25 jul 2017

Introsección

Buceo para conocerme. Parece que saber quién soy es algo que me estoy perdiendo. Los demás le dan importancia, como si anclar las fronteras de tus posibilidades evitara que tu esencia cayera al vacío o se fundiera para siempre en una disolución de aguafuerte.

Tomada la decisión de intentar dibujar mis dimensiones, sean las que sean, investigo, despacio, hacia dentro.
El espejo parece un buen recurso, al menos para sorprender una mirada viva tras la que salir corriendo hacia la madriguera interna.
Me miro y veo a la de siempre, la que se peina todos los días delante del espejo. No me sirve.
Me tumbo boca arriba, tratando de ejercer de psicóloga.
Cierro los ojos, miro al interior y descubro a una muchacha, casi una niña, que camina junto a un hombre adulto, serio, circunspecto.
Parece que ella es quien me permite soñar, sentir, reír. Él es quien habla de política, de trabajo, de disciplina, quien me arranca entre gritos de las sábanas cada mañana.

Siento curiosidad por ella, que me observa asombrada al descubrir que yo he vuelto.
- Soy tu madre -le confirmo despacio-.
- Querrás decir mi hermana -contestó ella-.
- ¿Y él? -pregunté, contemplando al hombre extraño envuelto en gabardina y sombrero, a lo Humprey Bogart.
- Él es quien te mantiene con vida -dijo la muchacha. -Se encarga de que no te mueras de hambre, de que hagas la cama, de que no huelas mal. Como un padre interior, pero que viene de fábrica.
- ¿Es artificial? -dije yo.
- Del todo -contestó ella.

Le miré y parecía desconectado.
- Mientras descansas, él también lo hace -comentó la niña.
De pronto, sonó el teléfono. Una empresa de selección de personal me requiere para una entrevista de trabajo.
Él se conecta, entra en acción, levanta el auricular, responde por mí. Parece que se sabe el papel de memoria: recita mi trayectoria, mis méritos, dice aquello de que no me he enfrentado a problemas, sino que he resuelto con éxito grandes retos profesionales de los que siempre he tenido la oportunidad de aprender.
Desde dentro, resulta divertido observarle. La niña ahora parece dormida, ausente, como si siguiera con el ánimo una gota deslizándose despacito por un cristal.
Por fin, la conversación termina. Me pregunto si hay circunstancias en las que los dos intervienen a un tiempo.
La niña, que  ha despertado, me adelanta la respuesta:
- Sólo cuando tienes miedo. Él intenta razonar el origen de tu temor. Yo ideo la solución.
- Yo tengo miedo de casi todo -le contesté.
- Lo sé -dijo ella-. Mis conversaciones con él son interminables...
- ¿Siempre es así? ¿No hay nadie más? -respondí.
- ¿Qué esperabas? -contestó el hombre-. ¿El camarote de los hermanos Marx? Por cierto, te han llamado de una multinacional, están interesados en tu perfil.
De pronto, al fondo, la niña dibuja una puerta con tiza en la pared.
- ¿Qué haces? -dijo el hombre.
- Acabas de abrir una puerta. Yo sólo la estaba dibujando para ella.
- ¿Conduce a alguna parte? -pregunté yo.
- Al futuro incierto, a una posibilidad aún por confirmar -explicó la niña, empujando la hoja con una mano y asomando curiosa su naricilla.
El hombre fue tras ella, con aire de paciente preocupación, alerta ante la posibilidad de que la chica se metiera en algún lío. Yo permanecí observando, al otro lado.

-¡Qué extraño! –dijo la muchacha, avanzando cautelosamente-. ¡Qué puerta más pesada! –La tocó, al hablar, y se cerró de pronto, con un golpe.
-¡Dios mío! –dijo el hombre-. Me parece que no tiene picaporte del lado de adentro. ¡Cómo, nos ha encerrado a los dos!
-A los dos, no. A uno solo –dijo la muchacha-. Pasó a través de la puerta y desapareció.