Colecciono trozos. Son fracciones de segundo de personas. Las guardo en la memoria para recuperarlas cuando no estoy. Cuando pierdo. Cuando ya no más.
Entonces, os recopilo, despacio: Busco las manos de Carlos Orden, jugando con cualquier cosa mientras habla por teléfono; el pelo de Tania, que me saluda por las mañanas cuando ella, sin saberlo, camina delante de mí al bajar del tren; La espalda de Fathi, capaz de albergar un aeropuerto; la risa de César, que se estrena cada vez como si jamás hubiese estado de buen humor; el color de los ojos de Analía, transparentes como canicas de cristal; los collares de Pilar, con cuentas tan gordas como cerezas, que le hacen parecer la niña árbol; la forma en la que Úrsula se desliza por el pasillo, como los gatos; el humor de Miguel Ángel, que me recuerda de golpe que sigo aquí; la mirada de Paloma, niña traviesa en busca de cómplices para su última trastada; las manos de Pablo, cuando me acaricia la nuca con el pulgar; los abrazos regulables de Juanjo, que me aprieta hasta estrangular.
Por vosotros estoy.