29 mar 2014

Me cago en el amor

Así gritaba, así, así, así gritaba, así, así, así gritaba que yo la vi.
Y con su voz desgarraba el aire que yo respiré. Y sus palabras alimentaron mis pulmones.
Mientras, mi cabeza daba vueltas al escuchar a Sócrates hablar de amor. En mitad de una orgía, comenzó el juego. Quien perdía la silla, debía confesar su idea de amor. Y habló Sócrates. Habló del orgasmo sin carne, del amor por encima de lo humano, del aquí y ahora, del tú y yo. Del amor como parte de un todo del que formamos parte, más allá del cuerpo, de la realidad física que nos ha tocado experimentar. El amor entendido como sentimiento puro, como experiencia del espíritu. ¿Tiene sentido? ¿Somos capaces, en la edad de la efebocracia, del éxito cortoplacista, del materialismo individualista, de experimentar un sentimiento que sobrepasa nuestro ser? ¿Podemos acaso rozar el sentido de lo que implica? Comprender que la ira, el miedo, la alegría o la sorpresa son universales porque están hechas de lo mismo, ese algo común que nos hace sentir que pertenecemos. Si fuéramos líquidos, nos diluiríamos y sería imposible volver a separarnos. Ya no se podría ver de quién es este o aquél sentimiento. De hecho, saldría un supersentimiento único que superaría a los sentimientos humanos diminutos enanos y envasados en píldoras cárnicas. Sin Dios ni cielo ni Iglesia que lo sustente. Puro sentir orgásmico, etéreo, universal y apócrifo.
¿Somos capaces de concebir el amor universal sin caer en el misticismo religioso? ¿Entender que el cuerpo es una mala reproducción de lo que podemos llegar a sentir si vamos más allá, si subimos un escalón más y ascendemos al amor al todo?
Sin Dios. Amor sin Dios. Sin cruces, sin sacrificios, santos ni angustia. Un amor de orgía universal. Donde todos aman a todos y se lo demuestran sin mojigaterías de cuáquera estreñida, sin normas, sin límites.
¿Te atrae la idea?
Quizá estés a tiempo de vender tu adosado, de renunciar a tu cuatro por cuatro, de donar tus hijos a la ciencia y de empezar a vivir... o quizá ya estás tan integrado que no se puede esperar nada.
Quizá la voz rasgada de la chica no impactaría en tu alma. Quizá mirarías el reloj, preguntándote si la niñera le ha dado de cenar al crío antes de acostarle. O si estarán jugando a la play en lugar de estar durmiendo, mientras tú no logras concentrarte en lo que dice o hace Sócrates en el escenario.
Contra tanta realidad yo no puedo. Te dejo a solas con el bibe.