Estoy leyendo a Freud. Pobre victoriano inhibido.
La mujer vista como un ente frágil, idealizado, a la que el hombre impone su brutalidad sexual. Complejo de culpa. Se desea a quien no se puede amar, se ama a quien no se puede desear.
Las putas pierden el derecho a ser amadas por su propia sexualidad. Las esposas pierden el derecho a su sexualidad para ser amadas.
Aún pasa.
Hombres convencidos del papel ornamental de la mujer. Seres angelicales, inocentes, dulces, acogedores, hermosos en su ingenuidad.
Deben gustarnos las caricias en la barbilla con el dorso de la mano, los besos en los ojos, los secretos, dulces, al oído, los abrazos protectores, de los que hacen pensar que no volverá a pasarnos nada malo nunca jamás. Que se duerman en nuestro regazo mientras nos oyen respirar. Despacio.
Además, está lo otro, lo que ellos no imaginan.
Pensar en un hombre desnudo, imaginar su cara mientras tiene un orgasmo, preguntarnos con qué mano se masturba, si aguantará hasta que nosotras o se hará inservible, entre sudores, al primer movimiento. Si escuchar su aliento mientras le montamos nos excitará aún más.
Cuando le sonreímos, dulces: En eso pensamos.