Reyes siempre me ha querido con el mismo sentido práctico que utiliza en el mercado, al que no deja ir a la asistenta por no delegar en ella la elección de la comida de sus hijos: Con los ojos fríos, sabe al primer vistazo cuál es la mejor lechuga que puede obtener por el dinero que está dispuesta a gastarse. Regatea con distancia, sin poner en el juego que sabe ganado la menor muestra de emoción.
Así me contempló cuando le prometí en casa de mi suegra que no volvería a apostar, que la Prensa no lo publicaría, que mantendría mi cargo y mi prestigio a salvo. Ella acariciaba la mano de Alicia, nuestra hija, mientras repasaba mentalmente el coste de la universidad, del colegio de Alejandro, que pronto iría al instituto. Supongo que tras dos días en casa de su madre, también calculó la distancia hasta el gimnasio, al que acudía para reunirse a diario con su entrenador personal. Era evidente que desde allí, le pillaba bastante a desmano.
Reyes fue quien aceptó, durante meses, mis ausencias nocturnas para acudir a las partidas de pócker. Quien se acostumbró a relacionarse con las mujeres de quienes como yo, estaban dispuestos a dejarse el sueldo del trimestre en una apuesta, siguiendo el pálpito producido por el nombre de un caballo.
Fue Reyes quien me protegió de los paparazzis en el hospital, mientras me recuperaba de una supuesta operación complicada, en realidad del resultado de una paliza recibida por no pagar a tiempo a mis acreedores y escapar de mis guardaespaldas para asistir a una partida fallida.
Y fue Reyes quien, tras ver a Esperanza en el hipódromo, decidió que ésa era la última humillación que estaba dispuesta a tolerarme. Su balanza de pérdidas y gananzas entró en juego, y yo estaba en el platillo equivocado.
Bastó su ausencia durante 48 horas para comprender que todo a mi al rededor se desmoronaría sin ella. Entendí que era mi punto de unión con la realidad, ésa que nos educan para creer única, correcta, legal. La casa a la que estaba acostumbrado, el coche que conducía mi chófer, mis viajes y comidas, mis círculos de confianza e influencia, se tambaleaban ante el recuerdo de sus últimas palabras: -"No eres más que un yonki del juego. Solo no vales nada. No permitiré que arruines la vida de nuestros hijos"-. A la segunda súplica, con su madre y Alicia como testigos, Reyes cedió. Se comprometió a volver a cambio de una simple promesa: Nunca volvería a jugar.
Habían pasado dos años, tres meses, doce días y catorce horas desde entonces. Cumplía religiosamente mi palabra. Me levantaba temprano para ir a caminar. Acudía puntual a mi despacho. Recordaba cumpleaños y aniversarios. Asistía a los partidos de Alejandro y a las elevator speaches de Alicia en sus prácticas universitarias. Los domingos, iba con mi familia al teatro o a algún concierto seleccionado cuidadosamente por Reyes. Ella parecía satisfecha, casi feliz. Yo había asumido un papel impuesto, ajeno, sumiso.
Y en el minuto dos de la décimoquinta hora del tercer mes del segundo año, apareció Esperanza. Por primera vez en mucho tiempo, había decidido volver a casa en tren. Necesitaba estar solo; escaparme del diálogo aprendido con el chófer me permitía ese tiempo extra rodeado de extraños que me ayudaba a retardar la vuelta a mi perfecta vida ordenada.
-"¿Has terminado de leerlo?"
Esperanza sabía desconcertarme. Pensé que me preguntaría dónde me había metido, o que me contaría algún chisme sobre nuestros conocidos comunes. Pero mientras dejaba que su pecho se balanceara al límite de su escote al inclinarse hacia mí con un cruce de piernas que me permitió escuchar el susurro de sus medias, se limitó a ofrecerme su periódico a cambio del mío.
Accedí sin pensar lo que hacía. Comencé a leerlo y me llamó la atención lo distintas que eran las noticias. "-¿No es de hoy?"- le pregunté, extrañado. "-No"- espetó ella. -" Es de mañana". Se levantó, balanceándose sobre sus tacones de aguja, y desapareció entre el gentío de la estación, dejando atrás un leve halo de perfume.
Volví a ojear el periódico, entre divertido e intrigado. Esperanza era una mujer asombrosa: Capaz de colarse en las partidas privadas más exclusivas de la ciudad, se convertía sobre el tapete en un jaguar enfrentado a cuatro gladiadores, en cruda lucha a vida o muerte. En más de una ocasión, tuve que rescatarla para que pudiera abandonar la partida sin perder hasta el vestido que llevaba puesto. Con ella, yo era el hombre caval, capaz de controlar la situación.
La página por la que Esperanza dejó abierta la prensa contenía los resultados de la carrera de mañana. Los nombres de los caballos ganadores, las cuantías ganadas por los que se arriesgaron a apostar por ellos. Esperanza me debía mucho, y ella lo sabía. ¿Sería eso una manera de agradecérmelo? Quise imaginar que sí, que aquella criatura de piernas eternas y cintura de abispa era capaz de atravesar por mí la barrera del espacio-tiempo. Guardé el periódico bajo el abrigo y volví a casa.
Reyes me esperaba con la mesa puesta. -"Llegas tarde"-, dijo con la misma pasión que un inspector de Hacienda. -"Sí"- musité -"Hacía muy buena tarde y me apetecía dar un paseo. ¿Qué tal sigue tu madre?"
Ella me contempló con los ojos semiabiertos, encajando el capotazo de mala gana.
La cena transcurrió como de costumbre: Alejandro despotricaba del árbitro que no pitó el penalti a su contrincante; Alicia le preguntaba a su madre qué ponerse para la próxima presentación; Reyes cuidaba de que Alicia no comiera demasiado pan y de que Alejandro se sirviera suficiente estofado. Yo calculaba mentalmente el momento de escapar a releer el regalo de Esperanza.
Al finalizar la cena, Reyes se metió en la cocina a adelantar el trabajo que ya no dejaría hacer a la asistenta a la mañana siguiente. Alicia y Alejandro huyeron despavoridos a su habitación, ella para chatear con sus amigas, él para jugar online con el ordenador. Simulé que me creía que iban a estudiar mientras me acercaba sigiloso hasta el armario de la entrada, tratando de evitar el crujido del viejo parquet.
Rescaté el periódico de Esperanza del bolsillo del abrigo y lo escondí entre las páginas del diario que la asistenta había dejado sobre la mesilla del salón. Me senté en mi sillón y encendí la tele. Un locutor semiexhausto gritaba el tercer gol de Portugal contra España. Empate a tres, fin del partido. Curioso, avancé hasta las páginas de deportes en el periódico de Esperanza: Los titulares anunciaban el injusto empate, cuando España merecía la victoria sobrada.
De pronto, me subió una sensación nacida en el estómago que se instaló en la nuca en forma de escalofrío: El periódico era auténtico.
Al día siguiente, volví a prescindir del chófer y del guardaespaldas hasta abrirme camino a la casa de apuestas.
Sólo el sonido de las máquinas a la entrada me devolvió a la vida. Me dirigí a ventanilla y aposté todo lo que tenía disponible en las cuentas a los caballos del periódico. Recogí el resguardo de la apuesta y salí disparado al despacho.
Pasé la mañana y el resto de la tarde visitando la web del hipódromo para consultar los resultados. Hasta las seis no se celebraba la carrera. Los informes, estadísticas y contratos pendientes en el correo ralentizaban aún más la espera.
Volví a consultar de nuevo el diario de Esperanza para contrastar que todo estaba en orden: Había apostado a los caballos correctos.
Algo que antes me había pasado desapercibido me sobrecogió: En primera página, aparecía mi foto a tres columnas, sentado en la estación junto a ella. Más abajo, otra foto mía me mostraba a la salida de la casa de apuestas, esta misma mañana.
El titular terminaba de redondear el desastre: "Con el dinero de los contribuyentes no se juega". El subtítulo aclaraba cualquier posible duda sobre la identidad de Esperanza: El Secretario de Hacienda es sorprendido intimando con la "reina de corazones".
Esperanza ya había sido antes presa de los medios: Se hizo famosa por estar a punto de arruinar con el juego a su ahora ex marido, un conocido empresario del sector textil.
Salí disparado hacia el kiosko de la esquina. Las seis menos diez. Ojeé la prensa y ni rastro de mi foto. Pregunté al kioskero: La edición vespertina no llega hasta las nueve, sale de rotativa a las ocho.
¿Me habría vendido Esperanza al paparazzi para saldar sus deudas de juego, o simplemente él la seguía y se encontró de bruces con el pez gordo?
Lo único que podía hacer era esperar a conocer el resultado de la carrera: Si el pronóstico era cierto, me escaparía con Esperanza a algún paraíso fiscal esa misma noche. Si era falso, buscaría al paparazzi para sobornarle e impedir que publicase las fotos y pignoraría todas mis acciones para recuperar el dinero en la cuenta y volver así a mi vida "normal" junto a Reyes. Por segunda vez, el peso que desequilibraría la balanza en uno u otro sentido para resolver mi punto de inflexión tenía nombre de mujer: Esperanza.
Aquí mi historia. 50 m3 a mi alrededor. A cada estímulo que sobrepasa la barrera de mi memoria de pez.
20 jun 2018
Mañana
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