Ratonov me ha enviado la mota negra. Debo, supongo, escribir ocho inconfesables, y enviar la mota a otras ocho víctimas. ¿Conozco yo a tantas? Allá voy:
1. De pequeña jugaba a las muñecas sin tocarlas. Las sentaba una frente a la otra e imaginaba sus conversaciones. Podía pasar horas mirándolas, sin apariencia de juego, inmersa en una larguísima charla entre seres de plástico que se lo contaban todo, todo, todo.
2. Decir no me hace sentir culpable.
3. Soy adicta a la cafeína y al chocolate.
4. Mi pie derecho es mayor que el izquierdo.
5. Echo de menos que alguien confíe en mí. No tener que demostrar nada. Que me quieran tal cual.
6. Las personas con complejo de superioridad moral me producen aburrimierdo. Ahora tengo a dos de las que no me puedo librar y necesito salir huyendo, lejos de sus falsas sonrisas, de su amistad fingida, de su crítica hiriente a las espaldas.
7. Voy al psicólogo desde hace tres semanas.
8. No he lavado el coche en dos años y medio. ¡El parabrisas sigue siendo transparente!
Aquí mi historia. 50 m3 a mi alrededor. A cada estímulo que sobrepasa la barrera de mi memoria de pez.
16 jul 2007
13 jul 2007
El hombro de ÁNGEL
Ser de aire para infiltrarme; que por sus poros, por su sonrisa, entre yo.
Que forme parte por un instante del oxígeno que inspira, para colarme, sin daño, por sus alvéolos, recorrer en su sangre su cuerpo entero hasta aterrizar frente a la puerta de sus recuerdos. Tendería entonces una tienda de campaña, para esperar, sin prisa, al momento en el que la memoria deja escapar alguna imagen pasada. Sacaría entonces, a toda velocidad, mi cazamariposas de seda, para capturar, sin estropearlo, ese recuerdo hermoso; lo proyectaría entonces una y mil veces sobre las paredes de mi tienda, por dentro, para aprenderlo, para aprehenderlo. Y una vez mío, lo dejaría ir, para que regresara de nuevo a su fortaleza, sin ser extrañado.
Así lo haría, una y otra vez, hasta haber sentido cada nota de la música de su vida. Y entonces, cuando me hubiera vuelto compositora de sus pensamientos, imitaría a Amélie. Con las copias exactas de sus recuerdos, recortaría los fragmentos bellos, para reconstruir, con cuidado, un pasado ahora imperfecto que no le deja sentir, ni respirar, ni seguir; que le tiene roto, desencantado, con el halo de las hadas alejado de sus ojos, de sus venas, de su sonrisa. Construiría para él un pasado justo, adecuado al brillo con el que a veces, en escasos segundos, ha permanecido mirándome, antes del pero ya no.
Disfrazada de mensajero, me acercaría a la puerta. Llamaría tres veces, como los buenos enviados, y narraría mi largo viaje, con noticias traspapeladas de otros tiempos. Él abriría el sobre de mis recuerdos reconstruidos solo para él, y su sonrisa volvería a estar llena de luces.
Tener una varita mágica con la que transformarme, a toda velocidad, en su ser amado.
Ser de aire, otra vez, para infiltrarme en su alma, para entender lo que siente y cuidarle desde dentro.
Comprendo sus alas rotas; entiendo su miedo denso, triste y lento. Comprendo su huída hacia ningún sitio, que arrastra, por más que corra, el pasado enganchado a la espalda.
Veo su esfuerzo por continuar, reconstruyendo un ángel nuevo cada día. Veo su afán por pegar sus alas, su anhelo de ilusiones descolgadas.
Yo no quiero que me devuelva la ilusión que sintió antes, cuando joven, por cualquier otra. Yo quiero al ángel de ahora, el que huye desorientado de su pasado en llamas. El que me teme, porque lo que siente conmigo es distinto y no sabe cómo manejarlo. Porque conmigo lo que surge es nuevo, no devuelto del antes. Porque quiero, para él, que su vida continúe, que cada día que venga no sea una fotocopia del anterior, de los anteriores.
Quiero inventarme un futuro para él, dibujarlo con cuidado y mostrárselo, lleno de palabras, de sonrisas, de tiempo, de ojos que se sonríen sin necesitar unos labios, ocupados ya en juntarse para siempre jamás.
Que forme parte por un instante del oxígeno que inspira, para colarme, sin daño, por sus alvéolos, recorrer en su sangre su cuerpo entero hasta aterrizar frente a la puerta de sus recuerdos. Tendería entonces una tienda de campaña, para esperar, sin prisa, al momento en el que la memoria deja escapar alguna imagen pasada. Sacaría entonces, a toda velocidad, mi cazamariposas de seda, para capturar, sin estropearlo, ese recuerdo hermoso; lo proyectaría entonces una y mil veces sobre las paredes de mi tienda, por dentro, para aprenderlo, para aprehenderlo. Y una vez mío, lo dejaría ir, para que regresara de nuevo a su fortaleza, sin ser extrañado.
Así lo haría, una y otra vez, hasta haber sentido cada nota de la música de su vida. Y entonces, cuando me hubiera vuelto compositora de sus pensamientos, imitaría a Amélie. Con las copias exactas de sus recuerdos, recortaría los fragmentos bellos, para reconstruir, con cuidado, un pasado ahora imperfecto que no le deja sentir, ni respirar, ni seguir; que le tiene roto, desencantado, con el halo de las hadas alejado de sus ojos, de sus venas, de su sonrisa. Construiría para él un pasado justo, adecuado al brillo con el que a veces, en escasos segundos, ha permanecido mirándome, antes del pero ya no.
Disfrazada de mensajero, me acercaría a la puerta. Llamaría tres veces, como los buenos enviados, y narraría mi largo viaje, con noticias traspapeladas de otros tiempos. Él abriría el sobre de mis recuerdos reconstruidos solo para él, y su sonrisa volvería a estar llena de luces.
Tener una varita mágica con la que transformarme, a toda velocidad, en su ser amado.
Ser de aire, otra vez, para infiltrarme en su alma, para entender lo que siente y cuidarle desde dentro.
Comprendo sus alas rotas; entiendo su miedo denso, triste y lento. Comprendo su huída hacia ningún sitio, que arrastra, por más que corra, el pasado enganchado a la espalda.
Veo su esfuerzo por continuar, reconstruyendo un ángel nuevo cada día. Veo su afán por pegar sus alas, su anhelo de ilusiones descolgadas.
Yo no quiero que me devuelva la ilusión que sintió antes, cuando joven, por cualquier otra. Yo quiero al ángel de ahora, el que huye desorientado de su pasado en llamas. El que me teme, porque lo que siente conmigo es distinto y no sabe cómo manejarlo. Porque conmigo lo que surge es nuevo, no devuelto del antes. Porque quiero, para él, que su vida continúe, que cada día que venga no sea una fotocopia del anterior, de los anteriores.
Quiero inventarme un futuro para él, dibujarlo con cuidado y mostrárselo, lleno de palabras, de sonrisas, de tiempo, de ojos que se sonríen sin necesitar unos labios, ocupados ya en juntarse para siempre jamás.
21 jun 2007
Alas
Quiero dibujar un contorno a mi alrededor que me contenga. Que evite que mis pensamientos se viertan, que mis sentimientos se diluyan. Voy por ahí buscando a un pintor de ilusiones, un sostenedor de tizas mágicas con el que construir mis fronteras.
Dice él, quien sostiene ahora el bote de pinturas, que dentro de cinco años ya no. Por eso lo de hoy deja de tener valor. ¡Para él! Por eso cambia de opinión, olvida las tizas en cualquier rincón y echa a correr sin dirección precisa. Luego vuelve. Entiende mi tristeza mientras recojo las pinturas rotas, volcadas en el suelo, y me ayuda a limpiarlo todo entre abrazos y sonrisas.
Me dice que llegará algún príncipe merecedor de fabricar mis límites, que él ya no.
Mientras, sigo difusa, con los sueños desenfocados, esperando que la decisión de otro cure la miopía de mis deseos.
Y en eso consiste mi gran error: yo sé dibujar. ¿Por qué atender entonces a ningún príncipe? ¿qué necesidad hay de depender de quien no quiere sostener mis pinturas?
Ahora las he vuelto a poner todas en su sitio: con los amarillos dibujaré los dinteles de mis puertas, para que los intrusos sepan cuidarse de entrar sin prudencia. Con azul pintaré las paredes eternas, para saber que puedo cruzarlas cuando quiera, como un avión atraviesa el cielo a reacción. Con el rojo pintaré las pisadas, para saber que por cada paso que he dado para dibujarlas he pagado por tributo una lágrima robada de mis venas. Y por último, pintaré de verde el suelo al otro lado, para que quien cruce mis barreras se vea lleno de esperanza.
Las pintaré yo, las pintaré sola, las pintaré bien.
Quien quiera seguirme será bienvenido.
Quien quiera pasar será atendido.
Pero esta prinzeza no volverá, jamás, a pretender hablar el lenguaje de las hormigas. No osará domesticarlas. No intentará cederles sus pinceles. Las homigas no saben dibujar. Las hormigas no.
Vuelvo a rescatar mis tareas pendientes.
Ahora, con un poco de fuerza, levantaré mi propio castillo. Me convertiré, al fin, en reina. Ya no tengo miedo.
Dice él, quien sostiene ahora el bote de pinturas, que dentro de cinco años ya no. Por eso lo de hoy deja de tener valor. ¡Para él! Por eso cambia de opinión, olvida las tizas en cualquier rincón y echa a correr sin dirección precisa. Luego vuelve. Entiende mi tristeza mientras recojo las pinturas rotas, volcadas en el suelo, y me ayuda a limpiarlo todo entre abrazos y sonrisas.
Me dice que llegará algún príncipe merecedor de fabricar mis límites, que él ya no.
Mientras, sigo difusa, con los sueños desenfocados, esperando que la decisión de otro cure la miopía de mis deseos.
Y en eso consiste mi gran error: yo sé dibujar. ¿Por qué atender entonces a ningún príncipe? ¿qué necesidad hay de depender de quien no quiere sostener mis pinturas?
Ahora las he vuelto a poner todas en su sitio: con los amarillos dibujaré los dinteles de mis puertas, para que los intrusos sepan cuidarse de entrar sin prudencia. Con azul pintaré las paredes eternas, para saber que puedo cruzarlas cuando quiera, como un avión atraviesa el cielo a reacción. Con el rojo pintaré las pisadas, para saber que por cada paso que he dado para dibujarlas he pagado por tributo una lágrima robada de mis venas. Y por último, pintaré de verde el suelo al otro lado, para que quien cruce mis barreras se vea lleno de esperanza.
Las pintaré yo, las pintaré sola, las pintaré bien.
Quien quiera seguirme será bienvenido.
Quien quiera pasar será atendido.
Pero esta prinzeza no volverá, jamás, a pretender hablar el lenguaje de las hormigas. No osará domesticarlas. No intentará cederles sus pinceles. Las homigas no saben dibujar. Las hormigas no.
Vuelvo a rescatar mis tareas pendientes.
Ahora, con un poco de fuerza, levantaré mi propio castillo. Me convertiré, al fin, en reina. Ya no tengo miedo.
13 jun 2007
La amnesia de la prinzeza
Encontrar que mi voluntad se escapa, entre risas pueriles, a mi control. Que juega a ser curiosa, a hacerme daño con sus impulsos.
¿Por qué quiere escapar? ¿En busca de qué?
Si al menos pudiera compartir con ella el tiempo en que fue libre, entendería qué me falta, qué echó de menos ella para esfumarse de esta manera.
Qué necesita, para que no vuelva a marcharse sin previo aviso. Para que no deje más un hueco, no grabado, en las paredes de mi pequeña historia. 15 minutos de mi tiempo a llenar ¿con qué? Ella se los llevó, utilizó mi cuerpo para hacerse ver y luego se esfumó dejando un rastro que yo misma no fui capaz de detectar.
Preferiría ser mala. Al menos, tendría la oportunidad de borrar mis huellas, si supiera lo que hago. Ser una inconsciente y tener que responder por ello es angustioso. A ver qué se le ocurre la próxima vez, en qué líos me veo envuelta sin ni siquiera recordar los grandes trazos.
La cara de esa chica me resulta desconocida. Si al menos hubiera cierta familiaridad tendría sentido. Pero no. Nada de nada.
Me da miedo descubrir por qué hace eso.
Entender qué hago mal yo para que ella necesite huir así.
En qué prisión la encierro para que me ignore.
Los secretos se guardan a personas que pueden utilizar la información de forma peligrosa. ¿Encontraría algo mi voluntad que yo podría usar para hacer daño? ¿Es esa la explicación? Me niega el acceso a los datos para que no me afecten, para que yo no afecte a otros. Me protege o protege a otros de mí.
¿Qué sería entonces? Lo que él me enseñó no me pareció peligroso ni por asomo. ¿Habría algo más? ¿Me ocultó algo después? Si lo hizo, estará de acuerdo con mi voluntad en que es mejor que yo no lo sepa, sea lo que sea.
Esto no conduce a nada. Mejor espero al lunes.
La prinzeza y el control de su voluntad.
Encontraré la explicación. Encontraré la razón de este juego.
Necesito entenderlo.
¿Por qué quiere escapar? ¿En busca de qué?
Si al menos pudiera compartir con ella el tiempo en que fue libre, entendería qué me falta, qué echó de menos ella para esfumarse de esta manera.
Qué necesita, para que no vuelva a marcharse sin previo aviso. Para que no deje más un hueco, no grabado, en las paredes de mi pequeña historia. 15 minutos de mi tiempo a llenar ¿con qué? Ella se los llevó, utilizó mi cuerpo para hacerse ver y luego se esfumó dejando un rastro que yo misma no fui capaz de detectar.
Preferiría ser mala. Al menos, tendría la oportunidad de borrar mis huellas, si supiera lo que hago. Ser una inconsciente y tener que responder por ello es angustioso. A ver qué se le ocurre la próxima vez, en qué líos me veo envuelta sin ni siquiera recordar los grandes trazos.
La cara de esa chica me resulta desconocida. Si al menos hubiera cierta familiaridad tendría sentido. Pero no. Nada de nada.
Me da miedo descubrir por qué hace eso.
Entender qué hago mal yo para que ella necesite huir así.
En qué prisión la encierro para que me ignore.
Los secretos se guardan a personas que pueden utilizar la información de forma peligrosa. ¿Encontraría algo mi voluntad que yo podría usar para hacer daño? ¿Es esa la explicación? Me niega el acceso a los datos para que no me afecten, para que yo no afecte a otros. Me protege o protege a otros de mí.
¿Qué sería entonces? Lo que él me enseñó no me pareció peligroso ni por asomo. ¿Habría algo más? ¿Me ocultó algo después? Si lo hizo, estará de acuerdo con mi voluntad en que es mejor que yo no lo sepa, sea lo que sea.
Esto no conduce a nada. Mejor espero al lunes.
La prinzeza y el control de su voluntad.
Encontraré la explicación. Encontraré la razón de este juego.
Necesito entenderlo.
22 may 2007
El instante del pero ya no
Ilusión: nos gusta porque es imprevisible, porque lleva una maletita con ruedas de fin de semana, con la que tan pronto aparece sin avisar como se marcha a la francesa.
El alma del cactus se extingue. Lejos quedan las sonrisas que provienen de dentro, del infinito interno.
Ya no.
Debo admitir un fracaso con sabor a rancio. Lo llevo arrastrando desde hace meses, sin querer reconocerlo. Ahora me miro al espejo y debo darle los buenos días, sin torcer demasiado el gesto.
Qué duro resulta pagar hoy una equivocación cometida por otro hace meses. Parece que con el tiempo llega el perdón, pero era sólo espacio para meditar la venganza, en plato de nevera.
Mi hermana es la gestora, el centro del problema, la víctima de una situación que nada por encima de su cabeza a varias zancadas de distancia.
¿Ella lo causó? ¿realmente? Creo que hacerla responsable de la inmadurez y la locura de otro es demasiado exigirle, por mucha confianza que haya. La puta y el cobarde sí, ésos lo mancharon todo con sus manos, con sus miradas, con sus bocas.
Seres sucios que desprenden hedor por donde bucean. Un rastro parecido al del pulpo, pero menos elegante. Tirando a menstruación: repugnante, pero inevitable.
Y ahora que su putrefacción me cubre los tobillos me pregunto a qué estoy jungando con esta gentuza. La puta y el cobarde. Ambos lo llevan con resignación cristiana (se conocieron haciendo el camino de Santiago).
Me gustaría saber definir si es asco o sólo dolor. La confianza es física, cuando se pierde se cae un trozo de adentro no se sabe dónde y duele igual que una pierna amputada.
Fin de la historia. Cactus jugará a otra cosa.
El alma del cactus se extingue. Lejos quedan las sonrisas que provienen de dentro, del infinito interno.
Ya no.
Debo admitir un fracaso con sabor a rancio. Lo llevo arrastrando desde hace meses, sin querer reconocerlo. Ahora me miro al espejo y debo darle los buenos días, sin torcer demasiado el gesto.
Qué duro resulta pagar hoy una equivocación cometida por otro hace meses. Parece que con el tiempo llega el perdón, pero era sólo espacio para meditar la venganza, en plato de nevera.
Mi hermana es la gestora, el centro del problema, la víctima de una situación que nada por encima de su cabeza a varias zancadas de distancia.
¿Ella lo causó? ¿realmente? Creo que hacerla responsable de la inmadurez y la locura de otro es demasiado exigirle, por mucha confianza que haya. La puta y el cobarde sí, ésos lo mancharon todo con sus manos, con sus miradas, con sus bocas.
Seres sucios que desprenden hedor por donde bucean. Un rastro parecido al del pulpo, pero menos elegante. Tirando a menstruación: repugnante, pero inevitable.
Y ahora que su putrefacción me cubre los tobillos me pregunto a qué estoy jungando con esta gentuza. La puta y el cobarde. Ambos lo llevan con resignación cristiana (se conocieron haciendo el camino de Santiago).
Me gustaría saber definir si es asco o sólo dolor. La confianza es física, cuando se pierde se cae un trozo de adentro no se sabe dónde y duele igual que una pierna amputada.
Fin de la historia. Cactus jugará a otra cosa.
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