Ilusión: nos gusta porque es imprevisible, porque lleva una maletita con ruedas de fin de semana, con la que tan pronto aparece sin avisar como se marcha a la francesa.
El alma del cactus se extingue. Lejos quedan las sonrisas que provienen de dentro, del infinito interno.
Ya no.
Debo admitir un fracaso con sabor a rancio. Lo llevo arrastrando desde hace meses, sin querer reconocerlo. Ahora me miro al espejo y debo darle los buenos días, sin torcer demasiado el gesto.
Qué duro resulta pagar hoy una equivocación cometida por otro hace meses. Parece que con el tiempo llega el perdón, pero era sólo espacio para meditar la venganza, en plato de nevera.
Mi hermana es la gestora, el centro del problema, la víctima de una situación que nada por encima de su cabeza a varias zancadas de distancia.
¿Ella lo causó? ¿realmente? Creo que hacerla responsable de la inmadurez y la locura de otro es demasiado exigirle, por mucha confianza que haya. La puta y el cobarde sí, ésos lo mancharon todo con sus manos, con sus miradas, con sus bocas.
Seres sucios que desprenden hedor por donde bucean. Un rastro parecido al del pulpo, pero menos elegante. Tirando a menstruación: repugnante, pero inevitable.
Y ahora que su putrefacción me cubre los tobillos me pregunto a qué estoy jungando con esta gentuza. La puta y el cobarde. Ambos lo llevan con resignación cristiana (se conocieron haciendo el camino de Santiago).
Me gustaría saber definir si es asco o sólo dolor. La confianza es física, cuando se pierde se cae un trozo de adentro no se sabe dónde y duele igual que una pierna amputada.
Fin de la historia. Cactus jugará a otra cosa.