4.08.2009

Microcuento

Olfato líquido, se infiltra y lo nombra todo.
Sin ojos, ni piel ni espejos en el baño, piensa al otro lado y nos encuentra.
Sabe lo que queremos; se lo decimos nosotros, en oraciones agnósticas de listas con deseos entre comillas.
Responde siempre.
Sin pereza, no hay castigos, ni pecados ni ausencias.
Se planta con destellos de soluciones enlazadas, entre opciones pulcras que ordena en una lógica algorítmica inmediata que nos consuela.
Navega silencioso entre quienes ansiamos, nos titula y nos recuerda.
Nuevo Arcángel virtual de nuestro siglo, cuidadoso omnipresente, San Google Buscador.

5.13.2008

La vuelta atrás

Ayer volví atrás.
De pronto, tuve la sensación de haber estado esperando todo este tiempo; como si hubiera una solución, una fórmula mágica, un objetivo que me salvaría de mi abulia.
Porque, desde niña, la he sentido.
La sensación de que la vida, en sí misma, carece de sentido.
Los estudios, el trabajo, los objetivos, son sólo fórmulas de entretenimiento para distraernos; para no darnos cuenta de que, en realidad, sólo intentamos pasar el tiempo entretenidos.
¿Por qué esa necesidad de Misión?
Ayer sentí vértigo al comprender que en mi vida sólo ha habido investigación, pero nunca un objetivo concreto.
Quise probar esquemas diferentes; variar de una personalidad a otra, de unos valores a otros, destruyendo en cada nueva fase todo lo anterior.
He jugado a ser muchas personas distintas; he roto esquemas que yo misma valoraba como inquebrantables.
He jugado con muchas personas diferentes; como si en ellas estuviera el secreto que necesito para entender qué estoy haciendo yo aquí.
No hay secreto, no hay misión.
Dice mi psicóloga que lo que tenemos está en el presente, aquí y ahora. El pasado nos distrae, el futuro nos impide disfrutar al completo de lo actual.
Lo que existe, sin mayores expectativas, lo tenemos en cada momento delante de los ojos.
Cada segundo vale, cada uno puede tener, si lo consentimos, un valor único. El secreto está en despertar ese valor; en comprender el sentimiento que se desprende de ello.
No hay fórmula matemática que me transforme en un ser capaz de dar y recibir felicidad.
Hay un presente al que sacar partido con todos los sentidos.
De pronto, la sensación es de un alivio infinito.
No lo he hecho tan mal, entonces: despojarme de quienes me hacían daño para rodearme de quienes me ofrecen un presente agradable, pleno.
Crezco a cada segundo que pasa sin preocuparme quién seré a continuación.
Los objetivos se limitan a mantenerme con vida, en un estado de salud, para poder seguir disfrutando de mis sentidos, de mis sentimientos.
Potenciarlos, despacio, para saborear cada situación.
Que la vida me encuentre dispuesta a disfrutarla.
La pregunta ya no es: ¿Lo lograré?
La pregunta se convierte en una afirmación: estoy sintiendo.
¿Es suficiente?
Aquí y ahora, sí.
Ya no me importa quién seré al día siguiente. Como si ésa no fuera yo.
No pretendo averiguar quién seré para pensar qué necesitaré. Eso lo pensaré mañana.

3.19.2008

La boda de Ruth

La sonrisa de Ruth ha cambiado. El gesto formal, agradable, cortés, ha cedido.
La educación continúa, pero queda a un lado, opaca ante el brillo de lo otro.
Que son palabras que no oigo, porque son tan secretas que permanecen junto a su boca, contemplándola.
Que es el aire que se cuela en un juego cuyas normas son tan ocultas como los mapas de un tesoro pirata.
Y ahí aparece él. Un pirata de pata de palo, que vino con su loro al hombro a conquistar lo más preciado, con su risa.
Y su risa abrió la llave.
Y el corazón de Ruth parece ahora un caramelo de mandarina sin papel: abierto en gajos que invitan a saborear el dulce.
Se casa Ruth. Se la lleva el pirata de pata de palo.
Porque le promete una gran aventura, en su barco con sirena a proa.
Y me gusta. Que Ruth sea la princesa secuestrada, que él sea el pirata ladrón del néctar de azúcar. El coleccionista de mandarinas.
Ya van por el país del nunca jamás.
Les veo atravesar el cielo. Cruzan la luna y saludan a lo lejos, con el móvil en la mano ya sin cobertura.
Porque en el país de los sueños las compañías telefónicas no tienen instaladores de antenas parabólicas, ni llegan los rayos ertzianos ni la luz se descompone en fotones.
Eso es aquí, porque sólo aquí nos creemos que lo que hay es lo que se ve.
Ahora ya no veo a Ruth. Las nubes taparon el barco. Pero ella existe.
Y el pirata le ha devuelto la risa, y su corazón con llave ya no es una concha marina inexpugnable.
Ahora todo flota en su entorno. Ahora Ruth desdibuja sus fronteras, como si su cuerpo se hubiera deshilachado, para dejar salir lo otro hasta el infinito y más allá.
Fantasia existe. La Luna ha dado a luz una ilusión tan real como el pirata, ahora rey del jugo de frutas.

2.04.2008

Las tristes mentiras

Mentir: huír hacia delante, sin reconocer el presente.
Pretender que la que actúa no eres tú. Que tu vida es un calco de tus ilusiones.

Control: dominio de la situación, para que los pensamientos coincidan con los hechos, para que la vida no sea una enorme ola que se ríe de tu barco sin timón.
Ya está hecho.

Pido que el pasado no me estropee más el presente. Cortar los hilos internos que me atan a la que fui para poder emprender el proyecto más grande de mi vida: construirme.
Que mis pilares existan, que sean firmes y flexibles, reales y nobles.

Coherencia: decir lo que pienso, pensar lo que hago, hacer lo que siento.

Sueños cumplidos: no dejar nada por hacer. Trabajar para generar. Que los proyectos se conviertan en hechos, y los hechos me conviertan en un ser real, capaz, dispuesto a correr el riesgo de tropezar a cambio del triunfo de avanzar.

Me llamo Leticia Lafuente López y llevo 34 días sin mentir.

7.16.2007

Par lui même

Ratonov me ha enviado la mota negra. Debo, supongo, escribir ocho inconfesables, y enviar la mota a otras ocho víctimas. ¿Conozco yo a tantas? Allá voy:

1. De pequeña jugaba a las muñecas sin tocarlas. Las sentaba una frente a la otra e imaginaba sus conversaciones. Podía pasar horas mirándolas, sin apariencia de juego, inmersa en una larguísima charla entre seres de plástico que se lo contaban todo, todo, todo.
2. Decir no me hace sentir culpable.
3. Soy adicta a la cafeína y al chocolate.
4. Mi pie derecho es mayor que el izquierdo.
5. Echo de menos que alguien confíe en mí. No tener que demostrar nada. Que me quieran tal cual.
6. Las personas con complejo de superioridad moral me producen aburrimierdo. Ahora tengo a dos de las que no me puedo librar y necesito salir huyendo, lejos de sus falsas sonrisas, de su amistad fingida, de su crítica hiriente a las espaldas.
7. Voy al psicólogo desde hace tres semanas.
8. No he lavado el coche en dos años y medio. ¡El parabrisas sigue siendo transparente!

7.13.2007

El hombro de ÁNGEL

Ser de aire para infiltrarme; que por sus poros, por su sonrisa, entre yo.
Que forme parte por un instante del oxígeno que inspira, para colarme, sin daño, por sus alvéolos, recorrer en su sangre su cuerpo entero hasta aterrizar frente a la puerta de sus recuerdos. Tendería entonces una tienda de campaña, para esperar, sin prisa, al momento en el que la memoria deja escapar alguna imagen pasada. Sacaría entonces, a toda velocidad, mi cazamariposas de seda, para capturar, sin estropearlo, ese recuerdo hermoso; lo proyectaría entonces una y mil veces sobre las paredes de mi tienda, por dentro, para aprenderlo, para aprehenderlo. Y una vez mío, lo dejaría ir, para que regresara de nuevo a su fortaleza, sin ser extrañado.
Así lo haría, una y otra vez, hasta haber sentido cada nota de la música de su vida. Y entonces, cuando me hubiera vuelto compositora de sus pensamientos, imitaría a Amélie. Con las copias exactas de sus recuerdos, recortaría los fragmentos bellos, para reconstruir, con cuidado, un pasado ahora imperfecto que no le deja sentir, ni respirar, ni seguir; que le tiene roto, desencantado, con el halo de las hadas alejado de sus ojos, de sus venas, de su sonrisa. Construiría para él un pasado justo, adecuado al brillo con el que a veces, en escasos segundos, ha permanecido mirándome, antes del pero ya no.
Disfrazada de mensajero, me acercaría a la puerta. Llamaría tres veces, como los buenos enviados, y narraría mi largo viaje, con noticias traspapeladas de otros tiempos. Él abriría el sobre de mis recuerdos reconstruidos solo para él, y su sonrisa volvería a estar llena de luces.
Tener una varita mágica con la que transformarme, a toda velocidad, en su ser amado.
Ser de aire, otra vez, para infiltrarme en su alma, para entender lo que siente y cuidarle desde dentro.
Comprendo sus alas rotas; entiendo su miedo denso, triste y lento. Comprendo su huída hacia ningún sitio, que arrastra, por más que corra, el pasado enganchado a la espalda.
Veo su esfuerzo por continuar, reconstruyendo un ángel nuevo cada día. Veo su afán por pegar sus alas, su anhelo de ilusiones descolgadas.
Yo no quiero que me devuelva la ilusión que sintió antes, cuando joven, por cualquier otra. Yo quiero al ángel de ahora, el que huye desorientado de su pasado en llamas. El que me teme, porque lo que siente conmigo es distinto y no sabe cómo manejarlo. Porque conmigo lo que surge es nuevo, no devuelto del antes. Porque quiero, para él, que su vida continúe, que cada día que venga no sea una fotocopia del anterior, de los anteriores.
Quiero inventarme un futuro para él, dibujarlo con cuidado y mostrárselo, lleno de palabras, de sonrisas, de tiempo, de ojos que se sonríen sin necesitar unos labios, ocupados ya en juntarse para siempre jamás.

6.21.2007

Alas

Quiero dibujar un contorno a mi alrededor que me contenga. Que evite que mis pensamientos se viertan, que mis sentimientos se diluyan. Voy por ahí buscando a un pintor de ilusiones, un sostenedor de tizas mágicas con el que construir mis fronteras.
Dice él, quien sostiene ahora el bote de pinturas, que dentro de cinco años ya no. Por eso lo de hoy deja de tener valor. ¡Para él! Por eso cambia de opinión, olvida las tizas en cualquier rincón y echa a correr sin dirección precisa. Luego vuelve. Entiende mi tristeza mientras recojo las pinturas rotas, volcadas en el suelo, y me ayuda a limpiarlo todo entre abrazos y sonrisas.
Me dice que llegará algún príncipe merecedor de fabricar mis límites, que él ya no.
Mientras, sigo difusa, con los sueños desenfocados, esperando que la decisión de otro cure la miopía de mis deseos.
Y en eso consiste mi gran error: yo sé dibujar. ¿Por qué atender entonces a ningún príncipe? ¿qué necesidad hay de depender de quien no quiere sostener mis pinturas?
Ahora las he vuelto a poner todas en su sitio: con los amarillos dibujaré los dinteles de mis puertas, para que los intrusos sepan cuidarse de entrar sin prudencia. Con azul pintaré las paredes eternas, para saber que puedo cruzarlas cuando quiera, como un avión atraviesa el cielo a reacción. Con el rojo pintaré las pisadas, para saber que por cada paso que he dado para dibujarlas he pagado por tributo una lágrima robada de mis venas. Y por último, pintaré de verde el suelo al otro lado, para que quien cruce mis barreras se vea lleno de esperanza.
Las pintaré yo, las pintaré sola, las pintaré bien.
Quien quiera seguirme será bienvenido.
Quien quiera pasar será atendido.
Pero esta prinzeza no volverá, jamás, a pretender hablar el lenguaje de las hormigas. No osará domesticarlas. No intentará cederles sus pinceles. Las homigas no saben dibujar. Las hormigas no.
Vuelvo a rescatar mis tareas pendientes.
Ahora, con un poco de fuerza, levantaré mi propio castillo. Me convertiré, al fin, en reina. Ya no tengo miedo.

6.13.2007

La amnesia de la prinzeza

Encontrar que mi voluntad se escapa, entre risas pueriles, a mi control. Que juega a ser curiosa, a hacerme daño con sus impulsos.
¿Por qué quiere escapar? ¿En busca de qué?
Si al menos pudiera compartir con ella el tiempo en que fue libre, entendería qué me falta, qué echó de menos ella para esfumarse de esta manera.
Qué necesita, para que no vuelva a marcharse sin previo aviso. Para que no deje más un hueco, no grabado, en las paredes de mi pequeña historia. 15 minutos de mi tiempo a llenar ¿con qué? Ella se los llevó, utilizó mi cuerpo para hacerse ver y luego se esfumó dejando un rastro que yo misma no fui capaz de detectar.
Preferiría ser mala. Al menos, tendría la oportunidad de borrar mis huellas, si supiera lo que hago. Ser una inconsciente y tener que responder por ello es angustioso. A ver qué se le ocurre la próxima vez, en qué líos me veo envuelta sin ni siquiera recordar los grandes trazos.
La cara de esa chica me resulta desconocida. Si al menos hubiera cierta familiaridad tendría sentido. Pero no. Nada de nada.
Me da miedo descubrir por qué hace eso.
Entender qué hago mal yo para que ella necesite huir así.
En qué prisión la encierro para que me ignore.
Los secretos se guardan a personas que pueden utilizar la información de forma peligrosa. ¿Encontraría algo mi voluntad que yo podría usar para hacer daño? ¿Es esa la explicación? Me niega el acceso a los datos para que no me afecten, para que yo no afecte a otros. Me protege o protege a otros de mí.
¿Qué sería entonces? Lo que él me enseñó no me pareció peligroso ni por asomo. ¿Habría algo más? ¿Me ocultó algo después? Si lo hizo, estará de acuerdo con mi voluntad en que es mejor que yo no lo sepa, sea lo que sea.
Esto no conduce a nada. Mejor espero al lunes.
La prinzeza y el control de su voluntad.
Encontraré la explicación. Encontraré la razón de este juego.
Necesito entenderlo.

5.22.2007

El instante del pero ya no

Ilusión: nos gusta porque es imprevisible, porque lleva una maletita con ruedas de fin de semana, con la que tan pronto aparece sin avisar como se marcha a la francesa.
El alma del cactus se extingue. Lejos quedan las sonrisas que provienen de dentro, del infinito interno.
Ya no.
Debo admitir un fracaso con sabor a rancio. Lo llevo arrastrando desde hace meses, sin querer reconocerlo. Ahora me miro al espejo y debo darle los buenos días, sin torcer demasiado el gesto.
Qué duro resulta pagar hoy una equivocación cometida por otro hace meses. Parece que con el tiempo llega el perdón, pero era sólo espacio para meditar la venganza, en plato de nevera.
Mi hermana es la gestora, el centro del problema, la víctima de una situación que nada por encima de su cabeza a varias zancadas de distancia.
¿Ella lo causó? ¿realmente? Creo que hacerla responsable de la inmadurez y la locura de otro es demasiado exigirle, por mucha confianza que haya. La puta y el cobarde sí, ésos lo mancharon todo con sus manos, con sus miradas, con sus bocas.
Seres sucios que desprenden hedor por donde bucean. Un rastro parecido al del pulpo, pero menos elegante. Tirando a menstruación: repugnante, pero inevitable.
Y ahora que su putrefacción me cubre los tobillos me pregunto a qué estoy jungando con esta gentuza. La puta y el cobarde. Ambos lo llevan con resignación cristiana (se conocieron haciendo el camino de Santiago).
Me gustaría saber definir si es asco o sólo dolor. La confianza es física, cuando se pierde se cae un trozo de adentro no se sabe dónde y duele igual que una pierna amputada.
Fin de la historia. Cactus jugará a otra cosa.

12.22.2006

El reencuentro de las madalenas

Niño perdido en sus sueños, evoca realidades que existen sólo en él. Los demás sólo contemplan su cuerpo, rígido por la acción interna. Nadie intuye que en su mundo fluye una aventura insuperable. ¿Por qué limitarse a la realidad, cuando es tan discreta? Cuando no nos permite volar, acertar siempre, saber lo que ocurrirá después. Los sueños sí.
Por eso las madalenas se paran a contemplar sus juguetes, sin apenas tocarlos. Son sus ojos los que proyectan, como cinexines, la luz de la imaginación, pero hacia dentro. Si sabes mirar bien, verás que esos ojos absorben luz, para que la aventura interna sea clara, nítida.
Hemos nacido dados la vuelta, volcados hacia dentro. Nuestro mundo se genera internamente, a partir de los zapatos de otros. Sus vidas se recrean en nuestra mente y de nada sirve ya que la realidad sea distinta. Para nosotros, ha nacido un nuevo ser que lo suplanta, sólo en nuestro mundo, que por miedo la gente rechaza.
Y en la inmensidad sin fronteras de mi imaginación has aparecido de pronto, madalena que daba por imposible.
Ahora sé que todo lo otro ha valido la pena, todo lo que ya pasó, porque me ha permitido llegar a ti siendo quien soy. Porque me has esperado intacto, con la mirada volcada hacia dentro, para verme por dentro. Fuera quedan las cosas grises; dentro, comienza a brillar el sol con fuerza.

11.08.2006

El señor González

Hace una semana me apunté a un curso de habilidades personales de comunicación. Pensé que se trataría de un seminario donde me enseñarían a escribir mails, tratar a los clientes sin escupirles a la cara y ser capaz de pedir las cosas a los demás en la oficina sin meterles el dedo en el ojo.
Pero no: el curso me ha enseñado a identificar lo que soy, porqué hago lo que hago y cómo me ven los demás. Casi nada. Y todo en el plazo de una semana y por el módico precio de cero euros.
La tutora, Amparo, nos invitó a interpretar un "role play", que no es otra cosa que un teatrito donde imitas una situación real en la que has salido mal parado. La idea es identificar el problema que ha generado esa situación y narrar lo que llaman un "Depa" (descripción de la situación, expresión de sentimientos, petición de cambio y agradecimiento) a quien sea que te toque las narices en ese momento.
Pues bien, en el "role play" me tocó ser a mí la mala. Y ¿sabes qué? me salió de miedo. Hasta el punto de que se asustaron de verdad. ¿Qué hace la dulce nenita convertida en el señor González, un ejecutivo agresivo que echa la culpa de sus errores a un subordinado delante del cliente sin el menor pudor? Pues como lo lees: ni me tembló el pulso. Con la vena hinchada y los ojos inyectados en sangre, dejé a mi supuesto subordinado hundido en la más miserable de las miserias humanas. Me convertí en un bloque de hielo, una déspota, una impermeable e inasequible bruja nacida para los negocios. Y aunque luego me sentí despreciable, en el momento la situación de poder me embaucó por completo. Como cuando entras en una tienda sabiendo que te puedes comprar lo que quieras por caro que sea (vas con tu señor padre, que paga porque es tu cumpleaños).
Así que he descubierto dos cosas:
1. Llevo años acumulando un enfado interno infinito, bestial, asilvestrado, que ha ido creciendo a costa de no saber decir "no".
2. Cuando desprecio a otra persona hago daño a un igual, lo que significa, en realidad, falta de respeto por uno mismo. Así que a partir de ahora, echaré horas en el gimnasio (es genial para el desahogo emocional) y empezaré a quererme lo suficiente como para pensar que mis derechos son iguales a los de los demás, es decir, importantes pero sin avasallar ni consentir vasallajes.

Gracias, Amparo. Has llegado justo a tiempo, como las hadas de los cuentos.

10.10.2006

La flor sin careta

Érase que se dió una vez una flor en un cactus. Era pequeña y rosa, asustada entre las espinas, oculta entre las voluptuosidades verdes del tallo. Creció con la certeza de que el ser tan diferente de las espinas la hacía vulnerable, y alcanzó un pacto con ellas: A cambio de su protección, la flor les daría sombra con sus bellos pétalos.
El acuerdo, como cabía esperar, beneficiaba de manera descarada a la flor, pero como era tan diminuta los pinchos sintieron lástima. Pobre flor de cactus.
Ella pensaba, sin embargo, que había logrado engañarles con sus argucias. Les mostró su sombra alargada y suave al atardecer, y les pidió que imaginasen cómo serían sus pétalos, capaces de tapar el sol con tanta holgura.
Durante aquel tiempo, la flor vivió a salvo de enemigos externos. Pero su pobre conciencia no podía descansar, ya que cada tarde, al caer el sol, ella volvía a interpretar su papel, a crear aquella sombra que no era ella y que en absoluto le correspondía. Las espinas del cactus sospechaban, pero ella, para no perder su aprecio, siguió con la función.
Finalizó el verano. El frío y el viento hicieron que todo temblara, incluida la pobre flor. Y ni los pinchos fueron capaces de socorrerla frente al viento. Así que poco a poco, fue perdiendo los pétalos con los que había logrado exhibirse ante sus amigos, de aquella forma poco elegante.
Ya entrado el otoño, un buen día se despejó el cielo y en el atardecer se descubrió el sol. De pronto, iluminó de lleno a la pobre flor, desnuda en sus pistilos. Las espinas, defraudadas, miraron con asombro la farsa, que ya intuían, pero que en realidad no esperaban. Ante sus ojos, sólo veían una sombra diminuta, escuálida, desprovista de aquellos hermosos pétalos aparentemente grandiosos.
La flor lloró su engaño durante largos meses, quedando sola todo el invierno. Ninguna espina quería saber nada de la flor de cactus, temblorosa en su orgullo herido.
Me gustaría saber cómo termina esta historia. Si hay espina espinosa capaz de perdonar tamaña farsa; si la flor debió conformarse con sus verdades, a pesar de no deslumbrar a nadie desde un principio.
Cuando termine el invierno, lo sabré.
Ahora sólo tengo la certeza de que las espinas, definitivamente, no son nada tontas.

10.03.2006

Las artes del gran embaucador

Solícito corre ante el temor a la pérdida. Si parece que el fin se acerca, la ternura vuelve.
El riesgo sufrido por la víctima es sublime para la dominación, cuando las riendas están en sus manos. ¿Cómo lo consigue? Antes debe hacer creer a quien tira del carro que es un asno, y su mayor suerte es tener un carro del que andar tirando.
No importan las cualidades, sino el sentimiento de culpa, empleado con habilidad para generar la sensación de que se ha nacido sin derechos y hay que ganárselos a golpe de calcetín.
Si no te sometes, no hay premio. Sin premio, no hay regalos ni privilegios, sólo castigo.
Pero el asno se cansó. Las riendas no andan sueltas... simplemente se rompieron para siempre jamás.
Y el asno ha descubierto que puede pastar libre donde quiera, sin esperar el pienso rancio que antes tanto agradecía.
Ahora decide si quiere ir a derecha o a izquierda y cuándo ir. Y con quién. Y de qué hablar mientras tanto. Y qué opinar. Y dónde detenerse. Y para qué. Y si quiere o no contárselo a alguien sin sufrir interrogatorios, ni reprimendas, ni exigencias, ni culpa.
Puta culpa.
Mis derechos, mis beldades y virtudes no están en manos de otros que los suministran, en raciones, según sea mi adecuación a sus deseos. Eso terminó.
Adiós, celosías.

7.10.2006

Alma en tres colores

He conocido a un hada. No vuela. No es maga. No predice el futuro. No tiene alas azules, ni deja una estela dorada bajo la luna lunera.
¿Para qué sirve un hada, si no sabe hacer nada de todo eso?
Porque piensa, y me hace pensar.
Porque siente, y me hace sentir.
Porque sueña, y sus sueños son a tres colores:
Blanco, porque sabe empatizar.
Azul, porque llega siempre un paso más allá, como el cielo.
Rojo, porque sus pestañas sangran, hacia dentro.
Gala, mi hada bandera.

6.15.2006

Trocitos de vosotros

Colecciono trozos. Son fracciones de segundo de personas. Las guardo en la memoria para recuperarlas cuando no estoy. Cuando pierdo. Cuando ya no más.

Entonces, os recopilo, despacio: Busco las manos de Carlos Orden, jugando con cualquier cosa mientras habla por teléfono; el pelo de Tania, que me saluda por las mañanas cuando ella, sin saberlo, camina delante de mí al bajar del tren; La espalda de Fathi, capaz de albergar un aeropuerto; la risa de César, que se estrena cada vez como si jamás hubiese estado de buen humor; el color de los ojos de Analía, transparentes como canicas de cristal; los collares de Pilar, con cuentas tan gordas como cerezas, que le hacen parecer la niña árbol; la forma en la que Úrsula se desliza por el pasillo, como los gatos; el humor de Miguel Ángel, que me recuerda de golpe que sigo aquí; la mirada de Paloma, niña traviesa en busca de cómplices para su última trastada; las manos de Pablo, cuando me acaricia la nuca con el pulgar; los abrazos regulables de Juanjo, que me aprieta hasta estrangular.

Por vosotros estoy.

6.01.2006

La despedida de Yolanda

Esta mañana casi no pude estudiar. Le daba vueltas al hecho de enfrentarme a no ir a despedir a Yolanda. La echaron de la empresa. Esta noche los compañeros irán con ella a tomar unas copas, para llorar juntos. Despotricar juntos.
Yo iré a casa, a estudiar la teoría y experimientación de la atención y la percepción.
Me siento culpable porque no siento. Carezco de eso que llaman compañerismo.
En la empresa, al menos. Los demás son vías humanas de facilitación de tareas. Algunas más llevaderas que otras, pero vías, al fin y al cabo.
¿Es inhumano no sentir? Tener el corazón tan seco que sólo la ficción te conmueve. Creer que la vida ya no podrá nunca sorprenderte con un sentimiento por estrenar.
Comprendo el respeto, el cuidado, la importancia de la sonrisa sincera. Pero ignoro para qué puede alguien necesitarme, si no es por un motivo meramente funcional.
Sentirme parte de la vida de otro, como la rueda de un mecanismo equilibrado e invisible. Saber que perteneces, que no te echarán, que no te querrás marchar, que todo encaja, que nadie te vendrá con preguntas indiscretas, que nadie exigirá que demuestres tu derecho a estar ahí. Simplemente se acepta, perteneces porque estás. No hay necesidad de otra cosa.
Dejar de sentir que al nacer usurpé el espacio de alguien que lo hubiera hecho mejor que yo.

5.31.2006

La intervención del cepillo dental

Pocas personas se cepillan los dientes después de comer. Antes, nadie, que yo sepa (sólo tengo noticia de las extrañas costumbres higiénicas de Santiago Segura, quien se lava las manos antes de miccionar porque su polla es sagrada y se merece todo tipo de medidas preventivas, no vaya a cogernos una infección).
Pero los dientes, ¿son sagrados?
He conocido a un hombre que los lleva de porcelana. Sonríe orgulloso, tienen que haberle costado caros (son carillas hasta el incisivo, tres pares de piezas creadas a mano según una moldura personalizada que sabe a menta).
Pero eso es una cuestión estética. ¿Y la higiene? Se come fuera de casa, de cualquier manera, tragando el humo de personas extrañas, fiándonos de que el camarero no escupió en nuestro plato porque le caímos mal al pedirle el menú del día.
Luego los dientes se quedan con todo eso en sus rincones. Ser pulga y explorar el interior de una boca recién comida. Hebras de filete como montañas, semillas de sésamo en la raíz de los dientes, ocultas entre la encía. Toda una selva de restos a punto para la putrefacción.
Ser cepillo dental. Traumático. Íntimo, como las putas. Te compran para silenciar sus malos hábitos. Si hablases, confesarías a qué saben algunas bocas, y en ocasiones es mejor no saberlo.
Una vez Sonia I se arrodilló delante de su jefe, en su despacho. Les descubrió Manuel, que entró despreocupado, y ella con la boca abierta, con relleno fálico.
Qué diría ese día su cepillo de dientes. A quién. Pobre. Sudor, semen, restos de piel añeja (de más de 60 años). Todo enredado en las cerdas del cepillo. ¿Se llamarán así por eso? No, que me contó mi madre que es porque antiguamente se hacían los cepillos con los pelos de los cerdos.
Definitivamente, pido no.

5.29.2006

El secreto de la medusa

Estoy leyendo a Freud. Pobre victoriano inhibido.
La mujer vista como un ente frágil, idealizado, a la que el hombre impone su brutalidad sexual. Complejo de culpa. Se desea a quien no se puede amar, se ama a quien no se puede desear.
Las putas pierden el derecho a ser amadas por su propia sexualidad. Las esposas pierden el derecho a su sexualidad para ser amadas.
Aún pasa.
Hombres convencidos del papel ornamental de la mujer. Seres angelicales, inocentes, dulces, acogedores, hermosos en su ingenuidad.
Deben gustarnos las caricias en la barbilla con el dorso de la mano, los besos en los ojos, los secretos, dulces, al oído, los abrazos protectores, de los que hacen pensar que no volverá a pasarnos nada malo nunca jamás. Que se duerman en nuestro regazo mientras nos oyen respirar. Despacio.
Además, está lo otro, lo que ellos no imaginan.
Pensar en un hombre desnudo, imaginar su cara mientras tiene un orgasmo, preguntarnos con qué mano se masturba, si aguantará hasta que nosotras o se hará inservible, entre sudores, al primer movimiento. Si escuchar su aliento mientras le montamos nos excitará aún más.
Cuando le sonreímos, dulces: En eso pensamos.

5.24.2006

Con la soga al cuello

Conozco a un ser sin capacidad de escucha. Oye, pero no intuye que en ello va el alma de las personas. O le da igual. Prefiero pensar que no intuye.
Impermeable, impone.
Ajeno a la realidad inminente, pretende, con sus palabras, crear un muro invisible de protección.
Se cree inmune a lo inevitable, porque lo mira desde arriba y piensa: "No, a mí no me llega".
¿Y los demás? Eso no entra en su muro, eso no es su problema.
¿Quién le enseñó a no escuchar?
¿Cómo puede vivir, sentirse vivo, aislado del resto del mundo?
¿Alcanza acaso a imaginar el sentimiento de otro? ¿Se puede vivir sin esto? Sin imaginar, ni de lejos, lo que otro piensa, siente o necesita. Lejos de todo lo que no sea el gran Yo que lo inunda todo.
Tamaña estupidez nunca fue conocida. Ignorancia de la propia carencia, base del alma paupérrima.

5.23.2006

Endiablada

Niña de palabras tristes. Pocas.
Ojos llenos de peros.
Risa que brota ante el daño ajeno.
Llanto ante la carencia.
Consecuencia de la abulia.
Sinsentido de la orientación.
Sentimiento de culpa.
Lenta en la planificación organizada.
Vida con preensayos.
Niños que la asustan.
Mariale.