Hay una escena de la película "Princesas", de Fernando León, que me tiene preocupada.
Esta mini historia transcurre en una farmacia: La protagonista, una prostituta treintañera venida a menos por la competencia extranjera, hace cola para comprar una tonelada de condones. Mientras, entra una señora en la farmacia con su hija, que quiere pesarse en la báscula. La cría mete la moneda, se sube a la peana del aparato y espera, espera y espera. Nada ocurre. Disconforme, le dice a su madre que la báscula se ha tragado la moneda y no marca el peso. La puta, que está al tanto de la situación, se adelanta y le contesta: "Es que se ha dado cuenta de que eres un ángel y los ángeles no pesáis nada. Por eso sigue marcando cero". La madre, desde la cola, interrumpe: "¿Queréis dejaros de tonterías? ¿No ves que la báscula está rota? ¡Anda, bájate de ahí y déjate de leches!" La transcripción es inventada porque vi la película hace tiempo y mi memoria flaquea, pero la imagen continúa rondando en mi cabeza.
Dándole vueltas al asunto, llego a la conclusión de que mis últimos años han sido una recolección algo absurda de "momentos farmacia". El último me lo recordó un hada de 24 años cuando comenzó a hablar de sus alas (véase http://thisaangel.blogspot.com.es/2015/10/a-dream.html): Hace cosa de un año, poco más o menos, comencé a sentir un dolor intenso en la espalda. Era un dolor constante, caliente. Al mover el cuello se convertía de pronto en un latigazo eléctrico que me recorría el brazo derecho hasta la palma de la mano, para luego desaparecer de golpe. "¡Tate!", pensé: "Al fin me están saliendo alas". La doctora no estuvo de acuerdo, y me dijo que tengo una hernia discal a la altura de la vértebra quinta. "Menudo hernión", dijo. "Si no te mejora, tendremos que operar". Y el momento farmacia se me echó encima como una lluvia fría y densa, inesperada, que te cala los calcetines por dentro y te fastidia el resto de la mañana, incómoda en la oficina sin poder meter los pies en agua caliente bajo la ducha hasta mucho después.
Las personas que vemos hadas o ángeles no somos necesariamente idiotas (algunas sí, pero eso es un tema a parte). No es que no veamos el mundo tal y como es; no es que no comprendamos que la báscula se ha roto, que la espalda también. Es que no nos conformamos con la idea de que nuestras madres tomaron la decisión de traernos a un mundo tan feo, tan rudo, tan áspero, tan insulso. Por eso lo recreamos, para ellas, para nuestras madres: Para que puedan decir que nos deseaban algo hermoso, algo onírico, algo único. Porque amamos a quienes nos crearon. Para ellas inventamos un mundo nuevo, que huye de las farmarcias, de las señoras que olvidaron soñar, de las doctoras que diagnostican enfermedades incurables sin operación previa.
Porque creo que la mente alberga mundos infinitos, vivo para recrear una vida que la realidad se empeña en teñir de gris.
Esta mini historia transcurre en una farmacia: La protagonista, una prostituta treintañera venida a menos por la competencia extranjera, hace cola para comprar una tonelada de condones. Mientras, entra una señora en la farmacia con su hija, que quiere pesarse en la báscula. La cría mete la moneda, se sube a la peana del aparato y espera, espera y espera. Nada ocurre. Disconforme, le dice a su madre que la báscula se ha tragado la moneda y no marca el peso. La puta, que está al tanto de la situación, se adelanta y le contesta: "Es que se ha dado cuenta de que eres un ángel y los ángeles no pesáis nada. Por eso sigue marcando cero". La madre, desde la cola, interrumpe: "¿Queréis dejaros de tonterías? ¿No ves que la báscula está rota? ¡Anda, bájate de ahí y déjate de leches!" La transcripción es inventada porque vi la película hace tiempo y mi memoria flaquea, pero la imagen continúa rondando en mi cabeza.
Dándole vueltas al asunto, llego a la conclusión de que mis últimos años han sido una recolección algo absurda de "momentos farmacia". El último me lo recordó un hada de 24 años cuando comenzó a hablar de sus alas (véase http://thisaangel.blogspot.com.es/2015/10/a-dream.html): Hace cosa de un año, poco más o menos, comencé a sentir un dolor intenso en la espalda. Era un dolor constante, caliente. Al mover el cuello se convertía de pronto en un latigazo eléctrico que me recorría el brazo derecho hasta la palma de la mano, para luego desaparecer de golpe. "¡Tate!", pensé: "Al fin me están saliendo alas". La doctora no estuvo de acuerdo, y me dijo que tengo una hernia discal a la altura de la vértebra quinta. "Menudo hernión", dijo. "Si no te mejora, tendremos que operar". Y el momento farmacia se me echó encima como una lluvia fría y densa, inesperada, que te cala los calcetines por dentro y te fastidia el resto de la mañana, incómoda en la oficina sin poder meter los pies en agua caliente bajo la ducha hasta mucho después.
Las personas que vemos hadas o ángeles no somos necesariamente idiotas (algunas sí, pero eso es un tema a parte). No es que no veamos el mundo tal y como es; no es que no comprendamos que la báscula se ha roto, que la espalda también. Es que no nos conformamos con la idea de que nuestras madres tomaron la decisión de traernos a un mundo tan feo, tan rudo, tan áspero, tan insulso. Por eso lo recreamos, para ellas, para nuestras madres: Para que puedan decir que nos deseaban algo hermoso, algo onírico, algo único. Porque amamos a quienes nos crearon. Para ellas inventamos un mundo nuevo, que huye de las farmarcias, de las señoras que olvidaron soñar, de las doctoras que diagnostican enfermedades incurables sin operación previa.
Porque creo que la mente alberga mundos infinitos, vivo para recrear una vida que la realidad se empeña en teñir de gris.