Solícito corre ante el temor a la pérdida. Si parece que el fin se acerca, la ternura vuelve.
El riesgo sufrido por la víctima es sublime para la dominación, cuando las riendas están en sus manos. ¿Cómo lo consigue? Antes debe hacer creer a quien tira del carro que es un asno, y su mayor suerte es tener un carro del que andar tirando.
No importan las cualidades, sino el sentimiento de culpa, empleado con habilidad para generar la sensación de que se ha nacido sin derechos y hay que ganárselos a golpe de calcetín.
Si no te sometes, no hay premio. Sin premio, no hay regalos ni privilegios, sólo castigo.
Pero el asno se cansó. Las riendas no andan sueltas... simplemente se rompieron para siempre jamás.
Y el asno ha descubierto que puede pastar libre donde quiera, sin esperar el pienso rancio que antes tanto agradecía.
Ahora decide si quiere ir a derecha o a izquierda y cuándo ir. Y con quién. Y de qué hablar mientras tanto. Y qué opinar. Y dónde detenerse. Y para qué. Y si quiere o no contárselo a alguien sin sufrir interrogatorios, ni reprimendas, ni exigencias, ni culpa.
Puta culpa.
Mis derechos, mis beldades y virtudes no están en manos de otros que los suministran, en raciones, según sea mi adecuación a sus deseos. Eso terminó.
Adiós, celosías.