Colecciono trozos. Son fracciones de segundo de personas. Las guardo en la memoria para recuperarlas cuando no estoy. Cuando pierdo. Cuando ya no más.
Entonces, os recopilo, despacio: Busco las manos de Carlos Orden, jugando con cualquier cosa mientras habla por teléfono; el pelo de Tania, que me saluda por las mañanas cuando ella, sin saberlo, camina delante de mí al bajar del tren; La espalda de Fathi, capaz de albergar un aeropuerto; la risa de César, que se estrena cada vez como si jamás hubiese estado de buen humor; el color de los ojos de Analía, transparentes como canicas de cristal; los collares de Pilar, con cuentas tan gordas como cerezas, que le hacen parecer la niña árbol; la forma en la que Úrsula se desliza por el pasillo, como los gatos; el humor de Miguel Ángel, que me recuerda de golpe que sigo aquí; la mirada de Paloma, niña traviesa en busca de cómplices para su última trastada; las manos de Pablo, cuando me acaricia la nuca con el pulgar; los abrazos regulables de Juanjo, que me aprieta hasta estrangular.
Por vosotros estoy.
Aquí mi historia. 50 m3 a mi alrededor. A cada estímulo que sobrepasa la barrera de mi memoria de pez.
15 jun 2006
1 jun 2006
La despedida de Yolanda
Esta mañana casi no pude estudiar. Le daba vueltas al hecho de enfrentarme a no ir a despedir a Yolanda. La echaron de la empresa. Esta noche los compañeros irán con ella a tomar unas copas, para llorar juntos. Despotricar juntos.
Yo iré a casa, a estudiar la teoría y experimientación de la atención y la percepción.
Me siento culpable porque no siento. Carezco de eso que llaman compañerismo.
En la empresa, al menos. Los demás son vías humanas de facilitación de tareas. Algunas más llevaderas que otras, pero vías, al fin y al cabo.
¿Es inhumano no sentir? Tener el corazón tan seco que sólo la ficción te conmueve. Creer que la vida ya no podrá nunca sorprenderte con un sentimiento por estrenar.
Comprendo el respeto, el cuidado, la importancia de la sonrisa sincera. Pero ignoro para qué puede alguien necesitarme, si no es por un motivo meramente funcional.
Sentirme parte de la vida de otro, como la rueda de un mecanismo equilibrado e invisible. Saber que perteneces, que no te echarán, que no te querrás marchar, que todo encaja, que nadie te vendrá con preguntas indiscretas, que nadie exigirá que demuestres tu derecho a estar ahí. Simplemente se acepta, perteneces porque estás. No hay necesidad de otra cosa.
Dejar de sentir que al nacer usurpé el espacio de alguien que lo hubiera hecho mejor que yo.
Yo iré a casa, a estudiar la teoría y experimientación de la atención y la percepción.
Me siento culpable porque no siento. Carezco de eso que llaman compañerismo.
En la empresa, al menos. Los demás son vías humanas de facilitación de tareas. Algunas más llevaderas que otras, pero vías, al fin y al cabo.
¿Es inhumano no sentir? Tener el corazón tan seco que sólo la ficción te conmueve. Creer que la vida ya no podrá nunca sorprenderte con un sentimiento por estrenar.
Comprendo el respeto, el cuidado, la importancia de la sonrisa sincera. Pero ignoro para qué puede alguien necesitarme, si no es por un motivo meramente funcional.
Sentirme parte de la vida de otro, como la rueda de un mecanismo equilibrado e invisible. Saber que perteneces, que no te echarán, que no te querrás marchar, que todo encaja, que nadie te vendrá con preguntas indiscretas, que nadie exigirá que demuestres tu derecho a estar ahí. Simplemente se acepta, perteneces porque estás. No hay necesidad de otra cosa.
Dejar de sentir que al nacer usurpé el espacio de alguien que lo hubiera hecho mejor que yo.
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