Necesito tener algo que celebrar.
No es mi cumpleaños. No me ha tocado la lotería. No es mi santo, no voy a tener un hijo.
No me han publicado un libro, no me han dado ningún premio, no he ganado ningún concurso.
Porque hoy es hoy, como dicen los de Nestlé.
Pero ésa no es la cuestión. En realidad, ¿hago yo algo que merezca ser celebrado?
Me asaltan las dudas desde lo más lejano de la dejadez mental y ética.
Me dejo llevar. Es fácil, nadie te ve.
Avanzar en una dirección imprevista requiere esfuerzo. La gente que te quiere empieza por darse cuenta, luego se alarma, después intenta convencerte de que te estanques, de nuevo, donde estabas, que enfermarás del esfuerzo por salir de lo monótono.
Asfixia. Ganas de salir volando, no por ir a ninguna parte, sino por el placer de despegar, lejos.
Qué bonito concepto, lejos. No implica nada, sólo que no estás aquí. Que no te acompaña la rutina, que no vuelves con lo que saliste, que te renuevas. Que tú ya no, porque ahora es distinto. Lejos.
Botas de las siete leguas, no me buscan.
Sigo siendo la princesa en el castillo. Sigo esperando a que algo, alguien o nada me rescate.
Mientras, la vida es eso que se va mientras la oportunidad llega.
Que no, que no quiero. No quiero: Regalo mi tiempo a quien sepa aprovecharlo mejor. Estoy cansada de perderlo, de malgastarlo, de ver cómo otros que sí saben no tienen tanto. ¿Se puede vender una vida? ¿Regalar los días para que los viva, con su cuerpo y en su tiempo, otra persona? Morir dos semanas antes para que otro viva dos semanas más.
Es en lo único en lo que Él no da opción. Chico listo, el Príncipe de la opción múltiple.