Exiliado, privado de otros miembros de mi familia, de los lugares comunes. Pierdo, en cada traslado, una parte de mi identidad, hasta quedar laminado por mano higiénica, infalible hasta la pureza absoluta. Otros fueron ya expulsados con decisión rauda, casi atroz. A veces deseo haber tenido tan poco sentido para él. Todo hubiera terminado ya. Desconozco lo que querrá hacer de mí mañana, a qué nuevos cambios seré sometido, por dentro y por fuera. La causa está por encima de mi propia esencia. Debo seguir el ritmo marcado por su vehículo, escalar sierras cada vez más empinadas, abandonar lo superfluo por el camino. Debo ser fiel al objetivo impuesto, sin un sentido propio ni elegido.
La verdad hace mucho que dejó de importar: sólo cuenta su versión, su modo personal de recrearlo todo. No es más que un juego, yo un simple instrumento de su nirvana. Soy un verbo superviviente en un texto del maestro.
Aquí mi historia. 50 m3 a mi alrededor. A cada estímulo que sobrepasa la barrera de mi memoria de pez.
30 nov 2017
Sí, amo
23 nov 2017
Tierra
Tierra: Hinco mis dedos en ella y noto la textura húmeda, fresca. Se deshace entre mis manos con cierta resistencia, como un amante asustado ante mi inadvertida pericia.
Ser raíz para devorar ríos ocultos, para sustentar tallos infinitos que escuchan sin ser tenidos en cuenta.
Conversaciones registradas en las cortezas de los bosques.
¿Nos olerán las plantas? Tan inmersos en nuestra identidad, no entendemos a quienes creen que nos movemos para ellas.
Escucho sus olores, siento el rumor de sus formas.
Desde siempre, me oculté aquí, en el jardín que cuida de mi padre.
Al reventar el útero de mi madre, ella vertió su sangre sobre el colchón de lana que le sirvió luego de mortaja. Yo perdí la vista, semi-asfixiada entre la hemorragia.
Cuando el médico se hubo marchado, el marqués le preguntó a mi padre qué quería hacer conmigo: -Su mujer ya no está para cuidarla. Ha nacido hembra, sin buenos brazos para ganarse el jornal en el campo. Y es ciega. No vale para las labores de la casa. Si quiere, la piara dará buena cuenta de ella, y asunto zanjado-.
Mi padre resopló hacia la cocinera. Ella me sostenía entre sus brazos. Yo callaba.
Paquita al fin resolvió: -La niña se queda. Es diminuta, le costará mantenerla menos que a un perro. Y de ésos le sobran al marqués. No se apure, que yo me encargo-.
Por eso, tengo ahora el derecho de nacimiento a hincar también mis dedos en las masas que salen de esta cocina, la de Paquita, sintiendo el pálpito de la harina suave al fundirse con la clara de huevo. Sólo unos años después descubrí esa misma sustancia viscosa, casi líquida, que insistía en adherirse a mi mano, en un lugar muy diferente: la bragueta del marqués. Le clavé las uñas con fuerza, ni siquiera sabía dónde. Eso lo comprendí aún más tarde. Ninguno de los dos volvió a acercarse al otro.
Al poco llegó a la finca una muchacha silenciosa, de olor afrutado y cabellos como hojas de níspero. Sentía la respiración de mi padre galopando en su presencia. Pronto se convirtió en la joven marquesa.
Yo permanecí a salvo entre las flores del invernadero. Ella las seleccionaba por su belleza, que me narraba en palabras repletas de colores y formas incomprensibles para mí. Yo las leía con mis yemas, acariciando su néctar, recogiendo el rocío acumulado cada mañana en un bote de cristal diminuto, distinto para cada especie.
Contaba ya más de 600 frascos cuando la muchacha falleció. Mi padre quedó silencioso, turbado. Dejó de ser el hombre que sonreía con las palabras desde el jardín. Fue como si al trozo de tierra que le había dado pan tantos años le hubieran robado el calor de su savia. Por aquel campo ya sólo corría la escarcha.
Le escuchaba respirar, intentando descifrar el ánimo de su aliento.
Al cabo de un año, me pidió que le acompañara donde los frascos, para abrirlos todos de una vez, y embriagarse del aroma que antaño fue el de la marquesa. Acudimos juntos al fondo del invernadero, y allí le abrí la puerta del chiscón donde almacenaba los aromas del rocío de cada flor.
Le dejé solo, con la puerta entreabierta.
- Sabía que vendría aquí -dijo al otro lado una voz que me pareció la de ella. Es Vd. el único que me busca donde me gusta estar, en este pequeño escondite que concentra lo mejor de mi jardín.
Oí el respingo de mi padre al otro lado. Algo estalló contra el suelo. El aroma del cempasúchil lo invadió todo.
- No se apure, hombre, ¡tema de los vivos, no de los muertos! -susurró la voz de la muchacha-. Sólo vengo a agradecerle que continúe con su labor. Pensé que la alimaña de mi marido echaría a perder todo esto tras mi muerte. Gracias a Vd. el jardín sigue como siempre.
Él seguía callado, quieto.
Sonaron las campanas.
- Vaya, tocan a muerto. Debe de ser en mi recuerdo. Creo que debo irme, sería descortés no acudir a la llamada de quienes aún me mencionan-. Los pasos de la marquesita se acercaron hacia la puerta. Al otro lado, yo me escondí tras los rosales, de un salto.
-¡Qué extraño! –dijo la muchacha, avanzando cautelosamente-. ¡Qué puerta más pesada! –La tocó, al hablar, y se cerró de pronto, con un golpe.
-¡Dios mío! –dijo el hombre-. Me parece que no tiene picaporte del lado de adentro. ¡Cómo, nos ha encerrado a los dos!
-A los dos, no. A uno solo –dijo la muchacha-. Pasó a través de la puerta y desapareció.
Ser raíz para devorar ríos ocultos, para sustentar tallos infinitos que escuchan sin ser tenidos en cuenta.
Conversaciones registradas en las cortezas de los bosques.
¿Nos olerán las plantas? Tan inmersos en nuestra identidad, no entendemos a quienes creen que nos movemos para ellas.
Escucho sus olores, siento el rumor de sus formas.
Desde siempre, me oculté aquí, en el jardín que cuida de mi padre.
Al reventar el útero de mi madre, ella vertió su sangre sobre el colchón de lana que le sirvió luego de mortaja. Yo perdí la vista, semi-asfixiada entre la hemorragia.
Cuando el médico se hubo marchado, el marqués le preguntó a mi padre qué quería hacer conmigo: -Su mujer ya no está para cuidarla. Ha nacido hembra, sin buenos brazos para ganarse el jornal en el campo. Y es ciega. No vale para las labores de la casa. Si quiere, la piara dará buena cuenta de ella, y asunto zanjado-.
Mi padre resopló hacia la cocinera. Ella me sostenía entre sus brazos. Yo callaba.
Paquita al fin resolvió: -La niña se queda. Es diminuta, le costará mantenerla menos que a un perro. Y de ésos le sobran al marqués. No se apure, que yo me encargo-.
Por eso, tengo ahora el derecho de nacimiento a hincar también mis dedos en las masas que salen de esta cocina, la de Paquita, sintiendo el pálpito de la harina suave al fundirse con la clara de huevo. Sólo unos años después descubrí esa misma sustancia viscosa, casi líquida, que insistía en adherirse a mi mano, en un lugar muy diferente: la bragueta del marqués. Le clavé las uñas con fuerza, ni siquiera sabía dónde. Eso lo comprendí aún más tarde. Ninguno de los dos volvió a acercarse al otro.
Al poco llegó a la finca una muchacha silenciosa, de olor afrutado y cabellos como hojas de níspero. Sentía la respiración de mi padre galopando en su presencia. Pronto se convirtió en la joven marquesa.
Yo permanecí a salvo entre las flores del invernadero. Ella las seleccionaba por su belleza, que me narraba en palabras repletas de colores y formas incomprensibles para mí. Yo las leía con mis yemas, acariciando su néctar, recogiendo el rocío acumulado cada mañana en un bote de cristal diminuto, distinto para cada especie.
Contaba ya más de 600 frascos cuando la muchacha falleció. Mi padre quedó silencioso, turbado. Dejó de ser el hombre que sonreía con las palabras desde el jardín. Fue como si al trozo de tierra que le había dado pan tantos años le hubieran robado el calor de su savia. Por aquel campo ya sólo corría la escarcha.
Le escuchaba respirar, intentando descifrar el ánimo de su aliento.
Al cabo de un año, me pidió que le acompañara donde los frascos, para abrirlos todos de una vez, y embriagarse del aroma que antaño fue el de la marquesa. Acudimos juntos al fondo del invernadero, y allí le abrí la puerta del chiscón donde almacenaba los aromas del rocío de cada flor.
Le dejé solo, con la puerta entreabierta.
- Sabía que vendría aquí -dijo al otro lado una voz que me pareció la de ella. Es Vd. el único que me busca donde me gusta estar, en este pequeño escondite que concentra lo mejor de mi jardín.
Oí el respingo de mi padre al otro lado. Algo estalló contra el suelo. El aroma del cempasúchil lo invadió todo.
- No se apure, hombre, ¡tema de los vivos, no de los muertos! -susurró la voz de la muchacha-. Sólo vengo a agradecerle que continúe con su labor. Pensé que la alimaña de mi marido echaría a perder todo esto tras mi muerte. Gracias a Vd. el jardín sigue como siempre.
Él seguía callado, quieto.
Sonaron las campanas.
- Vaya, tocan a muerto. Debe de ser en mi recuerdo. Creo que debo irme, sería descortés no acudir a la llamada de quienes aún me mencionan-. Los pasos de la marquesita se acercaron hacia la puerta. Al otro lado, yo me escondí tras los rosales, de un salto.
-¡Qué extraño! –dijo la muchacha, avanzando cautelosamente-. ¡Qué puerta más pesada! –La tocó, al hablar, y se cerró de pronto, con un golpe.
-¡Dios mío! –dijo el hombre-. Me parece que no tiene picaporte del lado de adentro. ¡Cómo, nos ha encerrado a los dos!
-A los dos, no. A uno solo –dijo la muchacha-. Pasó a través de la puerta y desapareció.
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