No es la edad; no son las arrugas. No es el pecho descolgado, el dolor en las rodillas, las varices. No es el color de los dientes, no la carne que cuelga en los codos.
Es la soledad.
Problemas sin paracaídas, te embisten sin preguntar. ¡Ojalá fueran tímidos! (los problemas):
-Disculpe, ¿le importa que le moleste ahora? Soy un problema, he venido a buscarle, pero no sé si es buen momento...
Al menos, se podría negociar.
Sería un buen oficio:
- ¿En qué trabaja?
-Soy distribuidor de problemas.
Sí, alguien que te ceda un espacio organizado donde aparcar los problemas hasta saber cómo resolverlos. Tiempo para digerir, para pensar, para obtener los recursos. Luego, despacio, se les deja entrar, pero que antes llamen a la puerta, con educación.
Un contenedor, el hombre presa, el sostén:
- ¿De qué se ocupa?
- Sostengo problemas.
No dejaría de resolverlos yo misma. Eso no; sería como consentir que otro viviera mi tiempo. Pero el espacio, el margen, los plazos... Que la vida asuma que con dos manos y un cerebro no se llega tan lejos, al menos no de una sentada. Por etapas:
- ¿Para qué?
- Para encauzar en el tiempo.
Encauzador temporal de problemas sostenibles. Departamento de distribución de la felicidad.
Eso quiero yo, cuando sea mayor.