1 jun 2006

La despedida de Yolanda

Esta mañana casi no pude estudiar. Le daba vueltas al hecho de enfrentarme a no ir a despedir a Yolanda. La echaron de la empresa. Esta noche los compañeros irán con ella a tomar unas copas, para llorar juntos. Despotricar juntos.
Yo iré a casa, a estudiar la teoría y experimientación de la atención y la percepción.
Me siento culpable porque no siento. Carezco de eso que llaman compañerismo.
En la empresa, al menos. Los demás son vías humanas de facilitación de tareas. Algunas más llevaderas que otras, pero vías, al fin y al cabo.
¿Es inhumano no sentir? Tener el corazón tan seco que sólo la ficción te conmueve. Creer que la vida ya no podrá nunca sorprenderte con un sentimiento por estrenar.
Comprendo el respeto, el cuidado, la importancia de la sonrisa sincera. Pero ignoro para qué puede alguien necesitarme, si no es por un motivo meramente funcional.
Sentirme parte de la vida de otro, como la rueda de un mecanismo equilibrado e invisible. Saber que perteneces, que no te echarán, que no te querrás marchar, que todo encaja, que nadie te vendrá con preguntas indiscretas, que nadie exigirá que demuestres tu derecho a estar ahí. Simplemente se acepta, perteneces porque estás. No hay necesidad de otra cosa.
Dejar de sentir que al nacer usurpé el espacio de alguien que lo hubiera hecho mejor que yo.