19 dic 2016

Con furia en las pestañas

Con furia en las pestañas, porque saben que la luz no volverá a mezclar colores en su estela.
Con furia en las pestañas, por dar portazo a una última mirada nueva.
Con furia en las pestañas, por derrumbarse antes del último aliento.
Con furia en las pestañas, porque no anunciarán más el brillo de dos candelas.
Con furia en las pestañas, contagiadas de la energía de un alma plena.
Con furia en las pestañas, porque descansan vivas sobre un cuerpo asfixiado en pena.
Con furia en las pestañas, abanico estéril de miradas que ya nacerán muertas.

16 dic 2016

Un final diferente

La tropa estaba en pie, aterrada. Llevaba 48 horas encerrada entre cuatro paredes, sin luz, sin suministros, sin espacio para mover las pestañas. Afuera se escuchaban voces atroces, como de gigante. El capitán había preferido permanecer en silencio. Cualquier intento de alentar a sus hombres hubiera resultado en vano.

De pronto, ocurrió: Las paredes se movieron en un terremoto de nivel 8 en la escala de richter. Las voces se volvieron más claras, más cercanas, estridentes.
La tropa permaneció en su puesto, aunque algo descolocada por el vaivén del suelo. El capitán se entretuvo en pensar si debía sentirse orgulloso de tanta hombría o avergonzarse de sí mismo, por no atreverse a dar una mala orden.

El terremoto y las voces del exterior cesaron. Vino un silencio quieto. Fue el segundo más largo en la corta vida de nuestro capitán.
Y el techo se abrió. Milagrosamente, en lugar de caer sobre sus cabezas, se desgajó hacia fuera como una flor de loto.
La luz dejó ver a una tropa descolocada pero entera.

-¡Soldaditos de plomo, papá, son soldaditos de plomo! ¿Has visto? Al fin le llegó mi carta a Santa Claus!

El niño rompió las paredes de la caja y se fue directo a por el capitán. -¡Soldados! -dijo imitando la voz grave de un adulto. -¡Estamos en una misión de alto riesgo! Debemos ascender al árbol para lograr una panorámica del enemigo!

Sujetó entonces a un soldadito por las piernas y lo situó en lo más alto del alto abeto navideño.

-¡Infórmanos de la situación, soldado! 

En ese momento, se oyó un toc-crac que no auguraba nada bueno. El soldadito había caído al suelo y se le había partido una pierna.

-¡Rápido! -Dijo el niño fingiendo ser el capitán. -¡Hay que llevarlo a enfermería!

El crío sujetó al soldadito y se lo llevó en volandas de la sala.

La tropa permaneció inmóvil, petrificada, en silencio. Del otro lado de la puerta aún se escuchaba la voz del niño-gigante:

-Esto no tiene solución, soldado. ¡Será enviado a casa con todos los honores!

Los pasos de vuelta del muchacho hacia el salón hicieron temblar todo el suelo.

El capitán no salía de su asombro. Se preguntaba qué clase de cruel estratega habría sido capaz de idear semejante engendro: Un ser con la fuerza destructora de un gigante, pero la cara y los ademanes de un infante. ¿Cómo ordenar a su tropa que disparase contra un niño? ¿Qué clase de hombres serían entonces? Se trataba, sin duda, de una astucia del mismísimo diablo.

En el dormitorio, el soldadito herido había sido posado sobre un escritorio de madera pintado en azul cielo. El hombre aún se mantenía en pie, sobre su única pierna. 

Justo frente a él, al otro lado de la habitación, había un escritorio idéntico, pintado en rosa. En el tablero, descansaba sobre una sola pierna el más hermoso ser jamás contemplado: una señorita vestida de tutú se sostenía con grácil elegancia sobre la puntera de su zapatilla de ballet. 

Ella estaba de frente, dejando ver su esbelta figura, dispuesta en una ligera postura de arabesque. Tenía la cabeza alzada hacia el cielo, mostrando la fragilidad de su eterno cuello blanco.

El soldadito quedó fascinado. Pasó de la humillación de la derrota, de la angustia de la mutilación, al amor pleno en cuestión de un instante.

-Pero ¿qué opinará tanta belleza de mi cuerpo roto? -pensó el soldadito-. Ya no soy el de hace un momento. No volveré a correr, ni a saltar. No podré trabajar ni construir para ella una bonita casa. No podré sentir el orgullo de ser la fuente de alimento de sus hijos... ¡Me repudiará con asco al contemplar el muñón de mi rodilla!

El soldadito quedó desolado. Deseaba con todas sus fuerzas tener una cremallera en la espalda que le permitiera librarse de aquel cuerpo roto, inservible para sus anhelos. Se sentía preso de un envase inadecuado para sus sueños. ¡Si mi mente pudiera viajar hasta ella, colarse por su piel hasta alcanzar su alma..! Lamentó ser de materia gruesa. Odió a su dios por mantenerle atrapado de aquella manera. 

Permaneció mirándola, envuelto en una tristeza dulce que le embriagaba. Sin embargo... -¡Ella también se sostiene en un solo pie! -desde la posición del soldado, era imposible ver que la bailarina dejaba en el aire su otra pierna-.

-¡Quizá ella me comprenda! Ella tiene que saber lo que es sentirse incompleta, saber que sus deseos se adelantan a su pobre cuerpo. Quizá ella, al tener como yo una sola pierna, consiga amarme. ¡No está todo perdido! -al fin, su ánimo había encontrado una puerta de escape al desaliento. Por un momento, dejó de sentirse como la criatura errónea encargada por un dios menor-.

Del otro lado del dormitorio, la bailarina permanecía quieta. -Ha llegado uno nuevo -pensó ella-. Y yo con tortícolis de tanto mirar al techo. Encima, con este tutú absurdo que me hace parecer un jarrón chino. ¡Estoy hasta el gorro de mantener el equilibrio en esta postura! ¡Qué ganas tengo de que llegue al fin la media noche!

La muchacha pasaba las horas del día dentro de aquella caja de cristal, inmóvil, soñando con estar en cualquier otra parte del mundo. Se imaginaba navegando en un barco velero, camino del infinito, conversando en las puestas de sol con la ballena que albergaba a Pinocho en su panza.

Irrumpió entonces un ser desconocido para el soldadito: Una niña-gigante, idéntica a su mutilador, pero en formato femenino. Se dirigió a grandes zancadas hacia su objetivo: la bailarina.

-¡No! - Intentó gritar el soldadito. Pero el pánico le cerró la garganta.

La niña sujetó la cajita de cristal que contenía a la muchacha con una mano, mientras que con la otra giró una llave secreta que apareció en la trasera de la caja. De pronto, ocurrió un milagro: Una hermosa música comenzó a sonar, y la bailarina se movió en delicados círculos. Al fin paró, y la niña, sonriente, salió de la habitación por donde había venido.

-¡Menos mal! -pensó la bailarina-. Por fin puedo cambiar de postura. ¡Me dolía tanto el cuello! Y ya puedo posarme sobre mis dos pies, ¡qué descanso!

-¡Cómo, tiene dos piernas! -suspiró el soldadito-. ¡Qué engañado me tenía! Pero no puedo entristecerme porque ella esté completa. ¿Qué clase de caballero sería? ¡Así podrá correr mejor detrás de nuestros retoños!

-¡A dormir! -Fue un grito de guerra, un trueno que provenía de la otra estancia. Parecía la voz deformada hasta su extremo de una mujer adulta. 

-¡Pero mamá! ¡Aún faltan tres minutos para la media noche! Dijiste que podríamos quedarnos despiertos más tiempo hoy... -respondió el engendro infante-.

-Sí, hijo, pero mientras dejáis todo recogido y os laváis los dientes, ya se habrán pasado las doce. -dijo de nuevo la voz adulta-.

-¡A dormir! -Repitió ahora una voz masculina-.

Los dos gigantes (niño y niña) entraron apesadumbrados en el dormitorio. Tras un rato, ambos se durmieron y la habitación quedó en una ligera penumbra.

-¡Ya era hora! -Pensó la bailarina. Dió un salto del soporte dorado que la sostenía y flexionó con cuidado las piernas, dolorida.

-¿Dónde habrá puesto mis vaqueros la niña? 

Salió de la caja sin ser vista y se cambió de ropa. Se soltó la melena oscura y corrió a conocer al nuevo inquilino al otro lado del dormitorio. 

-Buenas noches -dijo ella-. 

El soldadito no salía de su asombro. Colorado y medio dormido, respondió: -Buenas noches, señorita.

-¡Vaya facha! ¿A ti no te dejan cambiarte por las noches? Con esa casaca, pareces un domador de circo.

- ¿Perdón?

-¡Anda, ponte esto! -La muchacha le ofreció un pantalón vaquero-.

-Pero... ¿Cómo voy a desnudarme delante de Vd?

-Bueno, si quieres te invito a mi casa de cristal. Así te enseño mi mirador particular...

El soldadito sintió una emoción profunda ante semejante proposición, al tiempo que una enorme vergüenza al pensarse inútil. No se creyó capaz de atravesar la instancia hasta el velador del otro lado de la ventana.

-No te preocupes, hombre, yo te ayudo. -dijo ella. Y le agarró de un hombro, dejando caer el brazo de él sobre la espalda de ella.

El corazoncito del soldado latía con fuerza. No podía creer en su suerte. -¡Ella realmente me ama! - pensó, entusiasmado-.

Con algún que otro tropiezo, lograron alcanzar el escritorio rosa. Allí esperaba la casita de cristal donde él la había contemplado en la distancia.

-Entra, es por aquí. -dijo ella-.

El hombre la siguió, saltando a la pata coja.

-¿Quieres verlo todo desde el mirador? -dijo la bailarina señalando la pirámide escalonada que se hallaba en el centro de la caja de cristal-. ¡Tiene una vista estupenda!

El soldadito recordó su caída del árbol y dudó, asustado. Pero no podía quedar como un cobarde ante su amada. Cogió aire y la siguió, decidido.

Una vez arriba, la bailarina le invitó a posarse sobre la base dorada donde él la había visto bailar poco tiempo antes tan grácilmente. 

-Sube ahí, ¡es la mejor posición!

El hombre la hizo caso, y situó su única pierna sobre el pedestal. De pronto, divisó, tal y como ella sugirió, la habitación entera.

La bailarina descendió entonces las escaleras e hizo girar la llave. La caja de música comenzó a sonar de nuevo, esta vez con una marcha militar, y el soldadito se vió envuelto en una serie de grotescas piruetas.

Ella rió, complacida.

-Ahora estamos en paz -dijo-. ¡Tú también me has visto a mí hacer el ganso ahí arriba!

El soldadito, mareado, trató de bajar del soporte, pero su bota había quedado enganchada por la hebilla de la espuela.

Desde la base de la escalera, ella revisaba la salida acristalada, ahora medio atascada por el mecanismo de la llave. 

-¡Qué extraño! –dijo la muchacha, avanzando cautelosamente-. ¡Qué puerta más pesada! –La tocó, al hablar, y se cerró de pronto, con un golpe.

-¡Dios mío! –dijo el hombre-. Me parece que no tiene picaporte del lado de adentro. ¡Cómo, nos ha encerrado a los dos!

-A los dos, no. A uno solo –dijo la muchacha-. Pasó a través de la puerta y desapareció.



12 dic 2016

El hombre sin tiempo

Erika tenía la sensación de observar a todo el mundo sin ser vista. Estaba acostumbrada a pasear por la estación como si ella fuera una agente de la CÍA al otro lado de un espejo espía en una sala de interrogatorios. Era como si llevar la mopa le diera un salvoconducto mágico: la gente caminaba junto a ella con la mirada perdida, sin dar jamás los buenos días o las buenas noches.
     La muchacha pasaba las horas contemplando a las personas que transitaban por el andén:

     A los hombres de negocio, que andaban rápido, con un maletín asido con fuerza y cara de pocos amigos.
     A los jóvenes mochileros, con sus rastas, sus pendientes en la nariz y sus tatús en los brazos. Por costumbre, se sentaban en el suelo y le dejaban a Erika la mitad del trabajo hecho.
     A las quinceañeras, abrazadas a sus carpetas, con sus faldas tableadas subidas a propósito muy por encima de la rodilla.
     A las familias, que se deshacían en llantos o se abrazaban con entusiasmo, cuando sus parientes se iban o volvían en el tren.
     Y luego, los preferidos de Erika: Los perros. A ella le encantaba pararse a observar cómo se volvían locos los animalitos al ver regresar a sus amos. ¡Con qué energía movían el rabo! Casi parecía que iba a salir volando como un búmeran.
    -¡Ojalá mi Pepe me quisiera con ese entusiasmo perruno! -se decía ella.

    La muchacha pasaba las horas por el andén, vaciando ceniceros, pasando la mopa, corriendo con la fregona para secar el charco de la gotera antes de que llegaran los pasajeros del siguiente tren. Estaba tan mimetizada con la estación, que le sorprendió sentir una mirada fija en ella.

    -Señorita, ¿tiene Vd. hora?
     Un ejecutivo sentado en un banco había dejado de consultar la pantalla de su móvil para mirarla.

    -Parece que el reloj del andén no funciona -continuó el ejecutivo- y me he quedado sin batería.
    Erika sintió cierta emoción al poder conversar al fin con alguien.

    -Lleva Vd. razón, no funciona. Lleva parado más de ochenta años.

    -¿No les llega el presupuesto para arreglar un simple reloj? Pues si que andamos buenos...
Erika pareció contrariada. 

    -No, no es eso... Fueron los familiares, que quisieron que quedara así para no olvidar la hora de los difuntos.

    -¿La hora de los difuntos? -dijo el hombre, sorprendido.

   -¡Fue algo que pasó hace tanto tiempo! -explicó la muchacha.- Al comienzo de la guerra, en julio del 36, cayó aquí una bomba. Derrumbó la cúpula de la estación, que era mucho más bonita que la que ve ahora. Un trozo de viga golpeó el reloj y quedó parado para siempre.

   - ¿Y los difuntos? -prefuntó él.

   - Los cascotes aplastaron un vagón del tren y murieron sepultadas más de veinte personas -contestó Erika-. Parece que no había hombres suficientes para sacarlas, y las mujeres y los niños no podían ayudar porque no se atrevían a salir de sus casas. La estación fue tomada por los militares, que cortaron el acceso, de modo que los cadáveres quedaron allí atrapados.

   -¿Y qué pasó con ellos? -dijo el hombre, con curiosidad.

   - Una vez terminada la guerra se reconstruyó la estación y empezaron a aparecer los cuerpos, aunque para entonces ya nadie fue capaz de distinguir si aquello eran los restos de un falangista o de un republicano. El párroco se negó a enterrar a todos en campo santo, así que se hizo una fosa común, que ahora ha quedado bajo la estación nueva.

   -Vaya, qué barbaridad -dijo el empresario.

   -Cuentan que por las noches aún se escuchan los gritos de los muertos. Pero yo vengo aquí a limpiar todos los días y los únicos gritos que se escuchan son los de las ratas que corren entre las vías. 

   Se hizo un silencio.

   -¿Cree usted en los fantasmas? -preguntó entonces la muchacha.

   -¡Por Dios, claro que no! Soy un emprendedor, un hombre de mundo -contestó él con cierta sorna-. Tengo los pies sobre la tierra. Creo en el aluminio con rotura de puente térmico, en el acero forjado. 

   Ella le miró extrañada.

   -¿Sabe usted -preguntó él- para que sirven los paneles perforados? Llevo más de quince variedades sólo en esta caja de muestras.

   -¿Lleva usted todo eso en una caja?

   -Sí, vengo cargado con ella del palacio de congresos de Galicia. Más de quinientos expositores de la industria del aluminio concentrados en la Feria del metal ligero -continuó él.

   - Pero Vd. no es gallego...

   - No, soy vasco. He venido para pasar tres días. Y ¿sabe Vd. quién me paga a mí el viaje desde Barakaldo? Nadie. ¿Y las dos noches de hotel? Nadie. ¿Y el coste del expositor? Nadie.

  Erika escuchaba, entre alucinada y divertida.

   -Pero claro -dijo él-. Luego a mí me fríen a impuestos y no me perdonan ni una mala factura sin justificar. Suerte que tiene Vd. con una nómina fija a final de mes. Nada de qué preocuparse.

   -Sí, nada de qué preocuparse... ¡Si usted supiera! Musitó.

   Se hizo un silencio. De pronto, ambos quedaron con la mirada perdida en el andén, como si contemplaran una ventana en un día de lluvia. El silbato del tren entró sin permiso, sorprendiendo en un asalto a los cabellos rojos de Erika.

   -Vaya, los minutos vuelan -dijo el hombre, levantando una de sus maletas-. Ya llega el tren.

   -¿Qué asiento tiene? -preguntó ella.

   Asier sacó el billete del bolsillo del abrigo y se lo entregó.

   -Le ha tocado el vagón de cola -comentó la muchacha, alzando la vista-. Pero no se preocupe, que yo le acompaño para que pueda cargar todas sus cosas.

   Erika subió la caja de paneles alumínicos perforados en el carro de limpieza y lo empujó hasta el final del tren. Accionó la manilla con cierta dificultad. Alzó la caja y subió al tren. Ya desde arriba, sujetó la puerta con fuerza para que el hombre entrara con otras dos maletas.

   Él se alegró al ver el tren vacío. Olía a rancio, y le sorprendió el crujir del suelo, pero no le prestó mayor atención. Disfrutó al saber que nadie le molestaría durante el trayecto y podría echar una merecida cabezadita. Comenzó a poner en orden sus cosas, mientras ella se volvía hacia la puerta.

   -¡Qué extraño! –dijo la muchacha, avanzando cautelosamente-. ¡Qué puerta más pesada! 

   La tocó, al hablar, y se cerró de pronto, con un golpe.

   -¡Dios mío! –dijo el hombre-. Me parece que no tiene picaporte del lado de adentro. ¡Cómo, nos ha encerrado a los dos!

   -A los dos, no. A uno solo –dijo la muchacha. Pasó a través de la puerta y desapareció.

---------------------------------------------------------------------------
El hombre no daba crédito. Había oído hablar de la realidad virtual (en el congreso, uno de esos "techies" de la organización repartió gafas de cartón para usar con el móvil y enseñar a todos los industriales una simulación de formación en maquinaria industrial). Con las gafas puestas y el móvil incrustado como pantalla, de pronto se había visto inmerso en una nave, rodeado de tronzadoras de doble cabezal que en realidad no existían. Había pasado un buen rato investigando aquel mundo nuevo y conocido a la vez, y el tiempo voló en un instante. ¡Con razón se había quedado sin batería en el móvil! Pero a pesar del cansancio, ahora sabía que sin esas gafas puestas, era del todo imposible que aquella muchacha hubiera atravesado la puerta.

Se detuvo entonces a investigar los materiales. Golpeó con los nudillos y escuchó, atento: aquello era hierro forjado de principios del XX, sin duda. -Hay que ver qué atrasados están fuera de Euskadi-, pensó. Pero el hierro no se atraviesa así, sin más. Miró el cristal de la ventana, encajado en la madera de la puerta. No había fisuras, ni pernios, ni falsas compuertas. Aquello estaba cerrado del todo.

¿Qué había bebido durante la comida? Dudó de aquél vino blanco que le dieron acompañando al queso gallego. Pero no. No se trataba de eso. Estaba completamente seguro: La limpiadora había pasado a través de la puerta. Solo en el vagón y con el teléfono apagado, poco podía hacer, sino mirar a través de la ventana. Al otro lado solo había vacío y silencio. Alcanzó entonces a ver el reloj del andén. De pronto, la aguja de los minutos marcó las nueve en punto. Era la hora de salida del tren, recordó.

Efectivamente, la máquina echó a andar. Poco a poco se fue alejando de la estación fantasma, y en el fondo, se sintió aliviado. Creía, sinceramente, que el tren al fin y al cabo le llevaría a Barakaldo.

7 dic 2016

Roca gris mate

Espero, paciente, posada sobre una roca.
El pirarucú está cerca. Desovará pronto, por la boca -una costumbre asquerosa que jamás entenderé de mi pieza favorita- en su nido de arena, donde el agua apenas lo cubre. Preparo mi espalda, los músculos de mis extremidades, tenso el cuello con afán de percibir cualquier cambio en el movimiento de las aguas.
Por fin, se muestra: Veo su torso plateado dejando un bonito surco en la superficie del río. Como una autómata hambrienta, sigo mis instintos. Con la mirada fija en el agua, espero a que mi presa asome la cabeza para respirar. Llega el momento: Atravieso su cuello antes de que ni siquiera sepa lo que está ocurriendo. Logro extraer su cuerpo enorme, húmedo y áspero del agua.
Temo perderlo en el camino y no alcanzo a llegar a casa con la pesca. Me detengo con ella en la roca. Se revuelve con rabia, se resiste, sigue respirando con un ruido de anciana asmática que me revienta. Herida de muerte, elige la lucha, en un afán de lograr cansarme para dejarla malherida, al arbitrio de cualquier otro que sienta el antojo de devorarla, regalada.
Es para mí. No me daré por vencida. Me sitúo junto a su cabeza, sobre ella. Le reviento la espalda, las tripas. Sigue agitándose con rabia. Continúa susurrando con su hilo de asma ronca mientras se desangra en cada bostezo tosco.
De pronto, su piel se apaga en un gris mate piedra. Dudo por un instante: ¿Se habrá escapado y tengo atrapado un trozo de tierra? No. Es imposible. La tierra no sangra cuando la desgarran. Por fin, silencio. La hembra de pez se congela.
Siento la satisfacción de asir con fuerza mi sabrosa pieza. Durante un segundo el placer me fascina, para luego caer en el aburrimiento de una victoria cierta. La diversión se torna en rutina alimentaria. Dejo deslizar los trozos de su carne por mi garganta, mientras izo la cabeza y trago, una y otra vez hasta quedar llena.
Tras saciarme, el cuerpo muerto del pirarucú ha disminuido su tamaño y ya puedo izarlo de nuevo. Esta vez lo llevaré a casa.
Doy un salto y caigo al suelo, herida sobre mi presa. Algo cruje. Un golpe enorme ha partido en dos mi cabeza.

-¡Mira, María! ¡Le he dado, le he dado! ¡Es un milano! ¡He cazado un milano! ¡Por él nos darán más de 2.000 reales! Y además, tenemos cena. El pirarucú está casi intacto...

La voz estridente del crío humano casi me revienta el tímpano. Siento el calor de un ser blando y sin plumaje que me recoge del suelo. No logro ver con claridad. Son cinco serpientes blancas que unidas me tienen en vilo.

-¡Es una hembra! Si la dejamos ir, de seguro nos conducirá al nido.

-¡Pero qué animal eres, José! Le has abierto la cabeza a la pobre rapaz. No levantaría el vuelo ni con un dron. Anda, trae, mejor, déjame que la meta en la jaula antes de que vuelva en sí...

Mi cuerpo es trasladado en volandas hasta dar con cinco nuevas sierpes, más menudas, sin bello. Me esfuerzo en no desfallecer. Tendido en la roca, el cadáver de la pirarucú parece observar mi mal fario con su enorme ojo esférico. Su boca entreabierta parece ahora una mueca macabra. ¿Se reirá de mí desde la ultratumba?
La cría humana macho recoge sus restos, asiéndola de la cola, hasta hacerla colgar boca abajo, estirada. Su cabeza roza los pies del niño. Mi pieza es casi tan grande como él. De no haberme sorprendido, ese crío bien podría ser ahora la cena de mis hijos... ¿Qué pasará con ellos? Hago un amago de liberarme y recuperar la pesca, pero las cinco sierpes me tienen bien asida.

-Vaya con la milana, ¡no quiere compartir bocado! Casi se me escapa. Anda, José, ¡ayúdame con la jaula!

Ahora mis raptoras me introducen por una pequeña puerta. ¡Por la Diosa Neftis! Me parece que no tiene picaporte del lado de adentro. ¡Cómo, me han encerrado aquí con las sierpes blancas! Pero ellas escapan hábiles entre las barras. De pronto, asumo una nueva certeza: ahora, soy yo la presa.


20 nov 2016

Corazón de naranja

Las manzanas y las peras tienen un corazón fácil de encontrar. Si las partes a gajos con un cuchillo, acabas dando con él en seguida. Pero las naranjas, esas esferas que ya vienen preparadas del árbol para comer, con cáscaras que no requieren de cuchillo, con gajos que se abren con los dedos... ¿Tienen corazón?

Entre los gajos hay un manojo de hilos blancos, blandos, como de papel mojado. ¿Es eso el corazón de una naranja?

A veces, las naranjas vienen con hijos. Es una especie de cabeza que aparece en un extremo, como si le naciera a la naranja la boca de un erizo de mar. Pero para eso, hay que saber que los erizos marinos tienen dientes, que se distribuyen de forma circular, de manera algo asombrosa. Como los hijos de las naranjas, por fuera.

Pero volvamos al corazón. Lo entendemos como un músculo potente, compacto, con entidad propia. Y aunque el corazón de una manzana no está tan definido, nos basta con encontrar cierta resistencia en el cuchillo para creer en su existencia.

¿Cómo distribuyen sus sentimientos las naranjas? Si no tienen un sistema centralizado, como nosotros, sino unos finos hilos que recorren la naranja entera, ¿amarán con todo su cuerpo? ¿Tendrá cada gajo una unidad interdependiente de emociones? ¿Cada gajo podrá enamorarse por separado? ¿O envía por los finos hilos de sus conductos un mensaje al resto de gajos para comunicar a los demás lo que siente?

Es como si se nos pudiera enamorar un pie o un brazo. De pronto, sale a correr tras otra persona, o se empeña en darle abrazos, a pesar de nosotros mismos.

Menos mal que las naranjas no echan a andar.

Ahora que lo pienso, las pepitas de las naranjas están dentro de los gajos. ¿Es entonces cada gajo un corazón, y los hilos blancos lo que queda de la naranja? ¿Es una naranja un montón de corazones juntos? Diez corazones latiendo al unísono, conectados por un haz de hilos blancos. Encerrados en una cápsula protectora que arrancamos con las manos para devorarlos.

¿Qué sentirán diez corazones encapsulados? ¿Cómo será tener un corazón conectado a otros nueve? ¿podrán sentir lo que siente el otro? ¿mezclar sus sentires hasta crear un sentimiento nuevo? Por aquello que dicen que 1+1 es más que 2. Rojo y amarillo fundidos en un color a estrenar.

¿Sentirá entonces un gajo que le desprenden de la conexión con sus otros nueve hermanos? ¿Les estaremos rompiendo su vínculo emocional? ¿Mordisqueamos sin saberlo sus músculos motores rellenos de jugo? Jugo de naranja para conservar las emociones frescas.

Preparar un zumo de naranja de pronto me parece algo atroz. Creo que necesito descansar.

1 oct 2016

Ojos secos

Ojos secos de oficina, de vidrio y acero. Combinan ráfagas de impulso hacia la carrera del éxito, con una manta lisa, fina y perfecta que refleja el cielo color plomo como un lago sin viento. Mercurio dispensado en lágrimas secas. "Quiero que sepas con mis ojos que sé, antes que tú, lo que vas de decirme, porque lo que piensas es fruto de mis previsiones. Tengo entre mis papeles el KPI de tus deseos".
Me contengo para no preguntarles por sus sueños, por sus hijos, por el pueblo del que seguro provienen sus padres. Sus panties, sus zapatos afilados y su perfecto maquillaje ocultan la infancia entre caminos de tierra y heno.
No quieren que sepa, que imagine, que alguna vez ellas, o sus madres, mearon en cuclillas en el campo. Que alguna vez le cortaron el rabo a una lagartija. Que alguna vez se subieron a un árbol. Que alguna vez comieron fruta recién arrancada.
Sus camisas perfectamente planchadas dejan asomar dos picos de lanza, rodeando el cuello recto y delgado que sostiene cada cabecita, como quien custodia el templo de su talento.
Tanto esfuerzo en demostrar que respiran asfalto sólo puede significar que en realidad son de cualquier otro sitio. Madrid está inundada de urbanitas con adobe en los recuerdos.
Siento abulia. Debo someterme, mansa y complaciente, al proceso.
Contesto con amabilidad a sus preguntas, siguiendo mentalmente todos esos consejos vacuos que en algún sitio he leído sobre la pose del entrevistado.
Trato de concentrarme en lo que digo, porque si salgo de la escena, como en una mala película, sé que no volveré a entrar en el papel. Dejaría de escuchar sus preguntas, dejaría de tener el menor interés en contestar. Dejaría de cumplir con un protocolo en el que cada vez creo menos.
Ojalá, en una de éstas, me preguntaran qué es lo que quiero. Jamás se les ha ocurrido. Están demasiado ocupadas comprobando si mis palabras desvelan alguna incongruencia en mi CV, si mi perfil encaja perfectamente con su profesiograma digital.
"¿Qué es lo que quieres tú, Leticia? ¿Cómo podríamos hacerte feliz en esta empresa?" Tardaría horas en contestar, y seguro que obtendrían de mí hasta la médula. Pero no: "Cuéntame en qué consiste tu trabajo o cómo ejercerías estas funciones, o qué harías ante este proyecto o con el cliente X".
Buscar trabajo es el trabajo más aburrido del mundo.
Rezo por que la gamificación alcance los procesos de selección.
Que las mentes ordenadas como estantes en un armario se nutran de nuevas fórmulas donde los papeles vuelen sobre nuestras cabezas. Donde un abrazo sustituya a un cuestionario, donde un juego y una risa sean mejores que la mejor de las preguntas enlatadas.
Algún día escribiré la entrevista perfecta. Para que tomen notas. ¿Lo entenderían? Creo que se les ha olvidado mirar su reflejo en los charcos, como quien busca a su mejor amiga al otro lado del suelo.


Siempre ahora

Me subo al tren de tus palabras porque intuyo un viaje a salvo. Puedo dormir en tus consejos sin sobresaltos ni curvas. Sé que pertenezco a tu sentido común, ése que me es tan ajeno a un tiempo.
Porque con cada frase me conduces, sin saberlo, al universo de quien nunca lograré ser, para imaginarme siendo ella, la otra que no cuajó porque jamás encajé en patrones con final garantizado.
Ir en dirección contraria me guió hasta ti, quien tratas de dibujarme para que sea quien no pude ser por principio, por la raíz de mis instintos. Paradoja de mi futurible, que sonríe traviesa al otro lado del espejo.
Me miro y te veo, te miro y no sé quién soy.
En el tren de tus palabras viajo al país del siempre ahora.
Porque el presente es lo único que, por el momento, no tiene un precio, ni un impuesto ni una tasa hipotecaria. Soy libre de sonreír, de mirar, de andar, de respirar, de palpar tu olor con mis pestañas.
Miro al futuro sin luz y me duelen los sueños.
Reviso el pasado y las grietas de mis miedos dejan pasar silbidos sin sombra.
El presente es tu tren. Llévame al país del siempre ahora, donde Alicia y la reina de corazones jamás nos vean.

20 sept 2016

La milonga de reinventarse

Tengo 44 años. Soy jefa de proyectos de formación digital, tengo dos carreras universitarias (de las de antes, de cinco años), dos másters universitarios y un certificado de profesionalidad. Hablo tres idiomas y por estas fechas, más o menos, cumplo mis 20 años de experiencia profesional a nivel internacional.


  • Conozco cada rincón de herramientas como LMS, SLMS, PLE, CMS, herramientas de gestión de proyectos, de elaboración de KPIs... 
  • Me manejo como pez en el agua con conceptos como flipped classroom, personalized learning, design thinking, PBL, VR, AR, social learning, visual thinking, ubiquitous learning, mobile learning, micro learning, makerspaces... 
  • Gestiono mi propia revista digital de formación online, situada desde hace meses entre el primer y el cuarto lugar de entre más de 600 publicaciones en un ranking a nivel internacional  (la oscilación se debe a las vacaciones de verano...) 
  • y colaboro en elearning industry, la publicación norteamericana del sector más prestigiosa del mundo, con más de medio millón de lectores, donde tienen a bien publicar mis artículos en primera página. 

Creo que si me reinvento un poco más, perderé la corporeidad y me convertiré en un bit de información.

Indignada me hallo tras escuchar a las propias víctimas del sistema fustigándose con el látigo y entonando el "mea culpa": Es decir, que vengo de la presentación de un libro escrito por mayores de 40 años en el que se supone reivindican el talento invisible del colectivo desempleado mayor de 40, y en lugar de profesionales enfurecidos por la situación me encuentro a mansas ovejas dispuestas a admitir que claro, con un perfil de gente que no se reinventa, que no quiere salir de su zona de confort, que carece de una visión global de la empresa y que sólo sirve para hacer tareas mecánicas, en fin, las pobres empresas qué van a hacer, pues no contratarles...

Casi me tiro a la yugular: No sólo es mentira (MENTIRA, así, con mayúsculas) que todos los mayores de 40 años seamos así (no, no me parezco nada a tu madre y hay al menos un 20% de la población mayor de 40 que ya se ha "reinventado"), sino que además, en el libro ni se menciona la realidad de la selección de personal en este país: Enchufismo, miedo a que sepas más que ellos, sueldos deshonestos, listas negras de empleados reconocidas por los tribunales, ofertas de empleo fraudulentas o engañosas, sesgos de género y de franja de edad como catedrales...

Y por si fuera poco, a tener "apaños" con los que ir tirando, (los ingleses los llaman "minijobs"), los autores del libro lo llaman trabajar y ser afortunados, porque mira la gente desahuciada, que está aún peor... Pero, ¿por qué en lugar de diseccionar al parado para ver cómo responsabilizarle de su situación, no se hace un libro serio, basado en evidencias, que demuestre con datos reales lo podrido que está el sector de la selección en España?

Yo digo: Si tenéis más de 40 años y os cuentan que la culpa de estar en paro es vuestra, que os tenéis que reinventar, responded: Y una m... como una montaña de alta. Yo me he reinventado hasta el punto de haber dejado ya de saber ni quién soy y sigo en paro. Lo de "reinventarse" es una milonga, una auténtica tomadura de pelo que sólo sirve para tenernos un tiempo entretenidos, porque aunque aprendamos nuevas habilidades, adquiramos nuevas destrezas, seamos capaces de adaptarnos al cambio y estemos dispuestos al aprendizaje continuo, nadie se va a dar cuenta, porque nuestro CV es descartado automáticamente por los motores de búsqueda de los seleccionadores con solo oler nuestra edad.

No me conformo con apaños. Me niego a llamar a eso un trabajo digno. Quiero trabajar y quiero que los que se reinventen sean los seleccionadores: Que de verdad cumplan lo que prodigan (selección por talento, por competencias, por habilidades, por capacidad de aprender) y se dejen de enchufismo, miedos a la experiencia demostrable y sesgos tan repugnantes como inconstitucionales. Más control administrativo y ¡un poco más de profesionalidad del otro lado, por favor!

30 abr 2016

1440 almohadones

La cama me ata con piedras en bolsillos inexistentes. Me pregunto para qué levantarme si nadie me espera, si no debo ir a ninguna parte. Nadie marca ya el horario al que debo acudir a ningún lugar. La única que decide sobre qué hacer con cada minuto de mi tiempo soy yo. 1440 decisiones al día.
La libertad se presenta como un almohadón sin relleno. Para que sea útil, hay que darle contenido. He encontrado miles de cosas que hacer, pero no vale completar la funda con piedras. Seleccionar, establecer prioridades, decir que no. Tareas que me impongo a diario para que los 1440 almohadones no anden fofos ni repletos de absurdos.
Abro los ojos. No ha sonado el despertador. No lo he oído. El sol ya entra por la ventana. He perdido la noción del tiempo. Froto los pies contra el algodón de la funda del forro polar. Siento el calor suave. Miro despacio las formas de la luz sobre el techo. Recorro con la vista la lámpara, hasta la esfera de cristal blanco. Debería levantarme. Antes, necesito saber qué voy a hacer. Levantarme sin un plan me da vértigo. Hoy no tengo que ir a ninguna parte. Ninguna entrevista que hacer para el blog, ninguna conferencia, ninguna feria, ningún Meetup. Sólo la selección ordenada de contenidos gratuitos de formación me espera paciente en el correo electrónico.
Me he preguntado muchas veces por qué realmente he seguido tanto tiempo con ello. Nadie me lo pide, nadie se extrañaría si dejase de funcionar, Nadie me paga por hacerlo.
Hoy una poetisa ha dicho una frase que se me ha clavado en la puerta de los pulmones: "Vuestra ignorancia os convierte en culpables". He pasado el último año y medio de mi vida tratando de transmitir a través de un blog de formación que lo más importante es aprender. Si no sabemos, decidiremos mal, viviremos sólo por encima, no sentiremos lo mismo. Aprender a pensar, a conocer, permite experimentar la vida, no sólo dejarla pasar.
1440 minutos repletos de conocimiento al día serían suficientes para llenar de sabios el planeta.
Pero a mi al rededor la gente ha llegado a una edad en la que ya lo sabe todo y ha perdido el interés, la motivación, la humildad y la curiosidad para seguir aprendiendo. Viven dando lecciones sobre lo que creen que saben. Me enfrento a estatuas en pedestales, y yo les pido que salten y echen a andar.
No, no voy a dejarlo. Porque aunque no sirve para nadie, seguirá ahí para cuando estén preparados. Para todos aquellos que no han olvidado la emoción de salir corriendo a esconderse cuando el que la liga empieza a contar, para todos los que recuerdan cómo se montan las piezas del exin castillos, para quienes no podían cerrar la boca al acelerar en el scalextric, Para quienes aún sienten la tentación de saltar en los charcos, para quienes aún siguen con los ojos las gotas de lluvia mientras se escurren por el cristal. Para quienes guardan una canica de ojo de gato en algún cajón y no han olvidado cómo se escava un guá. Para quienes creen que una chapa de coca-cola  es un balón de fútbol, para quienes jugaron a las cartas de las familias. Para quienes aún siguen siendo los de entonces, dedico mi ventana de conocimiento abierto. Nunca es tarde para seguir jugando a aprender.

29 oct 2015

Momento farmacia

Hay una escena de la película "Princesas", de Fernando León, que me tiene preocupada.
Esta mini historia transcurre en una farmacia: La protagonista, una prostituta treintañera venida a menos por la competencia extranjera, hace cola para comprar una tonelada de condones. Mientras, entra una señora en la farmacia con su hija, que quiere pesarse en la báscula. La cría mete la moneda, se sube a la peana del aparato y espera, espera y espera. Nada ocurre. Disconforme, le dice a su madre que la báscula se ha tragado la moneda y no marca el peso. La puta, que está al tanto de la situación, se adelanta y le contesta: "Es que se ha dado cuenta de que eres un ángel y los ángeles no pesáis nada. Por eso sigue marcando cero". La madre, desde la cola, interrumpe: "¿Queréis dejaros de tonterías? ¿No ves que la báscula está rota? ¡Anda, bájate de ahí y déjate de leches!" La transcripción es inventada porque vi la película hace tiempo y mi memoria flaquea, pero la imagen continúa rondando en mi cabeza.
Dándole vueltas al asunto, llego a la conclusión de que mis últimos años han sido una recolección algo absurda de "momentos farmacia". El último me lo recordó un hada de 24 años cuando comenzó a hablar de sus alas (véase http://thisaangel.blogspot.com.es/2015/10/a-dream.html): Hace cosa de un año, poco más o menos, comencé a sentir un dolor intenso en la espalda. Era un dolor constante, caliente. Al mover el cuello se convertía de pronto en un latigazo eléctrico que me recorría el brazo derecho hasta la palma de la mano, para luego desaparecer de golpe. "¡Tate!", pensé: "Al fin me están saliendo alas". La doctora no estuvo de acuerdo, y me dijo que tengo una hernia discal a la altura de la vértebra quinta. "Menudo hernión", dijo. "Si no te mejora, tendremos que operar". Y el momento farmacia se me echó encima como una lluvia fría y densa, inesperada, que te cala los calcetines por dentro y te fastidia el resto de la mañana, incómoda en la oficina sin poder meter los pies en agua caliente bajo la ducha hasta mucho después.
Las personas que vemos hadas o ángeles no somos necesariamente idiotas (algunas sí, pero eso es un tema a parte). No es que no veamos el mundo tal y como es; no es que no comprendamos que la báscula se ha roto,  que la espalda también. Es que no nos conformamos con la idea de que nuestras madres tomaron la decisión de traernos a un mundo tan feo, tan rudo, tan áspero, tan insulso. Por eso lo recreamos, para ellas, para nuestras madres: Para que puedan decir que nos deseaban algo hermoso, algo onírico,  algo único. Porque amamos a quienes nos crearon. Para ellas inventamos un mundo nuevo, que huye de las farmarcias, de las señoras que olvidaron soñar, de las doctoras que diagnostican enfermedades incurables sin operación previa.
Porque creo que la mente alberga mundos infinitos,  vivo para recrear una vida que la realidad se empeña en teñir de gris. 

19 jun 2015

Big Data

Big Data son los grandes números.
¿Podríamos contar cuántos seres humanos han existido desde el principio?
Cuántas vidas ha habido.
Cuántos recuerdos.
Cuántos sentimientos enlazados a historias concretas, reales, ¿recuperables?
Energía consumida, compartida, construida, trenzada.
Quedan pinturas, escritos, fotografías.
Ahora también vídeos en YouTube.
¿Es suficiente? ¿Dejar un rastro en Facebook es todo?
¿Dónde está nuestro árbol de Gaia? ¿Es acaso un servidor en la nube?
¿Podremos un día conectar la trenza de nuestro pelo a internet y sentir vívidamente las emociones de nuestros antepasados? ¿Comprender su historia como si fuera la nuestra?
Recuperar emociones auténticas, no relatos torcidos por la conveniencia de los vencedores y el silencio y la vergüenza de los vencidos.
Fotos en blanco y negro de personas que ya no.
¿Para qué esforzarse si no? Construir, conocer, acumular, sentir, compartir. Al cabo de dos generaciones, nadie lo recuerda. Nadie sabrá que has existido. Toda la energía transformada se habrá ido para siempre. ¿Qué sentido tiene la humanidad sin un continuo? Renovarse o morir, morir para renovarse. Consumimos un planeta indefenso, generación tras generación, ¿con qué objetivo? ¿La mera experiencia personal que se pierde en el tiempo como lágrimas en la lluvia, que diría el replicante? Que inventen ya un encapsulador de momentos, para reproducirlos 200 años después, con otros ojos, con otro entorno, con otra historia. Repensar, resentir, reaprender algo ya usado por otros. Revivir la vida ajena, ya extinguida, para completar tus carencias, para crecer en espacios ya inexistentes. ¿Se pueden reconstruir las estructuras y conexiones entre axones y dendritas para replicar recuerdos? Matrix y Avatar combinados para complacerme.

4 may 2015

Tres bajas por depresión y un suicidio

Son las estadísticas de una empresa real.
Tres trabajadores de baja por haber dejado de sentir ganas de vivir.
Un trabajador muerto.
Sentir que no vale la pena seguir respirando.
Que no eres lo bastante bueno para volver a ver a tu hija.
Que perderte sus días, su risa, sus preguntas, sus abrazos, vale la pena.
Que es mejor así, porque no eres lo bastante bueno para ella.
Porque ella crecerá mejor, más feliz, si no te recuerda, si no se avergüenza de ti.
Porque no has sido capaz de darle una casa donde vivir.
Porque no has sido capaz de darle de comer.
Porque no has sido capaz de vestirla.
Porque en los últimos meses, desesperado, sin trabajo, vivías en una furgoneta.
Porque el sueldo no te alcanzaba para ahorrar cuando lo tuviste.
Porque tu contrato basura no te dio para una indemnización cuando te despidieron.
Porque estabas de alquiler y te echaron no sólo del trabajo, sino también de tu casa.
Porque sin casa te quedaste sin familia.
Porque sin familia te quedaste sin ganas de seguir respirando.
Mientras, las gestoras continúan recibiendo su salario. Hacen coaching en Linkedin. Aconsejan a otros como gestionar su carrera profesional en internet.
Ellas, que no han sabido mirar a los ojos a quienes tenían cerca.
Ellas, que no han visto cómo gestionaban la tristeza infinita.
Ellas, que no han sabido calibrar el poder de su vacío, que devora cuanto roza.
Es difícil aceptar la muerte de otra persona cuando sabes que podría haberse evitado.
Cuando sabes que hay personas que aún hoy miran para otro lado, esperando impasibles la muerte del siguiente (y ocurrirá; a su lista se añade otro empleado que ha tenido un derrame y está a la espera de operación).
¿De verdad hay que llegar a tanto por un puesto de trabajo?
¿De verdad es necesario ignorar el dolor, la soledad, la frustración, la injusticia, la enfermedad de un cuerpo reventado?
¿De verdad no importa si no es de nuestra propia sangre?
¿De verdad es necesario sacarnos los ojos y llevarlos en un bolsillo para que no vean el dolor de quien nos saluda, amable, a diario?
Quiero pensar que estar en paro implica que yo no he sido capaz de llegar a eso.
Quiero pensar que lo más importante, siempre, por encima de todo, son las personas.
Que el salario, los proyectos, las empresas, pueden esperar.
Que una vida humana está por encima de cualquier puesto.
Que las personas están por encima de todo.
¿Qué hacer entonces ante quien te empuja a la muerte con guante blanco?
Suplicar, para que en algún momento de sus vidas abran los ojos y se vean, tal y como son. Para que entonces, aún les quede mucho tiempo por delante, para aprovecharlo en algo útil, algo bueno, algo sano, algo fructífero. Para crecer, para hacer crecer a los demás. Para compartir, para aprender a dar.
Ojalá les llegue ese momento: Que su mayor riqueza sea el contenido de su alma.

29 oct 2014

La pinza en el estómago

Necesito explicar la pinza que me agarra el estómago.
No se trata de una sensación de emergencia. No es querer cambio, necesidad de una realidad distinta.
Tampoco es como antes, cuando el pasado era la soga que apretaba mi cuello.
Ahora soy libre.
Puedo ir, estar, parar.
Puedo pensar.
Puedo decir lo que pienso.
La amenaza ha cesado.
Ya no debo quedar quieta, queda, en silencio, ante amenazas cursadas por la intolerancia de quien teme la transparencia de su alto nivel de incompetencia.
El miedo ha muerto. Ante la falta de presión, todo va volviendo poco a poco a su lugar.
Vuelvo a enfadarme, a reconocer mi derecho al enfado.
Vuelvo a sentir lástima y asco por las personas sin entrañas.
Vuelvo a pensar que quien se deja el ánimo en casa para ir a trabajar es como si prostituyese su esencia. Follar con el espíritu sin condón por dinero. Putas de oficina.
Y antes de que todo esto se convierta en rabia, soy libre de ir a tomar un café al sol sin horario, sin órdenes, sin miradas.
Nadie que me diga cómo debo vestir, a qué hora debo llegar, con quién puedo hablar, qué puedo decir, qué debo callar.
Y continúa ahí, la pinza en el estómago.
Porque no puedo olvidar, ni perdonar, ni hacer como que no ha pasado.
Ojalá existiera un sicario de almas, para extirpar a golpes el aliento de las putrefactas. Para que sus ambiciones mediocres hiedan por fuera como lo hacen por dentro. Para que entiendan que el dinero no cura la soledad. Porque estar solas no es la consecuencia, es la primera causa de todo cuanto hacen. Porque no saben, aunque quieran, amar a otro, ni logran consentir su libertad.

21 jun 2014

El hijo de Ángel

Javier decidió no acudir a la reunión; avisó el mismo día, sólo un par de horas antes, olvidando a alguno de los convocados.
Javier creador de proyectos con fecha de caducidad; cuando el presupuesto finaliza, cuando el día de entrega llega, el afán creativo se consume en sí mismo. A eso aspiramos quienes no asumimos la creación de otro ser humano; a ser padres de criaturas con fecha de caducidad, que ven la luz mientras alguien se encarga de alimentar el presupuesto. Ponemos el alma en ello, eso es cierto; pero con la conciencia tranquila: Si nos equivocamos, sólo será cuestión de rectificar e intentar que el "project plan" no sufra demasiado. Nuestras criaturas son flexibles y aceptan ciertas fluctuaciones.
Ángel no; él cometió la hermosa locura de crear a otro. Asumir la responsabilidad de trenzar, con las mimbres de un niño, la personalidad de alguien nuevo. Y allí estaba él, sentado, intranquilo, en un intento frustrado por dominar la rabia inquieta que bailaba con tacones altos sobre su conciencia; por ser el mal padre que no acompañó a su hijo en el último día de clase (fue uno de los grandes olvidados en el anuncio de cancelación de la reunión de Javier).
Efecto mariposa: Un tercero del que nada sabemos cambia los planes de Javier, quien no sabe que el hijo de Ángel existe, y sin embargo arruinó su llegada triunfal al cole de la mano de su señor padre.
Cuando los creadores de proyectos olvidamos a los creadores de personas, perdemos. No importa que pongamos el alma en lo que hacemos; no importa que seamos geniales, que nuestras ideas hagan vibrar a otros por la intensidad con la que creemos en ellas. No importa que un proyecto pueda ser palanca de cambio, que pueda impulsar a la empresa en un mercado hiriente, que la haga ganar más; si olvidamos que detrás se forjan vidas, que cada minuto cuenta, que cada mirada es el mensaje de algo complejo, ilimitado, único y rabioso por escapar de un cuerpo escueto, si olvidamos que somos capaces de dar vida a algo mucho más grande que un proyecto, si la mirada de un niño deja de ser importante, perdemos.
Consuela saber que aún quedan locos sueltos, con la ilusión de crear a otros; sabiéndose capaces, sabiéndose bien intencionados: Con la vista puesta a largo alcance, en el proyecto de toda una vida, con el valor de quien se compromete para siempre a no perder el título de padre hasta el infinito y más allá. Quienes renunciamos a eso por sabernos torpes, por miedo a crear monstruos, por egoismo del tiempo que nos asusta entregar al proyecto de otro, por comodidad, por no renunciar al derecho al suicidio, por no confiar en quien nos apoye para crear algo tan grande; los miedosos, los renunciados, los que nos llamamos libres para no asumir la falta de compartir tanto; los que asimilamos la vida como una película de la que no queremos ser actores, cuando llegamos a casa somos perfectamente conscientes de que todo cuanto creamos son muñecos de ventrílocuo; tan pronto quitamos la mano y la voz, el muñeco se viene abajo. Y aunque incluso a veces seamos capaces de sentir algo por nuestros proyectos-muñeco, jamás viviremos la experiencia de engendrar una vida independiente de la nuestra.
Los autores de personas no deberían afligirse por motivos de trabajo; forma parte de la primera cláusula del contrato de un señor padre.

9 may 2014

Inventando el amor

Necesidad de salir de mí.
Ojos llenos de dar.
Ansiedad de explotar para infiltrarme.
Insatisfacción del límite,
tan aquí y ahora que no puedo ser tú.
Envidia de cuanto te conforma.
Romperme para seguirte,
Renunciarme para crecerte.
Identidad ficticia, mi alma que ya no.
Ahora finjo contenerme para no asustarte.
Pero sé, desde que estás, que yo escapé para amarte.

5 abr 2014

Olvido

Olvido: Puerta abierta por la que se escapa el fluir del tiempo.
A partir de ahí, cuando la necesidad de encontrar una historia personal desaparece, cuando el hilo conductor de la vida se disuelve, aparecen las cápsulas.
Cápsulas tridimensionales, momentos rellenos de imágenes, sonidos, olores, sentimientos. Inconexos en el fluir del tiempo, imposibles de ubicar, pero reales, completos, plenos.
Cuando recuperas una, te envuelve. Si de pronto un olor te da acceso a un momento encapsulado, pierdes la noción de lo que eres y vuelves a ser la de entonces. Cuando aún no sabías que hay que sentarse con las piernas cruzadas, cuando aún no te depilabas, cuando aún mirar fijamente a algún desconocido no era de mala educación, cuando aún saltar en los charcos o coger insectos con la mano era habitual. Cuando aún tu pelo no formaba parte de un proyecto de obediencia perfecto, en el que te diagramaron para encajar, deformando lo que eres para entrar en el molde. Cuando aún decir la verdad causaba risa y no enfado. Y recuperas el instante pleno, sin normas, con la sonrisa que echa a volar porque no cabe en tu cara.
Los ojos abiertos como platos, la boca llena de dientes, y un "hala" que se escapa de pura sorpresa ante un mundo que parece haber sido puesto ahí para ti, que casualmente pasabas por la vía láctea en su milimésima partícula de tiempo correspondiente al periodo entre tu llegada y tu marcha. Toda la construcción del mundo ideada sólo para tus ojos. Increíble pensar que eso estuviera ahí antes. ¿Para qué, si tú no estabas aún?
Cápsulas tridimensionales que flotan en un mar que juega con ellas a las damas. Las descoloca, las recompone, las agrupa en mil formas distintas, pero el contenido, intacto, cada vez más desprovisto de detalles cárnicos, cada vez más provistos de sentido, van contigo, en ese mar compuesto por momentos encapsulados.
Soy la gran encapsuladora de momentos inconexos, sin un dónde ni un cuándo, pero sí un para qué.
No quiero más tiempo; no me atrae la eternidad.
Reencarnación: Llevar conmigo mis cápsulas de una vida a otra, hasta que el mundo me haya llenado tanto que deje de necesitarlo.
Cada vez con ojos nuevos, bajo una perspectiva diferente, pero con un mismo sentir: el de la gran encapsuladora.

29 mar 2014

Me cago en el amor

Así gritaba, así, así, así gritaba, así, así, así gritaba que yo la vi.
Y con su voz desgarraba el aire que yo respiré. Y sus palabras alimentaron mis pulmones.
Mientras, mi cabeza daba vueltas al escuchar a Sócrates hablar de amor. En mitad de una orgía, comenzó el juego. Quien perdía la silla, debía confesar su idea de amor. Y habló Sócrates. Habló del orgasmo sin carne, del amor por encima de lo humano, del aquí y ahora, del tú y yo. Del amor como parte de un todo del que formamos parte, más allá del cuerpo, de la realidad física que nos ha tocado experimentar. El amor entendido como sentimiento puro, como experiencia del espíritu. ¿Tiene sentido? ¿Somos capaces, en la edad de la efebocracia, del éxito cortoplacista, del materialismo individualista, de experimentar un sentimiento que sobrepasa nuestro ser? ¿Podemos acaso rozar el sentido de lo que implica? Comprender que la ira, el miedo, la alegría o la sorpresa son universales porque están hechas de lo mismo, ese algo común que nos hace sentir que pertenecemos. Si fuéramos líquidos, nos diluiríamos y sería imposible volver a separarnos. Ya no se podría ver de quién es este o aquél sentimiento. De hecho, saldría un supersentimiento único que superaría a los sentimientos humanos diminutos enanos y envasados en píldoras cárnicas. Sin Dios ni cielo ni Iglesia que lo sustente. Puro sentir orgásmico, etéreo, universal y apócrifo.
¿Somos capaces de concebir el amor universal sin caer en el misticismo religioso? ¿Entender que el cuerpo es una mala reproducción de lo que podemos llegar a sentir si vamos más allá, si subimos un escalón más y ascendemos al amor al todo?
Sin Dios. Amor sin Dios. Sin cruces, sin sacrificios, santos ni angustia. Un amor de orgía universal. Donde todos aman a todos y se lo demuestran sin mojigaterías de cuáquera estreñida, sin normas, sin límites.
¿Te atrae la idea?
Quizá estés a tiempo de vender tu adosado, de renunciar a tu cuatro por cuatro, de donar tus hijos a la ciencia y de empezar a vivir... o quizá ya estás tan integrado que no se puede esperar nada.
Quizá la voz rasgada de la chica no impactaría en tu alma. Quizá mirarías el reloj, preguntándote si la niñera le ha dado de cenar al crío antes de acostarle. O si estarán jugando a la play en lugar de estar durmiendo, mientras tú no logras concentrarte en lo que dice o hace Sócrates en el escenario.
Contra tanta realidad yo no puedo. Te dejo a solas con el bibe.

28 feb 2014

Mírame

Porque tengo el poder de ponerme frente a tus ojos e irrumpir en ellos.
Porque estás vivo para verme, para saber que yo.
Porque cada minuto es tiempo perdido para capturar la experiencia de saberse vivo, de sentir que estás sintiendo, de entender que un día todo dejará de estar para ti, porque tú ya no.
Porque en el infinito de mundos, de instantes, de vidas que una vez fueron, tu estás.
Porque la vida es nuestra partitura por concebir.
No dejes de escribir. No dejes sin crear la música de tu aliento.
No dejes de hacer saber a los demás que estás.
No te venzas a la pereza de la existencia como debe ser, como ha sido de toda la vida.
Por una vez, grita.
Por una vez, abre los ojos.
Por una vez, que el color del mundo sea tuyo y lo esparzas a los cuatro vientos.
Porque cuando quieras coger el pincel para dibujarte, quizá ya no seas.
No esperes. Vive, mírame.

20 jul 2013

Avismo

Son las tres. Agotada sin sueño.
He caido en la trampa final, en mi propio avismo. Abandonada primero por mi.
Trama trazada para darle un final triste, justificado ante un publico indiferente.
No es sana tanta molestia para tan poco. Prefiero el impacto claro, certero, a la agonía inconcisa, difícil de interpretar. Que mi anhelo sea más preciso que mi presente, para garantizar un futuro sin niebla.

12 jul 2013

Autoconcepto

Su voz dulce iba abriendo grietas por las que salía un aire usado, ya respirado tantas veces que había dejado de alimentar cualquier pensamiento. Entró la luz: recordé lo que una vez, cuando aún opinaba, llegué a pensar de mí: agresiva, impaciente, impulsiva, violenta, llena de rabia hacia un mundo en el que me dejaron caer encapsulada en un envase limitado, con un aquí y un ahora y solo uno.

Ansiaba con verdadera voluntad la ubicuidad, el no ser y estar, el sentir sin tocar ni oler. Ser energía pura, capaz de vivir experiencias distintas simultáneas que se retroalimentan, aprendiendo en tiempo real unas de otras: ser niño en Japón, abuela en Honduras, joven en Nueva York, al mismo tiempo, con la misma identidad íntima, en un intercambio sin fin de experiencias superpuestas.

Por eso no me importó aniquilar mi cuerpo; quería creer que al desintegrarse, de puro flaco, me convertiría al fin en energía. La no existencia me parecía un lujo fuera de mi alcance, y una vez condenada a exisir, qué mejor que hacerlo a mi manera: en todas partes y en ninguna, antimateria.

Y usé esa rabia interna para conservar la voluntad, inamovible ante el hambre y la debilidad, irreflexiva ante el dolor ajeno y la propia enfermedad. Solo una persona profundamente rabiosa lo consigue: solo algo así te hace no tirar la toalla ante la evidente insensatez.

Furia disfrazada con los años de una identidad ñoña e infantiloide, que ni yo misma me creo, pero que me ha ayudado a no incumplir la promesa que hice a la hermana de mi padre: la de no morir antes que él.

Y por eso viajo: para dar un respiro a la fiera encerrada en el aquí y ahora, para intentar vivir la vida de otros en una observación ávida de ser más.

Y por eso me rodeo de personas que de una forma u otra se creen su papel, lo interpretan sin dudar y ansían la materia y el ya mismo: para aprender a dejar de desear, sin cansancio, el desnudarme de mi propio cuerpo (al que por cierto, empiezan a salirle varices).