Exiliado, privado de otros miembros de mi familia, de los lugares comunes. Pierdo, en cada traslado, una parte de mi identidad, hasta quedar laminado por mano higiénica, infalible hasta la pureza absoluta. Otros fueron ya expulsados con decisión rauda, casi atroz. A veces deseo haber tenido tan poco sentido para él. Todo hubiera terminado ya. Desconozco lo que querrá hacer de mí mañana, a qué nuevos cambios seré sometido, por dentro y por fuera. La causa está por encima de mi propia esencia. Debo seguir el ritmo marcado por su vehículo, escalar sierras cada vez más empinadas, abandonar lo superfluo por el camino. Debo ser fiel al objetivo impuesto, sin un sentido propio ni elegido.
La verdad hace mucho que dejó de importar: sólo cuenta su versión, su modo personal de recrearlo todo. No es más que un juego, yo un simple instrumento de su nirvana. Soy un verbo superviviente en un texto del maestro.
Aquí mi historia. 50 m3 a mi alrededor. A cada estímulo que sobrepasa la barrera de mi memoria de pez.
30 nov 2017
Sí, amo
23 nov 2017
Tierra
Tierra: Hinco mis dedos en ella y noto la textura húmeda, fresca. Se deshace entre mis manos con cierta resistencia, como un amante asustado ante mi inadvertida pericia.
Ser raíz para devorar ríos ocultos, para sustentar tallos infinitos que escuchan sin ser tenidos en cuenta.
Conversaciones registradas en las cortezas de los bosques.
¿Nos olerán las plantas? Tan inmersos en nuestra identidad, no entendemos a quienes creen que nos movemos para ellas.
Escucho sus olores, siento el rumor de sus formas.
Desde siempre, me oculté aquí, en el jardín que cuida de mi padre.
Al reventar el útero de mi madre, ella vertió su sangre sobre el colchón de lana que le sirvió luego de mortaja. Yo perdí la vista, semi-asfixiada entre la hemorragia.
Cuando el médico se hubo marchado, el marqués le preguntó a mi padre qué quería hacer conmigo: -Su mujer ya no está para cuidarla. Ha nacido hembra, sin buenos brazos para ganarse el jornal en el campo. Y es ciega. No vale para las labores de la casa. Si quiere, la piara dará buena cuenta de ella, y asunto zanjado-.
Mi padre resopló hacia la cocinera. Ella me sostenía entre sus brazos. Yo callaba.
Paquita al fin resolvió: -La niña se queda. Es diminuta, le costará mantenerla menos que a un perro. Y de ésos le sobran al marqués. No se apure, que yo me encargo-.
Por eso, tengo ahora el derecho de nacimiento a hincar también mis dedos en las masas que salen de esta cocina, la de Paquita, sintiendo el pálpito de la harina suave al fundirse con la clara de huevo. Sólo unos años después descubrí esa misma sustancia viscosa, casi líquida, que insistía en adherirse a mi mano, en un lugar muy diferente: la bragueta del marqués. Le clavé las uñas con fuerza, ni siquiera sabía dónde. Eso lo comprendí aún más tarde. Ninguno de los dos volvió a acercarse al otro.
Al poco llegó a la finca una muchacha silenciosa, de olor afrutado y cabellos como hojas de níspero. Sentía la respiración de mi padre galopando en su presencia. Pronto se convirtió en la joven marquesa.
Yo permanecí a salvo entre las flores del invernadero. Ella las seleccionaba por su belleza, que me narraba en palabras repletas de colores y formas incomprensibles para mí. Yo las leía con mis yemas, acariciando su néctar, recogiendo el rocío acumulado cada mañana en un bote de cristal diminuto, distinto para cada especie.
Contaba ya más de 600 frascos cuando la muchacha falleció. Mi padre quedó silencioso, turbado. Dejó de ser el hombre que sonreía con las palabras desde el jardín. Fue como si al trozo de tierra que le había dado pan tantos años le hubieran robado el calor de su savia. Por aquel campo ya sólo corría la escarcha.
Le escuchaba respirar, intentando descifrar el ánimo de su aliento.
Al cabo de un año, me pidió que le acompañara donde los frascos, para abrirlos todos de una vez, y embriagarse del aroma que antaño fue el de la marquesa. Acudimos juntos al fondo del invernadero, y allí le abrí la puerta del chiscón donde almacenaba los aromas del rocío de cada flor.
Le dejé solo, con la puerta entreabierta.
- Sabía que vendría aquí -dijo al otro lado una voz que me pareció la de ella. Es Vd. el único que me busca donde me gusta estar, en este pequeño escondite que concentra lo mejor de mi jardín.
Oí el respingo de mi padre al otro lado. Algo estalló contra el suelo. El aroma del cempasúchil lo invadió todo.
- No se apure, hombre, ¡tema de los vivos, no de los muertos! -susurró la voz de la muchacha-. Sólo vengo a agradecerle que continúe con su labor. Pensé que la alimaña de mi marido echaría a perder todo esto tras mi muerte. Gracias a Vd. el jardín sigue como siempre.
Él seguía callado, quieto.
Sonaron las campanas.
- Vaya, tocan a muerto. Debe de ser en mi recuerdo. Creo que debo irme, sería descortés no acudir a la llamada de quienes aún me mencionan-. Los pasos de la marquesita se acercaron hacia la puerta. Al otro lado, yo me escondí tras los rosales, de un salto.
-¡Qué extraño! –dijo la muchacha, avanzando cautelosamente-. ¡Qué puerta más pesada! –La tocó, al hablar, y se cerró de pronto, con un golpe.
-¡Dios mío! –dijo el hombre-. Me parece que no tiene picaporte del lado de adentro. ¡Cómo, nos ha encerrado a los dos!
-A los dos, no. A uno solo –dijo la muchacha-. Pasó a través de la puerta y desapareció.
Ser raíz para devorar ríos ocultos, para sustentar tallos infinitos que escuchan sin ser tenidos en cuenta.
Conversaciones registradas en las cortezas de los bosques.
¿Nos olerán las plantas? Tan inmersos en nuestra identidad, no entendemos a quienes creen que nos movemos para ellas.
Escucho sus olores, siento el rumor de sus formas.
Desde siempre, me oculté aquí, en el jardín que cuida de mi padre.
Al reventar el útero de mi madre, ella vertió su sangre sobre el colchón de lana que le sirvió luego de mortaja. Yo perdí la vista, semi-asfixiada entre la hemorragia.
Cuando el médico se hubo marchado, el marqués le preguntó a mi padre qué quería hacer conmigo: -Su mujer ya no está para cuidarla. Ha nacido hembra, sin buenos brazos para ganarse el jornal en el campo. Y es ciega. No vale para las labores de la casa. Si quiere, la piara dará buena cuenta de ella, y asunto zanjado-.
Mi padre resopló hacia la cocinera. Ella me sostenía entre sus brazos. Yo callaba.
Paquita al fin resolvió: -La niña se queda. Es diminuta, le costará mantenerla menos que a un perro. Y de ésos le sobran al marqués. No se apure, que yo me encargo-.
Por eso, tengo ahora el derecho de nacimiento a hincar también mis dedos en las masas que salen de esta cocina, la de Paquita, sintiendo el pálpito de la harina suave al fundirse con la clara de huevo. Sólo unos años después descubrí esa misma sustancia viscosa, casi líquida, que insistía en adherirse a mi mano, en un lugar muy diferente: la bragueta del marqués. Le clavé las uñas con fuerza, ni siquiera sabía dónde. Eso lo comprendí aún más tarde. Ninguno de los dos volvió a acercarse al otro.
Al poco llegó a la finca una muchacha silenciosa, de olor afrutado y cabellos como hojas de níspero. Sentía la respiración de mi padre galopando en su presencia. Pronto se convirtió en la joven marquesa.
Yo permanecí a salvo entre las flores del invernadero. Ella las seleccionaba por su belleza, que me narraba en palabras repletas de colores y formas incomprensibles para mí. Yo las leía con mis yemas, acariciando su néctar, recogiendo el rocío acumulado cada mañana en un bote de cristal diminuto, distinto para cada especie.
Contaba ya más de 600 frascos cuando la muchacha falleció. Mi padre quedó silencioso, turbado. Dejó de ser el hombre que sonreía con las palabras desde el jardín. Fue como si al trozo de tierra que le había dado pan tantos años le hubieran robado el calor de su savia. Por aquel campo ya sólo corría la escarcha.
Le escuchaba respirar, intentando descifrar el ánimo de su aliento.
Al cabo de un año, me pidió que le acompañara donde los frascos, para abrirlos todos de una vez, y embriagarse del aroma que antaño fue el de la marquesa. Acudimos juntos al fondo del invernadero, y allí le abrí la puerta del chiscón donde almacenaba los aromas del rocío de cada flor.
Le dejé solo, con la puerta entreabierta.
- Sabía que vendría aquí -dijo al otro lado una voz que me pareció la de ella. Es Vd. el único que me busca donde me gusta estar, en este pequeño escondite que concentra lo mejor de mi jardín.
Oí el respingo de mi padre al otro lado. Algo estalló contra el suelo. El aroma del cempasúchil lo invadió todo.
- No se apure, hombre, ¡tema de los vivos, no de los muertos! -susurró la voz de la muchacha-. Sólo vengo a agradecerle que continúe con su labor. Pensé que la alimaña de mi marido echaría a perder todo esto tras mi muerte. Gracias a Vd. el jardín sigue como siempre.
Él seguía callado, quieto.
Sonaron las campanas.
- Vaya, tocan a muerto. Debe de ser en mi recuerdo. Creo que debo irme, sería descortés no acudir a la llamada de quienes aún me mencionan-. Los pasos de la marquesita se acercaron hacia la puerta. Al otro lado, yo me escondí tras los rosales, de un salto.
-¡Qué extraño! –dijo la muchacha, avanzando cautelosamente-. ¡Qué puerta más pesada! –La tocó, al hablar, y se cerró de pronto, con un golpe.
-¡Dios mío! –dijo el hombre-. Me parece que no tiene picaporte del lado de adentro. ¡Cómo, nos ha encerrado a los dos!
-A los dos, no. A uno solo –dijo la muchacha-. Pasó a través de la puerta y desapareció.
11 oct 2017
La niña Luna
La playa de Lauda tiene el suelo negro azabache. Es de roca volcánica pulida como la superficie del mármol. El mar se ha encargado de alisarla durante milenios, rellenándola de huecos como monedas, donde se cuela el agua de la orilla. En las noches de luna intensa, su luz juega a saltar de un orificio a otro, reflejándose aquí y allá, en un inquieto traje de lentejuelas tejido sobre la piedra de seda.
Pero el espectáculo no acaba ahí: Al fondo, donde la orilla casi da la vuelta, rompe la roca negra una columna de cuarzo transparente, como un atril de criptonita. Es sólo el breve aviso de lo que viene luego: Un completo bosque de cristal, de piezas de dos, tres, cuatro metros, semi inclinadas hacia el cielo. Cuando la luna está alta, atraviesa los bloques de cuarzo y dibuja figuras largas y finas de luz blanca sobre la roca oscura.
Cuentan los más ancianos que de una de esas figuras nació Elena. Era una criatura de piel blanca, ojos transparentes y pelo negro como el azabache. Dicen haberla visto en la noche nadando a la orilla, dejando que su madre dibuje en su espalda su figura de luz esférica. Otros afirman haberla visto tumbada sobre la roca negra, resplandeciendo con su piel de nácar como un ser de otro mundo.
Un hombre bueno de Lauda bajaba a la playa tres noches al mes, a encontrarse con ella. Sólo la había visto en luna llena, y fascinado tras el primer encuentro, fue fiel desde entonces a su cita con la muchacha.
Bajaba desde lo alto del pueblo, casi una aldea, encaramada en lo alto de la montaña; iba alumbrado por un simple candil, con la mirada perdida como un siervo fiel que no puede evitar su servidumbre.
El hombre bueno se sentaba sobre un trozo de cuarzo cortado a la altura de un escabel, mirando al mar. Ella se hacía esperar, recelosa de que le hubieran seguido, en parte para burlarse de su locura, en parte para comprobar que era verdad. Tras escuchar el silencio del mar durante un rato, Elena asomaba la cabeza.
El hombre bueno se erguía entonces, apoyado sobre la cayada de su abuelo, para mantenerse firme ante ella. La muchacha salía del mar, dejando que el agua le recorriera la piel, como perlas iluminadas por la luna.
El hombre bueno permanecía inmóvil, con los ojos fijos en ella, sin un parpadeo que le hiciera perderse un segundo de su amada.
Hasta ese día, ahí acababa todo. Ella se desvanecía de pronto, mientras una nube oscurecía el cielo.
Pero esa noche, Elena permaneció allí. Le tomó la mano, fría como el mar, y le llevó sonriente hasta el interior del bosque de cuarzo. Él la siguió, tratando de no mostrar su miedo, simulando que si hubiera querido, hubiera podido soltarla y andar en dirección contraria, aunque no era cierto.
Al avanzar por la piedra, Elena fue desprendiendo poco a poco al hombre bueno de sus ropas. A ella le divertía ver cómo su piel cambiaba de color a la altura del cuello, a la altura de las mangas. Ella nunca había visto el sol.
Cuando alcanzaron el centro del bosque de piedra, Elena se detuvo y permaneció callada, curiosa, observando el cuerpo desnudo del hombre bueno frente a sí. Él la veía brillar bajo la luna, con un halo casi sobrenatural que le paralizaba. Deseaba acariciar su pelo húmedo, sentir su olor a mar, rozar su piel despacito, con la punta de los dedos, hasta leer como un ciego cada palabra de su cuerpo. Pero se quedó allí, pasmado, viéndola brillar.
- "No tengas miedo", dijo la muchacha. -"Aunque no lo creas, soy igual que tú".
Elena se acercó al hombre, con la única intención de seguir las instrucciones de su madre luna: Concebir una vida nueva. Quería dar a luz a un ser humano, al que poder amamantar con leche marina y nutrientes de roca transparente. Crecería grande como un pedestal de cuarzo, libre como la luz, real y mortal como los demás hombres.
Elena no podía morir. Había olvidado el momento en que fue concebida por la luna, jugando a dibujar su cuerpo sobre la piedra negra. Ya eran varias las generaciones que la habían sorprendido nadando en la noche. El hombre bueno había llegado mucho después. Pero era el único que no la temía en serio, que era capaz de amarla, capaz de tocar su piel fría y pulida como el cuarzo.
Él había dejado de lado a las muchachas del pueblo, emparejadas ya con otros hombres. Había corrido la voz en la aldea de su locura, de su afán por perseguir al espíritu de la playa. Pero él la había visto con sus propios ojos y ahora la tenía frente a él, unidos ya sus cuerpos, tocándose al fin.
El hombre bueno cumplió el deseo de Elena, una, dos, tres veces, con una sensación perturbadora de calor en los labios y frío en el dorso, hasta caer dormido.
El rocío de la noche le despertó desubicado, con el cuerpo tiritando por la humedad de la playa.
Elena estaba tumbada en la roca negra, a la luz de la luna, y brillaba como un cometa reflejado en el agua. Le vio llegar temblando y le ayudó a buscar sus ropas por el bosque. Él quiso entonces regresar a casa, se hacía tarde y al otro día había tarea por hacer en la aldea.
Elena le guió en la noche, de la mano, permitiéndole encontrar el camino para salir del bosque. Se desvió entonces por entre las columnas de cuarzo, hacia una pared donde había una única puerta de madera añeja. -"Refugiémonos aquí a pasar la noche", le dijo ella, -"quiero que me acompañes hasta ver salir el sol. Jamás he visto amanecer".
El hombre la siguió hasta el otro lado del muro, resignado a abandonar su deseo de regresar a casa. Accedió tras Elena a lo que era una cueva húmeda, repleta de salientes de cuarzo.
-¡Qué extraño! –dijo la muchacha, avanzando cautelosamente-. ¡Qué puerta más pesada! –La tocó, al hablar, y se cerró de pronto, con un golpe.
-¡Dios mío! –dijo el hombre-. Me parece que no tiene picaporte del lado de adentro. ¡Cómo, nos ha encerrado a los dos!
-A los dos, no. A uno solo –dijo la muchacha-. Pasó a través de la puerta y desapareció.
Pero el espectáculo no acaba ahí: Al fondo, donde la orilla casi da la vuelta, rompe la roca negra una columna de cuarzo transparente, como un atril de criptonita. Es sólo el breve aviso de lo que viene luego: Un completo bosque de cristal, de piezas de dos, tres, cuatro metros, semi inclinadas hacia el cielo. Cuando la luna está alta, atraviesa los bloques de cuarzo y dibuja figuras largas y finas de luz blanca sobre la roca oscura.
Cuentan los más ancianos que de una de esas figuras nació Elena. Era una criatura de piel blanca, ojos transparentes y pelo negro como el azabache. Dicen haberla visto en la noche nadando a la orilla, dejando que su madre dibuje en su espalda su figura de luz esférica. Otros afirman haberla visto tumbada sobre la roca negra, resplandeciendo con su piel de nácar como un ser de otro mundo.
Un hombre bueno de Lauda bajaba a la playa tres noches al mes, a encontrarse con ella. Sólo la había visto en luna llena, y fascinado tras el primer encuentro, fue fiel desde entonces a su cita con la muchacha.
Bajaba desde lo alto del pueblo, casi una aldea, encaramada en lo alto de la montaña; iba alumbrado por un simple candil, con la mirada perdida como un siervo fiel que no puede evitar su servidumbre.
El hombre bueno se sentaba sobre un trozo de cuarzo cortado a la altura de un escabel, mirando al mar. Ella se hacía esperar, recelosa de que le hubieran seguido, en parte para burlarse de su locura, en parte para comprobar que era verdad. Tras escuchar el silencio del mar durante un rato, Elena asomaba la cabeza.
El hombre bueno se erguía entonces, apoyado sobre la cayada de su abuelo, para mantenerse firme ante ella. La muchacha salía del mar, dejando que el agua le recorriera la piel, como perlas iluminadas por la luna.
El hombre bueno permanecía inmóvil, con los ojos fijos en ella, sin un parpadeo que le hiciera perderse un segundo de su amada.
Hasta ese día, ahí acababa todo. Ella se desvanecía de pronto, mientras una nube oscurecía el cielo.
Pero esa noche, Elena permaneció allí. Le tomó la mano, fría como el mar, y le llevó sonriente hasta el interior del bosque de cuarzo. Él la siguió, tratando de no mostrar su miedo, simulando que si hubiera querido, hubiera podido soltarla y andar en dirección contraria, aunque no era cierto.
Al avanzar por la piedra, Elena fue desprendiendo poco a poco al hombre bueno de sus ropas. A ella le divertía ver cómo su piel cambiaba de color a la altura del cuello, a la altura de las mangas. Ella nunca había visto el sol.
Cuando alcanzaron el centro del bosque de piedra, Elena se detuvo y permaneció callada, curiosa, observando el cuerpo desnudo del hombre bueno frente a sí. Él la veía brillar bajo la luna, con un halo casi sobrenatural que le paralizaba. Deseaba acariciar su pelo húmedo, sentir su olor a mar, rozar su piel despacito, con la punta de los dedos, hasta leer como un ciego cada palabra de su cuerpo. Pero se quedó allí, pasmado, viéndola brillar.
- "No tengas miedo", dijo la muchacha. -"Aunque no lo creas, soy igual que tú".
Elena se acercó al hombre, con la única intención de seguir las instrucciones de su madre luna: Concebir una vida nueva. Quería dar a luz a un ser humano, al que poder amamantar con leche marina y nutrientes de roca transparente. Crecería grande como un pedestal de cuarzo, libre como la luz, real y mortal como los demás hombres.
Elena no podía morir. Había olvidado el momento en que fue concebida por la luna, jugando a dibujar su cuerpo sobre la piedra negra. Ya eran varias las generaciones que la habían sorprendido nadando en la noche. El hombre bueno había llegado mucho después. Pero era el único que no la temía en serio, que era capaz de amarla, capaz de tocar su piel fría y pulida como el cuarzo.
Él había dejado de lado a las muchachas del pueblo, emparejadas ya con otros hombres. Había corrido la voz en la aldea de su locura, de su afán por perseguir al espíritu de la playa. Pero él la había visto con sus propios ojos y ahora la tenía frente a él, unidos ya sus cuerpos, tocándose al fin.
El hombre bueno cumplió el deseo de Elena, una, dos, tres veces, con una sensación perturbadora de calor en los labios y frío en el dorso, hasta caer dormido.
El rocío de la noche le despertó desubicado, con el cuerpo tiritando por la humedad de la playa.
Elena estaba tumbada en la roca negra, a la luz de la luna, y brillaba como un cometa reflejado en el agua. Le vio llegar temblando y le ayudó a buscar sus ropas por el bosque. Él quiso entonces regresar a casa, se hacía tarde y al otro día había tarea por hacer en la aldea.
Elena le guió en la noche, de la mano, permitiéndole encontrar el camino para salir del bosque. Se desvió entonces por entre las columnas de cuarzo, hacia una pared donde había una única puerta de madera añeja. -"Refugiémonos aquí a pasar la noche", le dijo ella, -"quiero que me acompañes hasta ver salir el sol. Jamás he visto amanecer".
El hombre la siguió hasta el otro lado del muro, resignado a abandonar su deseo de regresar a casa. Accedió tras Elena a lo que era una cueva húmeda, repleta de salientes de cuarzo.
-¡Qué extraño! –dijo la muchacha, avanzando cautelosamente-. ¡Qué puerta más pesada! –La tocó, al hablar, y se cerró de pronto, con un golpe.
-¡Dios mío! –dijo el hombre-. Me parece que no tiene picaporte del lado de adentro. ¡Cómo, nos ha encerrado a los dos!
-A los dos, no. A uno solo –dijo la muchacha-. Pasó a través de la puerta y desapareció.
25 jul 2017
Introsección
Buceo para conocerme. Parece que saber quién soy es algo que me estoy perdiendo. Los demás le dan importancia, como si anclar las fronteras de tus posibilidades evitara que tu esencia cayera al vacío o se fundiera para siempre en una disolución de aguafuerte.
Tomada la decisión de intentar dibujar mis dimensiones, sean las que sean, investigo, despacio, hacia dentro.
El espejo parece un buen recurso, al menos para sorprender una mirada viva tras la que salir corriendo hacia la madriguera interna.
Me miro y veo a la de siempre, la que se peina todos los días delante del espejo. No me sirve.
Me tumbo boca arriba, tratando de ejercer de psicóloga.
Cierro los ojos, miro al interior y descubro a una muchacha, casi una niña, que camina junto a un hombre adulto, serio, circunspecto.
Parece que ella es quien me permite soñar, sentir, reír. Él es quien habla de política, de trabajo, de disciplina, quien me arranca entre gritos de las sábanas cada mañana.
Siento curiosidad por ella, que me observa asombrada al descubrir que yo he vuelto.
- Soy tu madre -le confirmo despacio-.
- Querrás decir mi hermana -contestó ella-.
- ¿Y él? -pregunté, contemplando al hombre extraño envuelto en gabardina y sombrero, a lo Humprey Bogart.
- Él es quien te mantiene con vida -dijo la muchacha. -Se encarga de que no te mueras de hambre, de que hagas la cama, de que no huelas mal. Como un padre interior, pero que viene de fábrica.
- ¿Es artificial? -dije yo.
- Del todo -contestó ella.
Le miré y parecía desconectado.
- Mientras descansas, él también lo hace -comentó la niña.
De pronto, sonó el teléfono. Una empresa de selección de personal me requiere para una entrevista de trabajo.
Él se conecta, entra en acción, levanta el auricular, responde por mí. Parece que se sabe el papel de memoria: recita mi trayectoria, mis méritos, dice aquello de que no me he enfrentado a problemas, sino que he resuelto con éxito grandes retos profesionales de los que siempre he tenido la oportunidad de aprender.
Desde dentro, resulta divertido observarle. La niña ahora parece dormida, ausente, como si siguiera con el ánimo una gota deslizándose despacito por un cristal.
Por fin, la conversación termina. Me pregunto si hay circunstancias en las que los dos intervienen a un tiempo.
La niña, que ha despertado, me adelanta la respuesta:
- Sólo cuando tienes miedo. Él intenta razonar el origen de tu temor. Yo ideo la solución.
- Yo tengo miedo de casi todo -le contesté.
- Lo sé -dijo ella-. Mis conversaciones con él son interminables...
- ¿Siempre es así? ¿No hay nadie más? -respondí.
- ¿Qué esperabas? -contestó el hombre-. ¿El camarote de los hermanos Marx? Por cierto, te han llamado de una multinacional, están interesados en tu perfil.
De pronto, al fondo, la niña dibuja una puerta con tiza en la pared.
- ¿Qué haces? -dijo el hombre.
- Acabas de abrir una puerta. Yo sólo la estaba dibujando para ella.
- ¿Conduce a alguna parte? -pregunté yo.
- Al futuro incierto, a una posibilidad aún por confirmar -explicó la niña, empujando la hoja con una mano y asomando curiosa su naricilla.
El hombre fue tras ella, con aire de paciente preocupación, alerta ante la posibilidad de que la chica se metiera en algún lío. Yo permanecí observando, al otro lado.
-¡Qué extraño! –dijo la muchacha, avanzando cautelosamente-. ¡Qué puerta más pesada! –La tocó, al hablar, y se cerró de pronto, con un golpe.
-¡Dios mío! –dijo el hombre-. Me parece que no tiene picaporte del lado de adentro. ¡Cómo, nos ha encerrado a los dos!
-A los dos, no. A uno solo –dijo la muchacha-. Pasó a través de la puerta y desapareció.
Tomada la decisión de intentar dibujar mis dimensiones, sean las que sean, investigo, despacio, hacia dentro.
El espejo parece un buen recurso, al menos para sorprender una mirada viva tras la que salir corriendo hacia la madriguera interna.
Me miro y veo a la de siempre, la que se peina todos los días delante del espejo. No me sirve.
Me tumbo boca arriba, tratando de ejercer de psicóloga.
Cierro los ojos, miro al interior y descubro a una muchacha, casi una niña, que camina junto a un hombre adulto, serio, circunspecto.
Parece que ella es quien me permite soñar, sentir, reír. Él es quien habla de política, de trabajo, de disciplina, quien me arranca entre gritos de las sábanas cada mañana.
Siento curiosidad por ella, que me observa asombrada al descubrir que yo he vuelto.
- Soy tu madre -le confirmo despacio-.
- Querrás decir mi hermana -contestó ella-.
- ¿Y él? -pregunté, contemplando al hombre extraño envuelto en gabardina y sombrero, a lo Humprey Bogart.
- Él es quien te mantiene con vida -dijo la muchacha. -Se encarga de que no te mueras de hambre, de que hagas la cama, de que no huelas mal. Como un padre interior, pero que viene de fábrica.
- ¿Es artificial? -dije yo.
- Del todo -contestó ella.
Le miré y parecía desconectado.
- Mientras descansas, él también lo hace -comentó la niña.
De pronto, sonó el teléfono. Una empresa de selección de personal me requiere para una entrevista de trabajo.
Él se conecta, entra en acción, levanta el auricular, responde por mí. Parece que se sabe el papel de memoria: recita mi trayectoria, mis méritos, dice aquello de que no me he enfrentado a problemas, sino que he resuelto con éxito grandes retos profesionales de los que siempre he tenido la oportunidad de aprender.
Desde dentro, resulta divertido observarle. La niña ahora parece dormida, ausente, como si siguiera con el ánimo una gota deslizándose despacito por un cristal.
Por fin, la conversación termina. Me pregunto si hay circunstancias en las que los dos intervienen a un tiempo.
La niña, que ha despertado, me adelanta la respuesta:
- Sólo cuando tienes miedo. Él intenta razonar el origen de tu temor. Yo ideo la solución.
- Yo tengo miedo de casi todo -le contesté.
- Lo sé -dijo ella-. Mis conversaciones con él son interminables...
- ¿Siempre es así? ¿No hay nadie más? -respondí.
- ¿Qué esperabas? -contestó el hombre-. ¿El camarote de los hermanos Marx? Por cierto, te han llamado de una multinacional, están interesados en tu perfil.
De pronto, al fondo, la niña dibuja una puerta con tiza en la pared.
- ¿Qué haces? -dijo el hombre.
- Acabas de abrir una puerta. Yo sólo la estaba dibujando para ella.
- ¿Conduce a alguna parte? -pregunté yo.
- Al futuro incierto, a una posibilidad aún por confirmar -explicó la niña, empujando la hoja con una mano y asomando curiosa su naricilla.
El hombre fue tras ella, con aire de paciente preocupación, alerta ante la posibilidad de que la chica se metiera en algún lío. Yo permanecí observando, al otro lado.
-¡Qué extraño! –dijo la muchacha, avanzando cautelosamente-. ¡Qué puerta más pesada! –La tocó, al hablar, y se cerró de pronto, con un golpe.
-¡Dios mío! –dijo el hombre-. Me parece que no tiene picaporte del lado de adentro. ¡Cómo, nos ha encerrado a los dos!
-A los dos, no. A uno solo –dijo la muchacha-. Pasó a través de la puerta y desapareció.
31 may 2017
9 abr 2017
Fuera
-¡Qué extraño! –dijo la muchacha, avanzando cautelosamente-. ¡Qué puerta más pesada! –La tocó, al hablar, y se cerró de pronto, con un golpe.
-¡Dios mío! –dijo el hombre-. Me parece que no tiene picaporte del lado de adentro. ¡Cómo, nos ha encerrado a los dos!
-A los dos, no. A uno solo –dijo la muchacha-. Pasó a través de la puerta y desapareció.
Sara esperó un momento junto a la puerta. Guardó el mando a distancia en su bolso. Se quitó los zapatos y avanzó despacio arrastrando las medias sobre el mármol blanco del apartamento. Alcanzó la salida, entornó la puerta y se calzó para atravesar el largo jardín que separaba la nave de la puerta exterior. Por fin, temblando, salió a la calle. Abrió el coche y permaneció sentada un momento. Bloqueó el seguro de las dos puertas. Cerró los ojos.
Había conocido a Sergio hacía mucho tiempo. Él no la recordó cuando, casi 30 años después, se reencontraron por internet. Sara había cambiado mucho. Fue un largo recorrido de quirófanos, gimnasios, dietas y sesiones de compras el que convirtió a Sara en una mujer 10. Pero no siempre fue así. A los ocho años, cuando conoció a Sergio, Sara tenía el labio leporino. Aunque la habían operado de pequeña, la cicatriz continuaba y Sara tuvo que esperar hasta los 17 para poder pasar de nuevo por quirófano y arreglarse también la nariz. Sergio, para ganar popularidad entre sus amigos, la insultaba una y otra vez, seguido de un coro de tiernas risas infantiles. Sara odiaba su rostro con rabia. Rezaba, cada noche, para que ocurriera un milagro: Que el dios canalla que la había creado muriera, y compasivo, el Diablo le diera la oportunidad de tener un aspecto "normal".
Algunas mañanas, Sara se levantaba de la cama con los ojos cerrados. Avanzaba a tientas hasta el baño, se situaba delante del espejo, rogaba con fuerza que su deseo se hubiera cumplido y abría los ojos, con la esperanza de ver al otro lado un rostro "normal". Nunca ocurrió. Al contemplar el reflejo de siempre, Sara se sentía tan hundida y frustrada que regresaba a la cama sin fuerzas para prepararse y acudir al colegio. Se pasaba la mañana tumbada, despierta, imaginando cómo sería su vida si tuviera una boca y una nariz como la de todo el mundo.
Se dejó crecer el pelo y se lo echaba sobre la cara, con la esperanza de ocultar sus "defectos". Pero Sergio se acercaba a ella a diario, la señalaba con el dedo y gritaba: "¡Boca chocho!" con todas sus fuerzas. Ella se quedaba quieta, mirando al suelo, deseando volverse invisible a los ojos de todos.
En una ocasión, Sara le preguntó a su madre por qué le había hecho esto. La madre, extrañada, le preguntó a qué se refería. -A tenerme así -dijo la muchacha-. A traerme al mundo convertida en esto. ¿Para que todo el mundo tenga alguien de quién reírse? ¿Ése es mi papel en la vida? ¿Consolar a los demás porque al mirarme se sienten mejor consigo mismos?
Durante toda su infancia, Sara tuvo una única amiga, a la que no le importaba demasiado que la llamaran "la abogada de las causas perdidas". El resto de los niños y niñas le decían que permaneciese lejos, que al mirarla sentían náuseas. Le habían prohibido que se acercara a ellos a menos de tres metros, y si lo hacía, aunque fuera por descuido, Sara recibía su "merecido" castigo: una contundente y sistemática lluvia de golpes.
Sergio había logrado que Sara creyera, desde lo más profundo de su ser, que no tenía derecho a estar viva; que con su presencia, usurpaba el lugar de otro niño o niña "normal", y que le haría un favor a la humanidad quitándose del medio. Por eso, ella intentó suicidarse dos veces, pero siempre alguien se encargó de "salvarla" a tiempo. Afortunadamente, los adultos creyeron que fue un accidente (la primera vez trató de ahogarse en la piscina del colegio, y fue rescatada por el monitor; la segunda, se tragó todas las pastillas que encontró en el botiquín de su madre, aunque no logró aguantarlas en el estómago, y su madre confundió sus vómitos con un corte de digestión).
El fracaso en sus intentos suicidas la hicieron sentirse aún más torpe, más incapaz, más estúpida.
Sergio no sólo se reía de ella por su aspecto, sino por su dificultad para pronunciar ciertas palabras. Así que Sara se acostumbró a permanecer en silencio, excepto cuando podía hablar, a solas, con su amiga Paula. Gracias a ella, Sara aprendió a desarrollar cierto afecto por el género humano.
Cuando al fin Sara cumplió los 17 y llegó el momento de operarse, estaba tan convencida de que su vida no merecía ser vivida que le dió lo mismo. Su tía, una mujer intuitiva y sensible, lo percibió enseguida y le dijo: Dale una oportunidad a tus padres de sentir que tienen una hija feliz. Se lo hizo prometer, y ante semejante compromiso, Sara decidió cumplir con su palabra: Haría lo imposible por olvidar el pasado, por cortar con unas tijeras cualquier atisbo de recuerdo de su infancia y por comenzar una vida como recién nacida a los 17.
Sara estudió interiorismo, pero finalmente se dedicó a la venta y alquiler de viviendas de lujo. Con el fin de alejarse de su pasado y ser "normal", Sara se obligaba a hablar con todo el mundo, a ser sociable, a acercarse a menos de tres metros de todos sus compañeros en la universidad, a pesar del temor, incrustado en su nuca, a recibir una lluvia de golpes injustificados. Se apuntó a un gimnasio y logró una bonita y firme figura. Invertía casi todo su salario en ropa para tener buen aspecto y ser aceptada por todos. Y lo logró. Ninguno de sus nuevos amigos supo jamás sobre su penoso pasado y ella no volvió a pensar en ello. Hasta el día en el que Sergio reapareció 30 años después a través de internet.
Al principio Sara quedó petrificada. Pensó que Sergio había vuelto para reírse de ella de nuevo, para recordarle que él sabía lo monstruosa que era en realidad, para echarle en cara que hiciera lo que hiciera, ella seguiría siendo siempre una criatura repugnante. Al principio cerró el portátil de golpe, temblando como una hoja. Pero luego decidió enfrentarse a él. Ahora ella era una persona nueva y estaba dispuesta a demostrárselo.
Cuando leyó su mensaje, quedó aturdida: Sergio no la había reconocido. Y no sólo no se reía de ella: La estaba halagando. ¡Estaba intentando ligar con ella! Y no, no se trataba de una broma cruel. Simplemente, no tenía ni idea de que trataba de atraer a la persona a la que tantas veces había despreciado hasta hacerla sentir asco de sí misma. Le invadió una enorme curiosidad por saber hasta dónde sería capaz de llegar. Y se dejó llevar. Contestó a los mensajes de Sergio, consintió en que la invitase a cenar, que la hiciera regalos. Pasada una semana, Sergio ya quería presentarle a sus amigos, introducirla en su vida. Sara sintió una inmensa paz interior al saberse victoriosa: No sólo Sergio no la reconocía, sino que la encontraba atractiva, interesante. Era como si al fin, su dios creador hubiera muerto y el Diablo hubiera encendido la luz.
Andrés, el socio de Sergio, cumplía años el jueves Santo y celebraba una fiesta en su casa, a la que Sergio la había invitado. Él le sugirió a Sara que pasaran el puente juntos, y le pidió que reservara habitación a su nombre en algún lugar con encanto, ya que ella era la "experta". Esa misma tarde, cuando le confirmó que había encontrado un loft de diseño a las afueras de la ciudad, Sergio le envió a la agencia un ramo de rosas con una nota que Sara encontró infantil y torpe, lo que le hizo disfrutar especialmente de las flores.
Sara lo había planeado con cuidado. Sabía que en las Rozas habían habilitado viejas naves industriales como lofts singulares, y fue a visitarlos por la mañana. Para su sorpresa, en uno de los apartamentos el anterior dueño había construido una "habitación del pánico". Era un espacio de 2x2 que quedaba herméticamente cerrado al exterior mediante un pequeño mando a distancia. Servía para protegerse de intrusos, ya que una vez cerrada la puerta, un mecanismo automático dejaba el espacio totalmente aislado del exterior. Era imposible entrar o salir de allí sin activar el mando.
Sara no pudo evitar imaginarse a Sergio allí encerrado. ¿Se sentiría igual que ella cuando niña, presa de aquella cara monstruosa? Sin poder escapar, sin poder hacer nada para cambiar la situación, angustiada, frustrada y sola. Sabía que era una locura, pero la imagen de un Sergio sufriente la hizo suspirar con un profundo alivio.
La fiesta resultó ser una competición entre socios, en una patética demostración de quién tenía más talento o más éxito, quién había comprado la casa más grande, quién había conquistado a la chica más guapa, quién conducía el coche más potente, quién tenía el móvil o el wereable más inn... Sara miraba a Sergio con lástima, a una enorme distancia. Deseaba que aquello terminara cuanto antes. Le insinuó que quería quedarse a solas con él, llegar enseguida al loft para tener intimidad. Sergio se dejó seducir y se marcharon.
Por el camino, él se quedó medio dormido. Sara tuvo tiempo de repasar mentalmente la fiesta, las conversaciones con Sergio, y luego, rompiendo una norma no escrita, saltar al pasado. Recordó los golpes, las burlas, las horas llorando sola a escondidas, en el baño, en la cama, cuando nadie podía ver que en efecto, los insultos, las bromas, los golpes, la hacían sentir una rabia intensa, una tremenda vergüenza por existir, una ansiedad feroz por escapar, aunque fuera a través de la muerte.
Al llegar al loft, Sergio comenzó a besarla, tratando de deslizar los tirantes de su vestido, para desnudarla. Ella sintió un asco intenso, sucio y casi melancólico. Sara retrocedía, poco a poco, en la penumbra, hacia la "habitación del pánico". Tuvo tiempo de coger el mando de la encimera de la cocina y entrar allí, haciéndole creer que se dirigía al dormitorio. Cuando se cerró la pesada puerta, de un golpe, Sergio, sorprendido, quiso volver a abrirla, así que alumbró con el móvil la zona donde debía estar, y no había, ningún picaporte. Sara aprovechó la ocasión para activar el mando, dejar que la puerta se entreabriera y salir en la penumbra, antes de volver a cerrarla de inmediato con un leve zumbido eléctrico casi imperceptible. Todo duró un instante. Quizá Sergio ni siquiera la vio salir.
Ahora, sentada en el asiento del coche, Sara debía tomar una decisión: No sabía si quería dejar a Sergio ahí para siempre. Ella era la encargada de alquilar aquella casa. Decidiría cuándo alguien podría volver a entrar. De hecho, una vez cerrada, la puerta de la "habitación del pánico" no era visible desde fuera, ya que estaba recubierta con una lámina de madera que se confundía con el resto de la pared. Ni siquiera figuraba en los planos originales del loft. Nadie más sabía que esa estancia existía y sin el mando a distancia, era imposible abrirla por casualidad. Sergio, sin comida, sin agua, sin ventilación, a oscuras, no aguantaría mucho. ¿Se merecía morir? Quizá su justo castigo no llegaba hasta ese extremo, pero sí merecía desear estar muerto, tal y como ella lo había implorado durante toda su infancia. Sara decidió que aún no era el momento de dejarle libre. Puso en marcha el motor eléctrico del coche y se alejó, tan silenciosa como lo fue de niña.
-¡Dios mío! –dijo el hombre-. Me parece que no tiene picaporte del lado de adentro. ¡Cómo, nos ha encerrado a los dos!
-A los dos, no. A uno solo –dijo la muchacha-. Pasó a través de la puerta y desapareció.
Sara esperó un momento junto a la puerta. Guardó el mando a distancia en su bolso. Se quitó los zapatos y avanzó despacio arrastrando las medias sobre el mármol blanco del apartamento. Alcanzó la salida, entornó la puerta y se calzó para atravesar el largo jardín que separaba la nave de la puerta exterior. Por fin, temblando, salió a la calle. Abrió el coche y permaneció sentada un momento. Bloqueó el seguro de las dos puertas. Cerró los ojos.
Había conocido a Sergio hacía mucho tiempo. Él no la recordó cuando, casi 30 años después, se reencontraron por internet. Sara había cambiado mucho. Fue un largo recorrido de quirófanos, gimnasios, dietas y sesiones de compras el que convirtió a Sara en una mujer 10. Pero no siempre fue así. A los ocho años, cuando conoció a Sergio, Sara tenía el labio leporino. Aunque la habían operado de pequeña, la cicatriz continuaba y Sara tuvo que esperar hasta los 17 para poder pasar de nuevo por quirófano y arreglarse también la nariz. Sergio, para ganar popularidad entre sus amigos, la insultaba una y otra vez, seguido de un coro de tiernas risas infantiles. Sara odiaba su rostro con rabia. Rezaba, cada noche, para que ocurriera un milagro: Que el dios canalla que la había creado muriera, y compasivo, el Diablo le diera la oportunidad de tener un aspecto "normal".
Algunas mañanas, Sara se levantaba de la cama con los ojos cerrados. Avanzaba a tientas hasta el baño, se situaba delante del espejo, rogaba con fuerza que su deseo se hubiera cumplido y abría los ojos, con la esperanza de ver al otro lado un rostro "normal". Nunca ocurrió. Al contemplar el reflejo de siempre, Sara se sentía tan hundida y frustrada que regresaba a la cama sin fuerzas para prepararse y acudir al colegio. Se pasaba la mañana tumbada, despierta, imaginando cómo sería su vida si tuviera una boca y una nariz como la de todo el mundo.
Se dejó crecer el pelo y se lo echaba sobre la cara, con la esperanza de ocultar sus "defectos". Pero Sergio se acercaba a ella a diario, la señalaba con el dedo y gritaba: "¡Boca chocho!" con todas sus fuerzas. Ella se quedaba quieta, mirando al suelo, deseando volverse invisible a los ojos de todos.
En una ocasión, Sara le preguntó a su madre por qué le había hecho esto. La madre, extrañada, le preguntó a qué se refería. -A tenerme así -dijo la muchacha-. A traerme al mundo convertida en esto. ¿Para que todo el mundo tenga alguien de quién reírse? ¿Ése es mi papel en la vida? ¿Consolar a los demás porque al mirarme se sienten mejor consigo mismos?
Durante toda su infancia, Sara tuvo una única amiga, a la que no le importaba demasiado que la llamaran "la abogada de las causas perdidas". El resto de los niños y niñas le decían que permaneciese lejos, que al mirarla sentían náuseas. Le habían prohibido que se acercara a ellos a menos de tres metros, y si lo hacía, aunque fuera por descuido, Sara recibía su "merecido" castigo: una contundente y sistemática lluvia de golpes.
Sergio había logrado que Sara creyera, desde lo más profundo de su ser, que no tenía derecho a estar viva; que con su presencia, usurpaba el lugar de otro niño o niña "normal", y que le haría un favor a la humanidad quitándose del medio. Por eso, ella intentó suicidarse dos veces, pero siempre alguien se encargó de "salvarla" a tiempo. Afortunadamente, los adultos creyeron que fue un accidente (la primera vez trató de ahogarse en la piscina del colegio, y fue rescatada por el monitor; la segunda, se tragó todas las pastillas que encontró en el botiquín de su madre, aunque no logró aguantarlas en el estómago, y su madre confundió sus vómitos con un corte de digestión).
El fracaso en sus intentos suicidas la hicieron sentirse aún más torpe, más incapaz, más estúpida.
Sergio no sólo se reía de ella por su aspecto, sino por su dificultad para pronunciar ciertas palabras. Así que Sara se acostumbró a permanecer en silencio, excepto cuando podía hablar, a solas, con su amiga Paula. Gracias a ella, Sara aprendió a desarrollar cierto afecto por el género humano.
Cuando al fin Sara cumplió los 17 y llegó el momento de operarse, estaba tan convencida de que su vida no merecía ser vivida que le dió lo mismo. Su tía, una mujer intuitiva y sensible, lo percibió enseguida y le dijo: Dale una oportunidad a tus padres de sentir que tienen una hija feliz. Se lo hizo prometer, y ante semejante compromiso, Sara decidió cumplir con su palabra: Haría lo imposible por olvidar el pasado, por cortar con unas tijeras cualquier atisbo de recuerdo de su infancia y por comenzar una vida como recién nacida a los 17.
Sara estudió interiorismo, pero finalmente se dedicó a la venta y alquiler de viviendas de lujo. Con el fin de alejarse de su pasado y ser "normal", Sara se obligaba a hablar con todo el mundo, a ser sociable, a acercarse a menos de tres metros de todos sus compañeros en la universidad, a pesar del temor, incrustado en su nuca, a recibir una lluvia de golpes injustificados. Se apuntó a un gimnasio y logró una bonita y firme figura. Invertía casi todo su salario en ropa para tener buen aspecto y ser aceptada por todos. Y lo logró. Ninguno de sus nuevos amigos supo jamás sobre su penoso pasado y ella no volvió a pensar en ello. Hasta el día en el que Sergio reapareció 30 años después a través de internet.
Al principio Sara quedó petrificada. Pensó que Sergio había vuelto para reírse de ella de nuevo, para recordarle que él sabía lo monstruosa que era en realidad, para echarle en cara que hiciera lo que hiciera, ella seguiría siendo siempre una criatura repugnante. Al principio cerró el portátil de golpe, temblando como una hoja. Pero luego decidió enfrentarse a él. Ahora ella era una persona nueva y estaba dispuesta a demostrárselo.
Cuando leyó su mensaje, quedó aturdida: Sergio no la había reconocido. Y no sólo no se reía de ella: La estaba halagando. ¡Estaba intentando ligar con ella! Y no, no se trataba de una broma cruel. Simplemente, no tenía ni idea de que trataba de atraer a la persona a la que tantas veces había despreciado hasta hacerla sentir asco de sí misma. Le invadió una enorme curiosidad por saber hasta dónde sería capaz de llegar. Y se dejó llevar. Contestó a los mensajes de Sergio, consintió en que la invitase a cenar, que la hiciera regalos. Pasada una semana, Sergio ya quería presentarle a sus amigos, introducirla en su vida. Sara sintió una inmensa paz interior al saberse victoriosa: No sólo Sergio no la reconocía, sino que la encontraba atractiva, interesante. Era como si al fin, su dios creador hubiera muerto y el Diablo hubiera encendido la luz.
Andrés, el socio de Sergio, cumplía años el jueves Santo y celebraba una fiesta en su casa, a la que Sergio la había invitado. Él le sugirió a Sara que pasaran el puente juntos, y le pidió que reservara habitación a su nombre en algún lugar con encanto, ya que ella era la "experta". Esa misma tarde, cuando le confirmó que había encontrado un loft de diseño a las afueras de la ciudad, Sergio le envió a la agencia un ramo de rosas con una nota que Sara encontró infantil y torpe, lo que le hizo disfrutar especialmente de las flores.
Sara lo había planeado con cuidado. Sabía que en las Rozas habían habilitado viejas naves industriales como lofts singulares, y fue a visitarlos por la mañana. Para su sorpresa, en uno de los apartamentos el anterior dueño había construido una "habitación del pánico". Era un espacio de 2x2 que quedaba herméticamente cerrado al exterior mediante un pequeño mando a distancia. Servía para protegerse de intrusos, ya que una vez cerrada la puerta, un mecanismo automático dejaba el espacio totalmente aislado del exterior. Era imposible entrar o salir de allí sin activar el mando.
Sara no pudo evitar imaginarse a Sergio allí encerrado. ¿Se sentiría igual que ella cuando niña, presa de aquella cara monstruosa? Sin poder escapar, sin poder hacer nada para cambiar la situación, angustiada, frustrada y sola. Sabía que era una locura, pero la imagen de un Sergio sufriente la hizo suspirar con un profundo alivio.
La fiesta resultó ser una competición entre socios, en una patética demostración de quién tenía más talento o más éxito, quién había comprado la casa más grande, quién había conquistado a la chica más guapa, quién conducía el coche más potente, quién tenía el móvil o el wereable más inn... Sara miraba a Sergio con lástima, a una enorme distancia. Deseaba que aquello terminara cuanto antes. Le insinuó que quería quedarse a solas con él, llegar enseguida al loft para tener intimidad. Sergio se dejó seducir y se marcharon.
Por el camino, él se quedó medio dormido. Sara tuvo tiempo de repasar mentalmente la fiesta, las conversaciones con Sergio, y luego, rompiendo una norma no escrita, saltar al pasado. Recordó los golpes, las burlas, las horas llorando sola a escondidas, en el baño, en la cama, cuando nadie podía ver que en efecto, los insultos, las bromas, los golpes, la hacían sentir una rabia intensa, una tremenda vergüenza por existir, una ansiedad feroz por escapar, aunque fuera a través de la muerte.
Al llegar al loft, Sergio comenzó a besarla, tratando de deslizar los tirantes de su vestido, para desnudarla. Ella sintió un asco intenso, sucio y casi melancólico. Sara retrocedía, poco a poco, en la penumbra, hacia la "habitación del pánico". Tuvo tiempo de coger el mando de la encimera de la cocina y entrar allí, haciéndole creer que se dirigía al dormitorio. Cuando se cerró la pesada puerta, de un golpe, Sergio, sorprendido, quiso volver a abrirla, así que alumbró con el móvil la zona donde debía estar, y no había, ningún picaporte. Sara aprovechó la ocasión para activar el mando, dejar que la puerta se entreabriera y salir en la penumbra, antes de volver a cerrarla de inmediato con un leve zumbido eléctrico casi imperceptible. Todo duró un instante. Quizá Sergio ni siquiera la vio salir.
Ahora, sentada en el asiento del coche, Sara debía tomar una decisión: No sabía si quería dejar a Sergio ahí para siempre. Ella era la encargada de alquilar aquella casa. Decidiría cuándo alguien podría volver a entrar. De hecho, una vez cerrada, la puerta de la "habitación del pánico" no era visible desde fuera, ya que estaba recubierta con una lámina de madera que se confundía con el resto de la pared. Ni siquiera figuraba en los planos originales del loft. Nadie más sabía que esa estancia existía y sin el mando a distancia, era imposible abrirla por casualidad. Sergio, sin comida, sin agua, sin ventilación, a oscuras, no aguantaría mucho. ¿Se merecía morir? Quizá su justo castigo no llegaba hasta ese extremo, pero sí merecía desear estar muerto, tal y como ella lo había implorado durante toda su infancia. Sara decidió que aún no era el momento de dejarle libre. Puso en marcha el motor eléctrico del coche y se alejó, tan silenciosa como lo fue de niña.
6 abr 2017
Dentro
-¡Qué extraño! –dijo la muchacha, avanzando cautelosamente-. ¡Qué puerta más pesada! –La tocó, al hablar, y se cerró de pronto, con un golpe.
-¡Dios mío! –dijo el hombre-. Me parece que no tiene picaporte del lado de adentro. ¡Cómo, nos ha encerrado a los dos!
-A los dos, no. A uno solo –dijo la muchacha-. Pasó a través de la puerta y desapareció.
Sergio se paró, perplejo. Llamó a Sara un par de veces, sin respuesta. Móvil en mano, continuó alumbrando la estancia, buscando un picaporte, un mando, un interruptor de la luz. Nada. La pared era blanca, lisa, perfecta. La puerta estaba empotrada y al cerrarse, había quedado totalmente encajada, sin resquicios, sin ranuras, sin goznes ni manillar.
-¿Dónde estás? -Nadie contestó-. ¡Sara! -Silencio-. ¡Saaaaraaaaaa! -repitió Sergio, alargando esta vez las vocales, en tono cansino-.Venga, mujer, ¡no te pongas a jugar ahora al escondite! -No oyó respuesta. Insistió de nuevo, un poco más nervioso- ¡Sara, en serio, abre la puerta! -No pasó nada-.
Sergio dio la vuelta completa, alumbrando con la pantalla del móvil al resto de los muros. Vacío. Ni estantes, ni muebles, ni ventanas. Cuatro pareces lisas como el cristal, pintadas de un blanco impoluto.
Avanzó dos pasos. Fin del recorrido. Era un cubo perfecto, de 2x2. Alzó la vista en busca de alguna rejilla, de alguna lámpara, de alguna trampilla que le permitiera salir o alumbrar mejor la estancia. Nada. El techo era tan blanco, liso y pulcro como las paredes.
Recapacitó un momento: Si Sara había salido, es que había una manera de atravesar aquella puerta, aquella pared. Tenía que seguir buscando.
Miró al suelo. Era de cemento pulido, sin engarces ni surcos. Topaba sin rodapié contra las paredes, en un terminado perfecto.
-Sara, oye, si es un juego, ya está bien, ¿vale? Ya te has divertido bastante... -Nadie contestó-.
Sergio se echó al suelo, boca abajo. Quería otear por la rendija de la puerta, hasta encontrar las suelas de los zapatos de Sara. Un raíl empotrado hacía invisible el otro lado. Imposible ver nada.
Se puso de rodillas, para incorporarse, pero se quedó ahí plantado, en modo oración. Buscaba alguna cerradura, algún ojo por donde Sara hubiera podido introducir una llave o una tarjeta. La puerta estaba recubierta de una sola placa de acero, fría, lisa y perfecta.
Inspeccionó entonces los marcos. No estaban atornillados ni clavados a la pared. Estaban encajados en ella como si hubieran construido el muro encima tras instalarlos.
La única forma de abrir aquella puerta era dejándola arrastrar por el raíl hacia la izquierda. Sergio pegó las palmas de las manos al acero y movió los brazos a un lado. Sólo logró que sus dedos quedaran marcados en el metal como el rastro de un caracol.
Sergio recordó entonces las últimas palabras de Sara: "Qué puerta más pesada". Efectivamente, lo era.
- Sara, si me dices cómo salir, no me enfadaré, -No hubo respuesta.- Oye, de verdad... Te prometo que no pasará nada... -Sergio acercó la oreja a la puerta, para percibir algún ruido, alguna reacción. No escuchó nada.- Mira, Sara, la broma ya empieza a ser un poco pesada, pero bueno, si me dejas salir ahora, todo queda olvidado. -Nada de nada-. ¡Venga, mujer! Sé buena, que estoy cansado... -Continuó el silencio-. A ver, si lo prefieres, dime cómo salir, y te prometo que esperaré un rato, para darte tiempo a que te marches, si lo que pasa es que no quieres verme. Venga, chica, que me están entrando ganas de ir al baño, ¿me oyes? -Al otro lado nada se movió-.
Sergio valoró, por primera vez, la opción de que no se tratara de una broma. Miró el móvil de nuevo, dispuesto a telefonear a alguien para pedir ayuda. Fijó la mirada en la pantalla, serio. ¿A quién llamar? Su padre hacía tiempo que había fallecido, y a su madre la habían ingresado en una residencia a los pocos meses, porque no aguantaba la soledad. Ninguno pudo hacerse cargo. Su único hermano, Luis, trabajaba en una aceleradora en Sillicon Valley, y él acababa entonces de lanzar su propio negocio en Madrid. No podía ocuparse además de acompañar a una persona mayor. Sergio cayó en la cuenta de que hacía más de dos meses que no la visitaba. Nunca encontraba el momento, la verdad. Pensó entonces en sus primos. Habían jugado juntos de pequeños, pero desde que se marchó a la universidad en EEUU, perdió el contacto y a su vuelta a España apenas se veían. En realidad, hacía casi veinte años que no sabía nada de ellos. La familia quedaba por tanto descartada.
Repasó entonces su lista de amistades: Comprobó que con ninguna tenía la suficiente confianza como para pedirle que saliera a rescatarle a las dos de la madrugada de un jueves a... ¿dónde carajo estaba? Sara conducía, él se quedó dormitando por el camino. Pararon junto a unas naves, entraron por un largo jardín, Sara le prometió que era uno de esos lugares con encanto, un loft de diseño convertido en apartamento turístico. A él le atrajo la aventura de dormir en un hotel en su propia ciudad, como única solución ante la pregunta de siempre: ¿En tu casa o en la mía? Reconocer que Sara se la había pegado y que le estaba tomando el pelo de aquella manera no era algo que querría compartir con sus amigos. Al menos, no por el momento.
Por un instante, pensó en la asistenta que le limpiaba la casa los martes y le planchaba las camisas los jueves. -¿Podrá venir Rosa? -Se dió cuenta de que había contactado con ella a través de su socio y que tenía apuntado su número, de puño y letra de Andrés, en un post-it pegado en la nevera. Desde el principio acordaron los días y las horas, y dos meses después, nunca había tenido la necesidad de llamarla. No tenía su teléfono guardado en la agenda del móvil-.
¿Y la policía? Quizá al final fuese la mejor opción, siempre y cuando no se tratase de una broma de la cabrona de Sara.
-¡Sara! Mira, bonita, si no paras esto ahora mismo, voy a llamar a la policía, hablo en serio. -El silencio siguió a las palabras de Sergio-. Oye, te doy dos minutos para que te lo pienses, ¿vale? pero si no me abres, les llamo, así que tú verás...
Decidió sentarse a esperar, imaginándose la cara de Sara cuando realmente llegara la policía a rescatarle. Dejó pasar el tiempo con los ojos cerrados, sin pensar en nada. Al rato, descolgó el teléfono. Marcó el 112 y al pulsar el botón para lanzar la llamada, escuchó el odioso tono que indicaba que no había cobertura.
Buscó entonces su ubicación en google maps, pero no había conexión a internet. No podía enviar un whatsapp, ni un mail, ni hablar con nadie.
-¿Alguien puede oírme? -Lo dijo alzando la voz en una especie de aullido animal. Nadie contestó. Pensó en el largo jardín que había cruzado hasta alcanzar la nave, en los kilómetros recorridos a las afueras de la ciudad. -¡Jodeeeerrrr!
Por primera vez, Sergio se planteó que Sara podría haberse marchado, que podría haberle dejado allí encerrado, completamente aislado, solo. ¿Cuánto aguanta una persona sin luz, sin agua y sin comida? Se dió cuenta de lo poco que conocía su propio cuerpo. Le sonaba haber oído en el telediario que algunas personas habían permanecido 48 horas bajo los escombros tras un terremoto, pero no estaba seguro de si él podría aguantar tanto, o incluso si eso era poco y el podría soportarlo más. Nunca había estado más de un día entero sin comer -sólo recordaba una vez cuando niño. Su madre le tuvo a agua de limón durante 24 horas por prescripción médica para curar una diarrea. No tenía ni la menor idea de qué síntomas tendría la muerte por inanición, qué se sentiría al morir de sed. Abrió de nuevo el móvil, dispuesto a buscarlo en google.
-¡Mierda! No hay cobertura, es verdad, joder. -Lo dijo en voz alta, aún sabiendo que hablaba para sí mismo-.
Bueno, si aquello era un apartamento turístico, alguien más lo acabaría alquilando. Era cuestión de esperar a que pasara el puente, a que llegara otro fin de semana, a que alguien entrara y le oyera. Se dio cuenta de en aquellas condiciones, era imposible aguantar tanto.
-¡Hija de la gran puta! -Esto no lo dijo con la esperanza de obtener respuesta, y por supuesto, no la obtuvo-.
Empezó a repasar lo que había ocurrido a lo largo del día, durante la semana, en el último mes. Trataba de entender las razones de Sara para ponerle en aquella situación lamentable.
La conoció por internet. Necesitaba una acompañante para acudir a la fiesta de cumpleaños de su socio. Habían montado juntos una startup a la que le dedicaban todo su tiempo, todo su esfuerzo, todo su pensamiento. Pero Andrés, de alguna forma que Sergio no comprendía, tenía también tiempo para mantener sus amistades, para tener pareja, para viajar. Pensó que ir solo a la fiesta sería reconocerse en inferioridad de condiciones, así que pocos días antes entró en una página de contactos y se lanzó sobre la primera chica joven con foto en el perfil que le llamó la atención. Aún no había perdido su labia. Invitó a Sara a cenar en restaurantes vanguardistas, logró enterarse de dónde trabajaba y le envió un ramo de rosas con una nota cursi al día siguiente. Sara se dejaba mimar, y le dio a entender que seguía interesada en verle. Sergio ya había decidido, al cabo de una semana, que había elegido bien, y se la llevó a la fiesta de su socio como acompañante.
-¿Acaso no te ha gustado el colgante que te regalé? ¿No te han gustado los sitios a los que te he llevado? ¿Los amigos que te he presentado? ¿Cuándo te has visto tú en una igual? Sara, no lo entiendo, joder, ¿de qué va todo esto? -Sergio golpeó la puerta con el puño. Sólo logró hacerse daño. Ni siquiera retumbó.
-Madre mía, ¿qué cojones estoy haciendo aquí? -Sergio paseaba como un león enjaulado, rápido y nervioso. Lo de ir al baño empezaba a ser verdad. Venían directamente de la fiesta en casa de Andrés. Había estado bebiendo cerveza, se sentía algo mareado, cansado y desconcertado. ¡Y se estaba orinando!
-Sara, me meo. Si no me dejas salir, les planto a los del apartamento la meada en la esquina, y yo paso de hacerme cargo de los gastos. Tú veras si les quieres pagar los desperfectos... -Sergio continuaba hablando solo.
Se sentó, con las piernas extendidas, para que fuera más fácil aguantarse las ganas.
-Y yo que pensaba que iba a echar un polvazo... ¡Seré gilipollas!
No podía hacer nada. No había internet que consultar, cliente al que llamar, trabajo pendiente que adelantar. Sin conexión a internet y aislado del mundo, sólo cabía aguantar hasta que pasara la noche, en la esperanza de que alguien apareciera por las naves vecinas al día siguiente, aunque fuera fiesta.
Cerró los ojos, dejó la mente en blanco y al rato se quedó dormido.
El sonido de un golpe le despertó. El ruido provenía del exterior. Un camión con el motor en marcha acababa de cerrar el portón trasero.
-¡Oigan! ¿pueden oírme? ¡Por favor, contesten! ¡Ayuda! -El vehículo comenzó la marcha y se alejó, sin respuesta. A continuación, sólo se oyó el trino de algún pájaro-. ¡Joder, joder, joder! -Sergio estaba asumiendo que seguía allí, que ya habría amanecido (esto era una suposición, porque él continuaba encerrado a oscuras) y que Sara no había dado señales de vida. Esto ya no podía tratarse ni de lejos de una maldita broma. Tenía que ser otra cosa. ¿Pero por qué querría Sara encerrarle en ese puto zulo? -¡Mierda! ¿cómo no lo he pensado antes? ¡Me han secuestrado, joder! -musitó Sergio.
-Sara, oye, dime qué quieres para sacarme de aquí. Sabes que aunque tengo pasta no soy millonario ni de lejos. Además, si quieres que te pague un rescate, tendrás que dejar que hable con mi abogado. Desde aquí no puedo hacer nada... ¡Sara! -No hubo respuesta-.
Sergio, desesperado y nervioso, se acercó a una esquina opuesta a la puerta y miccionó. Sabía que tendría que tragarse su propio olor, pero no podía más. La pared perfecta, blanca, inmaculada, quedó manchada de orín, que se extendió hacia el centro de la estancia. Él se sentó luego contra la esquina contraria, cubrió su cara con las manos y comenzó a llorar de rabia.
De pronto, fuera, oyó un ruido. ¿Y si eso funcionara? ¿Y si Sara al verle así reaccionara y le dejara ir? Lloró más fuerte, para que fuera audible al otro lado del muro, y agudizó el oído. Percibió el ladrido de un perro, unos pasos de animal alejándose y después, más pájaros.
Sara se había marchado, era una estupidez pensar que continuaría allí. Pero, si era un secuestro, ¿por qué no le pedían rescate? ¿Por qué no le daban algo de comer? Sentía hambre, sed y algo de frío. ¿Tendría algún sentido que Sara le hubiera dejado allí hasta verle morir? ¿Para qué? ¿Qué ganaría una chica joven y guapa con eso? ¿Qué necesidad había?
Sergio volvió a repasar lo ocurrido al entrar allí. Sara había tocado la puerta y la puerta se había cerrado sola, de un golpe. Él vió entonces que no había manillar, y Sara se esfumó de repente. Ella permanecía a su lado cuando él se agachó a mirar de cerca la puerta, a alumbrar con el móvil la zona donde hubiera debido estar el pomo. No recordaba con claridad si Sara seguía aún dentro cuando él al fin la avisó de que no había picaporte. Pero desde luego, ella estuvo encerrada con él. De eso no le cabía ninguna duda. Aunque, si él estaba junto a la puerta, ¿por dónde demonios salió Sara?
Sergio se puso en pie. Tanteó la puerta en la semioscuridad. La recorrió entera, por todas partes. Medía 1,80 de ancho aproximadamente. Cubría casi toda la pared. A oscuras, es posible que ella saliera por la zona izquierda de la puerta, mientras él inspeccionaba el área del inexistente picaporte. Sergio puso especial atención en palpar cada centímetro de la puerta por aquel lado. Sólo encontró la misma placa de metal lisa, perfecta y fría que la recubría al completo.
-Sara, esto que estás haciendo ya es un delito. No se puede retener a la gente contra su voluntad y lo sabes. Mira, si me sueltas ahora, no le diré nada a nadie, te lo juro. No entiendo muy bien por qué haces esto, pero si lo dejas, se acabó. No volveremos a vernos, te dejaré tranquila y haremos como si nunca nos hubiéramos conocido. Te doy mi palabra. Pero déjame salir de aquí, joder,.. He pasado la puta noche en el suelo, he tenido que mear en la pared... ¡Esto es patético, me cago en la hostia, Sara, por Dios! -Sara no daba señales de vida. -¿Qué cojones quieres de mí, dime? -Silencio por respuesta.
Empezaba a tener la boca seca, pegajosa. Le dolía la espalda y tenía los pies y las manos helados. Se sentó, a esperar, a pensar. Volvió a abrir el móvil, por si en un acto milagroso hubiera recobrado la cobertura. El aparato se había quedado sin batería. Lo dejó en el suelo, apagado, y apoyó la espalda contra la pared, con las piernas encogidas, abrazándose a sí mismo para darse calor. Comenzó a balancearse, como quien acuna a un niño. Trataba de calmarse, de pensar, de encontrar la respuesta que le diera la llave para salir de allí. ¿Y si no la hubiera? ¿Y si simplemente Sara fuese una loca hija de la gran puta, una sádica siniestra asesina de ligues por internet? Miró en su bolsillo: Su cartera seguía allí, intacta. con toda la documentación, las tarjetas y el billete de 100 euros con el que había salido de casa. No faltaba nada.
El olor empezó a molestarle. Al principio le daba ganas de vomitar, pero tenía el estómago vacío y sólo tuvo un amago de arcada. Si su última hipótesis era cierta, moriría en cuestión de días. La muerte. Nunca se la había planteado tan en serio. Pensaba que le ocurriría dentro de muchos años, cuando fuera un esqueleto arrugado y pellejo. Sergio acababa de cumplir los cuarenta. Se consideraba atractivo, aunque en realidad, Sara era la primera mujer con la que salía desde que comenzó su aventura empresarial. Le había dedicado los últimos cinco años de su vida al negocio. Los dos primeros fueron los peores: Noches sin dormir, visitas a clientes, papeleos y burocracia. Horas y horas pegado al ordenador o corriendo de una empresa a otra, de un evento a otro, para dar a conocer su producto. Con los primeros clientes llegaron las primeras peleas con Andrés, que nunca estaba listo para hacer la entrega final. Sergio era más práctico: quería hacer caja, empezar a amortizar gastos, y no quería dedicarle a un cliente ni un segundo más del necesario. Era tiempo que le quitaba para conquistar nuevas ventas. Desde que abrió la empresa, sólo había viajado por negocios, lo más lejos a Barcelona para participar en alguna jornada profesional. Hacía más de siete años que no veía a su hermano en persona. Hablaban una vez al mes por skype. Saludaba a sus sobrinos a través de la pantalla, los veía crecer en la distancia. Sergio decidió que no era su momento. No le tocaba morir ahora. Le faltaban muchas cosas por hacer. Nunca había viajado a Australia, por ejemplo. Tampoco le había dado tiempo a leer demasiado. No había terminado de pagar su apartamento de soltero. Ni tenía hijos, aunque eso no estaba seguro de desearlo. Al menos, si no los tenía, quería que fuera por decisión propia, no por morir de hambre en una puta jaula. Necesitó, por primera vez en mucho tiempo, volver a ver el rostro de su madre. Una única lágrima transparente le recorrió la mejilla, despacito. Esta vez sí, lloraba sólo para él.
-¡Dios mío! –dijo el hombre-. Me parece que no tiene picaporte del lado de adentro. ¡Cómo, nos ha encerrado a los dos!
-A los dos, no. A uno solo –dijo la muchacha-. Pasó a través de la puerta y desapareció.
Sergio se paró, perplejo. Llamó a Sara un par de veces, sin respuesta. Móvil en mano, continuó alumbrando la estancia, buscando un picaporte, un mando, un interruptor de la luz. Nada. La pared era blanca, lisa, perfecta. La puerta estaba empotrada y al cerrarse, había quedado totalmente encajada, sin resquicios, sin ranuras, sin goznes ni manillar.
-¿Dónde estás? -Nadie contestó-. ¡Sara! -Silencio-. ¡Saaaaraaaaaa! -repitió Sergio, alargando esta vez las vocales, en tono cansino-.Venga, mujer, ¡no te pongas a jugar ahora al escondite! -No oyó respuesta. Insistió de nuevo, un poco más nervioso- ¡Sara, en serio, abre la puerta! -No pasó nada-.
Sergio dio la vuelta completa, alumbrando con la pantalla del móvil al resto de los muros. Vacío. Ni estantes, ni muebles, ni ventanas. Cuatro pareces lisas como el cristal, pintadas de un blanco impoluto.
Avanzó dos pasos. Fin del recorrido. Era un cubo perfecto, de 2x2. Alzó la vista en busca de alguna rejilla, de alguna lámpara, de alguna trampilla que le permitiera salir o alumbrar mejor la estancia. Nada. El techo era tan blanco, liso y pulcro como las paredes.
Recapacitó un momento: Si Sara había salido, es que había una manera de atravesar aquella puerta, aquella pared. Tenía que seguir buscando.
Miró al suelo. Era de cemento pulido, sin engarces ni surcos. Topaba sin rodapié contra las paredes, en un terminado perfecto.
-Sara, oye, si es un juego, ya está bien, ¿vale? Ya te has divertido bastante... -Nadie contestó-.
Sergio se echó al suelo, boca abajo. Quería otear por la rendija de la puerta, hasta encontrar las suelas de los zapatos de Sara. Un raíl empotrado hacía invisible el otro lado. Imposible ver nada.
Se puso de rodillas, para incorporarse, pero se quedó ahí plantado, en modo oración. Buscaba alguna cerradura, algún ojo por donde Sara hubiera podido introducir una llave o una tarjeta. La puerta estaba recubierta de una sola placa de acero, fría, lisa y perfecta.
Inspeccionó entonces los marcos. No estaban atornillados ni clavados a la pared. Estaban encajados en ella como si hubieran construido el muro encima tras instalarlos.
La única forma de abrir aquella puerta era dejándola arrastrar por el raíl hacia la izquierda. Sergio pegó las palmas de las manos al acero y movió los brazos a un lado. Sólo logró que sus dedos quedaran marcados en el metal como el rastro de un caracol.
Sergio recordó entonces las últimas palabras de Sara: "Qué puerta más pesada". Efectivamente, lo era.
- Sara, si me dices cómo salir, no me enfadaré, -No hubo respuesta.- Oye, de verdad... Te prometo que no pasará nada... -Sergio acercó la oreja a la puerta, para percibir algún ruido, alguna reacción. No escuchó nada.- Mira, Sara, la broma ya empieza a ser un poco pesada, pero bueno, si me dejas salir ahora, todo queda olvidado. -Nada de nada-. ¡Venga, mujer! Sé buena, que estoy cansado... -Continuó el silencio-. A ver, si lo prefieres, dime cómo salir, y te prometo que esperaré un rato, para darte tiempo a que te marches, si lo que pasa es que no quieres verme. Venga, chica, que me están entrando ganas de ir al baño, ¿me oyes? -Al otro lado nada se movió-.
Sergio valoró, por primera vez, la opción de que no se tratara de una broma. Miró el móvil de nuevo, dispuesto a telefonear a alguien para pedir ayuda. Fijó la mirada en la pantalla, serio. ¿A quién llamar? Su padre hacía tiempo que había fallecido, y a su madre la habían ingresado en una residencia a los pocos meses, porque no aguantaba la soledad. Ninguno pudo hacerse cargo. Su único hermano, Luis, trabajaba en una aceleradora en Sillicon Valley, y él acababa entonces de lanzar su propio negocio en Madrid. No podía ocuparse además de acompañar a una persona mayor. Sergio cayó en la cuenta de que hacía más de dos meses que no la visitaba. Nunca encontraba el momento, la verdad. Pensó entonces en sus primos. Habían jugado juntos de pequeños, pero desde que se marchó a la universidad en EEUU, perdió el contacto y a su vuelta a España apenas se veían. En realidad, hacía casi veinte años que no sabía nada de ellos. La familia quedaba por tanto descartada.
Repasó entonces su lista de amistades: Comprobó que con ninguna tenía la suficiente confianza como para pedirle que saliera a rescatarle a las dos de la madrugada de un jueves a... ¿dónde carajo estaba? Sara conducía, él se quedó dormitando por el camino. Pararon junto a unas naves, entraron por un largo jardín, Sara le prometió que era uno de esos lugares con encanto, un loft de diseño convertido en apartamento turístico. A él le atrajo la aventura de dormir en un hotel en su propia ciudad, como única solución ante la pregunta de siempre: ¿En tu casa o en la mía? Reconocer que Sara se la había pegado y que le estaba tomando el pelo de aquella manera no era algo que querría compartir con sus amigos. Al menos, no por el momento.
Por un instante, pensó en la asistenta que le limpiaba la casa los martes y le planchaba las camisas los jueves. -¿Podrá venir Rosa? -Se dió cuenta de que había contactado con ella a través de su socio y que tenía apuntado su número, de puño y letra de Andrés, en un post-it pegado en la nevera. Desde el principio acordaron los días y las horas, y dos meses después, nunca había tenido la necesidad de llamarla. No tenía su teléfono guardado en la agenda del móvil-.
¿Y la policía? Quizá al final fuese la mejor opción, siempre y cuando no se tratase de una broma de la cabrona de Sara.
-¡Sara! Mira, bonita, si no paras esto ahora mismo, voy a llamar a la policía, hablo en serio. -El silencio siguió a las palabras de Sergio-. Oye, te doy dos minutos para que te lo pienses, ¿vale? pero si no me abres, les llamo, así que tú verás...
Decidió sentarse a esperar, imaginándose la cara de Sara cuando realmente llegara la policía a rescatarle. Dejó pasar el tiempo con los ojos cerrados, sin pensar en nada. Al rato, descolgó el teléfono. Marcó el 112 y al pulsar el botón para lanzar la llamada, escuchó el odioso tono que indicaba que no había cobertura.
Buscó entonces su ubicación en google maps, pero no había conexión a internet. No podía enviar un whatsapp, ni un mail, ni hablar con nadie.
-¿Alguien puede oírme? -Lo dijo alzando la voz en una especie de aullido animal. Nadie contestó. Pensó en el largo jardín que había cruzado hasta alcanzar la nave, en los kilómetros recorridos a las afueras de la ciudad. -¡Jodeeeerrrr!
Por primera vez, Sergio se planteó que Sara podría haberse marchado, que podría haberle dejado allí encerrado, completamente aislado, solo. ¿Cuánto aguanta una persona sin luz, sin agua y sin comida? Se dió cuenta de lo poco que conocía su propio cuerpo. Le sonaba haber oído en el telediario que algunas personas habían permanecido 48 horas bajo los escombros tras un terremoto, pero no estaba seguro de si él podría aguantar tanto, o incluso si eso era poco y el podría soportarlo más. Nunca había estado más de un día entero sin comer -sólo recordaba una vez cuando niño. Su madre le tuvo a agua de limón durante 24 horas por prescripción médica para curar una diarrea. No tenía ni la menor idea de qué síntomas tendría la muerte por inanición, qué se sentiría al morir de sed. Abrió de nuevo el móvil, dispuesto a buscarlo en google.
-¡Mierda! No hay cobertura, es verdad, joder. -Lo dijo en voz alta, aún sabiendo que hablaba para sí mismo-.
Bueno, si aquello era un apartamento turístico, alguien más lo acabaría alquilando. Era cuestión de esperar a que pasara el puente, a que llegara otro fin de semana, a que alguien entrara y le oyera. Se dio cuenta de en aquellas condiciones, era imposible aguantar tanto.
-¡Hija de la gran puta! -Esto no lo dijo con la esperanza de obtener respuesta, y por supuesto, no la obtuvo-.
Empezó a repasar lo que había ocurrido a lo largo del día, durante la semana, en el último mes. Trataba de entender las razones de Sara para ponerle en aquella situación lamentable.
La conoció por internet. Necesitaba una acompañante para acudir a la fiesta de cumpleaños de su socio. Habían montado juntos una startup a la que le dedicaban todo su tiempo, todo su esfuerzo, todo su pensamiento. Pero Andrés, de alguna forma que Sergio no comprendía, tenía también tiempo para mantener sus amistades, para tener pareja, para viajar. Pensó que ir solo a la fiesta sería reconocerse en inferioridad de condiciones, así que pocos días antes entró en una página de contactos y se lanzó sobre la primera chica joven con foto en el perfil que le llamó la atención. Aún no había perdido su labia. Invitó a Sara a cenar en restaurantes vanguardistas, logró enterarse de dónde trabajaba y le envió un ramo de rosas con una nota cursi al día siguiente. Sara se dejaba mimar, y le dio a entender que seguía interesada en verle. Sergio ya había decidido, al cabo de una semana, que había elegido bien, y se la llevó a la fiesta de su socio como acompañante.
-¿Acaso no te ha gustado el colgante que te regalé? ¿No te han gustado los sitios a los que te he llevado? ¿Los amigos que te he presentado? ¿Cuándo te has visto tú en una igual? Sara, no lo entiendo, joder, ¿de qué va todo esto? -Sergio golpeó la puerta con el puño. Sólo logró hacerse daño. Ni siquiera retumbó.
-Madre mía, ¿qué cojones estoy haciendo aquí? -Sergio paseaba como un león enjaulado, rápido y nervioso. Lo de ir al baño empezaba a ser verdad. Venían directamente de la fiesta en casa de Andrés. Había estado bebiendo cerveza, se sentía algo mareado, cansado y desconcertado. ¡Y se estaba orinando!
-Sara, me meo. Si no me dejas salir, les planto a los del apartamento la meada en la esquina, y yo paso de hacerme cargo de los gastos. Tú veras si les quieres pagar los desperfectos... -Sergio continuaba hablando solo.
Se sentó, con las piernas extendidas, para que fuera más fácil aguantarse las ganas.
-Y yo que pensaba que iba a echar un polvazo... ¡Seré gilipollas!
No podía hacer nada. No había internet que consultar, cliente al que llamar, trabajo pendiente que adelantar. Sin conexión a internet y aislado del mundo, sólo cabía aguantar hasta que pasara la noche, en la esperanza de que alguien apareciera por las naves vecinas al día siguiente, aunque fuera fiesta.
Cerró los ojos, dejó la mente en blanco y al rato se quedó dormido.
El sonido de un golpe le despertó. El ruido provenía del exterior. Un camión con el motor en marcha acababa de cerrar el portón trasero.
-¡Oigan! ¿pueden oírme? ¡Por favor, contesten! ¡Ayuda! -El vehículo comenzó la marcha y se alejó, sin respuesta. A continuación, sólo se oyó el trino de algún pájaro-. ¡Joder, joder, joder! -Sergio estaba asumiendo que seguía allí, que ya habría amanecido (esto era una suposición, porque él continuaba encerrado a oscuras) y que Sara no había dado señales de vida. Esto ya no podía tratarse ni de lejos de una maldita broma. Tenía que ser otra cosa. ¿Pero por qué querría Sara encerrarle en ese puto zulo? -¡Mierda! ¿cómo no lo he pensado antes? ¡Me han secuestrado, joder! -musitó Sergio.
-Sara, oye, dime qué quieres para sacarme de aquí. Sabes que aunque tengo pasta no soy millonario ni de lejos. Además, si quieres que te pague un rescate, tendrás que dejar que hable con mi abogado. Desde aquí no puedo hacer nada... ¡Sara! -No hubo respuesta-.
Sergio, desesperado y nervioso, se acercó a una esquina opuesta a la puerta y miccionó. Sabía que tendría que tragarse su propio olor, pero no podía más. La pared perfecta, blanca, inmaculada, quedó manchada de orín, que se extendió hacia el centro de la estancia. Él se sentó luego contra la esquina contraria, cubrió su cara con las manos y comenzó a llorar de rabia.
De pronto, fuera, oyó un ruido. ¿Y si eso funcionara? ¿Y si Sara al verle así reaccionara y le dejara ir? Lloró más fuerte, para que fuera audible al otro lado del muro, y agudizó el oído. Percibió el ladrido de un perro, unos pasos de animal alejándose y después, más pájaros.
Sara se había marchado, era una estupidez pensar que continuaría allí. Pero, si era un secuestro, ¿por qué no le pedían rescate? ¿Por qué no le daban algo de comer? Sentía hambre, sed y algo de frío. ¿Tendría algún sentido que Sara le hubiera dejado allí hasta verle morir? ¿Para qué? ¿Qué ganaría una chica joven y guapa con eso? ¿Qué necesidad había?
Sergio volvió a repasar lo ocurrido al entrar allí. Sara había tocado la puerta y la puerta se había cerrado sola, de un golpe. Él vió entonces que no había manillar, y Sara se esfumó de repente. Ella permanecía a su lado cuando él se agachó a mirar de cerca la puerta, a alumbrar con el móvil la zona donde hubiera debido estar el pomo. No recordaba con claridad si Sara seguía aún dentro cuando él al fin la avisó de que no había picaporte. Pero desde luego, ella estuvo encerrada con él. De eso no le cabía ninguna duda. Aunque, si él estaba junto a la puerta, ¿por dónde demonios salió Sara?
Sergio se puso en pie. Tanteó la puerta en la semioscuridad. La recorrió entera, por todas partes. Medía 1,80 de ancho aproximadamente. Cubría casi toda la pared. A oscuras, es posible que ella saliera por la zona izquierda de la puerta, mientras él inspeccionaba el área del inexistente picaporte. Sergio puso especial atención en palpar cada centímetro de la puerta por aquel lado. Sólo encontró la misma placa de metal lisa, perfecta y fría que la recubría al completo.
-Sara, esto que estás haciendo ya es un delito. No se puede retener a la gente contra su voluntad y lo sabes. Mira, si me sueltas ahora, no le diré nada a nadie, te lo juro. No entiendo muy bien por qué haces esto, pero si lo dejas, se acabó. No volveremos a vernos, te dejaré tranquila y haremos como si nunca nos hubiéramos conocido. Te doy mi palabra. Pero déjame salir de aquí, joder,.. He pasado la puta noche en el suelo, he tenido que mear en la pared... ¡Esto es patético, me cago en la hostia, Sara, por Dios! -Sara no daba señales de vida. -¿Qué cojones quieres de mí, dime? -Silencio por respuesta.
Empezaba a tener la boca seca, pegajosa. Le dolía la espalda y tenía los pies y las manos helados. Se sentó, a esperar, a pensar. Volvió a abrir el móvil, por si en un acto milagroso hubiera recobrado la cobertura. El aparato se había quedado sin batería. Lo dejó en el suelo, apagado, y apoyó la espalda contra la pared, con las piernas encogidas, abrazándose a sí mismo para darse calor. Comenzó a balancearse, como quien acuna a un niño. Trataba de calmarse, de pensar, de encontrar la respuesta que le diera la llave para salir de allí. ¿Y si no la hubiera? ¿Y si simplemente Sara fuese una loca hija de la gran puta, una sádica siniestra asesina de ligues por internet? Miró en su bolsillo: Su cartera seguía allí, intacta. con toda la documentación, las tarjetas y el billete de 100 euros con el que había salido de casa. No faltaba nada.
El olor empezó a molestarle. Al principio le daba ganas de vomitar, pero tenía el estómago vacío y sólo tuvo un amago de arcada. Si su última hipótesis era cierta, moriría en cuestión de días. La muerte. Nunca se la había planteado tan en serio. Pensaba que le ocurriría dentro de muchos años, cuando fuera un esqueleto arrugado y pellejo. Sergio acababa de cumplir los cuarenta. Se consideraba atractivo, aunque en realidad, Sara era la primera mujer con la que salía desde que comenzó su aventura empresarial. Le había dedicado los últimos cinco años de su vida al negocio. Los dos primeros fueron los peores: Noches sin dormir, visitas a clientes, papeleos y burocracia. Horas y horas pegado al ordenador o corriendo de una empresa a otra, de un evento a otro, para dar a conocer su producto. Con los primeros clientes llegaron las primeras peleas con Andrés, que nunca estaba listo para hacer la entrega final. Sergio era más práctico: quería hacer caja, empezar a amortizar gastos, y no quería dedicarle a un cliente ni un segundo más del necesario. Era tiempo que le quitaba para conquistar nuevas ventas. Desde que abrió la empresa, sólo había viajado por negocios, lo más lejos a Barcelona para participar en alguna jornada profesional. Hacía más de siete años que no veía a su hermano en persona. Hablaban una vez al mes por skype. Saludaba a sus sobrinos a través de la pantalla, los veía crecer en la distancia. Sergio decidió que no era su momento. No le tocaba morir ahora. Le faltaban muchas cosas por hacer. Nunca había viajado a Australia, por ejemplo. Tampoco le había dado tiempo a leer demasiado. No había terminado de pagar su apartamento de soltero. Ni tenía hijos, aunque eso no estaba seguro de desearlo. Al menos, si no los tenía, quería que fuera por decisión propia, no por morir de hambre en una puta jaula. Necesitó, por primera vez en mucho tiempo, volver a ver el rostro de su madre. Una única lágrima transparente le recorrió la mejilla, despacito. Esta vez sí, lloraba sólo para él.
29 mar 2017
Poderosa
Si la describo poderosa, caliente, de efluvios intensos y dispares, encendedora de emociones básicas, prohibida en la calle e hija de la necesidad en la más privada intimidad, ¿te hubieras imaginado que hablo de la mierda?
Fabulosa palabra, capaz de expresar malestar, dolor, frustración, crítica, desprecio, insatisfacción o crudeza, es, como todas las palabras que sirven para tantas cosas por sí mismas, sin apostillas ni apellidos, una palabra prohibida. Porque sale del estómago, incluso cuando es pronunciada. Porque alivia, porque desahoga, porque nos hace creer en el derecho a ser contrarios, a no seguir el camino trazado por los bien pensantes.
Mierda: Poderosa realidad.
Fabulosa palabra, capaz de expresar malestar, dolor, frustración, crítica, desprecio, insatisfacción o crudeza, es, como todas las palabras que sirven para tantas cosas por sí mismas, sin apostillas ni apellidos, una palabra prohibida. Porque sale del estómago, incluso cuando es pronunciada. Porque alivia, porque desahoga, porque nos hace creer en el derecho a ser contrarios, a no seguir el camino trazado por los bien pensantes.
Mierda: Poderosa realidad.
1 feb 2017
Sangrando alegría
Respiro risas despacio, para disfrutar más tiempo, como del aroma inesperado a pan a la vuelta de una esquina.
Luz, color.
Soy consciente de mi tiempo límite. Como si acabaran de anunciarme que me muero.
Cada minuto que no aprovecho en crecer me sabe a estafa.
Quiero alas en los ojos, puertas en los cinco sentidos.
Que el mundo me pulverice. Millonésimas de Alegría esparcidas por todas partes. Sin fecha de caducidad, como las piedras.
Fotón: Indeciso entre energía y cuerpo, capaz de viajar a la velocidad de la luz sin despeinarse.
Ser la cámara de un dron, los oídos de un fotón, las piernas de un reloj analógico.
Siempre en marcha, sin llegar a ninguna parte, porque la cápsula tridimensional es infinita.
Estar sin repostar, sin revisión ni mantenimiento.
Si nos alimentáramos del sol, algún capullo se encargaría de mantener a medio planeta a la sombra. Lo importante al final es marcar la diferencia. Uno no tiene más si el otro no tiene menos.
¡A la mierda!, que diría Fernán Gómez.
Quiero ser como todo el mundo. Que las élites se vean con mis ojos, ridículos buscando la diferencia.
Luz, color.
Soy consciente de mi tiempo límite. Como si acabaran de anunciarme que me muero.
Cada minuto que no aprovecho en crecer me sabe a estafa.
Quiero alas en los ojos, puertas en los cinco sentidos.
Que el mundo me pulverice. Millonésimas de Alegría esparcidas por todas partes. Sin fecha de caducidad, como las piedras.
Fotón: Indeciso entre energía y cuerpo, capaz de viajar a la velocidad de la luz sin despeinarse.
Ser la cámara de un dron, los oídos de un fotón, las piernas de un reloj analógico.
Siempre en marcha, sin llegar a ninguna parte, porque la cápsula tridimensional es infinita.
Estar sin repostar, sin revisión ni mantenimiento.
Si nos alimentáramos del sol, algún capullo se encargaría de mantener a medio planeta a la sombra. Lo importante al final es marcar la diferencia. Uno no tiene más si el otro no tiene menos.
¡A la mierda!, que diría Fernán Gómez.
Quiero ser como todo el mundo. Que las élites se vean con mis ojos, ridículos buscando la diferencia.
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