4 may 2015

Tres bajas por depresión y un suicidio

Son las estadísticas de una empresa real.
Tres trabajadores de baja por haber dejado de sentir ganas de vivir.
Un trabajador muerto.
Sentir que no vale la pena seguir respirando.
Que no eres lo bastante bueno para volver a ver a tu hija.
Que perderte sus días, su risa, sus preguntas, sus abrazos, vale la pena.
Que es mejor así, porque no eres lo bastante bueno para ella.
Porque ella crecerá mejor, más feliz, si no te recuerda, si no se avergüenza de ti.
Porque no has sido capaz de darle una casa donde vivir.
Porque no has sido capaz de darle de comer.
Porque no has sido capaz de vestirla.
Porque en los últimos meses, desesperado, sin trabajo, vivías en una furgoneta.
Porque el sueldo no te alcanzaba para ahorrar cuando lo tuviste.
Porque tu contrato basura no te dio para una indemnización cuando te despidieron.
Porque estabas de alquiler y te echaron no sólo del trabajo, sino también de tu casa.
Porque sin casa te quedaste sin familia.
Porque sin familia te quedaste sin ganas de seguir respirando.
Mientras, las gestoras continúan recibiendo su salario. Hacen coaching en Linkedin. Aconsejan a otros como gestionar su carrera profesional en internet.
Ellas, que no han sabido mirar a los ojos a quienes tenían cerca.
Ellas, que no han visto cómo gestionaban la tristeza infinita.
Ellas, que no han sabido calibrar el poder de su vacío, que devora cuanto roza.
Es difícil aceptar la muerte de otra persona cuando sabes que podría haberse evitado.
Cuando sabes que hay personas que aún hoy miran para otro lado, esperando impasibles la muerte del siguiente (y ocurrirá; a su lista se añade otro empleado que ha tenido un derrame y está a la espera de operación).
¿De verdad hay que llegar a tanto por un puesto de trabajo?
¿De verdad es necesario ignorar el dolor, la soledad, la frustración, la injusticia, la enfermedad de un cuerpo reventado?
¿De verdad no importa si no es de nuestra propia sangre?
¿De verdad es necesario sacarnos los ojos y llevarlos en un bolsillo para que no vean el dolor de quien nos saluda, amable, a diario?
Quiero pensar que estar en paro implica que yo no he sido capaz de llegar a eso.
Quiero pensar que lo más importante, siempre, por encima de todo, son las personas.
Que el salario, los proyectos, las empresas, pueden esperar.
Que una vida humana está por encima de cualquier puesto.
Que las personas están por encima de todo.
¿Qué hacer entonces ante quien te empuja a la muerte con guante blanco?
Suplicar, para que en algún momento de sus vidas abran los ojos y se vean, tal y como son. Para que entonces, aún les quede mucho tiempo por delante, para aprovecharlo en algo útil, algo bueno, algo sano, algo fructífero. Para crecer, para hacer crecer a los demás. Para compartir, para aprender a dar.
Ojalá les llegue ese momento: Que su mayor riqueza sea el contenido de su alma.