Lloran los vecinos al saber del hombre que se suicidó al peder su casa.
De haberlo sabido, ¿cuántos se habrían ofrecido a alojarle, al menos durante unos días, por turnos?
Quizá sólo por saberse merecedores del mérito de haber evitado una muerte, que no es cosa poca.
Valientes, héroes de cartón piedra, pero reales y capaces entre sus cuatro paredes.
Esto no significa que no haya que manifestarse; que los bancos no deban pagar el destrozo que han causado en la vida de muchas personas, que son más que números de cuenta.
Pero además estamos nosotros.
¿A quién le preguntaron si quería venir a este mundo, tal y como funciona?
Yo me encontré aquí por sorpresa, con el envase elegido por el mero azar genético, embutida en una cultura no elegida, y con los años, obligada a comportarme como una persona mayor.
Hay hambre; la gente asesina, miente, roba. Incluso en las zonas que nos atrevemos a llamar civilizadas.
Ante el riesgo, lo normal es el "sálvese quien pueda", y si tengo que pisar cabezas, allá ellos: haberse quitado antes de debajo de mi bota.
Con el paso del tiempo, el cúmulo de heridas va haciendo mella.
Hasta que un hombre se suicida: mejor muerto que en una vida perra y arrastrada en la puta calle. Sin casa y sin nada que llevarte a la boca; con la vergüenza del fracaso escrita en la frente, con el silencio por respuesta. Con la mancha en el alma de saber que a nadie le importa. Con la inmensa tristeza de saber que tus iguales te ignoran por pura pereza. Yo le doy la razón: creo que es mejor estar muerto. Y así, tal y como funciona el mundo, parece que la conclusión lógica es el suicidio colectivo (ya que te pones, al menos hacerlo en compañía).
Pero, ¿es de verdad la única opción? ¿No somos capaces de algo mejor? ¿No podemos echar el freno, mirar al de enfrente a la cara y preguntar: "¿Cómo estás?" Y que la pregunta sea sincera, que nos importe en serio. Y si podemos, ayudar. Aunque sea dando la hora a un desconocido en plena calle. Al menos, así tendrá la certeza de que llega tarde, una vez más.
Todos, todos, podemos dar sin sentirnos estafados, gorroneados o sin echar en falta lo que dimos. Piensa y se te ocurrirá que quizá una simple sonrisa en el ascensor, mientras bajas, es un regalo.
Si alguien le hubiera escuchado, si él hubiera sentido el apoyo sincero de otros, si no se hubiera sentido culpable de aceptar esa ayuda al saber que él hubiera hecho lo mismo, aún estaría vivo para seguir reclamando al banco lo que es suyo por derecho como ser humano.
Creo sinceramente que existe alternativa: frente al suicidio colectivo, ¡diarrea sentimental!
Queramos a todos, que a todos nos hace falta.
Aquí mi historia. 50 m3 a mi alrededor. A cada estímulo que sobrepasa la barrera de mi memoria de pez.
27 oct 2012
Utopía
Luna vestida de trenza, luz de ave, mujer.
Llama que brota en la rabia, dolor al nacer.
Furia de manos frías, lengua de mar que viste tus pies dormidos.
Golpes de tacón metálico como dedos consentidos sobre un piano nuevo.
Descalza. Ojos bañados de un sentir de roca y lava.
Llueve sobre gris. Nacerán colores. La risa brota de un abanico rojo: Mariposa como labios de excursión.
Manos que esculpen latidos. Generosas en su autogobierno, abren la puerta a saberse uno.
La libertad te encuentra y de pronto, sabes que los otros te ven hacer.
¡Protagonista de tu existencia! Consciente del poder de tus mandatos. Al nacer, tras el dolor primero, surge la influencia.
María Pagés, Utopía.
Llama que brota en la rabia, dolor al nacer.
Furia de manos frías, lengua de mar que viste tus pies dormidos.
Golpes de tacón metálico como dedos consentidos sobre un piano nuevo.
Descalza. Ojos bañados de un sentir de roca y lava.
Llueve sobre gris. Nacerán colores. La risa brota de un abanico rojo: Mariposa como labios de excursión.
Manos que esculpen latidos. Generosas en su autogobierno, abren la puerta a saberse uno.
La libertad te encuentra y de pronto, sabes que los otros te ven hacer.
¡Protagonista de tu existencia! Consciente del poder de tus mandatos. Al nacer, tras el dolor primero, surge la influencia.
María Pagés, Utopía.
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