29 oct 2014

La pinza en el estómago

Necesito explicar la pinza que me agarra el estómago.
No se trata de una sensación de emergencia. No es querer cambio, necesidad de una realidad distinta.
Tampoco es como antes, cuando el pasado era la soga que apretaba mi cuello.
Ahora soy libre.
Puedo ir, estar, parar.
Puedo pensar.
Puedo decir lo que pienso.
La amenaza ha cesado.
Ya no debo quedar quieta, queda, en silencio, ante amenazas cursadas por la intolerancia de quien teme la transparencia de su alto nivel de incompetencia.
El miedo ha muerto. Ante la falta de presión, todo va volviendo poco a poco a su lugar.
Vuelvo a enfadarme, a reconocer mi derecho al enfado.
Vuelvo a sentir lástima y asco por las personas sin entrañas.
Vuelvo a pensar que quien se deja el ánimo en casa para ir a trabajar es como si prostituyese su esencia. Follar con el espíritu sin condón por dinero. Putas de oficina.
Y antes de que todo esto se convierta en rabia, soy libre de ir a tomar un café al sol sin horario, sin órdenes, sin miradas.
Nadie que me diga cómo debo vestir, a qué hora debo llegar, con quién puedo hablar, qué puedo decir, qué debo callar.
Y continúa ahí, la pinza en el estómago.
Porque no puedo olvidar, ni perdonar, ni hacer como que no ha pasado.
Ojalá existiera un sicario de almas, para extirpar a golpes el aliento de las putrefactas. Para que sus ambiciones mediocres hiedan por fuera como lo hacen por dentro. Para que entiendan que el dinero no cura la soledad. Porque estar solas no es la consecuencia, es la primera causa de todo cuanto hacen. Porque no saben, aunque quieran, amar a otro, ni logran consentir su libertad.