Espero, paciente, posada sobre una roca.
El pirarucú está cerca. Desovará pronto, por la boca -una costumbre asquerosa que jamás entenderé de mi pieza favorita- en su nido de arena, donde el agua apenas lo cubre. Preparo mi espalda, los músculos de mis extremidades, tenso el cuello con afán de percibir cualquier cambio en el movimiento de las aguas.
Por fin, se muestra: Veo su torso plateado dejando un bonito surco en la superficie del río. Como una autómata hambrienta, sigo mis instintos. Con la mirada fija en el agua, espero a que mi presa asome la cabeza para respirar. Llega el momento: Atravieso su cuello antes de que ni siquiera sepa lo que está ocurriendo. Logro extraer su cuerpo enorme, húmedo y áspero del agua.
Temo perderlo en el camino y no alcanzo a llegar a casa con la pesca. Me detengo con ella en la roca. Se revuelve con rabia, se resiste, sigue respirando con un ruido de anciana asmática que me revienta. Herida de muerte, elige la lucha, en un afán de lograr cansarme para dejarla malherida, al arbitrio de cualquier otro que sienta el antojo de devorarla, regalada.
Es para mí. No me daré por vencida. Me sitúo junto a su cabeza, sobre ella. Le reviento la espalda, las tripas. Sigue agitándose con rabia. Continúa susurrando con su hilo de asma ronca mientras se desangra en cada bostezo tosco.
De pronto, su piel se apaga en un gris mate piedra. Dudo por un instante: ¿Se habrá escapado y tengo atrapado un trozo de tierra? No. Es imposible. La tierra no sangra cuando la desgarran. Por fin, silencio. La hembra de pez se congela.
Siento la satisfacción de asir con fuerza mi sabrosa pieza. Durante un segundo el placer me fascina, para luego caer en el aburrimiento de una victoria cierta. La diversión se torna en rutina alimentaria. Dejo deslizar los trozos de su carne por mi garganta, mientras izo la cabeza y trago, una y otra vez hasta quedar llena.
Tras saciarme, el cuerpo muerto del pirarucú ha disminuido su tamaño y ya puedo izarlo de nuevo. Esta vez lo llevaré a casa.
Doy un salto y caigo al suelo, herida sobre mi presa. Algo cruje. Un golpe enorme ha partido en dos mi cabeza.
-¡Mira, María! ¡Le he dado, le he dado! ¡Es un milano! ¡He cazado un milano! ¡Por él nos darán más de 2.000 reales! Y además, tenemos cena. El pirarucú está casi intacto...
La voz estridente del crío humano casi me revienta el tímpano. Siento el calor de un ser blando y sin plumaje que me recoge del suelo. No logro ver con claridad. Son cinco serpientes blancas que unidas me tienen en vilo.
-¡Es una hembra! Si la dejamos ir, de seguro nos conducirá al nido.
-¡Pero qué animal eres, José! Le has abierto la cabeza a la pobre rapaz. No levantaría el vuelo ni con un dron. Anda, trae, mejor, déjame que la meta en la jaula antes de que vuelva en sí...
Mi cuerpo es trasladado en volandas hasta dar con cinco nuevas sierpes, más menudas, sin bello. Me esfuerzo en no desfallecer. Tendido en la roca, el cadáver de la pirarucú parece observar mi mal fario con su enorme ojo esférico. Su boca entreabierta parece ahora una mueca macabra. ¿Se reirá de mí desde la ultratumba?
La cría humana macho recoge sus restos, asiéndola de la cola, hasta hacerla colgar boca abajo, estirada. Su cabeza roza los pies del niño. Mi pieza es casi tan grande como él. De no haberme sorprendido, ese crío bien podría ser ahora la cena de mis hijos... ¿Qué pasará con ellos? Hago un amago de liberarme y recuperar la pesca, pero las cinco sierpes me tienen bien asida.
-Vaya con la milana, ¡no quiere compartir bocado! Casi se me escapa. Anda, José, ¡ayúdame con la jaula!
Ahora mis raptoras me introducen por una pequeña puerta. ¡Por la Diosa Neftis! Me parece que no tiene picaporte del lado de adentro. ¡Cómo, me han encerrado aquí con las sierpes blancas! Pero ellas escapan hábiles entre las barras. De pronto, asumo una nueva certeza: ahora, soy yo la presa.
El pirarucú está cerca. Desovará pronto, por la boca -una costumbre asquerosa que jamás entenderé de mi pieza favorita- en su nido de arena, donde el agua apenas lo cubre. Preparo mi espalda, los músculos de mis extremidades, tenso el cuello con afán de percibir cualquier cambio en el movimiento de las aguas.
Por fin, se muestra: Veo su torso plateado dejando un bonito surco en la superficie del río. Como una autómata hambrienta, sigo mis instintos. Con la mirada fija en el agua, espero a que mi presa asome la cabeza para respirar. Llega el momento: Atravieso su cuello antes de que ni siquiera sepa lo que está ocurriendo. Logro extraer su cuerpo enorme, húmedo y áspero del agua.
Temo perderlo en el camino y no alcanzo a llegar a casa con la pesca. Me detengo con ella en la roca. Se revuelve con rabia, se resiste, sigue respirando con un ruido de anciana asmática que me revienta. Herida de muerte, elige la lucha, en un afán de lograr cansarme para dejarla malherida, al arbitrio de cualquier otro que sienta el antojo de devorarla, regalada.
Es para mí. No me daré por vencida. Me sitúo junto a su cabeza, sobre ella. Le reviento la espalda, las tripas. Sigue agitándose con rabia. Continúa susurrando con su hilo de asma ronca mientras se desangra en cada bostezo tosco.
De pronto, su piel se apaga en un gris mate piedra. Dudo por un instante: ¿Se habrá escapado y tengo atrapado un trozo de tierra? No. Es imposible. La tierra no sangra cuando la desgarran. Por fin, silencio. La hembra de pez se congela.
Siento la satisfacción de asir con fuerza mi sabrosa pieza. Durante un segundo el placer me fascina, para luego caer en el aburrimiento de una victoria cierta. La diversión se torna en rutina alimentaria. Dejo deslizar los trozos de su carne por mi garganta, mientras izo la cabeza y trago, una y otra vez hasta quedar llena.
Tras saciarme, el cuerpo muerto del pirarucú ha disminuido su tamaño y ya puedo izarlo de nuevo. Esta vez lo llevaré a casa.
Doy un salto y caigo al suelo, herida sobre mi presa. Algo cruje. Un golpe enorme ha partido en dos mi cabeza.
-¡Mira, María! ¡Le he dado, le he dado! ¡Es un milano! ¡He cazado un milano! ¡Por él nos darán más de 2.000 reales! Y además, tenemos cena. El pirarucú está casi intacto...
La voz estridente del crío humano casi me revienta el tímpano. Siento el calor de un ser blando y sin plumaje que me recoge del suelo. No logro ver con claridad. Son cinco serpientes blancas que unidas me tienen en vilo.
-¡Es una hembra! Si la dejamos ir, de seguro nos conducirá al nido.
-¡Pero qué animal eres, José! Le has abierto la cabeza a la pobre rapaz. No levantaría el vuelo ni con un dron. Anda, trae, mejor, déjame que la meta en la jaula antes de que vuelva en sí...
Mi cuerpo es trasladado en volandas hasta dar con cinco nuevas sierpes, más menudas, sin bello. Me esfuerzo en no desfallecer. Tendido en la roca, el cadáver de la pirarucú parece observar mi mal fario con su enorme ojo esférico. Su boca entreabierta parece ahora una mueca macabra. ¿Se reirá de mí desde la ultratumba?
La cría humana macho recoge sus restos, asiéndola de la cola, hasta hacerla colgar boca abajo, estirada. Su cabeza roza los pies del niño. Mi pieza es casi tan grande como él. De no haberme sorprendido, ese crío bien podría ser ahora la cena de mis hijos... ¿Qué pasará con ellos? Hago un amago de liberarme y recuperar la pesca, pero las cinco sierpes me tienen bien asida.
-Vaya con la milana, ¡no quiere compartir bocado! Casi se me escapa. Anda, José, ¡ayúdame con la jaula!
Ahora mis raptoras me introducen por una pequeña puerta. ¡Por la Diosa Neftis! Me parece que no tiene picaporte del lado de adentro. ¡Cómo, me han encerrado aquí con las sierpes blancas! Pero ellas escapan hábiles entre las barras. De pronto, asumo una nueva certeza: ahora, soy yo la presa.