sonrisas, el tono de voz de cada uno de tus estados de ánimo, sabría explicarte por qué hoy te levantaste de mal humor. Sabe lo que no debe decir y si lo hace, guárdate de sus intenciones, porque te ha estudiado, al milímetro, para jugar contigo.
18 may 2006
Con el alma en los tacones
Me fijo en los zapatos: Superficies inocentes de piel, intentamos que nos cubran y en realidad nos delatan. Dicen, de nosotros, lo que con el resto del cuerpo ocultamos. Que tenemos miedo, que queremos más, que necesitamos tiempo, que pensamos mucho, que nos gusta que nos miren, que necesitamos atención en la distancia.
Fíjate en si lleva cordones: Si el lazo es doble y bien apretado, si los lleva sueltos o mal atados, si están recién puestos o comidos por las puntas. Si le gusta el riesgo o necesita control, si sabe imrpovisar o es planificador, si es estricto o generoso.
Si son de tela o cuero y de qué color. Si es importante la apariencia o sólo el fondo, si dice sólo lo que las palabras significan o sugiere sentimientos camuflados entre sílabas.
Si son altos o bajos. Si se atreve a tocar el suelo y sentir que forma parte de él o prefiere asumir que aplastar es lo menos malo.
Si llevan tacón o suela plana. Si necesita que piensen que evoluciona, hacia arriba, o prefiere que le consideren asentado y seguro. Si es un pájaro, libre y frágil, que despega, o una tortuga, infalible, en su caparazón.
Si terminan en punta o son romos. Si está a la defensiva, pendiente de la respuesta al entorno, o se adapta hasta convertirse.
Si llevan adornos adicionales. Si necesita dar un elemento adicional a lo que hace para imprimir valor, porque la mera funcionalidad le aburre.
Si sólo contienen lo necesario para cumplir su función. Si le gusta ahorrar en lo superfluo para desprenderse en lo importante. Lo que nadie ve. Lo que tú presientes.
Si son esbeltos, adornados, detallistas. Si pretenden o asumen.
La persona que está dentro los eligió.
Fíjate en si lleva cordones: Si el lazo es doble y bien apretado, si los lleva sueltos o mal atados, si están recién puestos o comidos por las puntas. Si le gusta el riesgo o necesita control, si sabe imrpovisar o es planificador, si es estricto o generoso.
Si son de tela o cuero y de qué color. Si es importante la apariencia o sólo el fondo, si dice sólo lo que las palabras significan o sugiere sentimientos camuflados entre sílabas.
Si son altos o bajos. Si se atreve a tocar el suelo y sentir que forma parte de él o prefiere asumir que aplastar es lo menos malo.
Si llevan tacón o suela plana. Si necesita que piensen que evoluciona, hacia arriba, o prefiere que le consideren asentado y seguro. Si es un pájaro, libre y frágil, que despega, o una tortuga, infalible, en su caparazón.
Si terminan en punta o son romos. Si está a la defensiva, pendiente de la respuesta al entorno, o se adapta hasta convertirse.
Si llevan adornos adicionales. Si necesita dar un elemento adicional a lo que hace para imprimir valor, porque la mera funcionalidad le aburre.
Si sólo contienen lo necesario para cumplir su función. Si le gusta ahorrar en lo superfluo para desprenderse en lo importante. Lo que nadie ve. Lo que tú presientes.
Si son esbeltos, adornados, detallistas. Si pretenden o asumen.
La persona que está dentro los eligió.
17 may 2006
Días de saldo
Necesito tener algo que celebrar.
No es mi cumpleaños. No me ha tocado la lotería. No es mi santo, no voy a tener un hijo.
No me han publicado un libro, no me han dado ningún premio, no he ganado ningún concurso.
Porque hoy es hoy, como dicen los de Nestlé.
Pero ésa no es la cuestión. En realidad, ¿hago yo algo que merezca ser celebrado?
Me asaltan las dudas desde lo más lejano de la dejadez mental y ética.
Me dejo llevar. Es fácil, nadie te ve.
Avanzar en una dirección imprevista requiere esfuerzo. La gente que te quiere empieza por darse cuenta, luego se alarma, después intenta convencerte de que te estanques, de nuevo, donde estabas, que enfermarás del esfuerzo por salir de lo monótono.
Asfixia. Ganas de salir volando, no por ir a ninguna parte, sino por el placer de despegar, lejos.
Qué bonito concepto, lejos. No implica nada, sólo que no estás aquí. Que no te acompaña la rutina, que no vuelves con lo que saliste, que te renuevas. Que tú ya no, porque ahora es distinto. Lejos.
Botas de las siete leguas, no me buscan.
Sigo siendo la princesa en el castillo. Sigo esperando a que algo, alguien o nada me rescate.
Mientras, la vida es eso que se va mientras la oportunidad llega.
Que no, que no quiero. No quiero: Regalo mi tiempo a quien sepa aprovecharlo mejor. Estoy cansada de perderlo, de malgastarlo, de ver cómo otros que sí saben no tienen tanto. ¿Se puede vender una vida? ¿Regalar los días para que los viva, con su cuerpo y en su tiempo, otra persona? Morir dos semanas antes para que otro viva dos semanas más.
Es en lo único en lo que Él no da opción. Chico listo, el Príncipe de la opción múltiple.
No es mi cumpleaños. No me ha tocado la lotería. No es mi santo, no voy a tener un hijo.
No me han publicado un libro, no me han dado ningún premio, no he ganado ningún concurso.
Porque hoy es hoy, como dicen los de Nestlé.
Pero ésa no es la cuestión. En realidad, ¿hago yo algo que merezca ser celebrado?
Me asaltan las dudas desde lo más lejano de la dejadez mental y ética.
Me dejo llevar. Es fácil, nadie te ve.
Avanzar en una dirección imprevista requiere esfuerzo. La gente que te quiere empieza por darse cuenta, luego se alarma, después intenta convencerte de que te estanques, de nuevo, donde estabas, que enfermarás del esfuerzo por salir de lo monótono.
Asfixia. Ganas de salir volando, no por ir a ninguna parte, sino por el placer de despegar, lejos.
Qué bonito concepto, lejos. No implica nada, sólo que no estás aquí. Que no te acompaña la rutina, que no vuelves con lo que saliste, que te renuevas. Que tú ya no, porque ahora es distinto. Lejos.
Botas de las siete leguas, no me buscan.
Sigo siendo la princesa en el castillo. Sigo esperando a que algo, alguien o nada me rescate.
Mientras, la vida es eso que se va mientras la oportunidad llega.
Que no, que no quiero. No quiero: Regalo mi tiempo a quien sepa aprovecharlo mejor. Estoy cansada de perderlo, de malgastarlo, de ver cómo otros que sí saben no tienen tanto. ¿Se puede vender una vida? ¿Regalar los días para que los viva, con su cuerpo y en su tiempo, otra persona? Morir dos semanas antes para que otro viva dos semanas más.
Es en lo único en lo que Él no da opción. Chico listo, el Príncipe de la opción múltiple.
10 may 2006
Miedo a ser mayor
No es la edad; no son las arrugas. No es el pecho descolgado, el dolor en las rodillas, las varices. No es el color de los dientes, no la carne que cuelga en los codos.
Es la soledad.
Problemas sin paracaídas, te embisten sin preguntar. ¡Ojalá fueran tímidos! (los problemas):
-Disculpe, ¿le importa que le moleste ahora? Soy un problema, he venido a buscarle, pero no sé si es buen momento...
Al menos, se podría negociar.
Sería un buen oficio:
- ¿En qué trabaja?
-Soy distribuidor de problemas.
Sí, alguien que te ceda un espacio organizado donde aparcar los problemas hasta saber cómo resolverlos. Tiempo para digerir, para pensar, para obtener los recursos. Luego, despacio, se les deja entrar, pero que antes llamen a la puerta, con educación.
Un contenedor, el hombre presa, el sostén:
- ¿De qué se ocupa?
- Sostengo problemas.
No dejaría de resolverlos yo misma. Eso no; sería como consentir que otro viviera mi tiempo. Pero el espacio, el margen, los plazos... Que la vida asuma que con dos manos y un cerebro no se llega tan lejos, al menos no de una sentada. Por etapas:
- ¿Para qué?
- Para encauzar en el tiempo.
Encauzador temporal de problemas sostenibles. Departamento de distribución de la felicidad.
Eso quiero yo, cuando sea mayor.
Es la soledad.
Problemas sin paracaídas, te embisten sin preguntar. ¡Ojalá fueran tímidos! (los problemas):
-Disculpe, ¿le importa que le moleste ahora? Soy un problema, he venido a buscarle, pero no sé si es buen momento...
Al menos, se podría negociar.
Sería un buen oficio:
- ¿En qué trabaja?
-Soy distribuidor de problemas.
Sí, alguien que te ceda un espacio organizado donde aparcar los problemas hasta saber cómo resolverlos. Tiempo para digerir, para pensar, para obtener los recursos. Luego, despacio, se les deja entrar, pero que antes llamen a la puerta, con educación.
Un contenedor, el hombre presa, el sostén:
- ¿De qué se ocupa?
- Sostengo problemas.
No dejaría de resolverlos yo misma. Eso no; sería como consentir que otro viviera mi tiempo. Pero el espacio, el margen, los plazos... Que la vida asuma que con dos manos y un cerebro no se llega tan lejos, al menos no de una sentada. Por etapas:
- ¿Para qué?
- Para encauzar en el tiempo.
Encauzador temporal de problemas sostenibles. Departamento de distribución de la felicidad.
Eso quiero yo, cuando sea mayor.
5 may 2006
La intimidad del moco
El moco es íntimo (o eso dice Tania). ¿Porque sale de nuestro interior? Igual que las babas, el flujo menstrual, el sudor o el esperma. E incluso las lágrimas. Todo lo que expelemos es íntimo. Incluso, algunos se empeñan en devolverlo al interior. Los niños se comen los mocos, las putas se tragan el esperma, y un obrero de la construcción el año pasado me dijo que quería comerme la regla a cucharadas. Interesante.
Los mocos no se enseñan. Enseñamos nuestras ideas, presumidos ante la intención de ser brillantes, pobres. Enseñamos nuestro cuerpo con la intención de gustar a quien nos gusta. Enseñamos nuestra alma a quienes sentimos. Pero los mocos no. Ésos no se enseñan. Verdes, líquidos, pringosos, compactos (de los que te arrancan los pelos de la nariz al salir) son entes ocultos que guardamos con sumo cuidado dentro del pañuelo, para luego tirarlo y olvidarnos de lo que una vez fue tan nuestro.
¿Despreciamos lo que genera nuestro cuerpo? Quizá es porque todo huele. Excepto las lágrimas. Porque incluso hasta los mocos a veces también. Las lágrimas no. Por eso nos atrevemos, incumplimos la norma y en ocasiones -las menos- mostramos en público una parte nacida de nuestro interior. No huelen, no son peligrosas. Todo lo otro, lo nuestro, lo expelido, es restringido al terreno de lo cuidadosamente íntimo. Será para creernos entes de razón, inoloros, no animalescos.
¿No tenemos derecho a lo corpóreo? Derecho a los mocos. A expeler. A oler. A defecar. A menstruar. A dejar un rastro visible de que nuestro cuerpo es tan biológico como el de cualquier animal. Derecho a demostrar que no somos racionales. ¡Ave, excrementos!
Los mocos no se enseñan. Enseñamos nuestras ideas, presumidos ante la intención de ser brillantes, pobres. Enseñamos nuestro cuerpo con la intención de gustar a quien nos gusta. Enseñamos nuestra alma a quienes sentimos. Pero los mocos no. Ésos no se enseñan. Verdes, líquidos, pringosos, compactos (de los que te arrancan los pelos de la nariz al salir) son entes ocultos que guardamos con sumo cuidado dentro del pañuelo, para luego tirarlo y olvidarnos de lo que una vez fue tan nuestro.
¿Despreciamos lo que genera nuestro cuerpo? Quizá es porque todo huele. Excepto las lágrimas. Porque incluso hasta los mocos a veces también. Las lágrimas no. Por eso nos atrevemos, incumplimos la norma y en ocasiones -las menos- mostramos en público una parte nacida de nuestro interior. No huelen, no son peligrosas. Todo lo otro, lo nuestro, lo expelido, es restringido al terreno de lo cuidadosamente íntimo. Será para creernos entes de razón, inoloros, no animalescos.
¿No tenemos derecho a lo corpóreo? Derecho a los mocos. A expeler. A oler. A defecar. A menstruar. A dejar un rastro visible de que nuestro cuerpo es tan biológico como el de cualquier animal. Derecho a demostrar que no somos racionales. ¡Ave, excrementos!
La edad de Laura
Me restauré. Los miedos quedaron enredados en la almohada, vivo nueva. Hoy mamá Laura cumple años. La permitieron venir para enseñarme, el Diablo y su sentido del humor, tan generoso. Elegir: Conciencia, gusto, miedo, respeto, asco. Que todo lo que venga cobre un sentido único que sólo podemos darle desde aquí y ahora, en un porqué enganchado en las razones inestables del momento. Él lo sabe y nos complica, delicioso, para que cada decisión cobre sentido y nos ennoblezca o encanalle, según nuestra propia tendencia. La voluntad está en juego.
3 may 2006
De puntillas
El despiste me congela. Ando triste, pensando que entro en una dimensión por explorar, esperando a que lleguen los avezados a recordarme que yo ya no, que más bien nunca, que ni lo sueñes, en fin.
Pero ahora sonrío porque los borro de un pestañeo y desaparecen (lejos) ante mi ansiedad rotunda.
Pero ahora sonrío porque los borro de un pestañeo y desaparecen (lejos) ante mi ansiedad rotunda.
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