8 nov 2006

El señor González

Hace una semana me apunté a un curso de habilidades personales de comunicación. Pensé que se trataría de un seminario donde me enseñarían a escribir mails, tratar a los clientes sin escupirles a la cara y ser capaz de pedir las cosas a los demás en la oficina sin meterles el dedo en el ojo.
Pero no: el curso me ha enseñado a identificar lo que soy, porqué hago lo que hago y cómo me ven los demás. Casi nada. Y todo en el plazo de una semana y por el módico precio de cero euros.
La tutora, Amparo, nos invitó a interpretar un "role play", que no es otra cosa que un teatrito donde imitas una situación real en la que has salido mal parado. La idea es identificar el problema que ha generado esa situación y narrar lo que llaman un "Depa" (descripción de la situación, expresión de sentimientos, petición de cambio y agradecimiento) a quien sea que te toque las narices en ese momento.
Pues bien, en el "role play" me tocó ser a mí la mala. Y ¿sabes qué? me salió de miedo. Hasta el punto de que se asustaron de verdad. ¿Qué hace la dulce nenita convertida en el señor González, un ejecutivo agresivo que echa la culpa de sus errores a un subordinado delante del cliente sin el menor pudor? Pues como lo lees: ni me tembló el pulso. Con la vena hinchada y los ojos inyectados en sangre, dejé a mi supuesto subordinado hundido en la más miserable de las miserias humanas. Me convertí en un bloque de hielo, una déspota, una impermeable e inasequible bruja nacida para los negocios. Y aunque luego me sentí despreciable, en el momento la situación de poder me embaucó por completo. Como cuando entras en una tienda sabiendo que te puedes comprar lo que quieras por caro que sea (vas con tu señor padre, que paga porque es tu cumpleaños).
Así que he descubierto dos cosas:
1. Llevo años acumulando un enfado interno infinito, bestial, asilvestrado, que ha ido creciendo a costa de no saber decir "no".
2. Cuando desprecio a otra persona hago daño a un igual, lo que significa, en realidad, falta de respeto por uno mismo. Así que a partir de ahora, echaré horas en el gimnasio (es genial para el desahogo emocional) y empezaré a quererme lo suficiente como para pensar que mis derechos son iguales a los de los demás, es decir, importantes pero sin avasallar ni consentir vasallajes.

Gracias, Amparo. Has llegado justo a tiempo, como las hadas de los cuentos.