Érase que se dió una vez una flor en un cactus. Era pequeña y rosa, asustada entre las espinas, oculta entre las voluptuosidades verdes del tallo. Creció con la certeza de que el ser tan diferente de las espinas la hacía vulnerable, y alcanzó un pacto con ellas: A cambio de su protección, la flor les daría sombra con sus bellos pétalos.
El acuerdo, como cabía esperar, beneficiaba de manera descarada a la flor, pero como era tan diminuta los pinchos sintieron lástima. Pobre flor de cactus.
Ella pensaba, sin embargo, que había logrado engañarles con sus argucias. Les mostró su sombra alargada y suave al atardecer, y les pidió que imaginasen cómo serían sus pétalos, capaces de tapar el sol con tanta holgura.
Durante aquel tiempo, la flor vivió a salvo de enemigos externos. Pero su pobre conciencia no podía descansar, ya que cada tarde, al caer el sol, ella volvía a interpretar su papel, a crear aquella sombra que no era ella y que en absoluto le correspondía. Las espinas del cactus sospechaban, pero ella, para no perder su aprecio, siguió con la función.
Finalizó el verano. El frío y el viento hicieron que todo temblara, incluida la pobre flor. Y ni los pinchos fueron capaces de socorrerla frente al viento. Así que poco a poco, fue perdiendo los pétalos con los que había logrado exhibirse ante sus amigos, de aquella forma poco elegante.
Ya entrado el otoño, un buen día se despejó el cielo y en el atardecer se descubrió el sol. De pronto, iluminó de lleno a la pobre flor, desnuda en sus pistilos. Las espinas, defraudadas, miraron con asombro la farsa, que ya intuían, pero que en realidad no esperaban. Ante sus ojos, sólo veían una sombra diminuta, escuálida, desprovista de aquellos hermosos pétalos aparentemente grandiosos.
La flor lloró su engaño durante largos meses, quedando sola todo el invierno. Ninguna espina quería saber nada de la flor de cactus, temblorosa en su orgullo herido.
Me gustaría saber cómo termina esta historia. Si hay espina espinosa capaz de perdonar tamaña farsa; si la flor debió conformarse con sus verdades, a pesar de no deslumbrar a nadie desde un principio.
Cuando termine el invierno, lo sabré.
Ahora sólo tengo la certeza de que las espinas, definitivamente, no son nada tontas.
Aquí mi historia. 50 m3 a mi alrededor. A cada estímulo que sobrepasa la barrera de mi memoria de pez.
10 oct 2006
3 oct 2006
Las artes del gran embaucador
Solícito corre ante el temor a la pérdida. Si parece que el fin se acerca, la ternura vuelve.
El riesgo sufrido por la víctima es sublime para la dominación, cuando las riendas están en sus manos. ¿Cómo lo consigue? Antes debe hacer creer a quien tira del carro que es un asno, y su mayor suerte es tener un carro del que andar tirando.
No importan las cualidades, sino el sentimiento de culpa, empleado con habilidad para generar la sensación de que se ha nacido sin derechos y hay que ganárselos a golpe de calcetín.
Si no te sometes, no hay premio. Sin premio, no hay regalos ni privilegios, sólo castigo.
Pero el asno se cansó. Las riendas no andan sueltas... simplemente se rompieron para siempre jamás.
Y el asno ha descubierto que puede pastar libre donde quiera, sin esperar el pienso rancio que antes tanto agradecía.
Ahora decide si quiere ir a derecha o a izquierda y cuándo ir. Y con quién. Y de qué hablar mientras tanto. Y qué opinar. Y dónde detenerse. Y para qué. Y si quiere o no contárselo a alguien sin sufrir interrogatorios, ni reprimendas, ni exigencias, ni culpa.
Puta culpa.
Mis derechos, mis beldades y virtudes no están en manos de otros que los suministran, en raciones, según sea mi adecuación a sus deseos. Eso terminó.
Adiós, celosías.
El riesgo sufrido por la víctima es sublime para la dominación, cuando las riendas están en sus manos. ¿Cómo lo consigue? Antes debe hacer creer a quien tira del carro que es un asno, y su mayor suerte es tener un carro del que andar tirando.
No importan las cualidades, sino el sentimiento de culpa, empleado con habilidad para generar la sensación de que se ha nacido sin derechos y hay que ganárselos a golpe de calcetín.
Si no te sometes, no hay premio. Sin premio, no hay regalos ni privilegios, sólo castigo.
Pero el asno se cansó. Las riendas no andan sueltas... simplemente se rompieron para siempre jamás.
Y el asno ha descubierto que puede pastar libre donde quiera, sin esperar el pienso rancio que antes tanto agradecía.
Ahora decide si quiere ir a derecha o a izquierda y cuándo ir. Y con quién. Y de qué hablar mientras tanto. Y qué opinar. Y dónde detenerse. Y para qué. Y si quiere o no contárselo a alguien sin sufrir interrogatorios, ni reprimendas, ni exigencias, ni culpa.
Puta culpa.
Mis derechos, mis beldades y virtudes no están en manos de otros que los suministran, en raciones, según sea mi adecuación a sus deseos. Eso terminó.
Adiós, celosías.
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