La imagen de un país basado en una sabiduría casi mística, de sabor arcaico, nacida con el poso bien trenzado de la experiencia, misteriosa y dura a nuestros ojos, de magníficos imperios sucesivos, lejanos en el tiempo y el espacio, es más real ahora en la conciencia colectiva de occidente que en el día a día de los millones de personas que transitan por las grandes avenidas de las urbes chinas.
Allí, los rascacielos se lo comen todo; en la noche, disparan imágenes gigantescas en sus paredes, instantes de color luminoso que atraviesan la ciudad en un mundo de formas nuevas y surgidas casi de un día para otro.
China aún no ha logrado librarse de sus largas barriadas antaño obreras, hoy decadentes, ocupadas ahora de forma alegal por campesinos dispuestos a perder todos sus derechos de buen ciudadano por una oportunidad en la gran ciudad (fuera de su región natal, no podrán percibir ninguna contraprestación pública, como el subsidio por desempleo, la libre y gratuita escolarización de sus hijos o la atención sanitaria pública); esos rincones, demasiado cercanos a los centros financieros y políticos, aparecen de pronto, al doblar la esquina, donde el asfalto se convierte en arena pisada por pies descalzos de hombres desdentados, con ropas sin color que casi nacieron con ellos.
Con todo, basta avanzar unos cuantos metros y las casitas iguales, de una planta, que en un tiempo formaron parte de un plan de urbanismo público destinado a la vivienda de protección oficial para el proletariado, y que hoy apenas conservan sus tejados en pie, desaparecen. El muro que las rodeaba se conserva, con la cerámica verde haciendo olas sobre su superficie agujereada de ventanas enrejadas. Detrás, se adivina una grúa que construye, de la nada, una magnífica torre de oficinas. Acero y cristal lo inundan todo, como si los chinos vistieran la mesa para el banquete de un gigante invisible.
El calor de Shanghai, insoportable en verano, hace que las calles se aglomeren de sombrillas rosas o violetas, bordadas de puntillas en sus extremos, con toques de lentejuelas azuladas que destellean al sol. Este aire tan "kitch" de los paragüitas de seda contrasta con la imagen de sus portadoras, señoritas de pantalón corto, camiseta impresa con mensajes alternativos escritos en perfecto inglés, coleta, bolso tipo saco y sandalias de tacón de plástico, que se mueven ágiles y atrevidas entre la multitud; su aspecto es más provocador, novedoso y creativo que el de cualquier chica anónima que anda con expresión mortecina por los barrios financieros de Madrid. Acostumbrados a la sobriedad discreta de nuestras calles pavimentadas en gris, el espectáculo de brillo y color hace imprimir una inevitable sonrisa.
Su maglev, el tren más rápido del mundo, es otra prueba más de la vitalidad renovada de China. Basado en un cómodo y afilado habitáculo de avance silencioso y raudo, este tren de alta velocidad te traslada a 475 kilómetros/hora poco antes de dejarte en el centro de la ciudad, desde el aeropuerto. A través de sus ventanas herméticas, es difícil adivinar la silueta de los árboles, que pasan como borrones horizontales desdibujados entre el fondo del paisaje.
Este ingenio, que duplica la velocidad de nuestro AVE, tan aclamado por Obama, convive con trenes que, una vez en marcha, sufren averías repentinas y no logran superar los 15 kms por hora. Aunque mientras, dentro, el aire acondicionado te ayuda a olvidar que en tu mismo vagón viajan más de 90 personas, sentadas en el suelo, semitumbadas por los pasillos, en el hueco del baño, en el chiscón del depósito de agua caliente... ¡Agua caliente en verano! La beben a todas horas, en vaso o en cantimploras de plástico con algún ingrediente que flota en su interior (hojas de té o lagartos enteros en descomposición), o bien vertida sobre una sopa envasada en tarrinas de cartón, que desprende un olor amargo a orina de mono insoportable (por alguna razón cultural o genética que me supera, hay que admitir que a ellos les encanta).
Una juventud capaz de ir a clase sábados y domingos, con un examen de fin de carrera que supera con creces la reválida de nuestros padres, con inglés obligatorio para lograr cualquier título en cualquier universidad, capaz, digo, de viajar 40 horas en tren, semi recostados en el fuelle que une dos vagones, y que saborea con placer esa cosa que llaman sopa, no tiene por más que triunfar allá donde vaya. Por eso, los traslados dentro y fuera del país están controlados, de la forma más práctica y directa que puede idearse: limitando, a la mínima expresión, el número de trenes que parten de los puntos neurálgicos del país. Una espera de meses para conseguir un billete, o de años para lograr un pasaporte, es una buena razón para valorar quedarse en casa.
Durante el día, en el tren, la luz clara te permite contemplar con tiempo los pequeños arrozales encajonados en valles enanos entre montañas altas y verdes, cultivados por campesinas con la cabeza cubierta por un 中國帽子 (o, non la, símbolo del país) que pulsan de un arado de madera y hierro tirado por bueyes; al rato, el paisaje cambia por completo y te encuentras en una eterna llanura de maizales, perfectamente cultivados por maquinarias de última generación; de pronto, surgen de nuevo los montes, tras los que se ocultan industrias perdidas en mitad de un horizonte que nunca acaba, o los grupos de tres chimeneas de radios inmensos y forma convexa que imaginamos pertenecían a una central nuclear.
Creo que fue José Luis López Vázquez quien protagonizó un corto en el que entraba, pero jamás salía, de un vagón de metro. Allí los que llevaban más tiempo se iban convirtiendo en esqueletos; el resto, contemplaban inmóviles, mudos, cómo otros iban entrando, sin poder avisarles, sin poder escapar. Los viajes de larga distancia por tren en China son exactamente así: cuando cae el sol y crees que al fin has superado más de la mitad del trayecto, el tren aminora la marcha y esperas que entonces alguien se baje, que el tren se vaya vaciando poco a poco al acortar la distancia a su destino final. Pero no: son aún más los que entran, dispuestos a pasar la noche robando espacio a los que ya se aglomeraban por los suelos. Sin embargo, la lección queda aprendida: lejos de disgustarse, los despertados hacían sitio amablemente a los recién llegados, doblándose en posturas en las que, a base de práctica, habían aprendido a dormitar. Es entonces, cuando incomunicada por la dificultad del idioma, comprendes que aún queda mucho, mucho tiempo para alcanzar el final.
El día siguiente se repite idéntico al anterior; por fin, de entre los nuevos, surge alguien que sabe inglés: nos explica que la lentitud del tren se debe a una avería, que llegaremos con cinco horas de retraso. Y entonces te ríes, porque hueles mal, porque te duele todo, porque llevas 35 horas acurrucada en una banquetita plegable que te ha permitido pasar la noche a 30 cm del suelo, porque cada vez que alguien quería ir al baño o a buscar agua, debías despertar y levantarte para dejarle paso. Y aún así, tras una jornada y una noche completas, bien amanecido el nuevo día, quedan cinco horas más de las esperadas para llegar. Al fondo del vagón, José Luís López Vázquez también sonríe.
De pronto la multitud del tren, adormilada y totalmente inactiva hasta ese momento, se pone en marcha a una velocidad eficiente y calculada por la práctica: miles de maletas salen de espacios inauditos, recorren mano a mano el estrecho pasillo sobre nuestras cabezas y de pronto todo el mundo está en pie mirando hacia la misma dirección: la de la puerta del vagón. El destino, aunque parecía imposible, está aquí.
Por la calle, en otra de tantas grandes ciudades, te asaltan los vendedores de imitaciones, con cartulinas de colores donde te muestran el género: relojes, vaqueros y bolsos de las firmas más caras y prestigiosas del mundo, están a tu alcance por sólo 2 euros. Jamás te robarán, pero intentarán estafarte con el cambio.
En las afueras, tras un breve recorrido en taxi, las pagodas de siete plantas, enraizadas en lo alto de colinas rodeadas de bosques tropicales, han sido respetadas y aún mantienen la magia, a pesar del descuido generalizado de sus espacios.
La nueva China no sólo devora a Europa, a Occidente; también se autofagocita en un intento ave-fénico de resurgir de sus propias cenizas.
Pronto está el día en que seamos nosotros quienes trabajemos en sus tiendas del todo a cien.
Aquí mi historia. 50 m3 a mi alrededor. A cada estímulo que sobrepasa la barrera de mi memoria de pez.
27 oct 2010
8 may 2010
Muerte color granito
Con el alma en una bolsa, paseo las pestañas entre el viento ansioso.
El cielo cubierto, repleto, bajo, se deja engullir por el cristal gris.
Rodeo el foso, lenta entre árboles escuetos, hasta lo más alto de la más alta torre añil.
Allí esperan cojituertos los cuervos desteñidos.
Salva tu sonrisa, tu imaginación transparente; ellos se alimentan de todo cuanto aún logras sentir.
¿Ya fagocitaron con pericia higiénica tu alma en un descuido sordo?
Engordas pues al rebaño acólito de la carnívora coloma gris.
El cielo cubierto, repleto, bajo, se deja engullir por el cristal gris.
Rodeo el foso, lenta entre árboles escuetos, hasta lo más alto de la más alta torre añil.
Allí esperan cojituertos los cuervos desteñidos.
Salva tu sonrisa, tu imaginación transparente; ellos se alimentan de todo cuanto aún logras sentir.
¿Ya fagocitaron con pericia higiénica tu alma en un descuido sordo?
Engordas pues al rebaño acólito de la carnívora coloma gris.
4 mar 2010
Brillo
Ya soy el ojo por el que enhebras el jugo de tus axones.
Ya mis pestañas dibujan la sombra de tu historia oculta.
En la risa de la tarde final, luz de membrillo,
nutro mi paleta de esponjas.
Para leerte fuerte en el azul denso, muda por tu baile nuevo.
Así te veo: a través de una distancia que ya voy aprendiendo a calcular, para saber, con certeza matemática, la cercanía de tus instantes.
Ya mis pestañas dibujan la sombra de tu historia oculta.
En la risa de la tarde final, luz de membrillo,
nutro mi paleta de esponjas.
Para leerte fuerte en el azul denso, muda por tu baile nuevo.
Así te veo: a través de una distancia que ya voy aprendiendo a calcular, para saber, con certeza matemática, la cercanía de tus instantes.
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