Pocas personas se cepillan los dientes después de comer. Antes, nadie, que yo sepa (sólo tengo noticia de las extrañas costumbres higiénicas de Santiago Segura, quien se lava las manos antes de miccionar porque su polla es sagrada y se merece todo tipo de medidas preventivas, no vaya a cogernos una infección).
Pero los dientes, ¿son sagrados?
He conocido a un hombre que los lleva de porcelana. Sonríe orgulloso, tienen que haberle costado caros (son carillas hasta el incisivo, tres pares de piezas creadas a mano según una moldura personalizada que sabe a menta).
Pero eso es una cuestión estética. ¿Y la higiene? Se come fuera de casa, de cualquier manera, tragando el humo de personas extrañas, fiándonos de que el camarero no escupió en nuestro plato porque le caímos mal al pedirle el menú del día.
Luego los dientes se quedan con todo eso en sus rincones. Ser pulga y explorar el interior de una boca recién comida. Hebras de filete como montañas, semillas de sésamo en la raíz de los dientes, ocultas entre la encía. Toda una selva de restos a punto para la putrefacción.
Ser cepillo dental. Traumático. Íntimo, como las putas. Te compran para silenciar sus malos hábitos. Si hablases, confesarías a qué saben algunas bocas, y en ocasiones es mejor no saberlo.
Una vez Sonia I se arrodilló delante de su jefe, en su despacho. Les descubrió Manuel, que entró despreocupado, y ella con la boca abierta, con relleno fálico.
Qué diría ese día su cepillo de dientes. A quién. Pobre. Sudor, semen, restos de piel añeja (de más de 60 años). Todo enredado en las cerdas del cepillo. ¿Se llamarán así por eso? No, que me contó mi madre que es porque antiguamente se hacían los cepillos con los pelos de los cerdos.
Definitivamente, pido no.