21 jun 2007

Alas

Quiero dibujar un contorno a mi alrededor que me contenga. Que evite que mis pensamientos se viertan, que mis sentimientos se diluyan. Voy por ahí buscando a un pintor de ilusiones, un sostenedor de tizas mágicas con el que construir mis fronteras.
Dice él, quien sostiene ahora el bote de pinturas, que dentro de cinco años ya no. Por eso lo de hoy deja de tener valor. ¡Para él! Por eso cambia de opinión, olvida las tizas en cualquier rincón y echa a correr sin dirección precisa. Luego vuelve. Entiende mi tristeza mientras recojo las pinturas rotas, volcadas en el suelo, y me ayuda a limpiarlo todo entre abrazos y sonrisas.
Me dice que llegará algún príncipe merecedor de fabricar mis límites, que él ya no.
Mientras, sigo difusa, con los sueños desenfocados, esperando que la decisión de otro cure la miopía de mis deseos.
Y en eso consiste mi gran error: yo sé dibujar. ¿Por qué atender entonces a ningún príncipe? ¿qué necesidad hay de depender de quien no quiere sostener mis pinturas?
Ahora las he vuelto a poner todas en su sitio: con los amarillos dibujaré los dinteles de mis puertas, para que los intrusos sepan cuidarse de entrar sin prudencia. Con azul pintaré las paredes eternas, para saber que puedo cruzarlas cuando quiera, como un avión atraviesa el cielo a reacción. Con el rojo pintaré las pisadas, para saber que por cada paso que he dado para dibujarlas he pagado por tributo una lágrima robada de mis venas. Y por último, pintaré de verde el suelo al otro lado, para que quien cruce mis barreras se vea lleno de esperanza.
Las pintaré yo, las pintaré sola, las pintaré bien.
Quien quiera seguirme será bienvenido.
Quien quiera pasar será atendido.
Pero esta prinzeza no volverá, jamás, a pretender hablar el lenguaje de las hormigas. No osará domesticarlas. No intentará cederles sus pinceles. Las homigas no saben dibujar. Las hormigas no.
Vuelvo a rescatar mis tareas pendientes.
Ahora, con un poco de fuerza, levantaré mi propio castillo. Me convertiré, al fin, en reina. Ya no tengo miedo.

13 jun 2007

La amnesia de la prinzeza

Encontrar que mi voluntad se escapa, entre risas pueriles, a mi control. Que juega a ser curiosa, a hacerme daño con sus impulsos.
¿Por qué quiere escapar? ¿En busca de qué?
Si al menos pudiera compartir con ella el tiempo en que fue libre, entendería qué me falta, qué echó de menos ella para esfumarse de esta manera.
Qué necesita, para que no vuelva a marcharse sin previo aviso. Para que no deje más un hueco, no grabado, en las paredes de mi pequeña historia. 15 minutos de mi tiempo a llenar ¿con qué? Ella se los llevó, utilizó mi cuerpo para hacerse ver y luego se esfumó dejando un rastro que yo misma no fui capaz de detectar.
Preferiría ser mala. Al menos, tendría la oportunidad de borrar mis huellas, si supiera lo que hago. Ser una inconsciente y tener que responder por ello es angustioso. A ver qué se le ocurre la próxima vez, en qué líos me veo envuelta sin ni siquiera recordar los grandes trazos.
La cara de esa chica me resulta desconocida. Si al menos hubiera cierta familiaridad tendría sentido. Pero no. Nada de nada.
Me da miedo descubrir por qué hace eso.
Entender qué hago mal yo para que ella necesite huir así.
En qué prisión la encierro para que me ignore.
Los secretos se guardan a personas que pueden utilizar la información de forma peligrosa. ¿Encontraría algo mi voluntad que yo podría usar para hacer daño? ¿Es esa la explicación? Me niega el acceso a los datos para que no me afecten, para que yo no afecte a otros. Me protege o protege a otros de mí.
¿Qué sería entonces? Lo que él me enseñó no me pareció peligroso ni por asomo. ¿Habría algo más? ¿Me ocultó algo después? Si lo hizo, estará de acuerdo con mi voluntad en que es mejor que yo no lo sepa, sea lo que sea.
Esto no conduce a nada. Mejor espero al lunes.
La prinzeza y el control de su voluntad.
Encontraré la explicación. Encontraré la razón de este juego.
Necesito entenderlo.