19 mar 2008

La boda de Ruth

La sonrisa de Ruth ha cambiado. El gesto formal, agradable, cortés, ha cedido.
La educación continúa, pero queda a un lado, opaca ante el brillo de lo otro.
Que son palabras que no oigo, porque son tan secretas que permanecen junto a su boca, contemplándola.
Que es el aire que se cuela en un juego cuyas normas son tan ocultas como los mapas de un tesoro pirata.
Y ahí aparece él. Un pirata de pata de palo, que vino con su loro al hombro a conquistar lo más preciado, con su risa.
Y su risa abrió la llave.
Y el corazón de Ruth parece ahora un caramelo de mandarina sin papel: abierto en gajos que invitan a saborear el dulce.
Se casa Ruth. Se la lleva el pirata de pata de palo.
Porque le promete una gran aventura, en su barco con sirena a proa.
Y me gusta. Que Ruth sea la princesa secuestrada, que él sea el pirata ladrón del néctar de azúcar. El coleccionista de mandarinas.
Ya van por el país del nunca jamás.
Les veo atravesar el cielo. Cruzan la luna y saludan a lo lejos, con el móvil en la mano ya sin cobertura.
Porque en el país de los sueños las compañías telefónicas no tienen instaladores de antenas parabólicas, ni llegan los rayos ertzianos ni la luz se descompone en fotones.
Eso es aquí, porque sólo aquí nos creemos que lo que hay es lo que se ve.
Ahora ya no veo a Ruth. Las nubes taparon el barco. Pero ella existe.
Y el pirata le ha devuelto la risa, y su corazón con llave ya no es una concha marina inexpugnable.
Ahora todo flota en su entorno. Ahora Ruth desdibuja sus fronteras, como si su cuerpo se hubiera deshilachado, para dejar salir lo otro hasta el infinito y más allá.
Fantasia existe. La Luna ha dado a luz una ilusión tan real como el pirata, ahora rey del jugo de frutas.