Él dice que fue el desencanto, la falta de horizonte, la frustración por no encontrar empleo, por no encontrar pareja. Mi versión (la de una fantasiosa) apunta a un ser nacido para un mundo mejor, alguien frágil y sensible no preparado para una vida que en ocasiones, es vulgar, en otras, decepcionante, y a veces, simplemente atroz. Ella decidió abandonar el mundo, porque el mundo nunca vibró en la misma sintonía que sus sueños. Mantener un estar desafinado podría ser soportable, pero ¿para qué?
En los últimos dos años, anduve deambulando de un tanatorio a otro. Primero acudí a enterrar a mi prima; después despedí, en una misa de difuntos, a mi suegra. Asistí luego al entierro de mi tía y por último, hoy, he visto cómo incineraban a mi sobrina.
Acostumbrada a ver a mi alrededor a los familiares afilándose los colmillos para pegar el mejor bocado posible a la herencia del difunto, el velatorio de Marina fue un huracán que me arrolló el ánimo. Personas de llanto sincero narraban historias de infancias compartidas; fotos antiguas surgían en la conversación como tesoros relucientes en los estantes del alma. Y mientras ellos sentían la pérdida como una entraña arrancada sin preguntar, y Marina, al otro lado de la vitrina ya no podía moverse, ni compartir, ni escuchar, de pronto en mí revivió una luz fundida hace mucho tiempo.
Había llegado a creer que el cariño es eso que inventaron una vez en las comedias románticas de Hollywood para mantenernos alienados en este mundo atroz. Pero no: Allí había gente que se quería de verdad, que lloraba sin esperar nada, que emanaba desconsuelo sin otro remedio que el transcurso del tiempo.
Y ahora, resurgida de mis cenizas, recibo el testigo de una fe que creía extinguida, la misma que abandonó Marina antes de su última decisión.