22 may 2006

Sabor a testigo

Ocultarme, fingir que no me ven hasta hacerles creer que no sé que estoy ahí. Se acostumbran, se relajan y comienzan a hablar. Desprenden sus ideas, sus costumbres, sus risas comprometedoras, comprometidas. La inconsciencia del testigo presente, pero inactivo, el testigo-mueble.
Un amigo que observa, reservado, tímido, desde la esquina, lo que hacen los demás. Le observas a él y aparta la mirada, fingiendo que piensa en algo ajeno a la conversación, en su propio universo.
Te acostumbras a su presencia. Apenas molesta.
Ya no bajas la voz cuando entra o sale de la habitación, porque al fin y al cabo su propio aislamiento le separa de tus palabras.
Pero está ahí, espía mudo de tu mundo. Conoce tus miradas, tus medias sonrisas, el tono de voz de cada uno de tus estados de ánimo, sabría explicarte por qué hoy te levantaste de mal humor. Sabe lo que no debe decir y si lo hace, guárdate de sus intenciones, porque te ha estudiado, al milímetro, para jugar contigo.