6 abr 2017

Dentro

-¡Qué extraño! –dijo la muchacha, avanzando cautelosamente-. ¡Qué puerta más pesada! –La tocó, al hablar, y se cerró de pronto, con un golpe.

-¡Dios mío! –dijo el hombre-. Me parece que no tiene picaporte del lado de adentro. ¡Cómo, nos ha encerrado a los dos!

-A los dos, no. A uno solo –dijo la muchacha-. Pasó a través de la puerta y desapareció.

Sergio se paró, perplejo. Llamó a Sara un par de veces, sin respuesta. Móvil en mano, continuó alumbrando la estancia, buscando un picaporte, un mando, un interruptor de la luz. Nada. La pared era blanca, lisa, perfecta. La puerta estaba empotrada y al cerrarse, había quedado totalmente encajada, sin resquicios, sin ranuras, sin goznes ni manillar.

    -¿Dónde estás? -Nadie contestó-. ¡Sara! -Silencio-. ¡Saaaaraaaaaa! -repitió Sergio, alargando esta vez las vocales, en tono cansino-.Venga, mujer, ¡no te pongas a jugar ahora al escondite! -No oyó respuesta. Insistió de nuevo, un poco más nervioso- ¡Sara, en serio, abre la puerta! -No pasó nada-.

Sergio dio la vuelta completa, alumbrando con la pantalla del móvil al resto de los muros. Vacío. Ni estantes, ni muebles, ni ventanas. Cuatro pareces lisas como el cristal, pintadas de un blanco impoluto.

Avanzó dos pasos. Fin del recorrido. Era un cubo perfecto, de 2x2. Alzó la vista en busca de alguna rejilla, de alguna lámpara, de alguna trampilla que le permitiera salir o alumbrar mejor la estancia. Nada. El techo era tan blanco, liso y pulcro como las paredes.

Recapacitó un momento: Si Sara había salido, es que había una manera de atravesar aquella puerta, aquella pared. Tenía que seguir buscando.

Miró al suelo. Era de cemento pulido, sin engarces ni surcos. Topaba sin rodapié contra las paredes, en un terminado perfecto.

   -Sara, oye, si es un juego, ya está bien, ¿vale? Ya te has divertido bastante... -Nadie contestó-.

Sergio se echó al suelo, boca abajo. Quería otear por la rendija de la puerta, hasta encontrar las suelas de los zapatos de Sara. Un raíl empotrado hacía invisible el otro lado. Imposible ver nada.

Se puso de rodillas, para incorporarse, pero se quedó ahí plantado, en modo oración. Buscaba alguna cerradura, algún ojo por donde Sara hubiera podido introducir una llave o una tarjeta. La puerta estaba recubierta de una sola placa de acero, fría, lisa y perfecta.

Inspeccionó entonces los marcos. No estaban atornillados ni clavados a la pared. Estaban encajados en ella como si hubieran construido el muro encima tras instalarlos.

La única forma de abrir aquella puerta era dejándola arrastrar por el raíl hacia la izquierda. Sergio pegó las palmas de las manos al acero y movió los brazos a un lado. Sólo logró que sus dedos quedaran marcados en el metal como el rastro de un caracol.

Sergio recordó entonces las últimas palabras de Sara: "Qué puerta más pesada". Efectivamente, lo era.

    - Sara, si me dices cómo salir, no me enfadaré, -No hubo respuesta.- Oye,  de verdad... Te prometo que no pasará nada... -Sergio acercó la oreja a la puerta, para percibir algún ruido, alguna reacción. No escuchó nada.- Mira, Sara, la broma ya empieza a ser un poco pesada, pero bueno, si me dejas salir ahora, todo queda olvidado. -Nada de nada-. ¡Venga, mujer! Sé buena, que estoy cansado... -Continuó el silencio-. A ver, si lo prefieres, dime cómo salir, y te prometo que esperaré un rato, para darte tiempo a que te marches, si lo que pasa es que no quieres verme. Venga, chica, que me están entrando ganas de ir al baño, ¿me oyes? -Al otro lado nada se movió-.

Sergio valoró, por primera vez, la opción de que no se tratara de una broma. Miró el móvil de nuevo, dispuesto a telefonear a alguien para pedir ayuda. Fijó la mirada en la pantalla, serio. ¿A quién llamar? Su padre hacía tiempo que había fallecido, y a su madre la habían ingresado en una residencia a los pocos meses, porque no aguantaba la soledad. Ninguno pudo hacerse cargo. Su único hermano, Luis, trabajaba en una aceleradora en Sillicon Valley, y él acababa entonces de lanzar su propio negocio en Madrid. No podía ocuparse además de acompañar a una persona mayor. Sergio cayó en la cuenta de que hacía más de dos meses que no la visitaba. Nunca encontraba el momento, la verdad. Pensó entonces en sus primos. Habían jugado juntos de pequeños, pero desde que se marchó a la universidad en EEUU, perdió el contacto y a su vuelta a España apenas se veían. En realidad, hacía casi veinte años que no sabía nada de ellos. La familia quedaba por tanto descartada.

Repasó entonces su lista de amistades: Comprobó que con ninguna tenía la suficiente confianza como para pedirle que saliera a rescatarle a las dos de la madrugada de un jueves a... ¿dónde carajo estaba? Sara conducía, él se quedó dormitando por el camino. Pararon junto a unas naves, entraron por un largo jardín, Sara le prometió que era uno de esos lugares con encanto, un loft de diseño convertido en apartamento turístico. A él le atrajo la aventura de dormir en un hotel en su propia ciudad, como única solución ante la pregunta de siempre: ¿En tu casa o en la mía? Reconocer que Sara se la había pegado y que le estaba tomando el pelo de aquella manera no era algo que querría compartir con sus amigos. Al menos, no por el momento.

Por un instante, pensó en la asistenta que le limpiaba la casa los martes y le planchaba las camisas los jueves. -¿Podrá venir Rosa? -Se dió cuenta de que había contactado con ella a través de su socio y que tenía apuntado su número, de puño y letra de Andrés, en un post-it pegado en la nevera. Desde el principio acordaron los días y las horas, y dos meses después, nunca había tenido la necesidad de llamarla. No tenía su teléfono guardado en la agenda del móvil-.

¿Y la policía? Quizá al final fuese la mejor opción, siempre y cuando no se tratase de una broma de la cabrona de Sara.

    -¡Sara! Mira, bonita, si no paras esto ahora mismo, voy a llamar a la policía, hablo en serio. -El silencio siguió a las palabras de Sergio-. Oye, te doy dos minutos para que te lo pienses, ¿vale? pero si no me abres, les llamo, así que tú verás...

Decidió sentarse a esperar, imaginándose la cara de Sara cuando realmente llegara la policía a rescatarle. Dejó pasar el tiempo con los ojos cerrados, sin pensar en nada. Al rato, descolgó el teléfono. Marcó el 112 y al pulsar el botón para lanzar la llamada, escuchó el odioso tono que indicaba que no había cobertura.

Buscó entonces su ubicación en google maps, pero no había conexión a internet. No podía enviar un whatsapp, ni un mail, ni hablar con nadie.

    -¿Alguien puede oírme? -Lo dijo alzando la voz en una especie de aullido animal. Nadie contestó. Pensó en el largo jardín que había cruzado hasta alcanzar la nave, en los kilómetros recorridos a las afueras de la ciudad. -¡Jodeeeerrrr!

Por primera vez, Sergio se planteó que Sara podría haberse marchado, que podría haberle dejado allí encerrado, completamente aislado, solo. ¿Cuánto aguanta una persona sin luz, sin agua y sin comida? Se dió cuenta de lo poco que conocía su propio cuerpo. Le sonaba haber oído en el telediario que algunas personas habían permanecido 48 horas bajo los escombros tras un terremoto, pero no estaba seguro de si él podría aguantar tanto, o incluso si eso era poco y el podría soportarlo más. Nunca había estado más de un día entero sin comer -sólo recordaba una vez cuando niño. Su madre le tuvo a agua de limón durante 24 horas por prescripción médica para curar una diarrea. No tenía ni la menor idea de qué síntomas tendría la muerte por inanición, qué se sentiría al morir de sed. Abrió de nuevo el móvil, dispuesto a buscarlo en google.

    -¡Mierda! No hay cobertura, es verdad, joder. -Lo dijo en voz alta, aún sabiendo que hablaba para sí mismo-.

Bueno, si aquello era un apartamento turístico, alguien más lo acabaría alquilando. Era cuestión de esperar a que pasara el puente, a que llegara otro fin de semana, a que alguien entrara y le oyera. Se dio cuenta de en aquellas condiciones, era imposible aguantar tanto.

   -¡Hija de la gran puta! -Esto no lo dijo con la esperanza de obtener respuesta, y por supuesto, no la obtuvo-.

Empezó a repasar lo que había ocurrido a lo largo del día, durante la semana, en el último mes. Trataba de entender las razones de Sara para ponerle en aquella situación lamentable.

La conoció por internet. Necesitaba una acompañante para acudir a la fiesta de cumpleaños de su socio. Habían montado juntos una startup a la que le dedicaban todo su tiempo, todo su esfuerzo, todo su pensamiento. Pero Andrés, de alguna forma que Sergio no comprendía, tenía también tiempo para mantener sus amistades, para tener pareja, para viajar. Pensó que ir solo a la fiesta sería reconocerse en inferioridad de condiciones, así que pocos días antes entró en una página de contactos y se lanzó sobre la primera chica joven con foto en el perfil que le llamó la atención. Aún no había perdido su labia. Invitó a Sara a cenar en restaurantes vanguardistas, logró enterarse de dónde trabajaba y le envió un ramo de rosas con una nota cursi al día siguiente. Sara se dejaba mimar, y le dio a entender que seguía interesada en verle. Sergio ya había decidido, al cabo de una semana, que había elegido bien, y se la llevó a la fiesta de su socio como acompañante.

   -¿Acaso no te ha gustado el colgante que te regalé? ¿No te han gustado los sitios a los que te he llevado? ¿Los amigos que te he presentado? ¿Cuándo te has visto tú en una igual? Sara, no lo entiendo, joder, ¿de qué va todo esto? -Sergio golpeó la puerta con el puño. Sólo logró hacerse daño. Ni siquiera retumbó.

   -Madre mía, ¿qué cojones estoy haciendo aquí? -Sergio paseaba como un león enjaulado, rápido y nervioso. Lo de ir al baño empezaba a ser verdad. Venían directamente de la fiesta en casa de Andrés. Había estado bebiendo cerveza, se sentía algo mareado, cansado y desconcertado. ¡Y se estaba orinando!

  -Sara, me meo. Si no me dejas salir, les planto a los del apartamento la meada en la esquina, y yo paso de hacerme cargo de los gastos. Tú veras si les quieres pagar los desperfectos... -Sergio continuaba hablando solo.

Se sentó, con las piernas extendidas, para que fuera más fácil aguantarse las ganas.

  -Y yo que pensaba que iba a echar un polvazo... ¡Seré gilipollas!

No podía hacer nada. No había internet que consultar, cliente al que llamar, trabajo pendiente que adelantar. Sin conexión a internet y aislado del mundo, sólo cabía aguantar hasta que pasara la noche, en la esperanza de que alguien apareciera por las naves vecinas al día siguiente, aunque fuera fiesta.

Cerró los ojos, dejó la mente en blanco y al rato se quedó dormido.

El sonido de un golpe le despertó. El ruido provenía del exterior.  Un camión con el motor en marcha acababa de cerrar el portón trasero.

  -¡Oigan! ¿pueden oírme? ¡Por favor, contesten! ¡Ayuda! -El vehículo comenzó la marcha y se alejó, sin respuesta. A continuación, sólo se oyó el trino de algún pájaro-. ¡Joder, joder, joder! -Sergio estaba asumiendo que seguía allí, que ya habría amanecido (esto era una suposición, porque él continuaba encerrado a oscuras) y que Sara no había dado señales de vida. Esto ya no podía tratarse ni de lejos de una maldita broma. Tenía que ser otra cosa. ¿Pero por qué querría Sara encerrarle en ese puto zulo? -¡Mierda! ¿cómo no lo he pensado antes? ¡Me han secuestrado, joder! -musitó Sergio.

 -Sara, oye, dime qué quieres para sacarme de aquí. Sabes que aunque tengo pasta no soy millonario ni de lejos. Además, si quieres que te pague un rescate, tendrás que dejar que hable con mi abogado. Desde aquí no puedo hacer nada... ¡Sara! -No hubo respuesta-.

Sergio, desesperado y nervioso, se acercó a una esquina opuesta a la puerta y miccionó. Sabía que tendría que tragarse su propio olor, pero no podía más. La pared perfecta, blanca, inmaculada, quedó manchada de orín, que se extendió hacia el centro de la estancia. Él se sentó luego contra la esquina contraria, cubrió su cara con las manos y comenzó a llorar de rabia.

De pronto, fuera, oyó un ruido. ¿Y si eso funcionara? ¿Y si Sara al verle así reaccionara y le dejara ir? Lloró más fuerte, para que fuera audible al otro lado del muro, y agudizó el oído. Percibió el ladrido de un perro, unos pasos de animal alejándose y después, más pájaros.

Sara se había marchado, era una estupidez pensar que continuaría allí. Pero, si era un secuestro, ¿por qué no le pedían rescate? ¿Por qué no le daban algo de comer? Sentía hambre, sed y algo de frío. ¿Tendría algún sentido que Sara le hubiera dejado allí hasta verle morir? ¿Para qué? ¿Qué ganaría una chica joven y guapa con eso? ¿Qué necesidad había?

Sergio volvió a repasar lo ocurrido al entrar allí. Sara había tocado la puerta y la puerta se había cerrado sola, de un golpe. Él vió entonces que no había manillar, y Sara se esfumó de repente. Ella permanecía a su lado cuando él se agachó a mirar de cerca la puerta, a alumbrar con el móvil la zona donde hubiera debido estar el pomo. No recordaba con claridad si Sara seguía aún dentro cuando él al fin la avisó de que no había picaporte. Pero desde luego, ella estuvo encerrada con él. De eso no le cabía ninguna duda. Aunque, si él estaba junto a la puerta, ¿por dónde demonios salió Sara?

Sergio se puso en pie. Tanteó la puerta en la semioscuridad. La recorrió entera, por todas partes. Medía 1,80 de ancho aproximadamente. Cubría casi toda la pared. A oscuras, es posible que ella saliera por la zona izquierda de la puerta, mientras él inspeccionaba el área del inexistente picaporte. Sergio puso especial atención en palpar cada centímetro de la puerta por aquel lado. Sólo encontró la misma placa de metal lisa, perfecta y fría que la recubría al completo.

  -Sara, esto que estás haciendo ya es un delito. No se puede retener a la gente contra su voluntad y lo sabes. Mira, si me sueltas ahora, no le diré nada a nadie, te lo juro. No entiendo muy bien por qué haces esto, pero si lo dejas, se acabó. No volveremos a vernos, te dejaré tranquila y haremos como si nunca nos hubiéramos conocido. Te doy mi palabra. Pero déjame salir de aquí, joder,.. He pasado la puta noche en el suelo, he tenido que mear en la pared... ¡Esto es patético, me cago en la hostia, Sara, por Dios! -Sara no daba señales de vida. -¿Qué cojones quieres de mí, dime? -Silencio  por respuesta.

Empezaba a tener la boca seca, pegajosa. Le dolía la espalda y tenía los pies y las manos helados. Se sentó, a esperar, a pensar. Volvió a abrir el móvil, por si en un acto milagroso hubiera recobrado la cobertura. El aparato se había quedado sin batería. Lo dejó en el suelo, apagado, y apoyó la espalda contra la pared, con las piernas encogidas, abrazándose a sí mismo para darse calor. Comenzó a balancearse, como quien acuna a un niño. Trataba de calmarse, de pensar, de encontrar la respuesta que le diera la llave para salir de allí. ¿Y si no la hubiera? ¿Y si simplemente Sara fuese una loca hija de la gran puta, una sádica siniestra asesina de ligues por internet? Miró en su bolsillo: Su cartera seguía allí, intacta. con toda la documentación, las tarjetas y el billete de 100 euros con el que había salido de casa. No faltaba nada.

El olor empezó a molestarle. Al principio le daba ganas de vomitar, pero tenía el estómago vacío y sólo tuvo un amago de arcada. Si su última hipótesis era cierta, moriría en cuestión de días. La muerte. Nunca se la había planteado tan en serio. Pensaba que le ocurriría dentro de muchos años, cuando fuera un esqueleto arrugado y pellejo. Sergio acababa de cumplir los cuarenta. Se consideraba atractivo, aunque en realidad, Sara era la primera mujer con la que salía desde que comenzó su aventura empresarial. Le había dedicado los últimos cinco años de su vida al negocio. Los dos primeros fueron los peores: Noches sin dormir, visitas a clientes, papeleos y burocracia. Horas y horas pegado al ordenador o corriendo de una empresa a otra, de un evento a otro,  para dar a conocer su producto. Con los primeros clientes llegaron las primeras peleas con Andrés, que nunca estaba listo para hacer la entrega final. Sergio era más práctico: quería hacer caja, empezar a amortizar gastos, y no quería dedicarle a un cliente ni un segundo más del necesario. Era tiempo que le quitaba para conquistar nuevas ventas. Desde que abrió la empresa, sólo había viajado por negocios, lo más lejos a Barcelona para participar en alguna jornada profesional. Hacía más de siete años que no veía a su hermano en persona. Hablaban una vez al mes por skype. Saludaba a sus sobrinos a través de la pantalla, los veía crecer en la distancia. Sergio decidió que no era su momento. No le tocaba morir ahora. Le faltaban muchas cosas por hacer. Nunca había viajado a Australia, por ejemplo. Tampoco le había dado tiempo a leer demasiado. No había terminado de pagar su apartamento de soltero. Ni tenía hijos, aunque eso no estaba seguro de desearlo. Al menos, si no los tenía, quería que fuera por decisión propia, no por morir de hambre en una puta jaula. Necesitó, por primera vez en mucho tiempo, volver a ver el rostro de su madre. Una única lágrima transparente le recorrió la mejilla, despacito. Esta vez sí, lloraba sólo para él.