La tropa estaba en pie, aterrada. Llevaba 48 horas encerrada entre cuatro paredes, sin luz, sin suministros, sin espacio para mover las pestañas. Afuera se escuchaban voces atroces, como de gigante. El capitán había preferido permanecer en silencio. Cualquier intento de alentar a sus hombres hubiera resultado en vano.
De pronto, ocurrió: Las paredes se movieron en un terremoto de nivel 8 en la escala de richter. Las voces se volvieron más claras, más cercanas, estridentes.
La tropa permaneció en su puesto, aunque algo descolocada por el vaivén del suelo. El capitán se entretuvo en pensar si debía sentirse orgulloso de tanta hombría o avergonzarse de sí mismo, por no atreverse a dar una mala orden.
El terremoto y las voces del exterior cesaron. Vino un silencio quieto. Fue el segundo más largo en la corta vida de nuestro capitán.
Y el techo se abrió. Milagrosamente, en lugar de caer sobre sus cabezas, se desgajó hacia fuera como una flor de loto.
La luz dejó ver a una tropa descolocada pero entera.
-¡Soldaditos de plomo, papá, son soldaditos de plomo! ¿Has visto? Al fin le llegó mi carta a Santa Claus!
El niño rompió las paredes de la caja y se fue directo a por el capitán. -¡Soldados! -dijo imitando la voz grave de un adulto. -¡Estamos en una misión de alto riesgo! Debemos ascender al árbol para lograr una panorámica del enemigo!
Sujetó entonces a un soldadito por las piernas y lo situó en lo más alto del alto abeto navideño.
-¡Infórmanos de la situación, soldado!
En ese momento, se oyó un toc-crac que no auguraba nada bueno. El soldadito había caído al suelo y se le había partido una pierna.
-¡Rápido! -Dijo el niño fingiendo ser el capitán. -¡Hay que llevarlo a enfermería!
El crío sujetó al soldadito y se lo llevó en volandas de la sala.
La tropa permaneció inmóvil, petrificada, en silencio. Del otro lado de la puerta aún se escuchaba la voz del niño-gigante:
-Esto no tiene solución, soldado. ¡Será enviado a casa con todos los honores!
Los pasos de vuelta del muchacho hacia el salón hicieron temblar todo el suelo.
El capitán no salía de su asombro. Se preguntaba qué clase de cruel estratega habría sido capaz de idear semejante engendro: Un ser con la fuerza destructora de un gigante, pero la cara y los ademanes de un infante. ¿Cómo ordenar a su tropa que disparase contra un niño? ¿Qué clase de hombres serían entonces? Se trataba, sin duda, de una astucia del mismísimo diablo.
En el dormitorio, el soldadito herido había sido posado sobre un escritorio de madera pintado en azul cielo. El hombre aún se mantenía en pie, sobre su única pierna.
Justo frente a él, al otro lado de la habitación, había un escritorio idéntico, pintado en rosa. En el tablero, descansaba sobre una sola pierna el más hermoso ser jamás contemplado: una señorita vestida de tutú se sostenía con grácil elegancia sobre la puntera de su zapatilla de ballet.
Ella estaba de frente, dejando ver su esbelta figura, dispuesta en una ligera postura de arabesque. Tenía la cabeza alzada hacia el cielo, mostrando la fragilidad de su eterno cuello blanco.
El soldadito quedó fascinado. Pasó de la humillación de la derrota, de la angustia de la mutilación, al amor pleno en cuestión de un instante.
-Pero ¿qué opinará tanta belleza de mi cuerpo roto? -pensó el soldadito-. Ya no soy el de hace un momento. No volveré a correr, ni a saltar. No podré trabajar ni construir para ella una bonita casa. No podré sentir el orgullo de ser la fuente de alimento de sus hijos... ¡Me repudiará con asco al contemplar el muñón de mi rodilla!
El soldadito quedó desolado. Deseaba con todas sus fuerzas tener una cremallera en la espalda que le permitiera librarse de aquel cuerpo roto, inservible para sus anhelos. Se sentía preso de un envase inadecuado para sus sueños. ¡Si mi mente pudiera viajar hasta ella, colarse por su piel hasta alcanzar su alma..! Lamentó ser de materia gruesa. Odió a su dios por mantenerle atrapado de aquella manera.
Permaneció mirándola, envuelto en una tristeza dulce que le embriagaba. Sin embargo... -¡Ella también se sostiene en un solo pie! -desde la posición del soldado, era imposible ver que la bailarina dejaba en el aire su otra pierna-.
-¡Quizá ella me comprenda! Ella tiene que saber lo que es sentirse incompleta, saber que sus deseos se adelantan a su pobre cuerpo. Quizá ella, al tener como yo una sola pierna, consiga amarme. ¡No está todo perdido! -al fin, su ánimo había encontrado una puerta de escape al desaliento. Por un momento, dejó de sentirse como la criatura errónea encargada por un dios menor-.
-¡Quizá ella me comprenda! Ella tiene que saber lo que es sentirse incompleta, saber que sus deseos se adelantan a su pobre cuerpo. Quizá ella, al tener como yo una sola pierna, consiga amarme. ¡No está todo perdido! -al fin, su ánimo había encontrado una puerta de escape al desaliento. Por un momento, dejó de sentirse como la criatura errónea encargada por un dios menor-.
Del otro lado del dormitorio, la bailarina permanecía quieta. -Ha llegado uno nuevo -pensó ella-. Y yo con tortícolis de tanto mirar al techo. Encima, con este tutú absurdo que me hace parecer un jarrón chino. ¡Estoy hasta el gorro de mantener el equilibrio en esta postura! ¡Qué ganas tengo de que llegue al fin la media noche!
La muchacha pasaba las horas del día dentro de aquella caja de cristal, inmóvil, soñando con estar en cualquier otra parte del mundo. Se imaginaba navegando en un barco velero, camino del infinito, conversando en las puestas de sol con la ballena que albergaba a Pinocho en su panza.
Irrumpió entonces un ser desconocido para el soldadito: Una niña-gigante, idéntica a su mutilador, pero en formato femenino. Se dirigió a grandes zancadas hacia su objetivo: la bailarina.
-¡No! - Intentó gritar el soldadito. Pero el pánico le cerró la garganta.
La niña sujetó la cajita de cristal que contenía a la muchacha con una mano, mientras que con la otra giró una llave secreta que apareció en la trasera de la caja. De pronto, ocurrió un milagro: Una hermosa música comenzó a sonar, y la bailarina se movió en delicados círculos. Al fin paró, y la niña, sonriente, salió de la habitación por donde había venido.
-¡No! - Intentó gritar el soldadito. Pero el pánico le cerró la garganta.
La niña sujetó la cajita de cristal que contenía a la muchacha con una mano, mientras que con la otra giró una llave secreta que apareció en la trasera de la caja. De pronto, ocurrió un milagro: Una hermosa música comenzó a sonar, y la bailarina se movió en delicados círculos. Al fin paró, y la niña, sonriente, salió de la habitación por donde había venido.
-¡Menos mal! -pensó la bailarina-. Por fin puedo cambiar de postura. ¡Me dolía tanto el cuello! Y ya puedo posarme sobre mis dos pies, ¡qué descanso!
-¡Cómo, tiene dos piernas! -suspiró el soldadito-. ¡Qué engañado me tenía! Pero no puedo entristecerme porque ella esté completa. ¿Qué clase de caballero sería? ¡Así podrá correr mejor detrás de nuestros retoños!
-¡A dormir! -Fue un grito de guerra, un trueno que provenía de la otra estancia. Parecía la voz deformada hasta su extremo de una mujer adulta.
-¡Pero mamá! ¡Aún faltan tres minutos para la media noche! Dijiste que podríamos quedarnos despiertos más tiempo hoy... -respondió el engendro infante-.
-Sí, hijo, pero mientras dejáis todo recogido y os laváis los dientes, ya se habrán pasado las doce. -dijo de nuevo la voz adulta-.
-¡A dormir! -Repitió ahora una voz masculina-.
Los dos gigantes (niño y niña) entraron apesadumbrados en el dormitorio. Tras un rato, ambos se durmieron y la habitación quedó en una ligera penumbra.
-¡Ya era hora! -Pensó la bailarina. Dió un salto del soporte dorado que la sostenía y flexionó con cuidado las piernas, dolorida.
-¿Dónde habrá puesto mis vaqueros la niña?
Salió de la caja sin ser vista y se cambió de ropa. Se soltó la melena oscura y corrió a conocer al nuevo inquilino al otro lado del dormitorio.
-¿Dónde habrá puesto mis vaqueros la niña?
Salió de la caja sin ser vista y se cambió de ropa. Se soltó la melena oscura y corrió a conocer al nuevo inquilino al otro lado del dormitorio.
-Buenas noches -dijo ella-.
El soldadito no salía de su asombro. Colorado y medio dormido, respondió: -Buenas noches, señorita.
-¡Vaya facha! ¿A ti no te dejan cambiarte por las noches? Con esa casaca, pareces un domador de circo.
- ¿Perdón?
-¡Anda, ponte esto! -La muchacha le ofreció un pantalón vaquero-.
-Pero... ¿Cómo voy a desnudarme delante de Vd?
-Bueno, si quieres te invito a mi casa de cristal. Así te enseño mi mirador particular...
El soldadito sintió una emoción profunda ante semejante proposición, al tiempo que una enorme vergüenza al pensarse inútil. No se creyó capaz de atravesar la instancia hasta el velador del otro lado de la ventana.
-No te preocupes, hombre, yo te ayudo. -dijo ella. Y le agarró de un hombro, dejando caer el brazo de él sobre la espalda de ella.
El corazoncito del soldado latía con fuerza. No podía creer en su suerte. -¡Ella realmente me ama! - pensó, entusiasmado-.
Con algún que otro tropiezo, lograron alcanzar el escritorio rosa. Allí esperaba la casita de cristal donde él la había contemplado en la distancia.
-Entra, es por aquí. -dijo ella-.
El hombre la siguió, saltando a la pata coja.
-¿Quieres verlo todo desde el mirador? -dijo la bailarina señalando la pirámide escalonada que se hallaba en el centro de la caja de cristal-. ¡Tiene una vista estupenda!
El soldadito recordó su caída del árbol y dudó, asustado. Pero no podía quedar como un cobarde ante su amada. Cogió aire y la siguió, decidido.
Una vez arriba, la bailarina le invitó a posarse sobre la base dorada donde él la había visto bailar poco tiempo antes tan grácilmente.
-Sube ahí, ¡es la mejor posición!
El hombre la hizo caso, y situó su única pierna sobre el pedestal. De pronto, divisó, tal y como ella sugirió, la habitación entera.
La bailarina descendió entonces las escaleras e hizo girar la llave. La caja de música comenzó a sonar de nuevo, esta vez con una marcha militar, y el soldadito se vió envuelto en una serie de grotescas piruetas.
Ella rió, complacida.
-Ahora estamos en paz -dijo-. ¡Tú también me has visto a mí hacer el ganso ahí arriba!
El soldadito, mareado, trató de bajar del soporte, pero su bota había quedado enganchada por la hebilla de la espuela.
Desde la base de la escalera, ella revisaba la salida acristalada, ahora medio atascada por el mecanismo de la llave.
-¡Qué extraño! –dijo la muchacha, avanzando cautelosamente-. ¡Qué puerta más pesada! –La tocó, al hablar, y se cerró de pronto, con un golpe.
-¡Dios mío! –dijo el hombre-. Me parece que no tiene picaporte del lado de adentro. ¡Cómo, nos ha encerrado a los dos!
-A los dos, no. A uno solo –dijo la muchacha-. Pasó a través de la puerta y desapareció.