3 oct 2018

Otros

Era dueña de una soledad absoluta. Sabía que nunca podría venderla, relagarla o abandonarla en una gasolinera. Le enfundaba las costillas, abarcando cada suspiro en un guante acolchado; una soledad que la acompañaba desde niña; de hecho, su primer acto consciente fue retractarse de cuán otros eran los demás.
Esa certeza convertía a cada otro en un universo ajeno, inexplorado, desconcertante por su semejanza ambigua. El inabarcable otro, la indescifrable ella.
Creía ser un poema en arameo clásico leído por un votante de Trump: medida al peso.
Sentía a los demás como galaxias sin cohete. Siempre lejos, rodeables con los dedos de una mano. Pura ilusión óptica. Si al fin lograba acercarse a alguno, se iba haciendo más y más palpable la complejidad de lo inexplorado. Más desconocido cuanto más cerca.
7000 millones de galaxias acuciaban su soledad como una verdad vomitada a gritos.
Cuán otros los demás.