12 dic 2016

El hombre sin tiempo

Erika tenía la sensación de observar a todo el mundo sin ser vista. Estaba acostumbrada a pasear por la estación como si ella fuera una agente de la CÍA al otro lado de un espejo espía en una sala de interrogatorios. Era como si llevar la mopa le diera un salvoconducto mágico: la gente caminaba junto a ella con la mirada perdida, sin dar jamás los buenos días o las buenas noches.
     La muchacha pasaba las horas contemplando a las personas que transitaban por el andén:

     A los hombres de negocio, que andaban rápido, con un maletín asido con fuerza y cara de pocos amigos.
     A los jóvenes mochileros, con sus rastas, sus pendientes en la nariz y sus tatús en los brazos. Por costumbre, se sentaban en el suelo y le dejaban a Erika la mitad del trabajo hecho.
     A las quinceañeras, abrazadas a sus carpetas, con sus faldas tableadas subidas a propósito muy por encima de la rodilla.
     A las familias, que se deshacían en llantos o se abrazaban con entusiasmo, cuando sus parientes se iban o volvían en el tren.
     Y luego, los preferidos de Erika: Los perros. A ella le encantaba pararse a observar cómo se volvían locos los animalitos al ver regresar a sus amos. ¡Con qué energía movían el rabo! Casi parecía que iba a salir volando como un búmeran.
    -¡Ojalá mi Pepe me quisiera con ese entusiasmo perruno! -se decía ella.

    La muchacha pasaba las horas por el andén, vaciando ceniceros, pasando la mopa, corriendo con la fregona para secar el charco de la gotera antes de que llegaran los pasajeros del siguiente tren. Estaba tan mimetizada con la estación, que le sorprendió sentir una mirada fija en ella.

    -Señorita, ¿tiene Vd. hora?
     Un ejecutivo sentado en un banco había dejado de consultar la pantalla de su móvil para mirarla.

    -Parece que el reloj del andén no funciona -continuó el ejecutivo- y me he quedado sin batería.
    Erika sintió cierta emoción al poder conversar al fin con alguien.

    -Lleva Vd. razón, no funciona. Lleva parado más de ochenta años.

    -¿No les llega el presupuesto para arreglar un simple reloj? Pues si que andamos buenos...
Erika pareció contrariada. 

    -No, no es eso... Fueron los familiares, que quisieron que quedara así para no olvidar la hora de los difuntos.

    -¿La hora de los difuntos? -dijo el hombre, sorprendido.

   -¡Fue algo que pasó hace tanto tiempo! -explicó la muchacha.- Al comienzo de la guerra, en julio del 36, cayó aquí una bomba. Derrumbó la cúpula de la estación, que era mucho más bonita que la que ve ahora. Un trozo de viga golpeó el reloj y quedó parado para siempre.

   - ¿Y los difuntos? -prefuntó él.

   - Los cascotes aplastaron un vagón del tren y murieron sepultadas más de veinte personas -contestó Erika-. Parece que no había hombres suficientes para sacarlas, y las mujeres y los niños no podían ayudar porque no se atrevían a salir de sus casas. La estación fue tomada por los militares, que cortaron el acceso, de modo que los cadáveres quedaron allí atrapados.

   -¿Y qué pasó con ellos? -dijo el hombre, con curiosidad.

   - Una vez terminada la guerra se reconstruyó la estación y empezaron a aparecer los cuerpos, aunque para entonces ya nadie fue capaz de distinguir si aquello eran los restos de un falangista o de un republicano. El párroco se negó a enterrar a todos en campo santo, así que se hizo una fosa común, que ahora ha quedado bajo la estación nueva.

   -Vaya, qué barbaridad -dijo el empresario.

   -Cuentan que por las noches aún se escuchan los gritos de los muertos. Pero yo vengo aquí a limpiar todos los días y los únicos gritos que se escuchan son los de las ratas que corren entre las vías. 

   Se hizo un silencio.

   -¿Cree usted en los fantasmas? -preguntó entonces la muchacha.

   -¡Por Dios, claro que no! Soy un emprendedor, un hombre de mundo -contestó él con cierta sorna-. Tengo los pies sobre la tierra. Creo en el aluminio con rotura de puente térmico, en el acero forjado. 

   Ella le miró extrañada.

   -¿Sabe usted -preguntó él- para que sirven los paneles perforados? Llevo más de quince variedades sólo en esta caja de muestras.

   -¿Lleva usted todo eso en una caja?

   -Sí, vengo cargado con ella del palacio de congresos de Galicia. Más de quinientos expositores de la industria del aluminio concentrados en la Feria del metal ligero -continuó él.

   - Pero Vd. no es gallego...

   - No, soy vasco. He venido para pasar tres días. Y ¿sabe Vd. quién me paga a mí el viaje desde Barakaldo? Nadie. ¿Y las dos noches de hotel? Nadie. ¿Y el coste del expositor? Nadie.

  Erika escuchaba, entre alucinada y divertida.

   -Pero claro -dijo él-. Luego a mí me fríen a impuestos y no me perdonan ni una mala factura sin justificar. Suerte que tiene Vd. con una nómina fija a final de mes. Nada de qué preocuparse.

   -Sí, nada de qué preocuparse... ¡Si usted supiera! Musitó.

   Se hizo un silencio. De pronto, ambos quedaron con la mirada perdida en el andén, como si contemplaran una ventana en un día de lluvia. El silbato del tren entró sin permiso, sorprendiendo en un asalto a los cabellos rojos de Erika.

   -Vaya, los minutos vuelan -dijo el hombre, levantando una de sus maletas-. Ya llega el tren.

   -¿Qué asiento tiene? -preguntó ella.

   Asier sacó el billete del bolsillo del abrigo y se lo entregó.

   -Le ha tocado el vagón de cola -comentó la muchacha, alzando la vista-. Pero no se preocupe, que yo le acompaño para que pueda cargar todas sus cosas.

   Erika subió la caja de paneles alumínicos perforados en el carro de limpieza y lo empujó hasta el final del tren. Accionó la manilla con cierta dificultad. Alzó la caja y subió al tren. Ya desde arriba, sujetó la puerta con fuerza para que el hombre entrara con otras dos maletas.

   Él se alegró al ver el tren vacío. Olía a rancio, y le sorprendió el crujir del suelo, pero no le prestó mayor atención. Disfrutó al saber que nadie le molestaría durante el trayecto y podría echar una merecida cabezadita. Comenzó a poner en orden sus cosas, mientras ella se volvía hacia la puerta.

   -¡Qué extraño! –dijo la muchacha, avanzando cautelosamente-. ¡Qué puerta más pesada! 

   La tocó, al hablar, y se cerró de pronto, con un golpe.

   -¡Dios mío! –dijo el hombre-. Me parece que no tiene picaporte del lado de adentro. ¡Cómo, nos ha encerrado a los dos!

   -A los dos, no. A uno solo –dijo la muchacha. Pasó a través de la puerta y desapareció.

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El hombre no daba crédito. Había oído hablar de la realidad virtual (en el congreso, uno de esos "techies" de la organización repartió gafas de cartón para usar con el móvil y enseñar a todos los industriales una simulación de formación en maquinaria industrial). Con las gafas puestas y el móvil incrustado como pantalla, de pronto se había visto inmerso en una nave, rodeado de tronzadoras de doble cabezal que en realidad no existían. Había pasado un buen rato investigando aquel mundo nuevo y conocido a la vez, y el tiempo voló en un instante. ¡Con razón se había quedado sin batería en el móvil! Pero a pesar del cansancio, ahora sabía que sin esas gafas puestas, era del todo imposible que aquella muchacha hubiera atravesado la puerta.

Se detuvo entonces a investigar los materiales. Golpeó con los nudillos y escuchó, atento: aquello era hierro forjado de principios del XX, sin duda. -Hay que ver qué atrasados están fuera de Euskadi-, pensó. Pero el hierro no se atraviesa así, sin más. Miró el cristal de la ventana, encajado en la madera de la puerta. No había fisuras, ni pernios, ni falsas compuertas. Aquello estaba cerrado del todo.

¿Qué había bebido durante la comida? Dudó de aquél vino blanco que le dieron acompañando al queso gallego. Pero no. No se trataba de eso. Estaba completamente seguro: La limpiadora había pasado a través de la puerta. Solo en el vagón y con el teléfono apagado, poco podía hacer, sino mirar a través de la ventana. Al otro lado solo había vacío y silencio. Alcanzó entonces a ver el reloj del andén. De pronto, la aguja de los minutos marcó las nueve en punto. Era la hora de salida del tren, recordó.

Efectivamente, la máquina echó a andar. Poco a poco se fue alejando de la estación fantasma, y en el fondo, se sintió aliviado. Creía, sinceramente, que el tren al fin y al cabo le llevaría a Barakaldo.