Ayer volví atrás.
De pronto, tuve la sensación de haber estado esperando todo este tiempo; como si hubiera una solución, una fórmula mágica, un objetivo que me salvaría de mi abulia.
Porque, desde niña, la he sentido.
La sensación de que la vida, en sí misma, carece de sentido.
Los estudios, el trabajo, los objetivos, son sólo fórmulas de entretenimiento para distraernos; para no darnos cuenta de que, en realidad, sólo intentamos pasar el tiempo entretenidos.
¿Por qué esa necesidad de Misión?
Ayer sentí vértigo al comprender que en mi vida sólo ha habido investigación, pero nunca un objetivo concreto.
Quise probar esquemas diferentes; variar de una personalidad a otra, de unos valores a otros, destruyendo en cada nueva fase todo lo anterior.
He jugado a ser muchas personas distintas; he roto esquemas que yo misma valoraba como inquebrantables.
He jugado con muchas personas diferentes; como si en ellas estuviera el secreto que necesito para entender qué estoy haciendo yo aquí.
No hay secreto, no hay misión.
Dice mi psicóloga que lo que tenemos está en el presente, aquí y ahora. El pasado nos distrae, el futuro nos impide disfrutar al completo de lo actual.
Lo que existe, sin mayores expectativas, lo tenemos en cada momento delante de los ojos.
Cada segundo vale, cada uno puede tener, si lo consentimos, un valor único. El secreto está en despertar ese valor; en comprender el sentimiento que se desprende de ello.
No hay fórmula matemática que me transforme en un ser capaz de dar y recibir felicidad.
Hay un presente al que sacar partido con todos los sentidos.
De pronto, la sensación es de un alivio infinito.
No lo he hecho tan mal, entonces: despojarme de quienes me hacían daño para rodearme de quienes me ofrecen un presente agradable, pleno.
Crezco a cada segundo que pasa sin preocuparme quién seré a continuación.
Los objetivos se limitan a mantenerme con vida, en un estado de salud, para poder seguir disfrutando de mis sentidos, de mis sentimientos.
Potenciarlos, despacio, para saborear cada situación.
Que la vida me encuentre dispuesta a disfrutarla.
La pregunta ya no es: ¿Lo lograré?
La pregunta se convierte en una afirmación: estoy sintiendo.
¿Es suficiente?
Aquí y ahora, sí.
Ya no me importa quién seré al día siguiente. Como si ésa no fuera yo.
No pretendo averiguar quién seré para pensar qué necesitaré. Eso lo pensaré mañana.