29 oct 2015

Momento farmacia

Hay una escena de la película "Princesas", de Fernando León, que me tiene preocupada.
Esta mini historia transcurre en una farmacia: La protagonista, una prostituta treintañera venida a menos por la competencia extranjera, hace cola para comprar una tonelada de condones. Mientras, entra una señora en la farmacia con su hija, que quiere pesarse en la báscula. La cría mete la moneda, se sube a la peana del aparato y espera, espera y espera. Nada ocurre. Disconforme, le dice a su madre que la báscula se ha tragado la moneda y no marca el peso. La puta, que está al tanto de la situación, se adelanta y le contesta: "Es que se ha dado cuenta de que eres un ángel y los ángeles no pesáis nada. Por eso sigue marcando cero". La madre, desde la cola, interrumpe: "¿Queréis dejaros de tonterías? ¿No ves que la báscula está rota? ¡Anda, bájate de ahí y déjate de leches!" La transcripción es inventada porque vi la película hace tiempo y mi memoria flaquea, pero la imagen continúa rondando en mi cabeza.
Dándole vueltas al asunto, llego a la conclusión de que mis últimos años han sido una recolección algo absurda de "momentos farmacia". El último me lo recordó un hada de 24 años cuando comenzó a hablar de sus alas (véase http://thisaangel.blogspot.com.es/2015/10/a-dream.html): Hace cosa de un año, poco más o menos, comencé a sentir un dolor intenso en la espalda. Era un dolor constante, caliente. Al mover el cuello se convertía de pronto en un latigazo eléctrico que me recorría el brazo derecho hasta la palma de la mano, para luego desaparecer de golpe. "¡Tate!", pensé: "Al fin me están saliendo alas". La doctora no estuvo de acuerdo, y me dijo que tengo una hernia discal a la altura de la vértebra quinta. "Menudo hernión", dijo. "Si no te mejora, tendremos que operar". Y el momento farmacia se me echó encima como una lluvia fría y densa, inesperada, que te cala los calcetines por dentro y te fastidia el resto de la mañana, incómoda en la oficina sin poder meter los pies en agua caliente bajo la ducha hasta mucho después.
Las personas que vemos hadas o ángeles no somos necesariamente idiotas (algunas sí, pero eso es un tema a parte). No es que no veamos el mundo tal y como es; no es que no comprendamos que la báscula se ha roto,  que la espalda también. Es que no nos conformamos con la idea de que nuestras madres tomaron la decisión de traernos a un mundo tan feo, tan rudo, tan áspero, tan insulso. Por eso lo recreamos, para ellas, para nuestras madres: Para que puedan decir que nos deseaban algo hermoso, algo onírico,  algo único. Porque amamos a quienes nos crearon. Para ellas inventamos un mundo nuevo, que huye de las farmarcias, de las señoras que olvidaron soñar, de las doctoras que diagnostican enfermedades incurables sin operación previa.
Porque creo que la mente alberga mundos infinitos,  vivo para recrear una vida que la realidad se empeña en teñir de gris. 

19 jun 2015

Big Data

Big Data son los grandes números.
¿Podríamos contar cuántos seres humanos han existido desde el principio?
Cuántas vidas ha habido.
Cuántos recuerdos.
Cuántos sentimientos enlazados a historias concretas, reales, ¿recuperables?
Energía consumida, compartida, construida, trenzada.
Quedan pinturas, escritos, fotografías.
Ahora también vídeos en YouTube.
¿Es suficiente? ¿Dejar un rastro en Facebook es todo?
¿Dónde está nuestro árbol de Gaia? ¿Es acaso un servidor en la nube?
¿Podremos un día conectar la trenza de nuestro pelo a internet y sentir vívidamente las emociones de nuestros antepasados? ¿Comprender su historia como si fuera la nuestra?
Recuperar emociones auténticas, no relatos torcidos por la conveniencia de los vencedores y el silencio y la vergüenza de los vencidos.
Fotos en blanco y negro de personas que ya no.
¿Para qué esforzarse si no? Construir, conocer, acumular, sentir, compartir. Al cabo de dos generaciones, nadie lo recuerda. Nadie sabrá que has existido. Toda la energía transformada se habrá ido para siempre. ¿Qué sentido tiene la humanidad sin un continuo? Renovarse o morir, morir para renovarse. Consumimos un planeta indefenso, generación tras generación, ¿con qué objetivo? ¿La mera experiencia personal que se pierde en el tiempo como lágrimas en la lluvia, que diría el replicante? Que inventen ya un encapsulador de momentos, para reproducirlos 200 años después, con otros ojos, con otro entorno, con otra historia. Repensar, resentir, reaprender algo ya usado por otros. Revivir la vida ajena, ya extinguida, para completar tus carencias, para crecer en espacios ya inexistentes. ¿Se pueden reconstruir las estructuras y conexiones entre axones y dendritas para replicar recuerdos? Matrix y Avatar combinados para complacerme.

4 may 2015

Tres bajas por depresión y un suicidio

Son las estadísticas de una empresa real.
Tres trabajadores de baja por haber dejado de sentir ganas de vivir.
Un trabajador muerto.
Sentir que no vale la pena seguir respirando.
Que no eres lo bastante bueno para volver a ver a tu hija.
Que perderte sus días, su risa, sus preguntas, sus abrazos, vale la pena.
Que es mejor así, porque no eres lo bastante bueno para ella.
Porque ella crecerá mejor, más feliz, si no te recuerda, si no se avergüenza de ti.
Porque no has sido capaz de darle una casa donde vivir.
Porque no has sido capaz de darle de comer.
Porque no has sido capaz de vestirla.
Porque en los últimos meses, desesperado, sin trabajo, vivías en una furgoneta.
Porque el sueldo no te alcanzaba para ahorrar cuando lo tuviste.
Porque tu contrato basura no te dio para una indemnización cuando te despidieron.
Porque estabas de alquiler y te echaron no sólo del trabajo, sino también de tu casa.
Porque sin casa te quedaste sin familia.
Porque sin familia te quedaste sin ganas de seguir respirando.
Mientras, las gestoras continúan recibiendo su salario. Hacen coaching en Linkedin. Aconsejan a otros como gestionar su carrera profesional en internet.
Ellas, que no han sabido mirar a los ojos a quienes tenían cerca.
Ellas, que no han visto cómo gestionaban la tristeza infinita.
Ellas, que no han sabido calibrar el poder de su vacío, que devora cuanto roza.
Es difícil aceptar la muerte de otra persona cuando sabes que podría haberse evitado.
Cuando sabes que hay personas que aún hoy miran para otro lado, esperando impasibles la muerte del siguiente (y ocurrirá; a su lista se añade otro empleado que ha tenido un derrame y está a la espera de operación).
¿De verdad hay que llegar a tanto por un puesto de trabajo?
¿De verdad es necesario ignorar el dolor, la soledad, la frustración, la injusticia, la enfermedad de un cuerpo reventado?
¿De verdad no importa si no es de nuestra propia sangre?
¿De verdad es necesario sacarnos los ojos y llevarlos en un bolsillo para que no vean el dolor de quien nos saluda, amable, a diario?
Quiero pensar que estar en paro implica que yo no he sido capaz de llegar a eso.
Quiero pensar que lo más importante, siempre, por encima de todo, son las personas.
Que el salario, los proyectos, las empresas, pueden esperar.
Que una vida humana está por encima de cualquier puesto.
Que las personas están por encima de todo.
¿Qué hacer entonces ante quien te empuja a la muerte con guante blanco?
Suplicar, para que en algún momento de sus vidas abran los ojos y se vean, tal y como son. Para que entonces, aún les quede mucho tiempo por delante, para aprovecharlo en algo útil, algo bueno, algo sano, algo fructífero. Para crecer, para hacer crecer a los demás. Para compartir, para aprender a dar.
Ojalá les llegue ese momento: Que su mayor riqueza sea el contenido de su alma.