9 abr 2017

Fuera

-¡Qué extraño! –dijo la muchacha, avanzando cautelosamente-. ¡Qué puerta más pesada! –La tocó, al hablar, y se cerró de pronto, con un golpe.

-¡Dios mío! –dijo el hombre-. Me parece que no tiene picaporte del lado de adentro. ¡Cómo, nos ha encerrado a los dos!

-A los dos, no. A uno solo –dijo la muchacha-. Pasó a través de la puerta y desapareció.

Sara esperó un momento junto a la puerta. Guardó el mando a distancia en su bolso. Se quitó los zapatos y avanzó despacio arrastrando las medias sobre el mármol blanco del apartamento. Alcanzó la salida, entornó la puerta y se calzó para atravesar el largo jardín que separaba la nave de la puerta exterior. Por fin, temblando, salió a la calle. Abrió el coche y permaneció sentada un momento. Bloqueó el seguro de las dos puertas. Cerró los ojos.

Había conocido a Sergio hacía mucho tiempo. Él no la recordó cuando, casi 30 años después, se reencontraron por internet. Sara había cambiado mucho. Fue un largo recorrido de quirófanos, gimnasios, dietas y sesiones de compras el que convirtió a Sara en una mujer 10. Pero no siempre fue así. A los ocho años, cuando conoció a Sergio, Sara tenía el labio leporino. Aunque la habían operado de pequeña, la cicatriz continuaba y Sara tuvo que esperar hasta los 17 para poder pasar de nuevo por quirófano y arreglarse también la nariz. Sergio, para ganar popularidad entre sus amigos, la insultaba una y otra vez, seguido de un coro de tiernas risas infantiles. Sara odiaba su rostro con rabia. Rezaba, cada noche, para que ocurriera un milagro: Que el dios canalla que la había creado muriera, y compasivo, el Diablo le diera la oportunidad de tener un aspecto "normal".

Algunas mañanas, Sara se levantaba de la cama con los ojos cerrados. Avanzaba a tientas hasta el baño, se situaba delante del espejo, rogaba con fuerza que su deseo se hubiera cumplido y abría los ojos, con la esperanza de ver al otro lado un rostro "normal". Nunca ocurrió. Al contemplar el reflejo de siempre, Sara se sentía tan hundida y frustrada que regresaba a la cama sin fuerzas para prepararse y acudir al colegio. Se pasaba la mañana tumbada, despierta, imaginando cómo sería su vida si tuviera una boca y una nariz como la de todo el mundo.

Se dejó crecer el pelo y se lo echaba sobre la cara, con la esperanza de ocultar sus "defectos". Pero Sergio se acercaba a ella a diario, la señalaba con el dedo y gritaba: "¡Boca chocho!" con todas sus fuerzas. Ella se quedaba quieta, mirando al suelo, deseando volverse invisible a los ojos de todos.

En una ocasión, Sara le preguntó a su madre por qué le había hecho esto. La madre, extrañada, le preguntó a qué se refería.  -A tenerme así -dijo la muchacha-. A traerme al mundo convertida en esto. ¿Para que todo el mundo tenga alguien de quién reírse? ¿Ése es mi papel en la vida? ¿Consolar a los demás porque al mirarme se sienten mejor consigo mismos?

Durante toda su infancia, Sara tuvo una única amiga, a la que no le importaba demasiado que la llamaran "la abogada de las causas perdidas". El resto de los niños y niñas le decían que permaneciese lejos, que al mirarla sentían náuseas. Le habían prohibido que se acercara a ellos a menos de tres metros, y si lo hacía, aunque fuera por descuido, Sara recibía su "merecido" castigo: una contundente y sistemática lluvia de golpes.

Sergio había logrado que Sara creyera, desde lo más profundo de su ser, que no tenía derecho a estar viva; que con su presencia, usurpaba el lugar de otro niño o niña "normal", y que le haría un favor a la humanidad quitándose del medio. Por eso, ella intentó suicidarse dos veces, pero siempre alguien se encargó de "salvarla" a tiempo. Afortunadamente, los adultos creyeron que fue un accidente (la primera vez trató de ahogarse en la piscina del colegio, y fue rescatada por el monitor; la segunda, se tragó todas las pastillas que encontró en el botiquín de su madre, aunque no logró aguantarlas en el estómago, y su madre confundió sus vómitos con un corte de digestión).

El fracaso en sus intentos suicidas la hicieron sentirse aún más torpe, más incapaz, más estúpida.
Sergio no sólo se reía de ella por su aspecto, sino por su dificultad para pronunciar ciertas palabras. Así que Sara se acostumbró a permanecer en silencio, excepto cuando podía hablar, a solas, con su amiga Paula. Gracias a ella, Sara aprendió a desarrollar cierto afecto por el género humano.

Cuando al fin Sara cumplió los 17 y llegó el momento de operarse, estaba tan convencida de que su vida no merecía ser vivida que le dió lo mismo. Su tía, una mujer intuitiva y sensible, lo percibió enseguida y le dijo: Dale una oportunidad a tus padres de sentir que tienen una hija feliz. Se lo hizo prometer, y ante semejante compromiso, Sara decidió cumplir con su palabra: Haría lo imposible por olvidar el pasado, por cortar con unas tijeras cualquier atisbo de recuerdo de su infancia y por comenzar una vida como recién nacida a los 17.

Sara estudió interiorismo, pero finalmente se dedicó a la venta y alquiler de viviendas de lujo. Con el fin de alejarse de su pasado y ser "normal", Sara se obligaba a hablar con todo el mundo, a ser sociable, a acercarse a menos de tres metros de todos sus compañeros en la universidad, a pesar del temor, incrustado en su nuca, a recibir una lluvia de golpes injustificados. Se apuntó a un gimnasio y logró una bonita y firme figura. Invertía casi todo su salario en ropa para tener buen aspecto y ser aceptada por todos. Y lo logró. Ninguno de sus nuevos amigos supo jamás sobre su penoso pasado y ella no volvió a pensar en ello. Hasta el día en el que Sergio reapareció 30 años después a través de internet.

Al principio Sara quedó petrificada. Pensó que Sergio había vuelto para reírse de ella de nuevo, para recordarle que él sabía lo monstruosa que era en realidad, para echarle en cara que hiciera lo que hiciera, ella seguiría siendo siempre una criatura repugnante. Al principio cerró el portátil de golpe, temblando como una hoja. Pero luego decidió enfrentarse a él. Ahora ella era una persona nueva y estaba dispuesta a demostrárselo.

Cuando leyó su mensaje, quedó aturdida: Sergio no la había reconocido. Y no sólo no se reía de ella: La estaba halagando. ¡Estaba intentando ligar con ella! Y no, no se trataba de una broma cruel. Simplemente, no tenía ni idea de que trataba de atraer a la persona a la que tantas veces había despreciado hasta hacerla sentir asco de sí misma. Le invadió una enorme curiosidad por saber hasta dónde sería capaz de llegar. Y se dejó llevar. Contestó a los mensajes de Sergio, consintió en que la invitase a cenar, que la hiciera regalos. Pasada una semana, Sergio ya quería presentarle a sus amigos, introducirla en su vida. Sara sintió una inmensa paz interior al saberse victoriosa: No sólo Sergio no la reconocía, sino que la encontraba atractiva, interesante. Era como si al fin, su dios creador hubiera muerto y el Diablo hubiera encendido la luz.

Andrés, el socio de Sergio, cumplía años el jueves Santo y celebraba una fiesta en su casa, a la que Sergio la había invitado. Él le sugirió a Sara que pasaran el puente juntos, y le pidió que reservara habitación a su nombre en algún lugar con encanto, ya que ella era la "experta". Esa misma tarde, cuando le confirmó que había encontrado un loft de diseño a las afueras de la ciudad, Sergio le envió a la agencia un ramo de rosas con una nota que Sara encontró infantil y torpe, lo que le hizo disfrutar especialmente de las flores.

Sara lo había planeado con cuidado. Sabía que en las Rozas habían habilitado viejas naves industriales como lofts singulares, y fue a visitarlos por la mañana. Para su sorpresa, en uno de los apartamentos el anterior dueño había construido una "habitación del pánico". Era un espacio de 2x2 que quedaba herméticamente cerrado al exterior mediante un pequeño mando a distancia. Servía para protegerse de intrusos, ya que una vez cerrada la puerta, un mecanismo automático dejaba el espacio totalmente aislado del exterior. Era imposible entrar o salir de allí sin activar el mando.

Sara no pudo evitar imaginarse a Sergio allí encerrado. ¿Se sentiría igual que ella cuando niña, presa de aquella cara monstruosa? Sin poder escapar, sin poder hacer nada para cambiar la situación, angustiada, frustrada y sola. Sabía que era una locura, pero la imagen de un Sergio sufriente la hizo suspirar con un profundo alivio.

La fiesta resultó ser una competición entre socios, en una patética demostración de quién tenía más talento o más éxito, quién había comprado la casa más grande, quién había conquistado a la chica más guapa, quién conducía el coche más potente, quién tenía el móvil o el wereable más inn... Sara miraba a Sergio con lástima, a una enorme distancia. Deseaba que aquello terminara cuanto antes. Le insinuó que quería quedarse a solas con él, llegar enseguida al loft para tener intimidad. Sergio se dejó seducir y se marcharon.

Por el camino, él se quedó medio dormido. Sara tuvo tiempo de repasar mentalmente la fiesta, las conversaciones con Sergio, y luego, rompiendo una norma no escrita, saltar al pasado. Recordó los golpes, las burlas, las horas llorando sola a escondidas, en el baño, en la cama, cuando nadie podía ver que en efecto, los insultos, las bromas, los golpes, la hacían sentir una rabia intensa, una tremenda vergüenza por existir, una ansiedad feroz por escapar, aunque fuera a través de la muerte.

Al llegar al loft, Sergio comenzó a besarla, tratando de deslizar los tirantes de su vestido, para desnudarla. Ella sintió un asco intenso, sucio y casi melancólico. Sara retrocedía, poco a poco, en la penumbra, hacia la "habitación del pánico". Tuvo tiempo de coger el mando de la encimera de la cocina y entrar allí, haciéndole creer que se dirigía al dormitorio. Cuando se cerró la pesada puerta, de un golpe, Sergio, sorprendido, quiso volver a abrirla, así que alumbró con el móvil la zona donde debía estar, y no había, ningún picaporte. Sara aprovechó la ocasión para activar el mando, dejar que la puerta se entreabriera y salir en la penumbra, antes de volver a cerrarla de inmediato con un leve zumbido eléctrico casi imperceptible. Todo duró un instante. Quizá Sergio ni siquiera la vio salir.

Ahora, sentada en el asiento del coche, Sara debía tomar una decisión: No sabía si quería dejar a Sergio ahí para siempre. Ella era la encargada de alquilar aquella casa. Decidiría cuándo alguien podría volver a entrar. De hecho, una vez cerrada, la puerta de la "habitación del pánico" no era visible desde fuera, ya que estaba recubierta con una lámina de madera que se confundía con el resto de la pared. Ni siquiera figuraba en los planos originales del loft. Nadie más sabía que esa estancia existía y sin el mando a distancia, era imposible abrirla por casualidad. Sergio, sin comida, sin agua, sin ventilación, a oscuras, no aguantaría mucho. ¿Se merecía morir? Quizá su justo castigo no llegaba hasta ese extremo, pero sí merecía desear estar muerto, tal y como ella lo había implorado durante toda su infancia. Sara decidió que aún no era el momento de dejarle libre. Puso en marcha el motor eléctrico del coche y se alejó, tan silenciosa como lo fue de niña.