Quiero dibujar un contorno a mi alrededor que me contenga. Que evite que mis pensamientos se viertan, que mis sentimientos se diluyan. Voy por ahí buscando a un pintor de ilusiones, un sostenedor de tizas mágicas con el que construir mis fronteras.
Dice él, quien sostiene ahora el bote de pinturas, que dentro de cinco años ya no. Por eso lo de hoy deja de tener valor. ¡Para él! Por eso cambia de opinión, olvida las tizas en cualquier rincón y echa a correr sin dirección precisa. Luego vuelve. Entiende mi tristeza mientras recojo las pinturas rotas, volcadas en el suelo, y me ayuda a limpiarlo todo entre abrazos y sonrisas.
Me dice que llegará algún príncipe merecedor de fabricar mis límites, que él ya no.
Mientras, sigo difusa, con los sueños desenfocados, esperando que la decisión de otro cure la miopía de mis deseos.
Y en eso consiste mi gran error: yo sé dibujar. ¿Por qué atender entonces a ningún príncipe? ¿qué necesidad hay de depender de quien no quiere sostener mis pinturas?
Ahora las he vuelto a poner todas en su sitio: con los amarillos dibujaré los dinteles de mis puertas, para que los intrusos sepan cuidarse de entrar sin prudencia. Con azul pintaré las paredes eternas, para saber que puedo cruzarlas cuando quiera, como un avión atraviesa el cielo a reacción. Con el rojo pintaré las pisadas, para saber que por cada paso que he dado para dibujarlas he pagado por tributo una lágrima robada de mis venas. Y por último, pintaré de verde el suelo al otro lado, para que quien cruce mis barreras se vea lleno de esperanza.
Las pintaré yo, las pintaré sola, las pintaré bien.
Quien quiera seguirme será bienvenido.
Quien quiera pasar será atendido.
Pero esta prinzeza no volverá, jamás, a pretender hablar el lenguaje de las hormigas. No osará domesticarlas. No intentará cederles sus pinceles. Las homigas no saben dibujar. Las hormigas no.
Vuelvo a rescatar mis tareas pendientes.
Ahora, con un poco de fuerza, levantaré mi propio castillo. Me convertiré, al fin, en reina. Ya no tengo miedo.