Ojos secos de oficina, de vidrio y acero. Combinan ráfagas de impulso hacia la carrera del éxito, con una manta lisa, fina y perfecta que refleja el cielo color plomo como un lago sin viento. Mercurio dispensado en lágrimas secas. "Quiero que sepas con mis ojos que sé, antes que tú, lo que vas de decirme, porque lo que piensas es fruto de mis previsiones. Tengo entre mis papeles el KPI de tus deseos".
Me contengo para no preguntarles por sus sueños, por sus hijos, por el pueblo del que seguro provienen sus padres. Sus panties, sus zapatos afilados y su perfecto maquillaje ocultan la infancia entre caminos de tierra y heno.
No quieren que sepa, que imagine, que alguna vez ellas, o sus madres, mearon en cuclillas en el campo. Que alguna vez le cortaron el rabo a una lagartija. Que alguna vez se subieron a un árbol. Que alguna vez comieron fruta recién arrancada.
Sus camisas perfectamente planchadas dejan asomar dos picos de lanza, rodeando el cuello recto y delgado que sostiene cada cabecita, como quien custodia el templo de su talento.
Tanto esfuerzo en demostrar que respiran asfalto sólo puede significar que en realidad son de cualquier otro sitio. Madrid está inundada de urbanitas con adobe en los recuerdos.
Siento abulia. Debo someterme, mansa y complaciente, al proceso.
Contesto con amabilidad a sus preguntas, siguiendo mentalmente todos esos consejos vacuos que en algún sitio he leído sobre la pose del entrevistado.
Trato de concentrarme en lo que digo, porque si salgo de la escena, como en una mala película, sé que no volveré a entrar en el papel. Dejaría de escuchar sus preguntas, dejaría de tener el menor interés en contestar. Dejaría de cumplir con un protocolo en el que cada vez creo menos.
Ojalá, en una de éstas, me preguntaran qué es lo que quiero. Jamás se les ha ocurrido. Están demasiado ocupadas comprobando si mis palabras desvelan alguna incongruencia en mi CV, si mi perfil encaja perfectamente con su profesiograma digital.
"¿Qué es lo que quieres tú, Leticia? ¿Cómo podríamos hacerte feliz en esta empresa?" Tardaría horas en contestar, y seguro que obtendrían de mí hasta la médula. Pero no: "Cuéntame en qué consiste tu trabajo o cómo ejercerías estas funciones, o qué harías ante este proyecto o con el cliente X".
Buscar trabajo es el trabajo más aburrido del mundo.
Rezo por que la gamificación alcance los procesos de selección.
Que las mentes ordenadas como estantes en un armario se nutran de nuevas fórmulas donde los papeles vuelen sobre nuestras cabezas. Donde un abrazo sustituya a un cuestionario, donde un juego y una risa sean mejores que la mejor de las preguntas enlatadas.
Algún día escribiré la entrevista perfecta. Para que tomen notas. ¿Lo entenderían? Creo que se les ha olvidado mirar su reflejo en los charcos, como quien busca a su mejor amiga al otro lado del suelo.
Me contengo para no preguntarles por sus sueños, por sus hijos, por el pueblo del que seguro provienen sus padres. Sus panties, sus zapatos afilados y su perfecto maquillaje ocultan la infancia entre caminos de tierra y heno.
No quieren que sepa, que imagine, que alguna vez ellas, o sus madres, mearon en cuclillas en el campo. Que alguna vez le cortaron el rabo a una lagartija. Que alguna vez se subieron a un árbol. Que alguna vez comieron fruta recién arrancada.
Sus camisas perfectamente planchadas dejan asomar dos picos de lanza, rodeando el cuello recto y delgado que sostiene cada cabecita, como quien custodia el templo de su talento.
Tanto esfuerzo en demostrar que respiran asfalto sólo puede significar que en realidad son de cualquier otro sitio. Madrid está inundada de urbanitas con adobe en los recuerdos.
Siento abulia. Debo someterme, mansa y complaciente, al proceso.
Contesto con amabilidad a sus preguntas, siguiendo mentalmente todos esos consejos vacuos que en algún sitio he leído sobre la pose del entrevistado.
Trato de concentrarme en lo que digo, porque si salgo de la escena, como en una mala película, sé que no volveré a entrar en el papel. Dejaría de escuchar sus preguntas, dejaría de tener el menor interés en contestar. Dejaría de cumplir con un protocolo en el que cada vez creo menos.
Ojalá, en una de éstas, me preguntaran qué es lo que quiero. Jamás se les ha ocurrido. Están demasiado ocupadas comprobando si mis palabras desvelan alguna incongruencia en mi CV, si mi perfil encaja perfectamente con su profesiograma digital.
"¿Qué es lo que quieres tú, Leticia? ¿Cómo podríamos hacerte feliz en esta empresa?" Tardaría horas en contestar, y seguro que obtendrían de mí hasta la médula. Pero no: "Cuéntame en qué consiste tu trabajo o cómo ejercerías estas funciones, o qué harías ante este proyecto o con el cliente X".
Buscar trabajo es el trabajo más aburrido del mundo.
Rezo por que la gamificación alcance los procesos de selección.
Que las mentes ordenadas como estantes en un armario se nutran de nuevas fórmulas donde los papeles vuelen sobre nuestras cabezas. Donde un abrazo sustituya a un cuestionario, donde un juego y una risa sean mejores que la mejor de las preguntas enlatadas.
Algún día escribiré la entrevista perfecta. Para que tomen notas. ¿Lo entenderían? Creo que se les ha olvidado mirar su reflejo en los charcos, como quien busca a su mejor amiga al otro lado del suelo.