19 dic 2016

Con furia en las pestañas

Con furia en las pestañas, porque saben que la luz no volverá a mezclar colores en su estela.
Con furia en las pestañas, por dar portazo a una última mirada nueva.
Con furia en las pestañas, por derrumbarse antes del último aliento.
Con furia en las pestañas, porque no anunciarán más el brillo de dos candelas.
Con furia en las pestañas, contagiadas de la energía de un alma plena.
Con furia en las pestañas, porque descansan vivas sobre un cuerpo asfixiado en pena.
Con furia en las pestañas, abanico estéril de miradas que ya nacerán muertas.

16 dic 2016

Un final diferente

La tropa estaba en pie, aterrada. Llevaba 48 horas encerrada entre cuatro paredes, sin luz, sin suministros, sin espacio para mover las pestañas. Afuera se escuchaban voces atroces, como de gigante. El capitán había preferido permanecer en silencio. Cualquier intento de alentar a sus hombres hubiera resultado en vano.

De pronto, ocurrió: Las paredes se movieron en un terremoto de nivel 8 en la escala de richter. Las voces se volvieron más claras, más cercanas, estridentes.
La tropa permaneció en su puesto, aunque algo descolocada por el vaivén del suelo. El capitán se entretuvo en pensar si debía sentirse orgulloso de tanta hombría o avergonzarse de sí mismo, por no atreverse a dar una mala orden.

El terremoto y las voces del exterior cesaron. Vino un silencio quieto. Fue el segundo más largo en la corta vida de nuestro capitán.
Y el techo se abrió. Milagrosamente, en lugar de caer sobre sus cabezas, se desgajó hacia fuera como una flor de loto.
La luz dejó ver a una tropa descolocada pero entera.

-¡Soldaditos de plomo, papá, son soldaditos de plomo! ¿Has visto? Al fin le llegó mi carta a Santa Claus!

El niño rompió las paredes de la caja y se fue directo a por el capitán. -¡Soldados! -dijo imitando la voz grave de un adulto. -¡Estamos en una misión de alto riesgo! Debemos ascender al árbol para lograr una panorámica del enemigo!

Sujetó entonces a un soldadito por las piernas y lo situó en lo más alto del alto abeto navideño.

-¡Infórmanos de la situación, soldado! 

En ese momento, se oyó un toc-crac que no auguraba nada bueno. El soldadito había caído al suelo y se le había partido una pierna.

-¡Rápido! -Dijo el niño fingiendo ser el capitán. -¡Hay que llevarlo a enfermería!

El crío sujetó al soldadito y se lo llevó en volandas de la sala.

La tropa permaneció inmóvil, petrificada, en silencio. Del otro lado de la puerta aún se escuchaba la voz del niño-gigante:

-Esto no tiene solución, soldado. ¡Será enviado a casa con todos los honores!

Los pasos de vuelta del muchacho hacia el salón hicieron temblar todo el suelo.

El capitán no salía de su asombro. Se preguntaba qué clase de cruel estratega habría sido capaz de idear semejante engendro: Un ser con la fuerza destructora de un gigante, pero la cara y los ademanes de un infante. ¿Cómo ordenar a su tropa que disparase contra un niño? ¿Qué clase de hombres serían entonces? Se trataba, sin duda, de una astucia del mismísimo diablo.

En el dormitorio, el soldadito herido había sido posado sobre un escritorio de madera pintado en azul cielo. El hombre aún se mantenía en pie, sobre su única pierna. 

Justo frente a él, al otro lado de la habitación, había un escritorio idéntico, pintado en rosa. En el tablero, descansaba sobre una sola pierna el más hermoso ser jamás contemplado: una señorita vestida de tutú se sostenía con grácil elegancia sobre la puntera de su zapatilla de ballet. 

Ella estaba de frente, dejando ver su esbelta figura, dispuesta en una ligera postura de arabesque. Tenía la cabeza alzada hacia el cielo, mostrando la fragilidad de su eterno cuello blanco.

El soldadito quedó fascinado. Pasó de la humillación de la derrota, de la angustia de la mutilación, al amor pleno en cuestión de un instante.

-Pero ¿qué opinará tanta belleza de mi cuerpo roto? -pensó el soldadito-. Ya no soy el de hace un momento. No volveré a correr, ni a saltar. No podré trabajar ni construir para ella una bonita casa. No podré sentir el orgullo de ser la fuente de alimento de sus hijos... ¡Me repudiará con asco al contemplar el muñón de mi rodilla!

El soldadito quedó desolado. Deseaba con todas sus fuerzas tener una cremallera en la espalda que le permitiera librarse de aquel cuerpo roto, inservible para sus anhelos. Se sentía preso de un envase inadecuado para sus sueños. ¡Si mi mente pudiera viajar hasta ella, colarse por su piel hasta alcanzar su alma..! Lamentó ser de materia gruesa. Odió a su dios por mantenerle atrapado de aquella manera. 

Permaneció mirándola, envuelto en una tristeza dulce que le embriagaba. Sin embargo... -¡Ella también se sostiene en un solo pie! -desde la posición del soldado, era imposible ver que la bailarina dejaba en el aire su otra pierna-.

-¡Quizá ella me comprenda! Ella tiene que saber lo que es sentirse incompleta, saber que sus deseos se adelantan a su pobre cuerpo. Quizá ella, al tener como yo una sola pierna, consiga amarme. ¡No está todo perdido! -al fin, su ánimo había encontrado una puerta de escape al desaliento. Por un momento, dejó de sentirse como la criatura errónea encargada por un dios menor-.

Del otro lado del dormitorio, la bailarina permanecía quieta. -Ha llegado uno nuevo -pensó ella-. Y yo con tortícolis de tanto mirar al techo. Encima, con este tutú absurdo que me hace parecer un jarrón chino. ¡Estoy hasta el gorro de mantener el equilibrio en esta postura! ¡Qué ganas tengo de que llegue al fin la media noche!

La muchacha pasaba las horas del día dentro de aquella caja de cristal, inmóvil, soñando con estar en cualquier otra parte del mundo. Se imaginaba navegando en un barco velero, camino del infinito, conversando en las puestas de sol con la ballena que albergaba a Pinocho en su panza.

Irrumpió entonces un ser desconocido para el soldadito: Una niña-gigante, idéntica a su mutilador, pero en formato femenino. Se dirigió a grandes zancadas hacia su objetivo: la bailarina.

-¡No! - Intentó gritar el soldadito. Pero el pánico le cerró la garganta.

La niña sujetó la cajita de cristal que contenía a la muchacha con una mano, mientras que con la otra giró una llave secreta que apareció en la trasera de la caja. De pronto, ocurrió un milagro: Una hermosa música comenzó a sonar, y la bailarina se movió en delicados círculos. Al fin paró, y la niña, sonriente, salió de la habitación por donde había venido.

-¡Menos mal! -pensó la bailarina-. Por fin puedo cambiar de postura. ¡Me dolía tanto el cuello! Y ya puedo posarme sobre mis dos pies, ¡qué descanso!

-¡Cómo, tiene dos piernas! -suspiró el soldadito-. ¡Qué engañado me tenía! Pero no puedo entristecerme porque ella esté completa. ¿Qué clase de caballero sería? ¡Así podrá correr mejor detrás de nuestros retoños!

-¡A dormir! -Fue un grito de guerra, un trueno que provenía de la otra estancia. Parecía la voz deformada hasta su extremo de una mujer adulta. 

-¡Pero mamá! ¡Aún faltan tres minutos para la media noche! Dijiste que podríamos quedarnos despiertos más tiempo hoy... -respondió el engendro infante-.

-Sí, hijo, pero mientras dejáis todo recogido y os laváis los dientes, ya se habrán pasado las doce. -dijo de nuevo la voz adulta-.

-¡A dormir! -Repitió ahora una voz masculina-.

Los dos gigantes (niño y niña) entraron apesadumbrados en el dormitorio. Tras un rato, ambos se durmieron y la habitación quedó en una ligera penumbra.

-¡Ya era hora! -Pensó la bailarina. Dió un salto del soporte dorado que la sostenía y flexionó con cuidado las piernas, dolorida.

-¿Dónde habrá puesto mis vaqueros la niña? 

Salió de la caja sin ser vista y se cambió de ropa. Se soltó la melena oscura y corrió a conocer al nuevo inquilino al otro lado del dormitorio. 

-Buenas noches -dijo ella-. 

El soldadito no salía de su asombro. Colorado y medio dormido, respondió: -Buenas noches, señorita.

-¡Vaya facha! ¿A ti no te dejan cambiarte por las noches? Con esa casaca, pareces un domador de circo.

- ¿Perdón?

-¡Anda, ponte esto! -La muchacha le ofreció un pantalón vaquero-.

-Pero... ¿Cómo voy a desnudarme delante de Vd?

-Bueno, si quieres te invito a mi casa de cristal. Así te enseño mi mirador particular...

El soldadito sintió una emoción profunda ante semejante proposición, al tiempo que una enorme vergüenza al pensarse inútil. No se creyó capaz de atravesar la instancia hasta el velador del otro lado de la ventana.

-No te preocupes, hombre, yo te ayudo. -dijo ella. Y le agarró de un hombro, dejando caer el brazo de él sobre la espalda de ella.

El corazoncito del soldado latía con fuerza. No podía creer en su suerte. -¡Ella realmente me ama! - pensó, entusiasmado-.

Con algún que otro tropiezo, lograron alcanzar el escritorio rosa. Allí esperaba la casita de cristal donde él la había contemplado en la distancia.

-Entra, es por aquí. -dijo ella-.

El hombre la siguió, saltando a la pata coja.

-¿Quieres verlo todo desde el mirador? -dijo la bailarina señalando la pirámide escalonada que se hallaba en el centro de la caja de cristal-. ¡Tiene una vista estupenda!

El soldadito recordó su caída del árbol y dudó, asustado. Pero no podía quedar como un cobarde ante su amada. Cogió aire y la siguió, decidido.

Una vez arriba, la bailarina le invitó a posarse sobre la base dorada donde él la había visto bailar poco tiempo antes tan grácilmente. 

-Sube ahí, ¡es la mejor posición!

El hombre la hizo caso, y situó su única pierna sobre el pedestal. De pronto, divisó, tal y como ella sugirió, la habitación entera.

La bailarina descendió entonces las escaleras e hizo girar la llave. La caja de música comenzó a sonar de nuevo, esta vez con una marcha militar, y el soldadito se vió envuelto en una serie de grotescas piruetas.

Ella rió, complacida.

-Ahora estamos en paz -dijo-. ¡Tú también me has visto a mí hacer el ganso ahí arriba!

El soldadito, mareado, trató de bajar del soporte, pero su bota había quedado enganchada por la hebilla de la espuela.

Desde la base de la escalera, ella revisaba la salida acristalada, ahora medio atascada por el mecanismo de la llave. 

-¡Qué extraño! –dijo la muchacha, avanzando cautelosamente-. ¡Qué puerta más pesada! –La tocó, al hablar, y se cerró de pronto, con un golpe.

-¡Dios mío! –dijo el hombre-. Me parece que no tiene picaporte del lado de adentro. ¡Cómo, nos ha encerrado a los dos!

-A los dos, no. A uno solo –dijo la muchacha-. Pasó a través de la puerta y desapareció.



12 dic 2016

El hombre sin tiempo

Erika tenía la sensación de observar a todo el mundo sin ser vista. Estaba acostumbrada a pasear por la estación como si ella fuera una agente de la CÍA al otro lado de un espejo espía en una sala de interrogatorios. Era como si llevar la mopa le diera un salvoconducto mágico: la gente caminaba junto a ella con la mirada perdida, sin dar jamás los buenos días o las buenas noches.
     La muchacha pasaba las horas contemplando a las personas que transitaban por el andén:

     A los hombres de negocio, que andaban rápido, con un maletín asido con fuerza y cara de pocos amigos.
     A los jóvenes mochileros, con sus rastas, sus pendientes en la nariz y sus tatús en los brazos. Por costumbre, se sentaban en el suelo y le dejaban a Erika la mitad del trabajo hecho.
     A las quinceañeras, abrazadas a sus carpetas, con sus faldas tableadas subidas a propósito muy por encima de la rodilla.
     A las familias, que se deshacían en llantos o se abrazaban con entusiasmo, cuando sus parientes se iban o volvían en el tren.
     Y luego, los preferidos de Erika: Los perros. A ella le encantaba pararse a observar cómo se volvían locos los animalitos al ver regresar a sus amos. ¡Con qué energía movían el rabo! Casi parecía que iba a salir volando como un búmeran.
    -¡Ojalá mi Pepe me quisiera con ese entusiasmo perruno! -se decía ella.

    La muchacha pasaba las horas por el andén, vaciando ceniceros, pasando la mopa, corriendo con la fregona para secar el charco de la gotera antes de que llegaran los pasajeros del siguiente tren. Estaba tan mimetizada con la estación, que le sorprendió sentir una mirada fija en ella.

    -Señorita, ¿tiene Vd. hora?
     Un ejecutivo sentado en un banco había dejado de consultar la pantalla de su móvil para mirarla.

    -Parece que el reloj del andén no funciona -continuó el ejecutivo- y me he quedado sin batería.
    Erika sintió cierta emoción al poder conversar al fin con alguien.

    -Lleva Vd. razón, no funciona. Lleva parado más de ochenta años.

    -¿No les llega el presupuesto para arreglar un simple reloj? Pues si que andamos buenos...
Erika pareció contrariada. 

    -No, no es eso... Fueron los familiares, que quisieron que quedara así para no olvidar la hora de los difuntos.

    -¿La hora de los difuntos? -dijo el hombre, sorprendido.

   -¡Fue algo que pasó hace tanto tiempo! -explicó la muchacha.- Al comienzo de la guerra, en julio del 36, cayó aquí una bomba. Derrumbó la cúpula de la estación, que era mucho más bonita que la que ve ahora. Un trozo de viga golpeó el reloj y quedó parado para siempre.

   - ¿Y los difuntos? -prefuntó él.

   - Los cascotes aplastaron un vagón del tren y murieron sepultadas más de veinte personas -contestó Erika-. Parece que no había hombres suficientes para sacarlas, y las mujeres y los niños no podían ayudar porque no se atrevían a salir de sus casas. La estación fue tomada por los militares, que cortaron el acceso, de modo que los cadáveres quedaron allí atrapados.

   -¿Y qué pasó con ellos? -dijo el hombre, con curiosidad.

   - Una vez terminada la guerra se reconstruyó la estación y empezaron a aparecer los cuerpos, aunque para entonces ya nadie fue capaz de distinguir si aquello eran los restos de un falangista o de un republicano. El párroco se negó a enterrar a todos en campo santo, así que se hizo una fosa común, que ahora ha quedado bajo la estación nueva.

   -Vaya, qué barbaridad -dijo el empresario.

   -Cuentan que por las noches aún se escuchan los gritos de los muertos. Pero yo vengo aquí a limpiar todos los días y los únicos gritos que se escuchan son los de las ratas que corren entre las vías. 

   Se hizo un silencio.

   -¿Cree usted en los fantasmas? -preguntó entonces la muchacha.

   -¡Por Dios, claro que no! Soy un emprendedor, un hombre de mundo -contestó él con cierta sorna-. Tengo los pies sobre la tierra. Creo en el aluminio con rotura de puente térmico, en el acero forjado. 

   Ella le miró extrañada.

   -¿Sabe usted -preguntó él- para que sirven los paneles perforados? Llevo más de quince variedades sólo en esta caja de muestras.

   -¿Lleva usted todo eso en una caja?

   -Sí, vengo cargado con ella del palacio de congresos de Galicia. Más de quinientos expositores de la industria del aluminio concentrados en la Feria del metal ligero -continuó él.

   - Pero Vd. no es gallego...

   - No, soy vasco. He venido para pasar tres días. Y ¿sabe Vd. quién me paga a mí el viaje desde Barakaldo? Nadie. ¿Y las dos noches de hotel? Nadie. ¿Y el coste del expositor? Nadie.

  Erika escuchaba, entre alucinada y divertida.

   -Pero claro -dijo él-. Luego a mí me fríen a impuestos y no me perdonan ni una mala factura sin justificar. Suerte que tiene Vd. con una nómina fija a final de mes. Nada de qué preocuparse.

   -Sí, nada de qué preocuparse... ¡Si usted supiera! Musitó.

   Se hizo un silencio. De pronto, ambos quedaron con la mirada perdida en el andén, como si contemplaran una ventana en un día de lluvia. El silbato del tren entró sin permiso, sorprendiendo en un asalto a los cabellos rojos de Erika.

   -Vaya, los minutos vuelan -dijo el hombre, levantando una de sus maletas-. Ya llega el tren.

   -¿Qué asiento tiene? -preguntó ella.

   Asier sacó el billete del bolsillo del abrigo y se lo entregó.

   -Le ha tocado el vagón de cola -comentó la muchacha, alzando la vista-. Pero no se preocupe, que yo le acompaño para que pueda cargar todas sus cosas.

   Erika subió la caja de paneles alumínicos perforados en el carro de limpieza y lo empujó hasta el final del tren. Accionó la manilla con cierta dificultad. Alzó la caja y subió al tren. Ya desde arriba, sujetó la puerta con fuerza para que el hombre entrara con otras dos maletas.

   Él se alegró al ver el tren vacío. Olía a rancio, y le sorprendió el crujir del suelo, pero no le prestó mayor atención. Disfrutó al saber que nadie le molestaría durante el trayecto y podría echar una merecida cabezadita. Comenzó a poner en orden sus cosas, mientras ella se volvía hacia la puerta.

   -¡Qué extraño! –dijo la muchacha, avanzando cautelosamente-. ¡Qué puerta más pesada! 

   La tocó, al hablar, y se cerró de pronto, con un golpe.

   -¡Dios mío! –dijo el hombre-. Me parece que no tiene picaporte del lado de adentro. ¡Cómo, nos ha encerrado a los dos!

   -A los dos, no. A uno solo –dijo la muchacha. Pasó a través de la puerta y desapareció.

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El hombre no daba crédito. Había oído hablar de la realidad virtual (en el congreso, uno de esos "techies" de la organización repartió gafas de cartón para usar con el móvil y enseñar a todos los industriales una simulación de formación en maquinaria industrial). Con las gafas puestas y el móvil incrustado como pantalla, de pronto se había visto inmerso en una nave, rodeado de tronzadoras de doble cabezal que en realidad no existían. Había pasado un buen rato investigando aquel mundo nuevo y conocido a la vez, y el tiempo voló en un instante. ¡Con razón se había quedado sin batería en el móvil! Pero a pesar del cansancio, ahora sabía que sin esas gafas puestas, era del todo imposible que aquella muchacha hubiera atravesado la puerta.

Se detuvo entonces a investigar los materiales. Golpeó con los nudillos y escuchó, atento: aquello era hierro forjado de principios del XX, sin duda. -Hay que ver qué atrasados están fuera de Euskadi-, pensó. Pero el hierro no se atraviesa así, sin más. Miró el cristal de la ventana, encajado en la madera de la puerta. No había fisuras, ni pernios, ni falsas compuertas. Aquello estaba cerrado del todo.

¿Qué había bebido durante la comida? Dudó de aquél vino blanco que le dieron acompañando al queso gallego. Pero no. No se trataba de eso. Estaba completamente seguro: La limpiadora había pasado a través de la puerta. Solo en el vagón y con el teléfono apagado, poco podía hacer, sino mirar a través de la ventana. Al otro lado solo había vacío y silencio. Alcanzó entonces a ver el reloj del andén. De pronto, la aguja de los minutos marcó las nueve en punto. Era la hora de salida del tren, recordó.

Efectivamente, la máquina echó a andar. Poco a poco se fue alejando de la estación fantasma, y en el fondo, se sintió aliviado. Creía, sinceramente, que el tren al fin y al cabo le llevaría a Barakaldo.

7 dic 2016

Roca gris mate

Espero, paciente, posada sobre una roca.
El pirarucú está cerca. Desovará pronto, por la boca -una costumbre asquerosa que jamás entenderé de mi pieza favorita- en su nido de arena, donde el agua apenas lo cubre. Preparo mi espalda, los músculos de mis extremidades, tenso el cuello con afán de percibir cualquier cambio en el movimiento de las aguas.
Por fin, se muestra: Veo su torso plateado dejando un bonito surco en la superficie del río. Como una autómata hambrienta, sigo mis instintos. Con la mirada fija en el agua, espero a que mi presa asome la cabeza para respirar. Llega el momento: Atravieso su cuello antes de que ni siquiera sepa lo que está ocurriendo. Logro extraer su cuerpo enorme, húmedo y áspero del agua.
Temo perderlo en el camino y no alcanzo a llegar a casa con la pesca. Me detengo con ella en la roca. Se revuelve con rabia, se resiste, sigue respirando con un ruido de anciana asmática que me revienta. Herida de muerte, elige la lucha, en un afán de lograr cansarme para dejarla malherida, al arbitrio de cualquier otro que sienta el antojo de devorarla, regalada.
Es para mí. No me daré por vencida. Me sitúo junto a su cabeza, sobre ella. Le reviento la espalda, las tripas. Sigue agitándose con rabia. Continúa susurrando con su hilo de asma ronca mientras se desangra en cada bostezo tosco.
De pronto, su piel se apaga en un gris mate piedra. Dudo por un instante: ¿Se habrá escapado y tengo atrapado un trozo de tierra? No. Es imposible. La tierra no sangra cuando la desgarran. Por fin, silencio. La hembra de pez se congela.
Siento la satisfacción de asir con fuerza mi sabrosa pieza. Durante un segundo el placer me fascina, para luego caer en el aburrimiento de una victoria cierta. La diversión se torna en rutina alimentaria. Dejo deslizar los trozos de su carne por mi garganta, mientras izo la cabeza y trago, una y otra vez hasta quedar llena.
Tras saciarme, el cuerpo muerto del pirarucú ha disminuido su tamaño y ya puedo izarlo de nuevo. Esta vez lo llevaré a casa.
Doy un salto y caigo al suelo, herida sobre mi presa. Algo cruje. Un golpe enorme ha partido en dos mi cabeza.

-¡Mira, María! ¡Le he dado, le he dado! ¡Es un milano! ¡He cazado un milano! ¡Por él nos darán más de 2.000 reales! Y además, tenemos cena. El pirarucú está casi intacto...

La voz estridente del crío humano casi me revienta el tímpano. Siento el calor de un ser blando y sin plumaje que me recoge del suelo. No logro ver con claridad. Son cinco serpientes blancas que unidas me tienen en vilo.

-¡Es una hembra! Si la dejamos ir, de seguro nos conducirá al nido.

-¡Pero qué animal eres, José! Le has abierto la cabeza a la pobre rapaz. No levantaría el vuelo ni con un dron. Anda, trae, mejor, déjame que la meta en la jaula antes de que vuelva en sí...

Mi cuerpo es trasladado en volandas hasta dar con cinco nuevas sierpes, más menudas, sin bello. Me esfuerzo en no desfallecer. Tendido en la roca, el cadáver de la pirarucú parece observar mi mal fario con su enorme ojo esférico. Su boca entreabierta parece ahora una mueca macabra. ¿Se reirá de mí desde la ultratumba?
La cría humana macho recoge sus restos, asiéndola de la cola, hasta hacerla colgar boca abajo, estirada. Su cabeza roza los pies del niño. Mi pieza es casi tan grande como él. De no haberme sorprendido, ese crío bien podría ser ahora la cena de mis hijos... ¿Qué pasará con ellos? Hago un amago de liberarme y recuperar la pesca, pero las cinco sierpes me tienen bien asida.

-Vaya con la milana, ¡no quiere compartir bocado! Casi se me escapa. Anda, José, ¡ayúdame con la jaula!

Ahora mis raptoras me introducen por una pequeña puerta. ¡Por la Diosa Neftis! Me parece que no tiene picaporte del lado de adentro. ¡Cómo, me han encerrado aquí con las sierpes blancas! Pero ellas escapan hábiles entre las barras. De pronto, asumo una nueva certeza: ahora, soy yo la presa.