La playa de Lauda tiene el suelo negro azabache. Es de roca volcánica pulida como la superficie del mármol. El mar se ha encargado de alisarla durante milenios, rellenándola de huecos como monedas, donde se cuela el agua de la orilla. En las noches de luna intensa, su luz juega a saltar de un orificio a otro, reflejándose aquí y allá, en un inquieto traje de lentejuelas tejido sobre la piedra de seda.
Pero el espectáculo no acaba ahí: Al fondo, donde la orilla casi da la vuelta, rompe la roca negra una columna de cuarzo transparente, como un atril de criptonita. Es sólo el breve aviso de lo que viene luego: Un completo bosque de cristal, de piezas de dos, tres, cuatro metros, semi inclinadas hacia el cielo. Cuando la luna está alta, atraviesa los bloques de cuarzo y dibuja figuras largas y finas de luz blanca sobre la roca oscura.
Cuentan los más ancianos que de una de esas figuras nació Elena. Era una criatura de piel blanca, ojos transparentes y pelo negro como el azabache. Dicen haberla visto en la noche nadando a la orilla, dejando que su madre dibuje en su espalda su figura de luz esférica. Otros afirman haberla visto tumbada sobre la roca negra, resplandeciendo con su piel de nácar como un ser de otro mundo.
Un hombre bueno de Lauda bajaba a la playa tres noches al mes, a encontrarse con ella. Sólo la había visto en luna llena, y fascinado tras el primer encuentro, fue fiel desde entonces a su cita con la muchacha.
Bajaba desde lo alto del pueblo, casi una aldea, encaramada en lo alto de la montaña; iba alumbrado por un simple candil, con la mirada perdida como un siervo fiel que no puede evitar su servidumbre.
El hombre bueno se sentaba sobre un trozo de cuarzo cortado a la altura de un escabel, mirando al mar. Ella se hacía esperar, recelosa de que le hubieran seguido, en parte para burlarse de su locura, en parte para comprobar que era verdad. Tras escuchar el silencio del mar durante un rato, Elena asomaba la cabeza.
El hombre bueno se erguía entonces, apoyado sobre la cayada de su abuelo, para mantenerse firme ante ella. La muchacha salía del mar, dejando que el agua le recorriera la piel, como perlas iluminadas por la luna.
El hombre bueno permanecía inmóvil, con los ojos fijos en ella, sin un parpadeo que le hiciera perderse un segundo de su amada.
Hasta ese día, ahí acababa todo. Ella se desvanecía de pronto, mientras una nube oscurecía el cielo.
Pero esa noche, Elena permaneció allí. Le tomó la mano, fría como el mar, y le llevó sonriente hasta el interior del bosque de cuarzo. Él la siguió, tratando de no mostrar su miedo, simulando que si hubiera querido, hubiera podido soltarla y andar en dirección contraria, aunque no era cierto.
Al avanzar por la piedra, Elena fue desprendiendo poco a poco al hombre bueno de sus ropas. A ella le divertía ver cómo su piel cambiaba de color a la altura del cuello, a la altura de las mangas. Ella nunca había visto el sol.
Cuando alcanzaron el centro del bosque de piedra, Elena se detuvo y permaneció callada, curiosa, observando el cuerpo desnudo del hombre bueno frente a sí. Él la veía brillar bajo la luna, con un halo casi sobrenatural que le paralizaba. Deseaba acariciar su pelo húmedo, sentir su olor a mar, rozar su piel despacito, con la punta de los dedos, hasta leer como un ciego cada palabra de su cuerpo. Pero se quedó allí, pasmado, viéndola brillar.
- "No tengas miedo", dijo la muchacha. -"Aunque no lo creas, soy igual que tú".
Elena se acercó al hombre, con la única intención de seguir las instrucciones de su madre luna: Concebir una vida nueva. Quería dar a luz a un ser humano, al que poder amamantar con leche marina y nutrientes de roca transparente. Crecería grande como un pedestal de cuarzo, libre como la luz, real y mortal como los demás hombres.
Elena no podía morir. Había olvidado el momento en que fue concebida por la luna, jugando a dibujar su cuerpo sobre la piedra negra. Ya eran varias las generaciones que la habían sorprendido nadando en la noche. El hombre bueno había llegado mucho después. Pero era el único que no la temía en serio, que era capaz de amarla, capaz de tocar su piel fría y pulida como el cuarzo.
Él había dejado de lado a las muchachas del pueblo, emparejadas ya con otros hombres. Había corrido la voz en la aldea de su locura, de su afán por perseguir al espíritu de la playa. Pero él la había visto con sus propios ojos y ahora la tenía frente a él, unidos ya sus cuerpos, tocándose al fin.
El hombre bueno cumplió el deseo de Elena, una, dos, tres veces, con una sensación perturbadora de calor en los labios y frío en el dorso, hasta caer dormido.
El rocío de la noche le despertó desubicado, con el cuerpo tiritando por la humedad de la playa.
Elena estaba tumbada en la roca negra, a la luz de la luna, y brillaba como un cometa reflejado en el agua. Le vio llegar temblando y le ayudó a buscar sus ropas por el bosque. Él quiso entonces regresar a casa, se hacía tarde y al otro día había tarea por hacer en la aldea.
Elena le guió en la noche, de la mano, permitiéndole encontrar el camino para salir del bosque. Se desvió entonces por entre las columnas de cuarzo, hacia una pared donde había una única puerta de madera añeja. -"Refugiémonos aquí a pasar la noche", le dijo ella, -"quiero que me acompañes hasta ver salir el sol. Jamás he visto amanecer".
El hombre la siguió hasta el otro lado del muro, resignado a abandonar su deseo de regresar a casa. Accedió tras Elena a lo que era una cueva húmeda, repleta de salientes de cuarzo.
-¡Qué extraño! –dijo la muchacha, avanzando cautelosamente-. ¡Qué puerta más pesada! –La tocó, al hablar, y se cerró de pronto, con un golpe.
-¡Dios mío! –dijo el hombre-. Me parece que no tiene picaporte del lado de adentro. ¡Cómo, nos ha encerrado a los dos!
-A los dos, no. A uno solo –dijo la muchacha-. Pasó a través de la puerta y desapareció.
Pero el espectáculo no acaba ahí: Al fondo, donde la orilla casi da la vuelta, rompe la roca negra una columna de cuarzo transparente, como un atril de criptonita. Es sólo el breve aviso de lo que viene luego: Un completo bosque de cristal, de piezas de dos, tres, cuatro metros, semi inclinadas hacia el cielo. Cuando la luna está alta, atraviesa los bloques de cuarzo y dibuja figuras largas y finas de luz blanca sobre la roca oscura.
Cuentan los más ancianos que de una de esas figuras nació Elena. Era una criatura de piel blanca, ojos transparentes y pelo negro como el azabache. Dicen haberla visto en la noche nadando a la orilla, dejando que su madre dibuje en su espalda su figura de luz esférica. Otros afirman haberla visto tumbada sobre la roca negra, resplandeciendo con su piel de nácar como un ser de otro mundo.
Un hombre bueno de Lauda bajaba a la playa tres noches al mes, a encontrarse con ella. Sólo la había visto en luna llena, y fascinado tras el primer encuentro, fue fiel desde entonces a su cita con la muchacha.
Bajaba desde lo alto del pueblo, casi una aldea, encaramada en lo alto de la montaña; iba alumbrado por un simple candil, con la mirada perdida como un siervo fiel que no puede evitar su servidumbre.
El hombre bueno se sentaba sobre un trozo de cuarzo cortado a la altura de un escabel, mirando al mar. Ella se hacía esperar, recelosa de que le hubieran seguido, en parte para burlarse de su locura, en parte para comprobar que era verdad. Tras escuchar el silencio del mar durante un rato, Elena asomaba la cabeza.
El hombre bueno se erguía entonces, apoyado sobre la cayada de su abuelo, para mantenerse firme ante ella. La muchacha salía del mar, dejando que el agua le recorriera la piel, como perlas iluminadas por la luna.
El hombre bueno permanecía inmóvil, con los ojos fijos en ella, sin un parpadeo que le hiciera perderse un segundo de su amada.
Hasta ese día, ahí acababa todo. Ella se desvanecía de pronto, mientras una nube oscurecía el cielo.
Pero esa noche, Elena permaneció allí. Le tomó la mano, fría como el mar, y le llevó sonriente hasta el interior del bosque de cuarzo. Él la siguió, tratando de no mostrar su miedo, simulando que si hubiera querido, hubiera podido soltarla y andar en dirección contraria, aunque no era cierto.
Al avanzar por la piedra, Elena fue desprendiendo poco a poco al hombre bueno de sus ropas. A ella le divertía ver cómo su piel cambiaba de color a la altura del cuello, a la altura de las mangas. Ella nunca había visto el sol.
Cuando alcanzaron el centro del bosque de piedra, Elena se detuvo y permaneció callada, curiosa, observando el cuerpo desnudo del hombre bueno frente a sí. Él la veía brillar bajo la luna, con un halo casi sobrenatural que le paralizaba. Deseaba acariciar su pelo húmedo, sentir su olor a mar, rozar su piel despacito, con la punta de los dedos, hasta leer como un ciego cada palabra de su cuerpo. Pero se quedó allí, pasmado, viéndola brillar.
- "No tengas miedo", dijo la muchacha. -"Aunque no lo creas, soy igual que tú".
Elena se acercó al hombre, con la única intención de seguir las instrucciones de su madre luna: Concebir una vida nueva. Quería dar a luz a un ser humano, al que poder amamantar con leche marina y nutrientes de roca transparente. Crecería grande como un pedestal de cuarzo, libre como la luz, real y mortal como los demás hombres.
Elena no podía morir. Había olvidado el momento en que fue concebida por la luna, jugando a dibujar su cuerpo sobre la piedra negra. Ya eran varias las generaciones que la habían sorprendido nadando en la noche. El hombre bueno había llegado mucho después. Pero era el único que no la temía en serio, que era capaz de amarla, capaz de tocar su piel fría y pulida como el cuarzo.
Él había dejado de lado a las muchachas del pueblo, emparejadas ya con otros hombres. Había corrido la voz en la aldea de su locura, de su afán por perseguir al espíritu de la playa. Pero él la había visto con sus propios ojos y ahora la tenía frente a él, unidos ya sus cuerpos, tocándose al fin.
El hombre bueno cumplió el deseo de Elena, una, dos, tres veces, con una sensación perturbadora de calor en los labios y frío en el dorso, hasta caer dormido.
El rocío de la noche le despertó desubicado, con el cuerpo tiritando por la humedad de la playa.
Elena estaba tumbada en la roca negra, a la luz de la luna, y brillaba como un cometa reflejado en el agua. Le vio llegar temblando y le ayudó a buscar sus ropas por el bosque. Él quiso entonces regresar a casa, se hacía tarde y al otro día había tarea por hacer en la aldea.
Elena le guió en la noche, de la mano, permitiéndole encontrar el camino para salir del bosque. Se desvió entonces por entre las columnas de cuarzo, hacia una pared donde había una única puerta de madera añeja. -"Refugiémonos aquí a pasar la noche", le dijo ella, -"quiero que me acompañes hasta ver salir el sol. Jamás he visto amanecer".
El hombre la siguió hasta el otro lado del muro, resignado a abandonar su deseo de regresar a casa. Accedió tras Elena a lo que era una cueva húmeda, repleta de salientes de cuarzo.
-¡Qué extraño! –dijo la muchacha, avanzando cautelosamente-. ¡Qué puerta más pesada! –La tocó, al hablar, y se cerró de pronto, con un golpe.
-¡Dios mío! –dijo el hombre-. Me parece que no tiene picaporte del lado de adentro. ¡Cómo, nos ha encerrado a los dos!
-A los dos, no. A uno solo –dijo la muchacha-. Pasó a través de la puerta y desapareció.
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