13 may 2008

La vuelta atrás

Ayer volví atrás.
De pronto, tuve la sensación de haber estado esperando todo este tiempo; como si hubiera una solución, una fórmula mágica, un objetivo que me salvaría de mi abulia.
Porque, desde niña, la he sentido.
La sensación de que la vida, en sí misma, carece de sentido.
Los estudios, el trabajo, los objetivos, son sólo fórmulas de entretenimiento para distraernos; para no darnos cuenta de que, en realidad, sólo intentamos pasar el tiempo entretenidos.
¿Por qué esa necesidad de Misión?
Ayer sentí vértigo al comprender que en mi vida sólo ha habido investigación, pero nunca un objetivo concreto.
Quise probar esquemas diferentes; variar de una personalidad a otra, de unos valores a otros, destruyendo en cada nueva fase todo lo anterior.
He jugado a ser muchas personas distintas; he roto esquemas que yo misma valoraba como inquebrantables.
He jugado con muchas personas diferentes; como si en ellas estuviera el secreto que necesito para entender qué estoy haciendo yo aquí.
No hay secreto, no hay misión.
Dice mi psicóloga que lo que tenemos está en el presente, aquí y ahora. El pasado nos distrae, el futuro nos impide disfrutar al completo de lo actual.
Lo que existe, sin mayores expectativas, lo tenemos en cada momento delante de los ojos.
Cada segundo vale, cada uno puede tener, si lo consentimos, un valor único. El secreto está en despertar ese valor; en comprender el sentimiento que se desprende de ello.
No hay fórmula matemática que me transforme en un ser capaz de dar y recibir felicidad.
Hay un presente al que sacar partido con todos los sentidos.
De pronto, la sensación es de un alivio infinito.
No lo he hecho tan mal, entonces: despojarme de quienes me hacían daño para rodearme de quienes me ofrecen un presente agradable, pleno.
Crezco a cada segundo que pasa sin preocuparme quién seré a continuación.
Los objetivos se limitan a mantenerme con vida, en un estado de salud, para poder seguir disfrutando de mis sentidos, de mis sentimientos.
Potenciarlos, despacio, para saborear cada situación.
Que la vida me encuentre dispuesta a disfrutarla.
La pregunta ya no es: ¿Lo lograré?
La pregunta se convierte en una afirmación: estoy sintiendo.
¿Es suficiente?
Aquí y ahora, sí.
Ya no me importa quién seré al día siguiente. Como si ésa no fuera yo.
No pretendo averiguar quién seré para pensar qué necesitaré. Eso lo pensaré mañana.

19 mar 2008

La boda de Ruth

La sonrisa de Ruth ha cambiado. El gesto formal, agradable, cortés, ha cedido.
La educación continúa, pero queda a un lado, opaca ante el brillo de lo otro.
Que son palabras que no oigo, porque son tan secretas que permanecen junto a su boca, contemplándola.
Que es el aire que se cuela en un juego cuyas normas son tan ocultas como los mapas de un tesoro pirata.
Y ahí aparece él. Un pirata de pata de palo, que vino con su loro al hombro a conquistar lo más preciado, con su risa.
Y su risa abrió la llave.
Y el corazón de Ruth parece ahora un caramelo de mandarina sin papel: abierto en gajos que invitan a saborear el dulce.
Se casa Ruth. Se la lleva el pirata de pata de palo.
Porque le promete una gran aventura, en su barco con sirena a proa.
Y me gusta. Que Ruth sea la princesa secuestrada, que él sea el pirata ladrón del néctar de azúcar. El coleccionista de mandarinas.
Ya van por el país del nunca jamás.
Les veo atravesar el cielo. Cruzan la luna y saludan a lo lejos, con el móvil en la mano ya sin cobertura.
Porque en el país de los sueños las compañías telefónicas no tienen instaladores de antenas parabólicas, ni llegan los rayos ertzianos ni la luz se descompone en fotones.
Eso es aquí, porque sólo aquí nos creemos que lo que hay es lo que se ve.
Ahora ya no veo a Ruth. Las nubes taparon el barco. Pero ella existe.
Y el pirata le ha devuelto la risa, y su corazón con llave ya no es una concha marina inexpugnable.
Ahora todo flota en su entorno. Ahora Ruth desdibuja sus fronteras, como si su cuerpo se hubiera deshilachado, para dejar salir lo otro hasta el infinito y más allá.
Fantasia existe. La Luna ha dado a luz una ilusión tan real como el pirata, ahora rey del jugo de frutas.

4 feb 2008

Las tristes mentiras

Mentir: huír hacia delante, sin reconocer el presente.
Pretender que la que actúa no eres tú. Que tu vida es un calco de tus ilusiones.

Control: dominio de la situación, para que los pensamientos coincidan con los hechos, para que la vida no sea una enorme ola que se ríe de tu barco sin timón.
Ya está hecho.

Pido que el pasado no me estropee más el presente. Cortar los hilos internos que me atan a la que fui para poder emprender el proyecto más grande de mi vida: construirme.
Que mis pilares existan, que sean firmes y flexibles, reales y nobles.

Coherencia: decir lo que pienso, pensar lo que hago, hacer lo que siento.

Sueños cumplidos: no dejar nada por hacer. Trabajar para generar. Que los proyectos se conviertan en hechos, y los hechos me conviertan en un ser real, capaz, dispuesto a correr el riesgo de tropezar a cambio del triunfo de avanzar.

Me llamo Leticia Lafuente López y llevo 34 días sin mentir.